Lola vive bajo una regla de oro: su espacio personal es sagrado. Es inteligente, retraída y encuentra paz en el silencio. Su único error fue dejar entrar en ese refugio a Mateo, su mejor amigo, un torbellino de imprudencia que solo entiende de tácticas de fútbol y de cómo hacerla reír cuando más lo necesita.
Pero el equilibrio se rompe cuando el "Rey del Campo" se convierte en el objetivo de la chica más popular, y un rival inesperado decide que la brillante timidez de Lola es el trofeo que realmente quiere ganar
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Capítulo 12: El Café de los Versos
El pasaje peatonal del casco antiguo conservaba el olor a piedra húmeda tras la llovizna de la tarde. En una esquina discreta, resguardado tras un ventanal de marco de madera oscura, se encontraba El Café de los Versos. La puerta chirrió suavemente al abrirse, dejando escapar una ráfaga de aire tibio impregnado de grano recién molido, canela y papel viejo.
Andrés sostuvo la puerta para Lola con un gesto impecable, esperando paciente a que ella cruzara el umbral.
—Es aquí —dijo él con una sonrisa tranquila, indicando el espacio con un leve movimiento de cabeza—. Pensé que te gustaría. No hay música estridente ni prisas.
Lola echó un vistazo a su alrededor y sintió que los músculos de sus hombros, habitualmente contraídos, se relajaban instintivamente. El lugar era una especie de refugio subterráneo para la mente: luz tenue proyectada por lámparas de tulipa amarilla, pequeñas mesas de hierro forjado bien distanciadas entre sí y estanterías repletas de libros con cubiertas desgastadas.
El murmullo de los clientes era apenas un zumbido bajo, un murmullo respetuoso que flotaba en el aire sin chocar con nada.
—Es perfecto, Andrés —admitió ella en voz baja, quitándose la bufanda—. Parece sacado de otra época.
Se acomodaron en una mesa redonda cerca de una biblioteca de madera de nogal. Andrés jaló la silla para ella antes de tomar asiento enfrente, cruzando las piernas con la elegancia sobria que lo caracterizaba. Vestía un abrigo gris bien entallado y un suéter de cuello alto que acentuaba su postura erguida.
El camarero se acercó sin hacer ruido. Andrés pidió un café filtrado de origen y Lola optó por una infusión de manzanilla con lavanda. Sin necesidad de consultar el menú ni dudar, Andrés comenzó la conversación en el punto exacto donde la habían dejado días atrás en la biblioteca.
—Estaba releyendo a Cortázar esta mañana —empezó él, apoyando los codos en la mesa y entrelazando los dedos con parsimonia—. En particular Rayuela. Pensaba en cómo la estructura fragmentada no es solo un juego estilístico, sino una metáfora de la imposibilidad de construir una verdad única en las relaciones humanas. ¿No te parece que la búsqueda de Oliveira es, en el fondo, una condena al aislamiento?
Lola lo escuchó atentamente. La voz de Andrés era pausada, modulada en un tono grave y sereno que invitaba a la reflexión. Sus palabras estaban perfectamente articuladas, cada idea conectada con la siguiente mediante una lógica impecable. Era la clase de charla que Lola siempre había deseado tener: sin interrupciones brutales, sin chistes fuera de lugar y sin la necesidad de competir por el volumen de la voz.
—Sí, completamente —respondió Lola, inclinándose ligeramente hacia adelante y ajustándose las gafas—. Oliveira está tan atrapado en su propio análisis intelectual que destruye la espontaneidad de La Maga. Ella siente; él disecciona. Y al hacerlo, se queda solo en su propio laberinto.
—Exacto —asintió Andrés, con una chispita de entusiasmo sobrio en la mirada—. Diseccionar la emoción termina por matarla. Me alegra que lo veas así. Pocas personas en la escuela entienden esa distinción. La mayoría vive sumergida en la prisa o en la superficialidad de las apariencias.
Lola sonrió de forma educada, tomando un sorbo de su infusión. El calor de la taza le reconfortaba las manos. La conversación fluyó de manera natural durante casi una hora. Hablaron de cine de autor, de la cadencia de la poesía contemporánea y de la arquitectura de la ciudad. Andrés demostró ser un conversador brillante: informado, respetuoso, incapaz de interrumpirla o de alzar la voz. Nunca invadió su espacio físico; sus manos permanecían en su lado de la mesa, y sus comentarios mantenían siempre una distancia prudente y refinada.
Era, en teoría, la cita o el encuentro ideal para alguien con la personalidad de Lola. Un ecosistema libre de sobresaltos.
Sin embargo, a medida que los minutos avanzaban, una sensación extraña comenzó a anidar en el estómago de Lola. Una especie de vacío sutil, frío y persistente.
Andrés hizo una observación aguda sobre una metáfora literaria, adornándola con un matiz académico impecable. Esperó la reacción de Lola con una sonrisa mesurada. Lola sonrió, asintió y respondió con la misma inteligencia, pero sus labios apenas se curvaron hacia arriba. Fue un gesto mecánico, socialmente correcto.
En ese preciso instante, una imagen mental irrumpió en la cabeza de Lola con la fuerza de un rayo.
Recordó a Mateo una tarde de lluvia en su habitación, intentando leer una contraportada en voz alta para impresionarla, tropezando con una palabra de tres sílabas y pronunciándola de una forma tan absurdamente mal que se había atragantado con su propia saliva, terminando rodando por la alfombra entre risas escandalosas.
Recordó la cara de burro que ponía cuando no entendía una metafora y cómo, para salir del paso, inventaba una teoría descabellada sobre alienígenas o futbolistas que terminaba arrancándole a ella risas tan profundas que le hacían saltar las lágrimas.
Lola miró a Andrés. Andrés era impecable. Era un espejo de calma y sabiduría. Pero con Andrés no había riesgo, no había baches en el camino, no había ese elemento impredecible y caótico que hacía que el corazón le diese un vuelco. Andrés no sabía romper el hielo con una torpeza genuina. No sabía provocar esa risa estúpida, descontrolada y humana que Mateo lograba sacarle sin el menor esfuerzo, simplemente siendo él mismo.
—¿Lola? ¿Estás bien? —preguntó Andrés, ladeando suavemente la cabeza al notar el breve lapso de silencio en ella.
—Sí, lo siento —dijo ella, parpadeando para disipar el recuerdo—. Me distraje un segundo con el vapor del té. ¿Qué me decías?
—Te decía que el domingo habrá una lectura de poesía aquí mismo —continuó él, con la misma voz afable y tranquila—. Pensé que podríamos venir juntos. Podríamos comentar los textos después, sin las distracciones del colegio.
Lola sostuvo la mirada de Andrés. Vio en sus ojos un interés genuino, honesto y maduro. Andrés no jugaba a la manipulación como Patricia, ni buscaba imponerse. Era un buen chico. Pero mientras lo observaba, Lola se dio cuenta de algo fundamental sobre sí misma.
Había pasado meses deseando que el mundo fuera un lugar más silencioso, más ordenado y más predecible. Pensaba que la paz era la ausencia absoluta de ruido. Pero estar allí, en ese café perfecto, con un chico perfecto, hablándo de temas perfectos, le demostró que la paz sin chispa se volvía monótona.
Le faltaba el pulso. Le faltaba la energía viva y desbordante que Mateo le inyectaba a su existencia, aunque a veces viniera acompañada de un tropiezo o de una patada a un carrito de libros.
—Es una gran propuesta, Andrés —respondió Lola con voz suave, tomando su bolso con cierta lentitud—. De verdad aprecio mucho que me hayas traído aquí. El lugar es hermoso. Pero este fin de semana tengo algunas cosas que organizar en casa.
Andrés no insistió. No hubo mala cara ni un gesto de molestia en sus rasgos; simplemente aceptó la respuesta con la caballerosidad impecable de siempre, aunque una fugaz sombra de decepción cruzó por sus ojos.
—Entiendo —dijo él, pidiendo la cuenta con un leve gesto de la mano al mozo—. De todos modos, la invitación queda abierta. Sabes que siempre es un placer hablar contigo, Lola. Es difícil encontrar a alguien con tu profundidad.
—Gracias, Andrés —murmuró ella, sintiendo una mezcla de gratitud y tristeza.
Salieron del café a la calle empedrada. El aire de la noche era fresco y cortante. Andrés la acompañó hasta la parada del autobús, manteniendo la misma distancia respetuosa de todo el encuentro. Se despidieron con un apretón de manos cálido y un beso en la mejilla que penas rozó la piel.
Cuando el autobús arrancó, Lola se sentó junto a la ventana, apoyando la sien contra el cristal helado mientras las luces de la ciudad se desdibujaban en la penumbra. Sacó el teléfono del bolsillo.
Había un mensaje de Mateo enviado hacía veinte minutos:
"Ya salí de la práctica. Me duelen hasta los pensamientos. Pasé por tu calle y vi que no había luz en tu cuarto. ¿Todo bien, Loli?"
Lola miró el mensaje durante un par de paradas. Una sonrisa pequeña, inevitable y sincera brotó en sus labios. No era una sonrisa educada como las que le había dedicado a Andrés; era una sonrisa que le tibia el pecho.
Escribió una respuesta corta:
"Todo bien. Estaba fuera. Mañana asegúrate de llevar tus pensamientos doloridos a la escuela, que tienes que devolverme un libro."
La respuesta de Mateo llegó apenas tres segundos después, acompañada de tres emoticonos de caras desfiguradas por el dolor y un texto atropellado:
"Noooo, libros no, por favor. Mejor te compro unos tacos y me lees un cuento tú mientras yo me quedo dormido en tu alfombra. Trato?"
Lola soltó una pequeña risa ahogada en el asiento trasero del autobús, llamando la atención de una anciana que viajaba un par de filas más adelante. Se cubrió la boca con la mano, sintiendo cómo el calor le regresaba al rostro.
Ahí estaba. Eso era lo que Andrés, con toda su brillantez y su poesía, nunca podría darle: la maravillosa, absurda y desordenada alegría de ser simplemente ella misma junto al chico que hacía que el silencio valiera la pena.