CONTINUACIÓN DE POLVO Y PROMESAS Veinte años después de que Valentina y Ethan Blackwood encontraran el amor entre polvo, caballos y promesas, la historia de los Blackwood continúa. Mike Blackwood nació y creció entre los campos de su familia , no imagina una vida lejos de aquellas tierras. Alessandra es una estudiante universitaria de tercer año que llega al pueblo como parte de un intercambio académico para continuar sus estudios Inteligente, decidida y apasionada por los animales, no está dispuesta a dejarse impresionar por un cowboy engreído que parece creer que sabe absolutamente todo ( de quien lo habrá heredado?) Su primer encuentro no podría salir peor. Pero enamorarse no estaba en los planes de ninguno. Mucho menos cuando ambos están convencidos de que el otro es exactamente la clase de persona que deberían evitar. Porque algunas historias de amor comienzan con una promesa. Y otras… comienzan con una discusión. Mike Blackwood y Alessandra están a punto de descubrir que el destino también sabe ensuciarse las botas. Una nueva generación. Un nuevo amor. El mismo rancho donde todo comenzó.
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La chica del intercambio
Alessandra había aprendido una cosa durante las primeras semanas de su intercambio: nunca había que confiar demasiado en las fotografías de los folletos universitarios.
En ellas, el campo siempre parecía perfecto.
Los animales estaban limpios, los caminos parecían recién arreglados y el cielo tenía ese azul imposible que hacía pensar que vivir lejos de la ciudad debía ser una experiencia tranquila.
La realidad era bastante diferente.
—¿Ya llegamos?
Alessandra levantó la mirada desde el teléfono.
—Eso espero.
El auto avanzaba lentamente por un camino de tierra mientras ella observaba el paisaje por la ventana.
Campos interminables.
Cercas de madera.
Algunos caballos pastando a lo lejos.
Grandes galpones y casas separadas por varios metros.
Era exactamente el tipo de lugar que había querido conocer.
Desde pequeña había sentido fascinación por los animales de granja. No solamente le gustaban; quería entenderlos.
Por eso había elegido aquella carrera.
Ahora, en su tercer año de universidad, el programa de intercambio le había permitido pasar unos meses estudiando y realizando prácticas en una zona completamente diferente.
Había aceptado sin pensarlo demasiado.
Lo que no había previsto era terminar viviendo temporalmente en un rancho.
—Tu alojamiento está cerca de la universidad —le explicó la coordinadora que conducía—. Y algunos días tendrás prácticas en el Blackwood Ranch.
Alessandra giró rápidamente la cabeza.
—¿Blackwood?
—Sí. Es uno de los ranchos más importantes de la zona. Tienen ganado, caballos y varios proyectos relacionados con producción y bienestar animal.
Aquello sí consiguió despertar completamente su atención.
—¿Voy a poder trabajar con los animales?
—Esa es la idea.
Alessandra sonrió.
Quizás aquel intercambio terminaría siendo mejor de lo que esperaba.
Unos minutos después, el auto se detuvo frente a una pequeña casa de huéspedes.
—Llegamos.
Alessandra bajó con sus maletas.
Respiró profundamente.
El aire olía a tierra, pasto y madera.
Sonrió.
Sí.
Definitivamente había elegido bien.
...****************...
Al otro lado del rancho, Mike estaba teniendo un día bastante menos tranquilo.
—¡Mike!
—¿Qué?
Su hermano menor Elliot apareció corriendo.
—Mamá dice que vengas a almorzar.
—Voy después.
—Dijo ahora.
Mike levantó la mirada.
—¿Y desde cuándo haces exactamente lo que mamá dice?
—Desde que me amenazó con quitarme el teléfono.
Mike soltó una carcajada.
—Traidor.
—Vamos.
El muchacho comenzó a caminar, pero se detuvo.
—Ah, por cierto…
—¿Qué?
—Papá dijo que mañana viene una estudiante de intercambio.
Mike frunció el ceño.
—¿Y?
—Que va a hacer prácticas aquí.
—Bien.
—Dicen que estudia animales.
—También bien.
Su hermano sonrió.
—Tal vez sea bonita.
Mike lo miró.
—¿Eso qué tiene que ver?
—Nada.
—Entonces deja de hablar.
Elliot soltó una carcajada y salió corriendo antes de que Mike pudiera darle un empujón.
—¡Idiota!
Mike negó con la cabeza.
Volvió a mirar la cerca.
Una estudiante.
No era asunto suyo.
Mientras supiera hacer su trabajo, no tendría ningún problema con ella.
O eso pensaba.
...****************...
...A la mañana siguiente...
Alessandra llegó al Blackwood Ranch antes de la hora acordada.
No quería causar una mala impresión.
Llevaba botas, unos jeans cómodos y una camisa clara. Había recogido su cabello para trabajar con mayor facilidad y llevaba una libreta donde había anotado algunas preguntas sobre las instalaciones.
Se detuvo frente a la entrada.
El enorme cartel de madera con la palabra BLACKWOOD estaba acompañado por una vieja marca en forma de B.
Alessandra sonrió.
—Bueno… aquí vamos.
Avanzó unos metros.
Escuchó el sonido de unos cascos.
Un caballo pasó al otro lado de la cerca.
Y entonces lo vio.
Un hombre joven estaba montando a caballo por uno de los campos.
Llevaba un sombrero oscuro y una camisa de mezclilla. Cabalgaba con una facilidad que dejaba claro que aquello no era algo que hubiera aprendido hacía poco.
El caballo se detuvo.
El jinete bajó.
Alessandra observó cómo se acercaba.
No sabía quién era.
Pero había algo en su manera de caminar.
Una seguridad casi exagerada.
Él se quitó los guantes y los guardó en el bolsillo trasero.
Sus ojos se encontraron con los de ella.
—¿Alessandra?
Ella asintió.
—Sí.
Él se acercó un poco más.
—Mike Blackwood.
Extendió la mano.
Alessandra la estrechó.
—Mucho gusto.
Mike la observó durante un segundo.
—¿Primera vez en un rancho?
Alessandra parpadeó.
—Sí.
—Se nota.
Ella soltó lentamente su mano.
—¿Perdón?
Mike señaló sus botas.
—Son nuevas.
Alessandra bajó la mirada.
Efectivamente.
Las había comprado específicamente para el viaje.
—Son botas de trabajo.
—Eso espero.
—¿Siempre recibes así a las personas?
Una sonrisa apareció en el rostro de Mike.
—Solo a las que llegan a trabajar aquí.
Alessandra cruzó los brazos.
—Bueno, espero que al menos me enseñes dónde tengo que ir.
—Puedo hacerlo.
Mike comenzó a caminar.
Alessandra lo siguió.
—¿Tienes experiencia con ganado?
—Sí.
—¿Caballos?
—También.
—¿Has trabajado con animales de granja?
—Durante mis prácticas universitarias.
Mike asintió.
—Entonces quizá sobrevivas.
Alessandra se detuvo.
—¿Siempre eres tan arrogante?
Mike se giró lentamente.
Por primera vez, pareció sorprendido.
Después sonrió.
—¿Llevamos menos de cinco minutos hablando y ya me descubriste?
Ella puso los ojos en blanco.
—No era difícil.
Mike soltó una risa baja.
Y continuó caminando.
Alessandra lo siguió, todavía molesta.
No le gustaba.
Definitivamente no le gustaba.
Y cuanto más hablaba con él, menos le agradaba.
Pero había algo que todavía no podía negar.
El chico sabía de animales.
Muchísimo.
Y cuando llegaron al primer corral, Mike comenzó a explicarle el comportamiento de cada animal con una precisión que hizo que Alessandra prestara atención.
Quizás…
solo quizás…
había juzgado demasiado rápido.
—Ese de allí —dijo Mike señalando un novillo— está más inquieto de lo normal.
Alessandra observó al animal.
—No parece enfermo.
—No dije que lo estuviera.
Ella se acercó un poco a la cerca.
—Entonces, ¿qué tiene?
Mike la miró.
—Eso es lo que quiero averiguar.
Alessandra tomó su libreta.
—Bien.
Mike arqueó una ceja.
—¿Bien?
—Sí. Vamos a averiguarlo.
Él sonrió de lado.
—Me parece que finalmente vas a sobrevivir.
Alessandra negó con la cabeza.
—No te acostumbres.
Y ninguno de los dos se dio cuenta de que aquella pequeña discusión sería apenas la primera de muchas.