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Nunca fui tu esposa

Nunca fui tu esposa

Status: En proceso
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Traiciones y engaños / Juego de roles / Riqueza en una noche / Mujer despreciada / Triángulo amoroso / Amante arrepentido
Popularitas:698
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Su matrimonio era falso. La traición, no.
Durante dos años, Camila Rivas lo dio todo por Daniel: sostuvo su empresa, soportó los desprecios de su familia y crió al niño que habían «adoptado» porque, según él, ella no podía tener hijos.
Hasta que descubre que su acta de matrimonio es falsa.
Daniel lleva cinco años casado con otra mujer. Y el niño que Camila ha cuidado como suyo es hijo de los dos.
Nunca fue su esposa. Fue la coartada perfecta para esconder a su verdadera familia.
Ese mismo día, una llamada lo cambia todo: Camila acaba de heredar más de cien mil millones de pesos.
—Soltera. Sin hijos. La herencia es solo mía.
Daniel está convencido de que volverá. Una mujer sola, sin dinero ni familia, no puede vivir sin él.
Pero mientras espera que regrese a suplicarle, el país entero descubre a la prometida de Gabriel Alcázar, uno de los hombres más poderosos de México.
Es Camila.
Dueña de una fortuna. Con la cabeza en alto. Junto a un hombre que no está dispuesto a dejarla en segundo lugar.
Lo suyo debía ser una alianza por conveniencia. Pero cada promesa cumplida, cada roce y cada mirada hacen más difícil mantener el corazón al margen.
Y cuando Daniel comprende lo que perdió, ya hay otro hombre sosteniendo la mano que él soltó.
Esta vez, quien va a suplicar no será ella.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

Capítulo 1. ¿El acta de matrimonio era falsa?

Camila Rivas llevaba dos años casada cuando rompió por accidente su acta de matrimonio mientras ordenaba un cajón.

Fue al Registro Civil a pedir una copia. La empleada revisó la pantalla y frunció el ceño.

—Señorita, no aparece ningún matrimonio registrado a su nombre.

—Debe haber un error. Me casé hace dos años.

Camila le entregó el documento, partido en dos.

La empleada hizo la búsqueda tres veces. Al final giró la pantalla para que pudiera verla.

—No hay registro. Además, mire este sello: está mal colocado. Todo indica que el acta es falsa.

Camila salió sin saber adónde ir. Entonces sonó su celular.

—¿La señorita Rivas? Soy el abogado de su padre. Necesito que venga al despacho Vega y Asociados para revisar la documentación de su herencia.

Una estafa. Solo le faltaba eso.

Estaba a punto de colgar cuando el hombre añadió:

—Su madre se llama Isabel Rivas. Hace veinte años la dejó en la entrada del Hogar Infantil Santa Clara. Hemos confirmado que usted es la única hija biológica de Alejandro Montenegro.

Camila se quedó inmóvil.

Poco después estaba sentada frente al abogado, escuchando algo todavía más difícil de creer.

Su padre biológico había sido el empresario más rico de Puerto Claro. Había muerto el mes anterior y le había dejado acciones, empresas y propiedades por un valor superior a cien mil millones de pesos.

A ella. Una mujer que había crecido sin familia.

—Necesito confirmar su estado civil y si tiene hijos —dijo el licenciado Vega.

Camila pensó en Daniel Ferrer. Después miró el bolso donde llevaba los pedazos del acta.

Apretó la pluma entre los dedos.

—Deme dos horas. Antes tengo que aclarar algo.

Salió del despacho y fue directamente a la empresa de su esposo.

La puerta de su oficina estaba entreabierta. Camila iba a empujarla cuando escuchó una voz de mujer.

—Daniel, llevamos cinco años casados. ¿Cuándo vas a decirlo de una vez?

Se le heló el cuerpo.

Conocía esa voz. Era Beatriz Salcedo, la orientadora que los había atendido en la universidad.

Beatriz le llevaba seis años a Daniel. En el campus todos la admiraban: era atractiva, sabía ganarse a los estudiantes y tenía fama de ser una orientadora excelente.

Camila contuvo la respiración.

La respuesta llegó con la misma voz suave con la que Daniel solía hablarle a ella.

—Estamos a punto de salir a bolsa. Todavía necesito que Camila se ocupe de muchas cosas. Además, mi abuelo dejó por escrito que no te quería en la familia. Si lo hacemos público ahora, mi abuela podría hacerte la vida imposible. No soportaría verte sufrir.

Un zumbido le estalló en los oídos. Camila se tapó la boca con fuerza para que no se le escapara un sollozo.

Había intentado unir los pedazos del acta con tanto cuidado. La había guardado en el bolso como si fuera un tesoro.

Desde el principio, la única engañada había sido ella. La habían convertido en la idiota de aquella farsa.

Se alejó antes de que pudieran verla y llamó al abogado. Respiró hondo.

—Licenciado Vega, podemos firmar ahora mismo.

Su voz sonó extrañamente firme.

—Soy soltera y no tengo hijos. La herencia la recibiré solo yo.

Después de completar los trámites, tomó el auto para volver a casa. Le costaba concentrarse en el camino. Otro vehículo la golpeó por detrás y terminó con una herida leve en la frente.

En urgencias le limpiaron la lesión. Cuando iba a salir del hospital, recordó algo y pidió una consulta de ginecología.

Camila miró el informe. La última esperanza que le quedaba se murió allí mismo.

—Entonces... ¿no tengo ningún problema en el útero?

—Los resultados son normales —respondió la doctora—. No vemos ninguna alteración.

—¿Puedo quedar embarazada?

—Sí. No vemos ningún problema que se lo impida.

Camila tardó un momento en hacer la siguiente pregunta.

—¿Y tener relaciones tampoco me haría daño?

La médica la miró con cierta sorpresa.

—Por lo que hemos revisado, no hay motivo para pensar eso.

Antes de la boda, Daniel le había mostrado unos supuestos resultados médicos. Según él, Camila tenía una malformación grave que le impedía tener hijos. Incluso mantener relaciones podía causarle lesiones irreversibles.

«Aun así, quiero casarme contigo», le había dicho, sujetándole las manos. «Eres la mujer con la que quiero pasar mi vida».

Camila había soportado de todo por aquella promesa.

Había visto a Ernesto, el padre de Daniel, estrellar una taza contra el suelo.

«¿Vas a renunciar a ser padre por una mujer como ella? ¡No pienso aceptar este matrimonio!»

Había escuchado a Victoria llorar frente a los parientes, diciendo que Daniel había perdido la cabeza.

Y él siempre encontraba la frase exacta para calmarla.

«No les hagas caso. Yo estoy contigo».

Durante dos años, Victoria había seguido atacándola, a veces con indirectas y otras sin molestarse en disimular.

«No sirves ni para darle un hijo. Eres una carga para él».

«Él podría estar con quien quisiera. ¿Para qué quiere una esposa como tú?»

Aquellas palabras se le habían quedado clavadas. Noche tras noche, Camila seguía oyéndolas sin poder dormir.

***

Daniel fue a buscarla al hospital en cuanto supo del accidente.

Llegó con una camisa blanca, alto y apuesto, caminando deprisa. Al verlo, Camila recordó los seis años que llevaban conociéndose.

La primera vez había sido en la oficina de Beatriz. Camila fue a entregar unos documentos y lo encontró hablando con la orientadora. Daniel levantó la vista y la saludó con un movimiento de cabeza.

Después vinieron cuatro años de atenciones y una insistencia que parecía no tener fin.

Era uno de los estudiantes más admirados de la universidad. Tenía buenas notas, una familia adinerada y una facilidad especial para hacer sentir importante a quien tenía delante.

Camila había crecido en un hogar de acogida. Era reservada y le costaba confiar. Aun así, terminó creyéndole.

Daniel llevaba un rato hablándole sin obtener respuesta. Pensó que seguía asustada e intentó abrazarla.

Camila lo apartó de golpe y se puso de pie.

—Vámonos.

Pasó a su lado sin mirarlo.

Antes, sus brazos le daban seguridad. Ahora le revolvían el estómago.

Ya en el auto, él volvió a preguntar:

—¿Qué pasó? Siempre manejas con tanto cuidado. ¿En qué estabas pensando?

Camila miró el anillo que llevaba en la mano. El diamante brillaba hasta lastimarle los ojos.

Daniel trató de tomarle los dedos. Ella volvió a retirarlos.

—¿Estás enojada conmigo? Está bien, no voy a presionarte. Hoy tenemos una invitada especial. Pedí que prepararan tus platos favoritos. A ver si eso te anima.

Seguía siendo tan atento que Camila tuvo ganas de reír.

—No estés triste. Cuando pase todo esto, voy a dedicarte más tiempo. La salida a bolsa me tiene absorbido.

Ella dejó escapar una sonrisa. Daniel creyó que había logrado tranquilizarla y sonrió también.

—Sí, estoy muy feliz. Mi vida no podría tener más sorpresas —contestó Camila.

Él no entendió el comentario.

La casa de los Ferrer estaba en Jardines de la Bahía, una de las zonas más caras de Puerto Claro. Era una residencia de más de quinientos metros cuadrados.

Ese lujo también se había pagado con el trabajo de Camila. Después de graduarse, había renunciado a sus propios planes para levantar la empresa junto a Daniel.

Apenas entraron, escuchó risas en el piso de arriba. Una voz infantil y otra de mujer.

El niño era Nicolás, de cinco años, a quien supuestamente habían adoptado poco después de casarse.

La mujer era Beatriz.

Camila llevaba cinco años sin verla. Beatriz llevaba un vestido de punto azul verdoso y el cabello suelto, con ondas. Pasaba de los treinta, aunque aparentaba poco más de veinte. Sus movimientos tenían una sensualidad más madura.

—¡Cami, mira quién vino! —dijo Daniel.

La emoción en su voz era imposible de ocultar.

Camila nunca lo había oído así. Con ella era amable y cariñoso, sí. Pero jamás lo había sentido tan emocionado, tan lleno de ganas de estar con alguien.

Aquello le salía de dentro. Era el deseo de un hombre frente a la mujer que amaba.

—¿Beatriz? —preguntó, fingiendo sorpresa.

Por dentro, el asco ya era insoportable.

La mujer que bajaba las escaleras parecía serena y respetable. Nada que ver con la voz insinuante que había escuchado en la oficina.

—Camila, cuánto tiempo.

Beatriz la saludó con entusiasmo sin soltar la mano de Nicolás.

Camila miró al niño.

Daniel había propuesto adoptarlo en el mismo hogar infantil donde ella había crecido. Decía que así sus padres dejarían de presionarla para que tuviera un bebé.

Camila lo interpretó como otra muestra de amor y aceptó.

Los dos años siguientes habían sido agotadores. Nicolás se enfurecía por cualquier cosa, le lanzaba objetos y parecía odiarla sin motivo. Una vez incluso le había exigido a Daniel, delante de ella, que le devolviera a su verdadera mamá.

Camila había llegado a plantear que no podía seguir haciéndose cargo de él.

Daniel siempre la convencía de intentarlo una vez más.

«No tiene madre. Tú sabes lo que es crecer sin tus padres. Tenle paciencia».

Ahora Nicolás se aferraba a Beatriz como si no quisiera separarse de ella nunca.

Cinco años casados. Un hijo de cinco años.

Camila lo entendió todo.

La familia Ferrer rechazaba a Beatriz. Por eso Daniel había buscado a otra mujer que soportara los reproches, criara al niño y trabajara para él.

Durante la cena, padre e hijo no dejaron de ofrecerle comida a Beatriz. Los tres conversaban, reían y se atendían unos a otros.

Camila comía en silencio a su lado. Una extraña en su propia casa.

Al cabo de un rato, Daniel dejó los cubiertos.

—Cami, Beatriz está escribiendo un libro sobre crianza y necesita un lugar tranquilo. Tú tienes mucho trabajo en la empresa y además te ocupas de la casa y de Nico. Pensé que podría quedarse una temporada. Te ayudaría con él. Ya viste lo bien que se llevan.

Camila siguió comiendo.

Claro. Ya se habían cansado de esconderse durante cinco años. Ahora querían vivir juntos delante de ella, como si nada.

El silencio se volvió incómodo.

—Cami, te estoy hablando —murmuró Daniel.

Ella dejó el plato sobre la mesa. Antes de que pudiera responder, Beatriz intervino:

—Perdón, la culpa es mía. No quería causarles problemas. Camila, Daniel solo lo comentaba porque se preocupa por ti. Con la empresa, la casa y el niño debes estar agotada. Él solo quería que yo te ayudara...

—¡Yo quiero que Beatriz se quede!

Nicolás golpeó la mesa y arrojó los cubiertos.

—Nico, no hagas eso —pidió Beatriz.

—¡Compórtate! —lo reprendió Daniel al mismo tiempo.

El niño miró a Camila con rabia, tomó el vaso y le lanzó el contenido a la cara.

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