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Traicionada a los sesenta, amada por un millonario

Traicionada a los sesenta, amada por un millonario

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Amor en la madurez / Completas
Popularitas:422
Nilai: 5
nombre de autor: Anindita Kirana

A los sesenta años, Elena Rosales creía que ya lo había dado todo: treinta y siete años de matrimonio, una vida entera atendiendo a su pueblo como la única doctora, y un marido al que jamás dejó de servir. Hasta que un paquete que él le prohíbe abrir destapa lo que llevaba una década escondido: otra mujer, cartas de amor, y hasta una tumba comprada para dos.

Podría callar, como calló siempre. En cambio, por primera vez, decide dejar de obedecer.

Mientras reúne pruebas y aprende a decir "no" —a un esposo cobarde, a unos hijos que la ven como cajero automático, a un pueblo que solo sabe murmurar—, un accidente la cruza con Armando Balmori, uno de los hombres más ricos del país. Él no la deslumbra con lujos: la escucha, respeta sus límites y la mira como nadie la miró en toda su vida. Pero dejarse querer a esa edad da más miedo que la soledad, y la poderosa familia de Armando no piensa recibir con los brazos abiertos a una doctora de pueblo.

Entre juzgados, herencias, chismes de barrio y una segunda oportunidad que no pidió, Elena tendrá que decidir qué vale más: la paz de rendirse o el vértigo de, por fin, elegir su propia vida.

NovelToon tiene autorización de Anindita Kirana para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 18 - Ser querida de verdad

Armando tomó de verdad un número de turno.

Eso dejó a toda la sala de espera de la clínica casi sin capacidad de pensar.

Un hombre con carro lujoso, chofer y un nombre de peso estaba sentado en la silla de plástico azul que solía ocupar cualquier paciente con tos. A su lado, don Anselmo, que iba a controlarse la presión, permanecía tieso como quien está junto a una autoridad. Doña Rita se paró en la puerta con el pretexto de comprar remedio para la acidez, aunque el remedio ya lo había comprado el día anterior.

Elena llamaba a los pacientes por orden.

A propósito no le dio prioridad a Armando.

Armando tampoco pidió pasar antes. Se quedó sentado, tranquilo, mirando de a ratos un afiche de prevención del dengue ya desteñido.

Sara se fue con la cara ardiendo apenas Armando se sentó. No se despidió. Solo salió con paso rápido, seguida por la mirada de todos.

Cuando le llegó el turno a Armando, Elena llamó sin inflexión:

—Número siete.

Armando entró a la sala de consulta.

Elena corrió la cortina, no la puerta. Conocía este barrio. Con la puerta cerrada, la historia iba a echar brazos y piernas.

—¿Qué molestia tiene, señor?

Armando se sentó en la silla del paciente.

—Me cuesta dormir.

Elena tomó el tensiómetro.

—¿Desde cuándo?

—Hace unos años.

—Si es hace años, ¿por qué recién viene a consultar a mi clinicita?

—Porque hasta ahora no había encontrado una doctora que me diera ganas de responder con la verdad.

Elena se detuvo un momento y luego siguió ajustando el brazalete del tensiómetro en el brazo de Armando.

—Don Armando, si viene a coquetear, mi tarifa de consulta sube.

Armando sonrió.

—¿Cuánto?

—Más cara que sus hospitales.

—Entonces quiebro.

Elena contuvo la sonrisa.

La presión de Armando estaba algo alta, pero nada preocupante. Elena le preguntó por su alimentación, su sueño, su trabajo, sus medicamentos habituales. Armando respondió breve pero claro. No era como esos pacientes hombres que se niegan a admitir que duermen poco o que toman demasiado café.

—Trabaja usted demasiado —dijo Elena.

—¿Ese es el diagnóstico?

—Es un reproche.

—Más temible aún.

Elena escribió una nota corta.

—Menos café pasada la tarde. Camine por las mañanas si puede. Si le cuesta dormir en serio, hágase una revisión completa con un especialista. No venga a una clínica de pueblo con excusas que no están claras.

Armando la miró.

—Mi excusa está bastante clara.

Elena levantó la cara.

—Quiero verla.

Del otro lado de la cortina, alguien tosió demasiado fuerte. Quizá doña Rita.

Elena dejó el bolígrafo.

—Don Armando.

—¿Sí?

—Estoy en trámite de divorcio.

—Lo sé.

—Todavía soy esposa de otro ante la ley.

—Lo sé.

—Me acaban de traicionar.

—Eso también lo sé.

—Si sabe todo eso, debería mantener la distancia.

Armando calló un instante.

—Puedo cuidar mis maneras. Pero si mantener la distancia significa fingir que no quiero conocerla, no estoy seguro de poder.

Elena lo miró.

Esa frase no fue dicha con tono acalorado. No hubo galantería barata. Justamente por ser sereno, sonaba más peligroso.

—Nos vimos apenas dos veces.

—Tres, si cuenta la de hoy.

—Eso no es algo de que enorgullecerse.

—No me enorgullezco. Solo cuento.

Elena casi resopla.

—Don Armando, tengo sesenta años.

—Yo, sesenta y seis.

—Vivo en el cuarto trasero de la clínica.

—Lo vi.

—Tengo tres hijos adultos, una nieta, una demanda de divorcio, un marido furioso, una mujer que me amenaza y vecinos que no tienen más oficio que escuchar tras las paredes.

—Yo tengo tres hijos adultos, nietos, demasiadas empresas, una madre que todavía manda y empleados que creen que no puedo tener vida privada.

Elena guardó silencio.

Armando continuó:

—Los dos cargamos una maleta, doña Elena. La diferencia es que la mía quizá sea más cara. El peso adentro es el mismo.

Elena miró a aquel hombre con una sensación difícil.

Quería rechazarlo de plano. Quería decirle que no jugara con una mujer vieja recién herida. Pero Armando no parecía estar jugando. Y eso, justamente, la inquietaba.

—¿Qué quiere usted de mí?

—¿Ahora mismo? Permiso para llevarla a almorzar.

—No.

—Bien.

Aquella respuesta rápida dejó a Elena confundida.

Armando se puso de pie.

—Entonces pago la consulta.

—Don Armando.

—¿Sí?

—¿Se rinde así de fácil?

—Respeto su respuesta. Eso es distinto de rendirse.

Elena no supo qué decir.

Escribió una receta de vitaminas suaves y una recomendación de revisión, y se la entregó.

—Esto no es un somnífero.

—Lo sé.

—No espere que le dé medicina solo porque le cuesta dormir de tanto pensar en su empresa.

—¿Y si me cuesta dormir de tanto pensar en usted, doña Elena?

Elena lo miró con dureza.

Armando levantó un poco la mano.

—Bien. Pago.

Cuando Armando salió, la sala de espera fingió de golpe estar ocupada. Don Anselmo se puso a mirar el piso. Doña Rita se aferró al estante de las medicinas. Doña Tere, que quién sabe desde cuándo estaba sentada en el rincón, se puso a limpiarle la frente a su nieto, que no tenía fiebre.

Armando pagó según la tarifa, e incluso esperó a que Elena le diera el vuelto.

—No hace falta el vuelto —dijo.

Elena lo miró.

Armando se corrigió enseguida:

—Digo, para la caja de la clínica.

—La caja de la clínica también recibe lo justo según la cuenta.

Le entregó el vuelto.

Armando lo aceptó.

—Gracias, doctora.

Antes de irse, dijo en voz bastante baja, aunque los que estaban cerca alcanzaron a oír:

—Volveré si usted no me lo prohíbe.

Elena respondió:

—Un paciente puede venir cuando está enfermo.

—¿Y si extrañar cuenta como estar enfermo?

Doña Rita se atragantó.

Elena cerró los ojos un instante.

—Don Armando.

Armando sonrió.

—Bien. Me voy.

El carro negro salió del callejón muy despacio, como dándole tiempo a todos para mirar.

En cuanto el carro desapareció, doña Rita estalló.

—¡Doctora! ¿Y eso qué fue?

—Un paciente.

—¿Desde cuándo un paciente dice que la extraña?

—A lo mejor le subió la presión.

Don Anselmo fue el primero en reírse. Luego los demás lo siguieron, nerviosos y bulliciosos.

Pero esa risa no llegó a la casa principal.

Bernardo estaba de pie tras la ventana de la sala, viendo alejarse el carro de Armando. Tenía la cara sombría. En la mano, el cigarro se le había consumido casi hasta quemarle los dedos.

Sara lo había llamado varias veces desde el mediodía, pero él no contestaba.

En su cabeza daba vueltas y vueltas la frase de Sara en la clínica.

¿Cómo va a ir en serio alguien como él con una mujer de pueblo de sesenta años?

Y entonces aquel hombre llegó.

Entró a la clínica de Elena.

Se sentó a esperar su turno como un paciente cualquiera.

Defendió a Elena delante de Sara.

Bernardo sintió algo caliente subirle del estómago al pecho. No era amor. No era arrepentimiento. Se parecía más a no aceptar lo que veía.

Elena era su esposa.

O al menos, todavía su esposa a los ojos de la ley.

Durante décadas, aquella mujer estuvo en casa. Callada, obediente, sin muchas exigencias. Bernardo podía salir, volver de noche, ver a quien fuera, y Elena seguía ahí.

Ahora, de pronto, había otro hombre que la veía.

Bernardo apagó el cigarro con brusquedad.

El teléfono le vibró.

Un mensaje de Sara.

Sara: Nardo, ¿lo viste con tus propios ojos? Ella también tiene un hombre. No te dejes echar la culpa siempre.

Bernardo leyó el mensaje.

Por primera vez, Sara no lo consoló.

Al contrario, se sintió aún más furioso.

No porque Elena estuviera equivocada.

Sino porque Elena de verdad podía irse.

Y quizá había alguien más dispuesto a abrirle la puerta.

En la clínica, Elena guardó el pago de Armando en el cajón, como el dinero de cualquier otro paciente.

La mano se le detuvo un momento sobre el cajón.

Se dio cuenta de que había una parte pequeña de ella que se sentía contenta. No porque Armando fuera rico, no porque Sara hubiera quedado humillada, no porque los vecinos fueran a hablar de ella hasta la noche.

Estaba contenta porque alguien había preguntado si extrañar cuenta como estar enfermo, mientras que durante años hasta su dolor real había sido tantas veces tomado por exageración.

Elena cerró el cajón despacio.

—No seas tonta —se dijo a sí misma.

Pero una pequeña sonrisa asomó antes de que alcanzara a contenerla.

Esa sonrisa se borró rápido cuando oyó a dos pacientes cuchichear afuera.

—Si de verdad a la doctora la quiere un rico, don Bernardo ha de estar que arde.

—Claro que arde. Antes despreciaba a su esposa. Ahora se la mira un hombre grande.

Elena fingió no oír, pero las mejillas le quedaron calientes.

No quería que su vida se convirtiera en un nuevo espectáculo. Antes la miraban como la esposa traicionada; ahora quizá la mirarían como la vieja viuda a la que corteja un rico.

Pero entre ambos espectáculos había una diferencia.

Esta vez, ella podía elegir si quería abrir la puerta o cerrarla.

Esa elección la asustaba.

Pero el miedo que llega con una elección se sentía distinto del miedo de estar atrapada.

El primero todavía dejaba espacio para respirar.

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