Valeria pensó que su vida se había terminado el día que su padre la obligó a casarse por negocios. El acuerdo familiar era absoluto: debía unirse a Ismael, el heredero de 24 años de la hacienda vecina, un hombre frío al que apenas conocía. Lo que Valeria no imagina es que Ismael odia esa tradición tanto como ella y esconde un secreto: ha construido una empresa millonaria en la ciudad y planea vender las tierras familiares para liberarlos a ambos.
Obligados a mudarse a la gran ciudad para mantener las apariencias, tendrán que convivir bajo el mismo techo compartiendo sábanas, mentiras y roces eléctricos. Pero cuando el juego de actuar como la pareja perfecta empieza a derretirse bajo el calor de las aguas termales de la costa y el asfalto urbano, las frías reglas de su sociedad financiera saltan por los aires. ¿Podrán conseguir la libertad sin perder el corazón en el intento? Una historia de amor forzado, secretos y superación.
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CAPITULO 18. EL ECO DE UN BESO
Cuando el eco de la puerta principal al cerrarse terminó de disiparse, el apartamento se sumió en un silencio tan denso que resultaba casi doloroso. Ismael y yo permanecimos inmóviles en mitad del salón, separados por apenas unos centímetros que de repente parecían kilómetros de distancia. Mis labios seguían hormigueando por la intensidad de su boca y mi corazón golpeaba mis costillas con una fuerza salvaje.
Ismael se aclaró la garganta, dio un paso hacia atrás y se pasó una mano por el cabello oscuro, despeinándolo un poco. Su mirada matemática y fría había desaparecido por completo; en su lugar, había una confusión profunda y un brillo oscuro que no supe descifrar.
—Valeria... yo... —comenzó a decir con una voz sutilmente ronca, pero se detuvo, incapaz de terminar la frase.
—Fue por mi padre, Ismael. Teníamos que hacerlo —lo interrumpí a toda prisa, con una voz temblorosa. Necesitaba decirlo en voz alta, necesitaba convencerme a mí misma de que aquello había sido solo una coreografía de supervivencia, aunque todo mi cuerpo gritara lo contrario—. Si no hubieras reaccionado así, él habría sospechado. Has salvado el trato de las tierras para tus padres y mi libertad. Gracias.
Ismael me miró fijamente durante unos segundos interminables. Su mandíbula se tensó imperceptiblemente y asintió con la cabeza muy despacio, recuperando a la fuerza su habitual máscara de control.
—Sí. Tienes razón. Era lo que requería la estrategia —contestó con un tono extrañamente distante—. El zorro ha caído en la trampa. Voy a... voy a cambiarme de ropa. Ha sido una semana agotadora.
Se dio la vuelta y caminó hacia la habitación matrimonial, cerrando la puerta tras de sí. Me quedé sola en el salón, abrazándome a mí misma, sintiendo que el aire acondicionado del piso me congelaba la piel. El teatro había terminado con un éxito absoluto, pero la victoria me dejaba un sabor agridulce y confuso en la boca.
El sábado por la mañana trajo consigo la verdadera prueba de la normalidad. Me levanté temprano y, por pura inercia, fui a mi antigua habitación con la intención de empezar a trasladar mis maletas y mis cajas de costura de regreso. Sin embargo, al abrir la puerta del cuarto de invitados, me quedé paralizada en el umbral. Ver las sábanas vacías donde había dormido mi padre me devolvió de golpe una tremenda sensación de ahogo. Además, pensar en volver a dormir sola, separada de Ismael por ese pasillo frío, me provocó un vacío en el estómago que me asustó.
Cuando salí al pasillo cargando con la primera bolsa de ropa, me encontré con Ismael, que salía de la cocina con dos tazas de café. Se detuvo al ver mis intenciones y clavó sus ojos oscuros en la bolsa que yo sostenía.
—¿Ya estás mudándote de vuelta? —preguntó en un susurro bajo.
—Pensé que... bueno, mi padre ya no está —titubeé, bajando la vista—. Se supone que las reglas dictaban que cada uno tenía su privacidad.
Ismael dejó las tazas sobre la mesa del comedor y se acercó a mí con pasos lentos y decididos. Se detuvo a un palmo de distancia, obligándome a levantar la cabeza para mirarlo.
—Tu padre ha dicho que llamará con frecuencia y Héctor me ha advertido que Don Manuel es capaz de enviar a alguno de sus socios de la ciudad a hacernos una visita sorpresa para asegurarse de que todo sigue en orden —explicó Ismael, buscando una justificación lógica, aunque su mirada decía algo completamente diferente—. Estar moviendo tus cosas de un cuarto a otro cada semana es absurdo y peligroso. Si alguien entra y ve las ropas separadas, el plan fallará. Sugiero que... dejes tus cosas en mi armario. La cama es lo suficientemente grande, Valeria. Hemos demostrado que podemos convivir sin problemas.
Lo miré, buscando cualquier rastro de burla en sus facciones, pero solo encontré una seriedad protectora inquebrantable. Dejar mi ropa mezclada con la suya y seguir compartiendo sus sábanas grises era jugar con fuego, pero en el fondo de mi alma, descubrí con terror que no quería marcharme de ese cuarto.
—Está bien, socio —acepté en un susurro, soltando la bolsa de ropa—. Nos quedaremos como estamos. Por seguridad.
Una sutil sonrisa de alivio cruzó los labios de Ismael antes de regresar a la cocina, rompiendo la tensión del momento.
A media tarde, mientras estaba sentada en el sofá del salón repasando unos bocetos para la academia con la televisión encendida de fondo para romper el silencio, mi teléfono móvil vibró con una llamada entrante. Al mirar la pantalla, un vuelco de pura alegría y ansiedad me dio en el pecho: era Aarón.
Me levanté del sofá a toda prisa y me encerré en la cocina para tener privacidad, deslizando el dedo para aceptar la llamada.
—¡Aarón! ¡Hermanito! —exclamé en un susurro emocionado—. ¿Cómo estás? ¿Cómo están las cosas por allá?
—¡Valeria! —la voz de mi hermano sonó al otro lado de la línea, baja y apresurada, señal de que estaba escondido en algún rincón de los viñedos—. Estoy bien, no te preocupes. He tenido que esperar a que el viejo se marchara a la reunión de capataces para poder llamarte. El viejo regresó anoche del viaje a la ciudad y no para de hablar de lo bien que te ve.
—¿Ah, sí? ¿Qué ha dicho? —pregunté, conteniendo la respiración.
—Dice que Ismael es un hombre de los pies a la cabeza, que tienes una casa preciosa y que se nota a leguas que están locos el uno por el otro —Aarón soltó una pequeña risa cómplice—. Me contó que los vio despedirse con un beso de película antes de subirse al coche. Te juro que casi me da un ataque de la risa imaginando al témpano de Ismael haciendo el papel de galán de telenovela. Eres una actriz genial, Vale. Lo has convencido por completo.
Escuchar las palabras de mi hermano me trajo de golpe una oleada de realidad que me abofeteó la cara. Recordé el calor de los labios de Ismael, la firmeza de sus manos y la intensidad real con la que me había besado. No había sido actuación para mí, y sentir que mi hermano lo celebraba como una simple mentira me revolvió la conciencia.
—Sí... tuvimos que hacerlo, Aarón —atiné a decir, intentando que mi voz sonara lo más normal posible—. Era la única forma de que no sospechara nada y de mantener el trato en secreto.
—Lo sé, y te lo agradezco en el alma, Valeria —la voz de Aarón se volvió de pronto seria y cargada de una madurez emotiva que me encogió el corazón—. El viejo está tan contento con la futura venta de la hacienda de Ismael que ha aflojado un poco la cuerda conmigo. Ayer me dejó descansar por la tarde y no me ha gritado en todo el día. Sé que estás haciendo un sacrificio enorme viviendo con un extraño y fingiendo ese matrimonio por mí, Valeria. Te prometo que voy a aguantar aquí todo el tiempo que haga falta hasta que tú estés bien establecida en la ciudad.
Las lágrimas amenazaron con asomarse a mis ojos al escuchar la nobleza de mi hermano. Clavé la vista en el salón a través del cristal de la cocina y vi a Ismael concentrado frente a su ordenador de trabajo, ajeno a mi conversación. Recordé mi gran meta, el motor que me había traído hasta aquí. No podía permitir que mis estúpidos nervios románticos me desviaran del camino. Tenía que volverme la mejor diseñadora, ganar mi propio dinero y sacar a Aarón de ese infierno.
—No es un sacrificio, Aarón —le aseguré con firmeza, limpiándome una lágrima traicionera—. Ismael es un buen hombre y un gran socio. Estoy estudiando mucho en la academia y muy pronto las cosas van a cambiar para los dos, te lo juro. Cuídate mucho, por favor. Te quiero.
—Y yo a ti, Vale. Tengo que colgar, viene el capataz —se despidió a toda prisa antes de cortar la comunicación.
Dejé el teléfono sobre la encimera de la cocina, respirando hondo para recuperar el control de mis emociones. Salí al salón con la barbilla en alto y la determinación grabada en el rostro. Al notar mis pasos, Ismael levantó la vista de sus pantallas y me miró con atención, captando de inmediato el cambio en mi semblante.
—¿Era tu hermano? —preguntó con suavidad.
—Sí —contesté, sentándome a su lado en el sofá y abriendo mi cuaderno de bocetos con renovada energía—. Mi padre ha regresado al pueblo completamente convencido. El trato sigue en marcha e Ismael... gracias de nuevo por dejarme quedar en tu habitación. Vamos a seguir siendo los mejores socios del mundo en esta estrategia.
Ismael sostuvo mi mirada durante unos segundos, asimilando mis palabras. Un sutil destello de decepción cruzó sus ojos oscuros al escuchar la palabra "socios", pero asintió con la cabeza, volviendo a sus gráficos numéricos con un suspiro contenido. Las reglas del juego se habían restablecido de cara al exterior, pero en la intimidad de ese apartamento de la gran ciudad, ambos sabíamos que el fuego del último acto seguía quemando en secreto bajo la superficie.