Su sangre puede coronar reyes... o enterrarlos.
Cuando un omega despierta con la marca de un alfa vampiro ardiendo en su cuello, descubre demasiado tarde que no es una víctima: es la última arma que todos quieren poseer.
Y el alfa que lo reclamó no piensa soltarlo... ni vivo, ni muerto.
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Capítulo 17: La gota que decide
La gota que decide
El suelo volvió a temblar, más fuerte esta vez.
La grieta bajo el trono se ensanchó con un crujido seco. Un hilo de sombra negra, más densa y fría que cualquiera que hubieran enfrentado, subió como humo invertido y comenzó a enrollarse alrededor de la base de piedra. El aire de la cámara se volvió pesado, casi irrespirable. Olía a tierra muy profunda, a hierro oxidado y a algo que no tenía nombre.
Damien empujó a Kael un paso atrás, colocándose entre él y la grieta. El vínculo latía con una urgencia afilada.
—Decide ahora —dijo el alfa sin girarse—. Lo que sea que está subiendo no va a esperar a que termines de pensarlo.
Kael miró el frasco en su mano. El líquido oscuro se movía solo, como si respondiera a la presencia que emergía. La gema unificada en su marca ardía. A través del lazo sentía la tensión de Damien, la disposición absoluta a aceptar cualquier resultado… y el miedo controlado a perderlo.
La voz de la última reina todavía resonaba en su cabeza:
*El precio será parte de tu humanidad.*
Kael cerró los dedos alrededor del cristal.
—Si no lo bebo —dijo en voz baja—, esa cosa nos destrozará. Y después irá a por todo lo que quede arriba.
Damien no negó nada. Solo asintió una vez, la mandíbula apretada.
—Entonces bebe. Y no me sueltes. Pase lo que pase dentro de ti… yo estaré al otro lado del vínculo.
Kael no esperó más.
Rompió el sello de cera con el pulgar y se llevó el frasco a los labios.
El líquido era espeso, metálico y amargo hasta el punto del dolor. Bajó por su garganta como lava fría. Por un segundo no pasó nada. Luego el mundo se inclinó.
El poder de la última gota de sangre pura de la reina chocó con el suyo. No fue una fusión suave como la de los medallones. Fue una invasión. Kael cayó de rodillas. Damien cayó con él, ambos brazos rodeándolo, el vínculo abierto al máximo para absorber parte del impacto.
Kael gritó.
No solo de dolor. De exceso. Memorias que no le pertenecían inundaron su mente: siglos de reinado, de guerra, de decisiones que habían costado miles de vidas. Sintió el momento exacto en que la reina había decidido desaparecer. Sintió el veneno que había usado para sellar a los Guardianes Rotos. Y sintió cómo ese mismo veneno, ahora mezclado con su propia sangre, comenzaba a reescribir algo profundo dentro de él.
Damien gruñó contra su cuello. A través del lazo el alfa estaba recibiendo todo: cada fragmento de poder, cada trozo de humanidad que se desprendía, cada segundo de transformación. Su propio cuerpo temblaba al intentar anclar a Kael para que no se perdiera por completo.
—Sigue aquí —ordenó Damien con voz rota—. Mírame. No te vayas a las memorias. Quédate conmigo.
Kael logró abrir los ojos. Los iris ya no eran solo del color normal. Habían adquirido un brillo ámbar permanente, el mismo de la gema. Cuando habló, su voz sonó distinta: más profunda, más resonante.
—Te siento… demasiado.
—Porque ya no hay barreras —respondió Damien—. Eso era parte del precio.
La grieta bajo el trono se abrió por completo.
Lo que emergió no era una criatura de sombra como el Guardián Roto. Era más grande. Más antigua. Su forma apenas se sostenía en dos piernas; parecía hecha de piedra negra y vacío, con demasiados brazos articulados y un rostro que cambiaba cada vez que Kael intentaba enfocarlo. Cuando habló, la voz hizo vibrar los huesos.
—La heredera bebió el veneno de la reina… Qué predecible. Y qué útil.
Damien se puso de pie de inmediato, levantando a Kael con él. El alfa estaba pálido, la sangre de las heridas anteriores todavía manchándole la piel, pero sus ojos brillaban con una determinación feroz.
—No lo tocarás.
La entidad rio. El sonido fue como rocas rozándose en las profundidades.
—Pequeño Voss. Todavía crees que puedes interponerte entre la sangre real y lo que le pertenece. Yo fui el primero que ella selló. El más fuerte. El que más se resistió. Y ahora que su última gota corre por las venas de este omega… puedo terminarlo de una vez.
Se lanzó.
Damien salió a su encuentro. El choque hizo que la cámara entera se estremeciera. Kael sintió cada impacto a través del vínculo como si fuera él quien recibía los golpes. El poder nuevo —más oscuro, más pesado después del frasco— pedía salir. Ya no era solo luz ámbar. Ahora tenía vetas negras, el residuo del veneno de la reina.
Kael no esperó.
Empujó el poder a través del lazo. Damien lo recibió, lo estabilizó y lo devolvió en forma de un ataque conjunto. Una lanza de energía ámbar y negra atravesó uno de los brazos de la entidad. La criatura soltó un alarido y se retorció, pero no cayó. Al contrario: pareció alimentarse del ataque.
—Sí… —dijo con deleite—. Dadme más. Cada vez que usáis el poder de la reina, me acercáis más a ser libre del todo.
Damien retrocedió hasta quedar hombro con hombro con Kael.
—No podemos seguir golpeándolo de la misma forma —dijo entre dientes—. Se está nutriendo.
Kael asintió. El veneno dentro de él ardía. Podía sentir cómo parte de su esencia más humana se diluía, reemplazada por algo más antiguo y frío. El miedo que eso le provocaba era real… pero el vínculo con Damien lo mantenía anclado.
—Entonces no le demos poder —respondió—. Se lo quitamos.
Damien lo miró un segundo. Comprendió.
En lugar de atacar, ambos abrieron el vínculo al máximo y tiraron. No empujaron energía hacia fuera. La absorbieron. La presencia de la entidad, el poder residual de los sellos rotos, incluso el eco de los antiguos que se removían más abajo… todo fue arrastrado hacia la gema unificada y hacia el ancla que era Damien.
La criatura se detuvo en seco. Por primera vez su forma vaciló.
—¿Qué… estáis haciendo?
Kael dio un paso adelante. La gema en su marca brillaba con una luz casi blanca. Cuando habló, la voz de la última reina y la suya propia se superpusieron por un instante.
—Terminando lo que ella empezó.
El tirón se intensificó. Damien gruñó de esfuerzo, los colmillos apretados, el cuerpo temblando al servir de conducto. Kael sentía cómo el veneno de la reina dentro de él reconocía a la entidad y comenzaba a deshacerla desde dentro, exactamente como había sido diseñado siglos atrás.
La criatura se retorció. Sus brazos de piedra y vacío se agrietaron. Intentó lanzarse una última vez hacia Kael, pero Damien se interpuso y recibió el golpe completo. El sonido de algo rompiéndose dentro del alfa resonó a través del vínculo. Kael gritó su nombre, pero no soltó el control del poder.
Con un último esfuerzo conjunto, empujaron todo el veneno y toda la luz hacia el centro de la entidad.
Hubo un silencio absoluto.
Luego la criatura se deshizo.
No en ceniza. En polvo fino y negro que cayó al suelo sin un solo sonido. El vacío que la había compuesto se cerró sobre sí mismo y desapareció.
La cámara quedó en silencio.
Damien cayó de rodillas. Kael lo sostuvo antes de que golpeara la piedra. El pecho del alfa subía y bajaba con dificultad. A través del vínculo Kael sintió el daño: no solo físico. El esfuerzo de haber canalizado tanto poder antiguo había dejado marcas profundas.
—Damien… —la voz de Kael salió rota.
El alfa levantó una mano temblorosa y tocó la mejilla de Kael. Sus ojos rojos, ahora permanentemente veteados de ámbar, buscaron los del omega.
—Todavía… estoy aquí —logró decir—. El veneno… te cambió. Puedo sentirlo. Parte de ti… ya no es la misma.
Kael asintió. Lo sabía. Había un frío nuevo en el centro de su pecho. Una distancia con respecto a lo que había sentido antes como “humano”. Pero el vínculo con Damien seguía allí, más fuerte, más absoluto, como la reina había prometido.
—No me perdí —susurró Kael—. Tú no me dejaste.
Damien apoyó la frente contra la de él, respirando con esfuerzo.
—Nunca.
El suelo volvió a temblar. Esta vez no fue una grieta local. Fue un movimiento profundo, lejano, como si algo mucho más grande hubiera notado la muerte de la entidad y hubiera decidido moverse.
Kael ayudó a Damien a ponerse de pie. Ambos miraron la grieta abierta bajo el trono. Ya no subía sombra. Pero el vacío que quedaba parecía más profundo que antes.
—Eso… solo era el primero de los grandes —dijo Damien con voz ronca—. Hay más. Y ahora saben que la sangre real volvió a usar el veneno de la reina.
Kael miró la daga que todavía llevaba en la cintura y luego la gema en su marca. El poder dentro de él era diferente. Más frío. Más preciso. Y completamente ligado a Damien.
—Entonces terminemos esto antes de que despierten todos.
Damien asintió. Apretó la mano de Kael con fuerza, como si todavía necesitara asegurarse de que ambos seguían enteros.
Juntos se alejaron del trono vacío y de la grieta oscura, buscando el siguiente pasaje que las memorias de la reina les habían mostrado. Detrás de ellos, el polvo de la entidad destruida se dispersó con una corriente de aire que no debería existir tan abajo.
Y más profundo todavía, en la oscuridad que ni siquiera los antiguos nombraban, algo sonrió.
Porque la sangre real había pagado el precio…
y el verdadero despertar apenas comenzaba.