En la noche de su cumpleaños número veintitrés, Camila Alcázar descubre que Diego, el hombre al que amó durante tres años, la engaña con la mujer que juró no significar nada para él.
Humillada, furiosa y decidida a elegir por sí misma al menos una vez, Camila le entrega la llave de una suite al desconocido más imponente del antro.
—Dime que estás segura —le exige él.
—Lo estoy. Esta noche te elijo a ti.
Lo que debía ser una sola noche termina convirtiéndose en el encuentro más intenso de su vida.
Pero al despertar, Camila descubre que aquel desconocido es Maximiliano Montalvo: un poderoso empresario de treinta y cinco años, doce mayor que ella… y el padre adoptivo de Ximena, su mejor amiga.
Camila intenta huir y enterrar lo ocurrido. Maximiliano, en cambio, no piensa dejarla escapar.
—Me voy a casar contigo.
—¿Por una noche?
—No. Porque llevo cuatro años sin poder olvidarte.
Cuando dos latidos inesperados aparecen en una pantalla, el matrimonio secreto que debía protegerla empieza a convertirse en algo mucho más peligroso: una relación llena de deseo, celos y sentimientos que ninguno de los dos puede seguir fingiendo.
Ahora Camila tendrá que enfrentarse a un ex dispuesto a destruirla, una familia que quiere vender su futuro y una rival capaz de atentar contra sus hijos.
Pero Maximiliano ya tomó una decisión.
Camila será su esposa, la madre de sus hijos y la única mujer autorizada a incendiar su cama.
Y piensa consentirla hasta que ella deje de tener miedo de pertenecerle.
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Capítulo 24
Capítulo 24
—— POV Diego ——
Diego Lascano llevaba tres días sin abrir el celular.
No podía. Cada vez que lo prendía, ahí estaba: él, secándose la cara con la manga como un idiota, congelado en un cuadro que ya había visto medio país. "El del agua." Así le decían. En el club de golf, en la oficina de su papá, en el grupo de la prepa que llevaba diez años muerto y que había revivido nada más para reírse de él. El del agua. Diego Lascano, heredero de Constructora Lascano, reducido a un meme de dos segundos por culpa de una becaria digna y de su amiguita loca.
—Ya, mi amor. —Priscila estaba tirada en el sillón de la sala de Diego, con las piernas encogidas, hojeando su propio teléfono con una uña perfecta—. Deja de verlo. Te haces daño.
—Es que no se vale. —Diego se sirvió otro whisky, el tercero, y le tembló la mano al servirlo—. Yo no hice nada. Yo nada más fui a saludar. Y la loca esa me mojó, y ahora el ridículo lo hago yo. ¿Dónde está la justicia, Pris? ¿Dónde?
—No hay justicia, bebé. —Priscila ni levantó la vista—. Hay que hacérsela una.
—Mi papá me habló ayer. —Diego se dejó caer en el sillón, derrotado—. ¿Sabes qué me dijo? Que "un Lascano no sale mojado en internet". Que le dé vergüenza. A mí. Cuando fue ella la que empezó, con esa carita de santa que tiene, tan digna, tan…
—Tan trepadora. —Priscila por fin dejó el teléfono. Se enderezó, se acomodó el pelo, y le puso a Diego una mano suave en la rodilla, con esa dulzura que siempre le sacaba a él lo peor—. ¿Tú de verdad crees que Camila trabaja "directamente" con el Grupo Montalvo, mi cielo? ¿Una becaria de zapatos rotos? Por favor. —Ladeó la cabeza—. Ahí hay algo. Nadie sube tan rápido siendo tan poca cosa. O se está acostando con alguien, o le están pagando por algo. Y en las dos, mi amor, hay un cochinero.
Diego levantó los ojos, y en su cara podrida se encendió algo.
—¿Tú crees?
—Yo no creo. Yo sé cómo son estas. —Priscila sonrió, y era una sonrisa que a Diego le habría dado miedo si no estuviera tan borracho y tan dolido—. Averigua con quién anda. Qué hace. A dónde va. Un secretito basta. Con un solo secretito, esa tendencia se le voltea en la cara y la que sale mojada es ella. Para siempre.
—No tengo cómo.
—Ay, Diego. —Priscila suspiró, como quien le explica a un niño—. ¿Para qué tienes a Beto?
Beto llegó una hora después, con su chamarra de siempre y su cara de perro que espera hueso. Diego le dio instrucciones entre trago y trago: síguela, averigua dónde vive, con quién sale, quién la lleva y quién la trae. Todo. Y una foto, "de algo bueno, tú sabes de qué, para eso te pago". Le puso enfrente unos billetes. Beto los contó con el pulgar, sin prisa, y se los guardó.
—¿Y si no hay nada, patrón?
—Siempre hay algo —dijo Priscila desde el sillón, sin voltear—. Todas guardan algo. Sobre todo las que se hacen las santas.
—Oye, Pris. —Diego la buscó con los ojos, de repente blando, de repente necesitado—. Cuando esto pase, cuando le demos su merecido a Camila… tú y yo, ¿verdad? Tú y yo bien.
—Claro, mi amor. —Priscila le puso una mano en la mejilla, sin dejar de ver el teléfono, y le habló como se le habla a un perro que ya se va a dormir—. Tú y yo. Primero lo de la becaria. Luego lo nuestro. Todo a su tiempo.
Diego sonrió, tranquilizado, y se sirvió otro trago. No vio que, mientras lo consolaba con una mano, con la otra Priscila le mandaba un mensaje a alguien más, alguien cuyo nombre tenía guardado sin foto, y que borró la conversación en cuanto lo envió. Priscila usaba a Diego igual que un pañuelo: para el momento, y a la basura. Pero Diego, dolido y borracho y humillado en internet, se aferraba a ella como a lo único que le quedaba, y no le importaba de qué lado del pañuelo estuviera con tal de que ella lo siguiera tocando.
Beto se fue esa misma noche a hacer su trabajo. Diego se quedó viendo el fondo de su vaso, sintiéndose por primera vez en tres días un poquito menos idiota. Priscila volvió a su teléfono, con la boca torcida en una media sonrisa, y a él ni lo miró. Diego no lo notó. Diego nunca notaba nada.
—— POV Camila ——
Lo raro empezó el jueves.
Yo salí de Ensueño Media a las siete, cargada de carpetas, a esperar a Beltrán en la banqueta como siempre. Y había un coche.
Un coche gris, ni nuevo ni viejo, estacionado del otro lado de la avenida, con el motor prendido y un hombre adentro. No pensé nada. Uno espera a alguien. Pero cuando Beltrán llegó por mí y arrancamos, el coche gris arrancó también. Nos siguió tres calles. Dio las mismas vueltas. Yo lo vi por el espejo lateral y me dije que era coincidencia, que toda la ciudad va para el mismo rumbo a esa hora.
El viernes estaba otra vez. En la esquina de la oficina. El mismo gris.
El sábado lo vi cerca de las Lomas, dos cuadras antes de la reja, orillado bajo un árbol, y adentro un tipo con chamarra que en cuanto sintió que lo miraba, agachó la cabeza y fingió ver el teléfono. Un tipo que yo no conocía. Que no era del vecindario, donde los choferes se saludan entre ellos y las muchachas del servicio se conocen todas. Que no tenía nada que hacer parado ahí, dos horas, viendo hacia la casa.
Se me quedó frío el estómago, y esta vez no fue el mareo.
Me acordé de Diego. "Te vas a arrepentir de esto." Lo había gritado en el restaurante, con la cara escurriendo agua y rencor, delante de todos. Yo no le había hecho caso. Diego era mucho ruido y pocas nueces; llevaba tres años prometiéndome cosas que nunca cumplía, y esa amenaza me había sonado a lo mismo, a berrinche de niño mojado. Pero un coche gris tres días seguidos ya no era un berrinche. Era otra cosa. Y yo no sabía nombrarla.
Pensé en decirle a Beltrán. Pensé en decirle a doña Reme. Pero, ¿qué le decía? ¿Que un coche gris me daba mala espina? Después de la propuesta, del beso que no fue, de la camisa mojada, del video con un millón de vistas, cualquiera pensaría que ya me estaba volviendo loca de nervios. "Es el estrés, niña." Ya me sabía la canción.
No le dije a nadie.
Pero esa noche, subiendo a mi cuarto, me asomé por la ventana antes de cerrar la cortina. La calle estaba oscura y vacía. El árbol de la esquina no tenía ningún coche debajo.
Me sentí tonta. Me reí sola, medio nerviosa, y jalé la cortina.
Y justo cuando la tela terminaba de cerrarse, allá abajo, dos faros grises se encendieron un segundo bajo otro árbol, más lejos, y se volvieron a apagar.