Un acuerdo que no eligió. Un desconocido que debe aceptar. Y un lazo que el tiempo ni la muerte pudieron romper.
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CAPÍTULO 23 La decisión más dolorosa
Pasaron las horas y él seguía ahí.
No se movió del borde de la cama, no se fue a otra habitación, no dio señales de tener prisa.
Solo se quedó ahí, vigilando con esa mirada fría y penetrante, como si pudiera ver cada uno de mis pensamientos.
El silencio entre nosotros era pesado, asfixiante, solo roto por mis sollozos ahogados que intentaba contener inútilmente.
Yo me quedé mirando la pared, con el pecho oprimido, odiándolo por estar ahí, odiándome por no tener fuerzas para echarlo.
Sabía que tenía el control absoluto, y cada segundo de su presencia me lo recordaba.
Cuando consideró que ya había pasado suficiente tiempo, se levantó despacio, tomó la bandeja que había dejado preparada en la mesita y volvió a sentarse justo en el mismo lugar.
Había sopa caliente, pan fresco y un vaso con agua.
Lo puso frente a mí, invadiendo mi espacio.
—Come —dijo con voz cortante, sin rodeos, sin ningún tipo de suavidad.
Yo cerré la boca con fuerza, apreté los labios hasta dolerme y giré la cara hacia el otro lado, negando con la cabeza.
No quería probar nada que viniera de sus manos, no quería aceptar nada de quien tenía mi vida y la de mis hijos en sus manos.
Sentí cómo se inclinaba aún más hacia mí, su sombra cubriéndome casi por completo.
No alzó la voz, pero cada palabra que salió de su boca me atravesó como una navaja:
—Mira bien lo que te digo —empezó con una frialdad que me heló la sangre—.
Si no abres la boca y no comes, haré que tus hijos desaparezcan.
Los haré ir a hacerle compañía a Cristian.
Me quedé paralizada, dejé de respirar por un instante, y lo miré con los ojos muy abiertos de terror.
Él sostuvo mi mirada sin parpadear.
—Tú decides —continuó con dureza—.
Abre la boca ahora mismo, o esa será la última vez que pienses en ellos.
El miedo fue tan grande que me estremeció entera.
No dudé ni un segundo de que era capaz de cumplirlo.
La imagen de mis pequeños, solos y lejos, o peor aún... junto a quien ya no estaba, me rompió el alma en mil pedazos.
No tuve opción.
No había nada en este mundo que pudiera soportar que les hiciera daño.
Con las manos temblando y las lágrimas corriendo sin control por mis mejillas, abrí la boca despacio, derrotada.
Él no mostró ni un rastro de piedad, tomó la cuchara y me dio el primer bocado.
Estaba caliente, sabía bien, pero a mí me supo a mi propia derrota, a la esclavitud que aceptaba para salvar a los que amaba.
Así siguió, bocado tras bocado, hasta que terminó todo lo que había en el plato.
No dijo nada más, no me insultó, no cambió su expresión.
Solo cumplió su voluntad.
Cuando terminó, limpió mis labios con una servilleta con un cuidado extraño, que ahora me parecía aún más cruel por la amenaza que acababa de lanzarme.
—Bien —murmuró—.
Así es como debe ser.
De ahora en adelante, piensa en eso cada vez que quieras ponerte terca.
Se quedó ahí un momento más, mirándome, y luego se recostó un poco en la silla, dejándome claro que no se iría.
—Descansa.
No me moveré de aquí.
Yo me quedé mirando al techo, sintiendo que acababa de firmar mi rendición total, sabiendo que desde ese momento, haría cualquier cosa que él me ordenara, solo por asegurar que mis hijos siguieran vivos.