Noa creció en una mansión en Florida rodeada de lujos, pero también de mentiras. Cuando descubrió que su prometido, su madrastra y su propia media hermana conspiraban para robarle la herencia de su madre fallecida, no lloró.
Se vengó.
El día de la boda, mientras los invitados esperaban en el salón, Noa estaba en un avión rumbo a Seattle. A las diez de la noche, un telón programado expuso cada mensaje, cada foto y cada prueba de la traición ante las cámaras y la prensa. Después borró su número, cerró esa puerta y juró empezar de cero.
Pero la vida tenía otros planes.
Una noche en un club exclusivo de Seattle, Noa conoció a un desconocido de ojos oscuros y sonrisa calculada. Sin apellidos, sin pasado, sin promesas. Solo una noche que no debería haber significado nada.
Un mes después, una prueba de embarazo le demostró lo contrario.
Y el desconocido resultó ser Atlas Smith: el CEO multimillonario más frío y reservado de la costa oeste. Un hombre que al escuchar "Estoy embarazada, el hijo es tuyo" sacó un talonario de cheques y preguntó cuánto costaba hacerla desaparecer.
La bofetada que le dio Noa resonó por toda la oficina.
Pero Atlas no era Sebastian. No era un hombre débil ni un mentiroso. Era arrogante, controlador y terco como una pared de concreto... pero también era un hombre capaz de admitir cuando se equivocaba. Y cuando la investigación que ordenó reveló quién era realmente Noa, todo cambió.
Porque ella no quería su dinero.
No quería su apellido.
Solo quería que su hijo supiera quién era su padre.
Lo que ninguno de los dos esperaba era que entre peleas, provocaciones, consultas médicas y cenas familiares, algo mucho más peligroso que un embarazo inesperado empezaría a crecer: un amor real, terco y absolutamente imposible de ignorar.
Pero la felicidad tiene enemigos. Y del pasado de Atlas surge una mujer dispuesta a destruir todo lo que él ha construido con Noa, justo cuando más tienen que perder.
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Capítulo 13
La noche llegó rápido.
Demasiado rápido.
Tal vez porque por primera vez en semanas realmente me estaba preparando para vivir algo más allá de la rutina silenciosa entre el trabajo y el departamento.
Me di un baño largo, de esos que parecen lavar no solo el cuerpo sino también el peso de los pensamientos. Me lavé el cabello con cuidado y dejé mis rizos completamente sueltos, voluminosos y definidos.
Mi cabello siempre fue una de las cosas que más recordaban a mi mamá.
Extrañamente... esa noche eso no me lastimó.
Me maquillé pensando en que durara hasta el amanecer. Delineado marcando los ojos, un brillo discreto en la piel y tonos que resaltaban todavía más mis ojos azules.
Cuando terminé, me quedé unos segundos mirando mi reflejo.
Parecía viva otra vez.
Elegí un vestido rojo corto con un escote en V profundo al frente y un entrelazado elegante en la espalda. La tela abrazaba mis curvas perfectamente sin parecer vulgar.
Sexy.
Segura.
Peligroso en la medida justa.
Completé con unas sandalias negras de tacón grueso, lo suficientemente cómodas para bailar toda la noche sin hacerme odiar mi propia existencia después.
Me pasé crema luminosa por el cuerpo, dejando la piel brillando suavemente bajo la luz. Perfume caro. Algunos anillos delicados en los dedos.
Y claro...
Mi bolsito cruzado.
Porque definitivamente no era el tipo de mujer que dependía de un hombre para pagar bebidas o pedir un auto.
Adentro puse lo esencial:
Labial.
Perfume pequeño.
Toallitas húmedas.
Celular.
Tarjeta.
Kit de supervivencia femenina para guerra nocturna.
Dejé mi cabello suelto cayendo por la espalda en rizos voluminosos que combinaban perfectamente con el vestido.
¿Y sinceramente?
Hacía tiempo que no me sentía bonita de esa manera.
Terminé justo en el momento en que Kira llegó.
Cuando abrí la puerta, prácticamente se congeló en el pasillo.
Kira estaba deslumbrante.
Llevaba un vestido blanco strapless, corto, lleno de brillo y con una abertura lateral atrevida. El tacón blanco y fino la hacía ver todavía más alta y dramática.
Parecíamos protagonistas de película cara a punto de tomar decisiones cuestionables.
—Dios mío... —dijo mirándome de arriba abajo—. Estás guapísima.
Empecé a reírme.
—Tú también estás increíble.
—Hoy vamos a causar trauma psicológico en tipos ricos.
—¡KIRA!
Ella solo parpadeó con inocencia.
Nos subimos al auto todavía riéndonos y avanzamos por la ciudad iluminada mientras Seattle brillaba bajo la llovizna nocturna.
Y por primera vez en mucho tiempo...
No estaba pensando en Sebastian.
Ni en mi familia.
Ni en el pasado.
Esa noche solo quería música alta, luces neón y algunas horas donde mi corazón pudiera olvidar que alguna vez lo habían roto.
En otra parte de Seattle, Alaric llevaba oficialmente una semana entera haciéndole la vida imposible a su hermano.
—Te convertiste en un robot corporativo.
Atlas ni levantó la vista de la laptop.
—Y tú en un adolescente de fraternidad con dinero infinito.
—Eso fue casi un cumplido.
—No lo fue.
Alaric puso los ojos en blanco dramáticamente y se dejó caer en el sofá de la oficina de su hermano como si estuviera a punto de morir de sufrimiento.
Llevaba una semana intentando convencer a Atlas de salir.
Una semana entera escuchando excusas diferentes.
—Tengo reunión.
—Tengo un reporte.
—Tengo un contrato internacional.
—Tengo ganas de que me dejen en paz.
Esa última era la favorita de Atlas.
Pero esa noche, después de tanta insistencia irritante, el milagro finalmente ocurrió.
—Sale.
Alaric se quedó inmóvil por dos segundos.
—¿Sale... qué?
—Voy.
Silencio.
Entonces el hermano menor prácticamente brincó del sofá.
—¡POR FIN!
Atlas puso una expresión cansada.
—¿Puedes dejar de actuar como si hubieras logrado domesticar a un animal salvaje?
—No prometo.
Alaric estaba genuinamente feliz. Porque a pesar de las bromas constantes, sabía que su hermano trabajaba demasiado. Atlas vivía atrapado entre reuniones, decisiones multimillonarias y responsabilidades infinitas.
A veces parecía que olvidaba cómo respirar fuera de la empresa.
Así que una salida a una discoteca de lujo en el centro de la ciudad parecía casi un evento histórico.
—Solo no me arrastres a una mesa llena de influencers gritando —advirtió Atlas mientras cerraba la laptop.
—Tampoco prometo eso.
—Alaric.
—Es broma. Tal vez.
Atlas solo se pasó la mano por la cara, ya arrepentido.
Más tarde, los dos salieron juntos.
Alaric con ropa clara, accesorios discretos y esa sonrisa naturalmente peligrosa que atraía atención sin esfuerzo.
Atlas, por otro lado, parecía exactamente el tipo de hombre que llegaría a una fiesta lujosa y haría que la mitad del lugar se pusiera nervioso sin siquiera abrir la boca.
Traje oscuro perfectamente alineado.
Reloj absurdamente caro.
Postura recta.
Expresión cerrada.
El famoso CEO corazón de hielo en versión nocturna.
Cuando entraron a la discoteca, las luces de colores cortaban el ambiente mientras la música electrónica vibraba por las paredes elegantes del lugar. Era uno de los locales más exclusivos de la ciudad, frecuentado por empresarios, celebridades y herederos millonarios.
Exactamente el tipo de lugar que Atlas normalmente evitaba.
Alaric, en cambio, parecía estar en casa de inmediato.
—¡De esto es de lo que hablo! —exclamó animado.
Atlas soltó un suspiro lento mientras observaba el caos lujoso a su alrededor.
Y en ese momento... todavía no tenía la menor idea de que aquella noche cambiaría muchas cosas.