NovelToon NovelToon
LA PÓLVORA

LA PÓLVORA

Status: En proceso
Genre:Mafia / Traiciones y engaños / Venganza
Popularitas:423
Nilai: 5
nombre de autor: Yesid Cabas

A los 17 años, Mila Sarmiento pierde a su hermano en una guerra que nunca fue suya.
En El Pozo, la justicia no existe. Solo existen las deudas, las traiciones y las balas.
Nail, un joven sicario, le enseñará a sobrevivir. Pero Mila aprenderá demasiado rápido.
Lo que comienza como una búsqueda de venganza terminará convirtiéndola en La Pólvora, la mujer más temida de Puerto Fiel.
El problema es que cuanto más poder consigue, más cerca está de descubrir una verdad que podría destruirlo todo.
Porque en este barrio, para sobrevivir hay que convertirse en aquello que juraste destruir.

NovelToon tiene autorización de Yesid Cabas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 10: EL TERRENO BALDÍO

El terreno baldío quedaba detrás del último tramo de casas de la loma, en un descampado que alguna vez había sido, según contaban los más viejos, una cancha de fútbol improvisada, antes de que la maleza y el abandono se lo fueran comiendo poco a poco. A esa hora, cinco y media de la mañana, con el cielo todavía de un azul oscuro que apenas empezaba a rasgarse por el este, el lugar tenía una quietud extraña, casi solemne, como si supiera que iba a ser testigo de algo importante.

Mila llegó primero. Se había levantado sin despertar a su madre, inventando en su cabeza una excusa —"salí a caminar, no podía dormir"— por si doña Nelly se despertaba y preguntaba, aunque en el fondo sabía que su madre, agotada por el mareo del día anterior, dormiría profundo hasta bien entrada la mañana. Se sentó sobre una piedra grande, con los brazos cruzados por el frío que a esa hora todavía se sentía en la loma, y esperó, con una mezcla de nervios y determinación que le apretaba el estómago.

Nail llegó diez minutos después, cargando una bolsa de tela desgastada que dejó con cuidado sobre el pasto, sin abrirla todavía. Vestía distinto a como Mila lo había visto siempre: una chaqueta liviana, tenis viejos, nada que llamara la atención, como si incluso su ropa hubiera sido elegida con el mismo cuidado calculado con que elegía las mesas de espaldas a la pared.

—Llegó temprano —dijo él, casi como un cumplido a regañadientes.

—No podía dormir.

Nail asintió, sin agregar nada, y se quedó un momento mirando el amanecer que empezaba a asomarse detrás de las montañas lejanas, con una expresión que Mila no supo interpretar del todo: no era exactamente arrepentimiento, pero tampoco la seguridad tranquila que él solía proyectar. Por primera vez desde que se conocían, Mila lo vio dudar.

—Antes de empezar, quiero que sepa algo —dijo finalmente, sin mirarla, con la vista todavía fija en el horizonte—. Yo tenía diecinueve años cuando alguien me enseñó a mí lo mismo que le voy a enseñar hoy. Y ese alguien me dijo, antes de empezar, que lo que estaba a punto de hacer no era regalarme un poder, sino quitarme algo que nunca iba a poder recuperar. En ese momento no le entendí. Ahora sí.

—¿Qué es lo que se pierde?

Nail se giró a mirarla, y por un instante, algo en sus ojos —una tristeza vieja, guardada con cuidado bajo capas de disciplina— se dejó ver sin filtro, antes de que él mismo lo tapara de nuevo con esa calma entrenada.

—La inocencia de no saber lo fácil que es apagar una vida. Una vez que uno lo sabe de verdad, no en teoría sino en el cuerpo, ya no hay forma de desaprenderlo. Cada persona que uno mira, sin querer, empieza a calcularse: cuánto tarda en reaccionar, dónde tiene los puntos débiles, qué tan peligrosa es. El mundo deja de ser un lugar donde uno simplemente vive, y se convierte en un lugar que hay que sobrevivir todo el tiempo.

Mila se quedó callada, sintiendo el peso de esas palabras asentarse sobre ella como una advertencia final, la última oportunidad de dar marcha atrás. Pensó en Yeison, en la sábana blanca cubriéndolo en mitad de la calle, en el investigador de la corbata floja hablando del "caso número cuarenta y cuatro", en su madre desmayada sobre la máquina de coser.

—Ya perdí la inocencia, Nail. Eso se me murió con mi hermano.

Él la miró un momento más, como si estuviera buscando algún rastro de duda en su cara y no lo encontrara, y finalmente, con un gesto casi resignado, se agachó y abrió la bolsa de tela.

Adentro había un revólver pequeño, de esos que Mila solo había visto en la televisión, más pesado de lo que se imaginaba cuando Nail se lo puso en las manos por primera vez, con el cuidado de quien entrega algo sagrado y peligroso al mismo tiempo.

—Está descargado —aclaró, al ver cómo ella se tensaba al recibirlo—. Hoy no vamos a disparar. Hoy solo vamos a aprender a sostenerlo, a respetarlo, a entender que esto no es un juguete de película.

Pasaron la siguiente hora así: Nail corrigiendo la postura de Mila con un cuidado casi metódico, ajustándole los dedos sobre el gatillo, la posición de los pies, el ángulo de los brazos, hablando en un tono bajo y constante que en algún momento dejó de sonar como instrucción técnica y empezó a sonar, sin que ninguno de los dos lo mencionara en voz alta, como una conversación entre dos personas que empezaban a conocerse de una manera distinta a la que permite el resto del mundo.

Hubo un momento, corrigiéndole la postura de las manos, en que los dedos de Nail rozaron los de ella más tiempo del estrictamente necesario para la lección. Ninguno de los dos dijo nada. Pero Mila sintió, en ese roce breve, algo que no tenía nada que ver con las armas ni con la venganza ni con la plata que necesitaba para el arriendo: una corriente pequeña, inesperada, que la hizo levantar la vista justo cuando él también la estaba mirando.

—Concéntrese —dijo Nail, apartando la mano con una rapidez que a Mila le pareció más nerviosa que profesional, retomando el tono de instructor con un esfuerzo casi visible.

—Estoy concentrada.

—No, no lo está. Está pensando en otra cosa.

—¿Y usted no?

La pregunta quedó flotando entre los dos, sin respuesta, mientras el sol terminaba de subir del todo sobre la loma, bañando el terreno baldío de una luz dorada que por un momento hizo que ese lugar abandonado pareciera casi bonito. Nail no contestó, pero tampoco negó nada, y ese silencio, más que cualquier palabra, le dijo a Mila todo lo que necesitaba saber.

Terminaron la sesión con el sol ya bien alto, acordando verse tres veces por semana, siempre a esa misma hora, siempre en ese mismo lugar. Antes de despedirse, Nail le hizo una última advertencia, esta vez con una seriedad que no dejaba espacio para dudas.

—Lo que pase acá, en este baldío, se queda en este baldío. Usted y yo no somos nada más que esto: una alumna y un instructor. Nada de lo que sintamos —y no se haga la que no entiende de qué hablo— puede salir de acá. En mi mundo, encariñarse con la persona equivocada es la forma más rápida de conseguir que la maten a uno, o peor, que maten a la persona por la que uno se encariñó.

Mila asintió, aunque algo en su pecho, algo que apenas empezaba a nacer esa mañana entre la pólvora fría de un revólver descargado y el roce accidental de unos dedos, ya sabía que esa promesa iba a ser mucho más difícil de cumplir de lo que ambos, en ese momento, estaban dispuestos a admitir.

Caminando de regreso a casa, con el peso invisible de todo lo aprendido esa mañana instalándose en su cuerpo de una forma nueva, Mila se dio cuenta de que ya no tenía miedo de la misma manera que antes.

Tenía un miedo distinto ahora. Un miedo mezclado, sin que ella supiera todavía cómo separarlo, con algo que empezaba a parecerse, peligrosamente, a la esperanza.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play