Antes de morir en una sangrienta operación militar en la Tierra, la vida del protagonista tuvo un solo propósito: pagar el tratamiento contra el cáncer de su hermana menor. Cada noche, para calmar su dolor, le leía novelas de romance. Tras perderla, cayó en combate poco tiempo después.
Para su sorpresa, despierta como Alexander von Ashford, poderoso Duque y General del Imperio de Valerius. La transmigración ocurre un mes después de partir a una guerra absurda, tras la trágica caída de su caballo. Ahora, un nuevo espíritu toma las riendas de su destino.
Al cruzar los recuerdos del cuerpo con los conocimientos de la novela, comprende la realidad: está dentro del libro. En la historia original, tras tres años de guerra, el Duque regresaba para descubrir que su esposa Elena y su hijo Theo de tres años habían muerto trágicamente.
Con su astucia táctica y la memoria del cuerpo, el exmilitar actuará rápido para cambiar el destino.
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Capítulo 6: La trampa se estrecha
Tres semanas habían transcurrido desde que envié mi primera carta hacia la frontera. Tres largas semanas en las que la penumbra de la traición fue envolviendo cada rincón de la residencia ducal.
Con cada semana que pasaba, el ambiente en la mansión Ashford se volvía más sofocante y hostil. El control de la casa se nos escapaba de las manos a Theo y a mí con una lentitud calculada.
Durante la primera semana, el mayordomo Gerald comenzó a alterar los turnos de la guardia principal. Reemplazó a los hombres leales a la familia por soldados imperiales traídos por la Princesa Evelyn.
En la segunda semana, las presiones se volvieron más directas. El golpe más devastador ocurrió cuando la Sra. Beatrice, la amada jefa de sirvientas que sirvió al ducado por treinta años, fue expulsada de la mansión.
—Duquesa Elena, el mayordomo Gerald me ha informado que debo tomar vacaciones indefinidas por orden de Su Alteza —me dijo la Sra. Beatrice con lágrimas en los ojos mientras empacaba sus cosas.
—¡Eso es una arbitrariedad! Ningún sirviente de este palacio es enviado a casa sin mi autorización previa —protesté con profunda indignación, apretando los puños con rabia.
—Le ruego que tenga mucho cuidado, mi señora —susurró la anciana sirvienta, mirando con temor hacia el pasillo—. Gerald y la princesa controlan la cocina y las puertas. Por favor, proteja al niño.
Al día siguiente confronté al mayordomo en el vestíbulo principal, exigiendo una explicación inmediata por el despido de nuestro personal más antiguo y leal.
—Mayordomo Gerald, ¿con qué autoridad tomó la decisión de enviar a la jefa de sirvientas de vacaciones? —le cuestioné con voz fría y exigente.
—Señora Duquesa, fue una recomendación de la Princesa Evelyn para reestructurar el servicio —respondió Gerald haciendo una reverencia falsa—. Solo buscamos la comodidad de la casa imperial.
—Elena, no crees un conflicto por la servidumbre —intervino mi cuñado Julian, apareciendo con el rostro pálido y demacrado—. Debemos ser amables con la princesa mientras mi hermano está en la guerra.
—¿Amables? Están expulsando a la gente que vio nacer a tu hermano, Julian —le recriminé con amargura, notando cómo él evitaba mirarme a los ojos.
—La princesa sabe lo que hace, Elena. No compliques las cosas —murmuró Julian antes de darse la vuelta y alejarse apresuradamente hacia su despacho.
«Ambos están actuando coordinados... Me están despojando de todo apoyo dentro de mi propia casa», pensé mientras la impotencia me oprimía el pecho.
Durante la tercera semana, la angustia se trasladó a las cosas más cotidianas. Las cocinas pasaron a estar bajo la supervisión de sirvientes nuevos traídos por Gerald, lo que me obligó a extremar precauciones.
Yo misma probaba cada plato de comida antes de permitir que mi hijo probara un solo bocado. Solamente confiaba en la fiel nana Lucía para hervir la leche del pequeño Theo.
—Mamá, ¿por qué la dama de vestido azul me mira feo cuando camino por el jardín? —preguntó Theo una tarde, mientras jugaba con sus bloques de madera en mi habitación.
—No es nada, mi amor. La princesa solo está de visita —respondí arrodillándome a su altura para acariciar su suave cabello—. Recuerda lo que te prometiste: jamás aceptes dulces de Gerald ni de los nuevos guardias.
—No lo haré, mamá. Solo comeré lo que tú me prepares —prometió el niño con la pureza de sus tres años, dándome un abrazo apretado que me llenó de fuerza.
Esa misma noche, la Princesa Evelyn se presentó en mis aposentos sin haber sido anunciada, luciendo un elegante vestido de seda y una sonrisa llena de condescendencia.
—Elena, querida, noté que estás muy demacrada —comentó Evelyn paseando la mirada por la habitación de Theo—. Deberías dejarme la administración completa del ducado y tomar un descanso en el campo.
—Agradezco su preocupación, Su Alteza, pero la administración del ducado Ashford es mi deber como Duquesa consorte hasta que Alexander regrese —respondí con una inclinación fría.
—Alexander está muy ocupado en una guerra sangrienta, Elena. Sería una lástima que algo te ocurriera a ti o al niño por tanto agotamiento —añadió la princesa con una amenaza velada antes de retirarse.
Llegada la medianoche, mientras la angustia amenazaba con romper mi templanza, un ligero chasquido en la ventana del balcón me puso en alerta absoluta.
El mensajero de sombras emergió silenciosamente entre las cortinas de la estancia, entregándome un nuevo tubo de cuero con el sello de cera roja del halcón.
—Una orden confidencial del General Alexander para la Duquesa —susurró el hombre antes de dar un paso atrás y desaparecer en la penumbra del balcón.
Rompí el sello y desplegué el papel. Al leer la caligrafía firme de mi esposo, sentí que la presencia imponente de Alexander me abrazaba a la distancia.
«Respecto al mayordomo Gerald, mantén la calma y no lo enfrentes abiertamente todavía. Deja que se confíe; un enemigo confiado siempre comete errores», leí en voz baja.
Alexander me instruía detalladamente: no consumir alimentos no verificados, mantener una cortesía fría ante Evelyn, vigilar a Julian sin encararlo y confiar en los guardias de incógnito que él había apostado fuera.
«Mis maniobras militares en el frente ya han iniciado y acortaré esta contienda mucho antes de lo previsto... Resiste un poco más. Pronto estaré de vuelta para purgar a los traidores», concluía la carta.
«Él no nos ha abandonado. Mientras lucha en el campo de batalla, me está protegiendo desde la distancia», pensé, sintiendo una renovada ola de valor recorriéndome las venas.
Guardé el pergamino en el compartimento secreto de mi tocador y me acerqué a la cuna donde Theo dormía plácidamente. Le acomodé la manta con ternura.
—No nos vencerán, Alexander —susurré mirando hacia el cielo estrellado desde la ventana—. Resistiré cada ataque hasta que regreses a reclutar lo que es nuestro.
que obra tan magistral
ya quiero ver arder a esos traidores
ya quiero ver asustados a los traidores cuando el ya empiece a dar órdenes con el sello 👏🤭
malditos como los odio y ese Julian su envidia y ambición lo destruiría y esa bruja ya me cae bien mal
estos acabarán amándose mucho
no nos dejen con la incertidumbre
ya quiero verla llegar con Alexander
malditas vivoras y que bueno que no tienen el sello