Ella estaba muy enferma y paso su vida en hospitales, Pero reencarna como una hermosa mujer de cabello celeste, que solo quiere ser feliz.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Aria Vizconti 4
No lo podía creer.
Entonces gritó.
—¡AAAAAAAAAH!
El grito resonó por toda la habitación.
Al otro lado de la puerta se escucharon pasos apresurados.
—¡Señorita Aria!
—¡¿Se encuentra bien?!
—¡Voy a llamar al conde!
La joven no respondió.
No podía.
Porque seguía mirando aquel rostro hermoso en el espejo.
Aquel rostro que, hasta hacía unos instantes, había pertenecido a otra persona.
Y entonces, mientras una idea terrible comenzaba a formarse en su mente, murmuró..
—No puede ser...
Se llevó ambas manos a las mejillas.
—No puede ser, no puede ser, no puede ser...
Respiró profundamente.
[Tranquila. Debo mantener la calma].
Miró el espejo.
[Quizá sea un sueño].
Se pellizcó el brazo.
—¡Ay!
Le dolió.
Mucho.
[¡¿POR QUÉ ME DUELE?!].
Volvió a mirar el espejo.
El reflejo seguía allí.
Hermoso.
Celeste.
Y terriblemente real.
La joven abrió los labios, pero las palabras tardaron unos segundos en salir.
—Yo...
Tragó saliva.
—¿Me he reencarnado?
Nadie respondió.
Solo se escucharon los pasos cada vez más cercanos de las doncellas.
La joven se llevó una mano al pecho.
Su corazón latía tan rápido que parecía querer escapar de su cuerpo.
Había muerto.
Recordaba perfectamente haber muerto.
Recordaba la oscuridad, sus últimos pensamientos y aquel deseo desesperado de tener una segunda oportunidad.
Y ahora estaba allí.
En un mundo de magia, nobles, viñedos, quesos y hermosas mansiones.
Dentro del cuerpo de una dama de época.
Una dama llamada Aria Vizconti.
Una dama de diecinueve años que, según las imágenes que había visto, estaba a punto de comenzar la búsqueda de un esposo.
La joven palideció.
[¡NO!].
Se aferró a los bordes de la cama.
[¡NO, NO, NO!].
¡Ella acababa de morir!
¡Ni siquiera había tenido tiempo de procesar su propia muerte!
¿Y ahora tenía que enfrentarse a un matrimonio aristocrático?
¿Con corsés?
¿Con bailes?
¿Con pretendientes que probablemente se pasaban horas hablando de sus títulos nobiliarios?
¿Y con una sociedad en la que tendría que comportarse como una dama elegante mientras escondía sus pensamientos más sinceros?
Se llevó las manos al rostro.
[¡Yo solo quería vivir una vida tranquila!].
Quería comer.
Quería caminar.
Quería leer libros.
Quería conocer el mar.
¡No había pedido convertirse en una joven noble con una lista de posibles esposos!
Y, para empeorar las cosas, la dueña original de aquel cuerpo parecía tener unos estándares matrimoniales tan superficiales que le daban ganas de esconder la cabeza debajo de las sábanas.
La joven bajó lentamente las manos.
Observó sus dedos delicados.
Su cabello celeste.
El camisón de encaje.
La cama inmensa.
Y, finalmente, volvió a mirar el espejo.
—Aria Vizconti...
Pronunció el nombre con una mezcla de incredulidad y resignación.
Después dejó caer la cabeza entre las manos.
—¿En qué clase de problema me he metido?
En ese preciso instante, la puerta se abrió de golpe.
Una doncella entró corriendo, seguida de otras dos mujeres que parecían aterrorizadas.
—¡Señorita! ¡¿Qué ha sucedido?!
La joven levantó la cabeza.
Las tres doncellas se quedaron inmóviles.
Ella también.
Durante unos segundos, las cuatro se observaron en completo silencio.
Entonces, la doncella más joven se llevó una mano a la boca.
—¡Señorita! ¡Está despierta!
La mujer mayor comenzó a llorar de alivio.
—¡Gracias a los dioses! ¡El conde estará tan feliz!
La tercera doncella ya estaba girándose hacia la puerta.
—¡Debo avisar inmediatamente a su hermano!
La joven abrió los ojos de par en par.
[¿Su hermano?].
Recordó las imágenes.
El conde Vizconti.
El hombre poderoso que consentía a su hermana pequeña.
El hombre que parecía capaz de comprarle cualquier cosa con tal de hacerla feliz.
Y, de pronto, comprendió algo que la hizo sentir un escalofrío.
Su hermano iba a entrar en aquella habitación.
Y ella tendría que fingir ser su hermana.
Una mujer a la que apenas conocía.
Una mujer que, según todos los recuerdos que acababa de presenciar, tenía una personalidad muy distinta a la suya.
La joven tragó saliva.
[Está bien. Puedo hacerlo. Solo debo observar, escuchar y no decir nada extraño].
Asintió para sí misma.
[Seré una dama educada, dulce y tranquila. No causaré problemas. No exigiré vestidos innecesarios. No elegiré esposo como si estuviera comprando zapatos].
Se detuvo.
Pensó en los vestidos de Aria.
En los hermosos jardines.
En los pasteles.
En los quesos.
En la posibilidad de comer hasta sentirse satisfecha sin que ningún médico apareciera para advertirle que debía tener cuidado.
Sus ojos brillaron.
[En realidad, ¿quién necesita tantos vestidos? Con una habitación llena de ellos debería ser suficiente].
Se quedó pensativa.
[Quizá dos habitaciones...].
Sacudió la cabeza de inmediato.
—¡No! ¡Concéntrate!
Las tres doncellas dieron un pequeño salto.
La joven sonrió con nerviosismo.
—Lo siento. Estaba... pensando.
Las mujeres intercambiaron miradas.
Y en ese preciso momento, desde el pasillo, una voz masculina profunda y preocupada preguntó..
—¿Aria? ¿Puedo entrar?
La joven se quedó helada.
El conde Vizconti había llegado.
Y su segunda vida acababa de comenzar.
Lo que ella todavía no sabía era que, en el reino de Vagur, una dama noble que cambiaba repentinamente de personalidad podía despertar mucho más interés que una mujer que simplemente exigía demasiados vestidos.
Que tierno