Isabela y João estuvieron juntos durante ocho años y comprometidos durante seis.
En cada discusión, siempre era ella quien tenía que tragarse el orgullo y dar el primer paso para hacer las paces.
Hasta que Isabela vio a João engañándola con otras mujeres, sin el menor respeto por su dignidad. Solo entonces se dio cuenta de que, para él, nunca había sido realmente respetada.
Decidida, Isabela puso fin a la relación y se casó con Thiago, heredero de una de las familias más poderosas del país.
Fue solo en ese momento que João entendió lo que había perdido: un arrepentimiento y un dolor que ni dando todo de sí podría recuperar.
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Capítulo 14
Isabela sintió que el rostro le ardía. Intentó disimular con una sonrisa forzada, la voz saliendo un poco más alta de lo normal.
—Eres realmente muy inteligente —dijo ella, fingiendo admiración—. Tan rápido… casi no se puede creer.
Pero por dentro, la competitividad burbujeaba. No iba a dejarlo pasar así como así. No iba a permitir que él tuviera la última palabra tan fácilmente.
Cruzó los brazos, levantó el mentón.
—Vamos a cambiar las reglas. Yo toco el piano. Tú sigues con los Luban locks. Si consigues abrir uno, ganas un beso mío. Si no consigues… —Hizo una pausa dramática—. Entonces aceptas un castigo mío. Uno por uno.
Thiago inclinó la cabeza levemente. La luz de la luna dibujaba el contorno de su rostro, destacando su mandíbula firme.
—Eso suena más como un castigo para mí —replicó él, voz baja y seca—, que para ti.
Isabela no dio espacio para la negación. Se dio la vuelta, caminó hasta el piano de cola y se sentó en el banquito. Los dedos tocaron las teclas frías. Cerró los ojos por un segundo, respiró hondo.
Comenzó con una pieza simple, pero fluida —una de las primeras que aprendiera a los cinco años, una pequeña sonatina de Clementi que parecía agua corriendo—. Después pasó a algo más dulce, un vals de Chopin que su profesora de piano decía ser “perfecto para dedos jóvenes”. Las notas salían limpias, cristalinas, llenando el pasillo vacío.
Thiago se quedó inmóvil. Después, despacio, tomó el siguiente Luban lock de la pila que ella había traído —un modelo más complejo, con piezas curvas y encajes internos traicioneros—. Sus dedos largos y pálidos exploraban el objeto con paciencia metódica. De vez en cuando, se detenía, volteaba el rompecabezas, sentía el peso de las piezas. No decía nada.
Pero Isabela se daba cuenta. Él estaba escuchando. Realmente escuchando.
Allí abajo, en la sala de estar principal, Carlos estaba sentado en el sillón de cuero antiguo, el libro abierto en el regazo, pero sin leer una palabra. La música descendía por las escaleras como un río suave. Él cerró los ojos. Una lágrima solitaria resbaló por la arruga al lado del ojo.
Él había visto a Thiago crecer: el niño prodigio que a los diez años ya negociaba acciones con el abuelo, el adolescente que rechazaba fiestas para estudiar informes financieros, el joven que construía imperios mientras los otros de su edad construían sueños. Nunca había visto a Thiago detenerse para escuchar música. Nunca había visto a Thiago relajar los hombros. Nunca había visto a Thiago… ser gentil.
La música cambió. Isabela pasó a una pieza más lenta, más melancólica —un nocturno que parecía susurrar secretos—. Thiago abrió el segundo lock. Clic. Separó las piezas con cuidado, colocando cada una en un lugar específico en la mesa de al lado, como si estuviera catalogando artefactos.
Isabela continuó tocando. Una, dos, tres piezas. Él abría uno cada dos canciones. El ritmo entre ellos se establecía sin palabras: notas y clics, respiración y silencio.
Cuando solo quedó el último —un corazón de madera delicado, con tallados internos que parecían imposibles—, Isabela dejó de tocar. El silencio cayó pesado.
Ella se levantó. Caminó hacia él.
Thiago sostenía el lock en la palma de la mano. No lo movía más.
—Perdiste este —dijo ella, voz baja—. ¿Aceptas el castigo?
Estaban demasiado cerca. El olor de él —medicina, jabón neutro y algo cálido, humano— invadió su nariz. La respiración de él rozaba la piel de su rostro. La luna estaba cubierta por nubes gruesas; el pasillo sumido en penumbra suave, casi irreal.
Isabela sintió el corazón latir con fuerza. Quiso retroceder. El cuerpo, sin embargo, no obedeció.
Thiago levantó el rostro despacio.
—¿De verdad quieres? —preguntó él, voz ronca.
Antes de que ella respondiera, el lock en su mano hizo un clic final. Las piezas se soltaron. El corazón de madera se abrió.
En el mismo instante, por instinto, él bajó la cabeza —tal vez para ver mejor, tal vez por reflejo—. Y los labios de ella tocaron la comisura de la boca de él.
No fue un beso de verdad. Fue un toque accidental, leve, cálido. Pero duró un segundo más de lo que debía.
Isabela retrocedió como si hubiera recibido una descarga. Los ojos muy abiertos, el rostro en llamas. La mano voló hacia su boca.
Thiago no se movió. Solo pasó el pulgar despacio por la comisura de su propio labio, como si estuviera sintiendo el residuo del toque.
Después, con la voz más tranquila del mundo, dijo:
—Nueva apuesta. Yo toco. Tú montas los locks. Si consigues montar uno, ganas un beso. Si no… —Hizo una pausa—. Entonces yo gano uno.
Isabela parpadeó. El corazón aún disparado.
—¿Tú… tocas el piano?
—Toco. —Él giró la silla de ruedas hasta el instrumento—. Y soy bueno.
Se posicionó. Los dedos tocaron las teclas. Comenzó con una pieza lenta, precisa —Bach, una invención a dos voces—. Las notas salieron limpias, sin esfuerzo aparente.
Isabela se sentó en el suelo al lado de él, tomó los locks restantes. Abrió el celular para buscar un tutorial. Entonces se dio cuenta: no tenía señal. O mejor dicho, había dejado el celular en la habitación.
Sin tutorial. Sin video. Sin pista.
Ella lo intentó. Giró las piezas, encajó una aquí, intentó girar otra allí. Nada. El primer lock ni siquiera se abrió. El segundo, ni se acercó.
Thiago terminó la pieza. Volvió el rostro hacia ella.
—¿Y bien? ¿Cuántos conseguiste?
—…cero —murmuró ella, voz embargada de frustración.
Él soltó una risa baja, casi cariñosa.
—Entonces yo gano tres.
Isabela alzó la mirada, indignada.
—¡Eso es trampa! ¡No tenía cómo buscar!
Thiago se inclinó levemente hacia adelante.
—Mañana le pido a Carlos que te compre un saco de nueces. Para ayudarte a pensar.
Isabela abrió la boca para protestar. Después la cerró. Y, contra toda lógica, comenzó a reír. Una risa nerviosa, casi histérica, que se convirtió en carcajada genuina.
Thiago no se rio junto. Pero la comisura de su boca subió —una sonrisa mínima, casi imperceptible.
La luna salió de las nubes. La luz plateada cayó sobre los dos: él en la silla de ruedas, ella sentada en el suelo con rompecabezas esparcidos alrededor.
Ninguno de los dos habló más sobre besos.
digo si de una 🤣🤣🤣🤣
y le pido a Dios que el muchacho sea un mangazo jajajaaj así aprovecho y Melo como también 🤭🤣🤣🤣
Entonces la mamá de Isabella la alejo por su enfermedad o la encontró y no es su madre verdadera y quiso sacar provecho de ella... Hay que misterio, casi resuelto 🤔☺️