Marcia Montero lo tiene todo: belleza, inteligencia, una pastelería próspera y una familia adinerada que la adora. Lo único que no tiene es el respeto de su marido.
Rodrigo Mendoza nunca supo con quién se casó. Para él, Marcia no es más que una empleada de pastelería, una esposa sumisa a la que puede ignorar, humillar y relegar al papel de sirvienta gratis en la casa de sus padres. Su madre, doña Carmen, la desprecia por "pobre". Su hermana Isabella la insulta sin pudor. Solo don Alfonso, su suegro, la trata con dignidad.
Cuando Marcia descubre que Rodrigo la engaña con Pamela —una compañera de trabajo que miente sobre su origen tanto como él miente sobre su estado civil—, decide que ya es hora de dejar de fingir. Pero no actuará por impulso. Reunirá pruebas, trazará un plan y esperará el momento perfecto para quitarse la máscara.
Lo que Rodrigo y su familia no saben es que la mujer a la que tratan como basura es heredera de un imperio empresarial. Que la pastelería donde "trabaja" le pertenece. Que su hermano Gabriel es novio de Valentina Reyes, la mismísima dueña de la empresa donde Rodrigo presume de gerente. Que cada ascenso, cada privilegio que Rodrigo disfruta, se lo debe a ella.
Y cuando la verdad salga a la luz —en el peor momento posible para Rodrigo—, no habrá vuelta atrás.
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01
El tintineo del acero contra el sartén marcaba un ritmo que Marcia disfrutaba cada mañana: significaba que estaba en su elemento, moviéndose entre fogones y tablas de picar. La joven preparaba el desayuno para todos los que vivían bajo ese techo.
Se llamaba Marcia Arunika Montero, esposa de un hombre llamado Rodrigo Mendoza. Marcia vivía con su marido y la familia de este: sus suegros y la hermana menor de Rodrigo.
Marcia dispuso los platos sobre la mesa. Apenas terminó de servir, Rodrigo apareció en el comedor, seguido de su madre y su hermana.
—¡El desayuno está listo, amor! —Marcia señaló la comida con una sonrisa.
—Mmm —fue todo lo que salió de la boca de Rodrigo. Un gruñido, nada más.
Marcia se dirigió de vuelta a su habitación; también tenía que prepararse para ir a trabajar. Cuando cruzaba la sala, se encontró con don Alfonso, su suegro.
—¿No vas a desayunar, hija? —preguntó don Alfonso con dulzura.
—Después, don Alfonso. Desayune usted primero, yo quiero asearme antes —respondió Marcia con cortesía.
—No te vayas sin comer algo antes de salir a trabajar —le recordó el hombre.
—Así será. Con permiso —Marcia continuó hacia su habitación.
En esa casa, solo don Alfonso la trataba con amabilidad. Doña Carmen, su esposa, detestaba a la nuera. Lo mismo Isabella, la cuñada de Marcia. Consideraban que Marcia no estaba a la altura de Rodrigo, que era gerente de una empresa.
Para ellas, Marcia no era más que una sirvienta gratis, porque lo único que sabían de ella era que trabajaba como empleada en una pastelería de la ciudad.
Marcia se arregló y volvió a la cocina para desayunar con los demás, pero cuando llegó a la mesa todos habían terminado.
—Menos mal que acabé de comer, porque con solo ver a esta mugrosa se me quita el apetito —soltó Isabella, despreciando a su cuñada.
—Marcia, antes de irte, recoge la mesa y lava todos los platos —ordenó doña Carmen.
—Sí, señora —respondió Marcia, obediente.
—Mamá, ya me voy —Rodrigo se despidió de su madre.
No le dedicó una sola mirada a Marcia. Llevaba casi una semana con esa actitud fría e indiferente.
—¡Rodrigo! —Marcia lo llamó y extendió la mano hacia su esposo.
Quería besarle la mano como hacía siempre antes de que él saliera a trabajar, pero en lugar de recibirla, Rodrigo le apartó la mano con brusquedad.
—Quítate, que voy a llegar tarde al trabajo —espetó con sequedad.
—No le estorbes a mi hijo cuando se va a trabajar. Él no es un muerto de hambre como tú —una vez más, doña Carmen le escupió su veneno a la nuera.
—Rodrigo, dame para mis gastos. Ya se me acabó el dinero, y también quiero comprarme un labial —Isabella le tendió la mano a su hermano.
Rodrigo sacó la cartera y le dio tres billetes de a cien.
—¡Gracias, hermano! —Isabella sonrió y guardó el dinero de inmediato.
Después de eso, todos se levantaron de la mesa vacía. No quedaba ni un bocado para Marcia. Ella recogió los restos del desayuno ajeno; tendría que postergar su propia comida otra mañana más. Tal vez comería algo al llegar a la pastelería.
No era la primera vez. Cada día, Rodrigo le daba apenas cinco dólares para alimentar a cinco personas. Su excusa era que Marcia no necesitaba comprar verduras, porque don Alfonso aprovechaba el terreno baldío detrás de la casa para cultivar un pequeño huerto.
Don Alfonso era jubilado y ocupaba su tiempo cuidando ese pedazo de tierra. Marcia cubría la diferencia con su propio dinero, pero aun así la familia la consideraba inútil.
Comeré algo en la pastelería, se dijo mientras fregaba la pila de platos sucios.
Cuando terminó, tomó su bolso raído, se lo cruzó al hombro y salió de la casa a paso rápido. Caminó hasta el final del pasaje donde se encontraba la vivienda.
—Oye, Marcia, ¿todavía sigues trabajando? Tu marido es gerente, imposible que te falte dinero —la saludó doña Irma, la vecina más chismosa de la cuadra.
—Sí, Marcia, ¿por qué sigues trabajando? —Antonia, que le daba de comer a su hijo en la puerta de su casa, se sumó al comentario.
—Ay, señoras, es que Marcia es una nuera derrochadora. Se gasta todo el sueldo de Rodrigo, y ahora se hace la que trabaja, pero en realidad solo quiere pretextos para andar de vaga por ahí —doña Carmen había aparecido en la entrada de la casa y, como siempre, se dedicaba a destrozar la imagen de su nuera.
Marcia no dijo nada. Le daba pereza discutir con su suegra. Prefería hacerse la sorda antes que rebajarse a responderle.
—¿De verdad, doña Carmen? Yo no me lo creo. Mire cómo se viste la pobre, toda desaliñada. No puede ser que se gaste el dinero de Rodrigo —doña Irma no terminaba de convencerse.
—No compra ropa, pero todo el sueldo de Rodrigo se lo manda a sus padres allá en el campo —doña Carmen seguía fabricando mentiras sobre su nuera.
—Ah, ¿eso es lo que hace? No me lo imaginaba. Con esa carita de mosquita muerta... —doña Irma comenzaba a creerle.
—No se deje engañar por esa cara de inocente —remató doña Carmen.
Lo que doña Carmen no sabía era que los padres de Marcia vivían en la misma ciudad, no en ningún pueblo lejano como ella le contaba a las vecinas.
Marcia llegó al final del pasaje. Ahí, estacionado frente a ella, la esperaba un auto de lujo.
—A la casa primero, Benito —le indicó al chofer que la recogía.
—Sí, señorita —respondió Benito con respeto, y puso el auto en marcha.
Marcia pasó primero por la casa que había comprado antes de casarse con Rodrigo. Él jamás supo que su esposa tenía una propiedad propia.