Mi esposo quería quedarse con mis bebés, criarlos con su amante y echarme después del parto.
Pero mis gemelos no eran suyos.
La clínica había usado por error la muestra de Jerónimo Alcántara, el magnate más temido de México.
Decidí divorciarme, recuperar mi dinero y sacar a la luz las mentiras de los Cardona. Rodrigo creía que yo no era nadie sin su apellido. Pronto descubriría cuánto le iba a costar haberme subestimado.
La esposa que había humillado era V, una artista reconocida. Y el hombre al que él jamás se atrevería a desafiar llevaba tiempo buscándome.
Mientras mi matrimonio se derrumbaba, Jerónimo empezó a hacer algo que mi esposo nunca había hecho: escucharme, protegerme y tomarse en serio lo que yo quería.
Ahora mi ex me ruega que vuelva.
Pero el padre de mis gemelos quiere casarse conmigo.
Y yo no pienso volver con el hombre que quiso quitarme a mis hijos.
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Capítulo 19
Capítulo 19
Pedí que incorporaran la bitácora a la revisión del caso y salí de la torre con una copia.
No fui a buscar a Ofelia. Quería llegar al departamento, sentarme y recordar aquel día sin la voz de Tadeo diciéndome qué debía pensar.
Beto conducía. Tito había avisado a Poncho que salíamos.
En uno de los accesos de Santa Fe, un coche se atravesó delante de nosotros. Beto frenó y trató de retroceder. Otro vehículo cerró la salida de atrás; el tercero se detuvo a un lado.
—Abajo, Renata —dijo Tito.
Me deslicé entre los asientos. Oí los seguros, un golpe contra el cristal y a Beto pidiendo ayuda por la radio.
Después ya no pude distinguir las voces.
Abrieron una puerta tras romper la ventanilla. Tito intentó impedir que entraran y vi que lo golpeaban. Tiraron de mí por el brazo. Me aferré al asiento hasta que una mano me agarró del cabello y me hizo soltarlo.
Las rodillas me rasparon el asfalto.
Me metieron en la parte trasera de otra camioneta y me sujetaron las muñecas con un cincho. Antes de que cerraran vi a Ofelia en el asiento delantero.
Se había quitado los lentes para mirarme.
—No tenías que haber hablado con Tadeo —dijo.
No sabía cómo se había enterado. Quizá la habían avisado desde la torre; quizá había preparado aquello antes de conocer lo del cuaderno. No iba a averiguarlo haciendo preguntas con uno de sus hombres sentado a mi lado.
Me acomodé contra la pared del vehículo, buscando que los baches no me golpearan el vientre.
El broche estaba prendido por dentro de la blusa. Con las manos atadas delante pude alcanzarlo. Repetí la señal que Poncho me había hecho practicar.
No se encendió ninguna luz. No había nada que me confirmara si alguien la recibía.
Retiré los dedos antes de que el hombre viera lo que hacía.
En la casa de descanso nos esperaban otros dos hombres y Rodrigo.
Al verme entrar, se apartó de la ventana.
—Mamá, ¿qué hiciste?
Ofelia señaló la silla donde me obligaron a sentarme.
—Lo que tú no supiste terminar.
Rodrigo miró mis manos. Quiso acercarse, pero su madre le puso la carpeta del convenio contra el pecho.
—Nos engañó. Tiene más cosas.
—Estaban mis abogados…
—Y los de ella. Ya lo sé.
Me preguntó dónde estaba la bitácora. No respondí.
Ofelia acercó una mesa con papeles. Uno era una declaración según la cual yo había ido voluntariamente a la casa. Otro hablaba de retractarme de lo dicho sobre el tratamiento.
No necesité leer más para entender para qué me querían sentada allí.
—Eso no cambia lo que guardó el doctor —dije.
—Puede cambiar lo que tú digas que pasó.
Rodrigo apoyó una mano en el respaldo de mi silla.
—Firma esto y nos vamos. Después hablamos.
Lo miré.
—Córtame el cincho.
Apartó la vista hacia su madre.
No esperé otra demostración de cuánto podía quererme.
Ofelia volvió a preguntar por las copias. Yo necesitaba que siguiera hablando, que no se desesperara antes de que llegara alguien. Tenía la boca seca y me costaba sostenerle la mirada sin volver a la página del cuaderno.
—¿Por qué? —pregunté—. ¿Por qué me dieron ese medicamento?
—Porque ibas a atar a mi hijo a ti para siempre.
Rodrigo levantó la cabeza.
—¿De qué medicamento estás hablando?
Su madre lo ignoró.
—No ibas a quedarte con esta familia por tener un bebé. Ni entonces ni ahora.
Me dolió oírlo aunque ya lo supiera. Había llevado flores al cuarto de Prudencia aquella semana. Recordaba haber esperado a que Ofelia se apartara para pedirle a Herlinda una toalla. Me habían visto pasar por la casa sin decirme lo que habían hecho.
Empujó la pluma hacia mis manos.
—Firma.
Entonces oí el helicóptero.
Al principio pensé que era un camión en el camino. Después vibraron los cristales y Rodrigo corrió a la ventana.
Uno de los hombres salió al jardín. Otro se llevó la mano a la cintura.
La puerta se abrió de golpe.
Hugo Prieto entró con el equipo de seguridad. Alguien gritó que apartaran las manos. Yo me incliné sobre la mesa mientras Beto y Tito volvían a cruzárseme por la cabeza: no sabía si estaban vivos, si el aviso había salido de ellos o del broche.
Un hombre de Hugo se puso delante de mí.
Lino entró grabando lo que encontraban. Jerónimo llegó detrás, con el brazo izquierdo recogido. Se detuvo al verme las muñecas.
Ofelia empezó a hablar.
—Esto es un asunto privado. Ella vino a…
—No voy a discutir con usted aquí —la cortó él—. Lino, entregue las imágenes al abogado y avise a la autoridad que ya la encontramos.
Lino acercó la cámara a los cinchos y a los papeles de la mesa. Quise decirle lo que Ofelia había confesado antes de que llegaran, pero no me salía la voz. Él guardó los documentos y me pidió que no intentara contarlo todo allí. Habría tiempo de declarar cuando estuviéramos fuera.
Jerónimo se arrodilló cerca de mí. Un miembro del equipo cortó la atadura.
—¿Puede ponerse de pie? —me preguntó.
Asentí, pero las rodillas me fallaron. Él me sostuvo con el brazo sano y Hugo se acercó por el otro lado. Me ayudaron a salir sin obligarme a caminar más rápido de lo que podía.
—Beto y Tito —dije.
—Están siendo atendidos —respondió Lino—. Los dos están vivos. El aviso del broche llegó a Poncho. Por eso pudimos seguirlos.
Tuve que detenerme al oírlo.
En el helicóptero había un sanitario esperando. Revisó mis muñecas y me ayudó con el cinturón. Jerónimo se sentó a mi lado cuando terminaron.
Yo quería preguntar adónde íbamos. Él miró mi vientre y después me buscó los ojos.
—No lo supe por Rodrigo —dijo, lo bastante cerca para que pudiera oírlo entre el ruido—. La auxiliar del laboratorio declaró. Mi equipo comprobó el código.
Dejé de mover las manos.
—Renata, son míos.
No pude contestar. Él bajó la vista hacia mi cinturón y se apartó para que el sanitario terminara de revisarme.
Por primera vez, yo no era la única persona sentada allí que sabía a quién estábamos protegiendo.