Durante tres años, Ximena Salazar esperó a un esposo que huyó al extranjero con su amante la misma semana de la boda. Cuando Fernando regresa a Monteverde con esa mujer embarazada del brazo, Ximena deja de esperar.
Le devuelve el apellido, recupera todo lo que entregó a la familia Ayala y decide seguir adelante con el único hombre que nunca le ha pedido explicaciones: Adrián, el desconocido irresistible al que ha mantenido en secreto durante tres años.
Solo hay un problema.
Adrián no es pobre, ni indefenso, ni el amante discreto que ella creía tener bajo control. Es el heredero de los Bramonte, el magnate más temido de la Capital y un hombre capaz de poner de rodillas a una familia entera con una sola llamada.
Mientras su exmarido intenta recuperarla, una falsa heredera roba su nombre y la alta sociedad se empeña en destruirla, Ximena tendrá que revelar los secretos que lleva años ocultando. Porque ella tampoco es una mujer cualquiera.
Él podría darle un imperio.
Pero Ximena ya sabe construir el suyo.
Y Adrián solo quiere una cosa a cambio: que la mujer que lo “mantuvo” deje de tratarlo como un capricho y lo elija para siempre.
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Capítulo 13
Cap 13: Me envenenaste
Adrián regresó a Villaverde con el pelo húmedo del vuelo y la cara de quien no ha dormido en dos días. En cuanto Ximena cruzó la puerta de la oficina para dejarle unos papeles de la licitación, él la jaló del brazo y la envolvió contra su pecho, sin avisar.
—No te muevas —murmuró en su pelo—. Dame cinco minutos así. Solo cinco.
—Adri, hueles a avión.
—Y tú a ese perfume que me trae idiota. —Cerró los ojos, respirando hondo contra su sien—. De verdad me envenenaste, ¿sabes? Tres años. Un veneno lento, carísimo, y yo cada día pidiendo más dosis.
Ella se rió bajito, contra su camisa, y no se soltó.
—Ya que estamos de confesiones —dijo Adrián, y bajó la voz, hablando despacio, como el que suelta al fin algo que guardó demasiado tiempo—. Aquella noche en el Caballo Negro, la primera, no pasó nada. Nada de nada. Te dormiste antes de que yo llegara siquiera a la habitación. Amaneciste convencida de que tú y yo habíamos... y a la mañana siguiente me firmaste un cheque, me miraste muy digna y me dijiste que de ahí en adelante tú me mantenías.
Ximena se separó lo justo para verle la cara.
—¿Y por qué nunca me lo aclaraste?
—Porque me convenía. —Una media sonrisa, canalla y sin vergüenza—. Una mujer hermosa quería adoptarme, me ponía casa, me daba mensualidad y no me preguntaba ni el apellido. ¿Qué idiota corrige eso? Me dejé mantener. Tres años enteros. Y aquí seguimos.
—Eres un descarado.
—Soy tu descarado. —Le rozó la punta de la nariz con la suya—. Eso también lo firmaste.
Sonó el teléfono de Ximena, cortando el momento. En la pantalla: residencia Salazar. Don Joaquín.
—¿Bueno?
—Xime, mija. —La voz de su padre de crianza, tibia y un poco culpable—. Vente a cenar hoy en la casa. Tu papá te extraña. La nana Chela anda haciendo tu postre desde temprano, ándale.
Ximena miró a Adrián, que ya había endurecido la mandíbula de solo oír el apellido.
—Voy —dijo, y colgó.
—No vayas —murmuró él.
—Voy por la nana. No por ellos.
La residencia de los Salazar olía a cera de piso y a mentira vieja. En la cocina, la nana Chela —el ama de llaves que la había criado en brazos desde recién nacida— batía crema con las manos manchadas de años y de cariño.
—Mija, tu flan de guayaba. —Se le llenaron los ojos de agua al verla entrar—. Casi nunca me dejan hacértelo ya, pero hoy que venías me armé de valor. Como cuando estabas chiquita, ¿te acuerdas? Que te lo comías a escondidas antes de la comida.
—Me acuerdo, nana. —Ximena la abrazó por los hombros, chiquita y encorvada—. Me acuerdo de todo.
—¿Y esto qué es? —La voz de Susana entró en la cocina antes que ella, filosa como un cuchillo—. ¿Otra vez desperdiciando ingredientes en la arrimada?
Cruzó taconeando, agarró el molde del flan y lo estrelló en el fregadero. La cerámica se cuarteó, el postre se deshizo entre los trastes sucios.
—Nana, tíralo. Y no vuelvas a comprar guayaba en tu vida, que a mí me da migraña el olor. —Se giró con una sonrisa de dueña—. Aquí las cosas se hacen como yo digo. Para eso soy la de la casa. Lo que es mío, es mío.
La nana Chela agachó la cabeza, temblando, con las manos todavía llenas de crema.
Ximena, muy tranquila, rescató del fregadero el molde a medio salvar, lo tapó con una servilleta y se lo puso a la nana en las manos.
—Guárdemelo en mi coche, nana, por favor. Yo me lo llevo tal cual. —Y sin subir la voz, a Susana—: Cómete lo que quieras de esta casa. Pero el cariño no se sirve por encargo, y ese no te alcanza a comprar.
—Ay, por Dios. —Susana puso los ojos en blanco y se recargó en la barra—. Tan mártir, tan sufrida. ¿Ya te enteraste de que te descansaron una semana en tu trabajito de la tele? Es lo normal, hermana. ¿Quién quiere ver a la hija de una asesina dando el noticiero del mediodía?
El comedor, del otro lado del arco, se quedó en silencio. Don Joaquín bajó la vista a su plato.
Ximena dejó la servilleta sobre la barra, muy despacio, y por primera vez miró a Susana de frente, a los ojos.
—Ya que hablas de esa noche, Susana. —Bajó la voz, y por eso dio más miedo—. Tú estabas ahí. En la escena. Esa madrugada, en casa de los Nava. Y no dijiste una sola palabra cuando tomaron declaraciones.
Susana perdió el color de la cara.
—Si hubieras declarado lo que viste, a Rosaura Nava le habrían reconocido la legítima defensa. Unos años, tal vez. Nada. En cambio callaste. Y por tu silencio la sentenciaron por homicidio doloso. Cadena perpetua. —Ximena inclinó apenas la cabeza, sin apartar los ojos—. ¿Sabes cómo se llama eso frente a un juez? Encubrimiento. Y me pregunto, hermana, qué otra cosa viste esa madrugada que tanto te conviene callar.
—Yo... yo no estaba ahí. —A Susana le temblaba la voz—. No sé de qué hablas. Estás inventando.
—Puede que esté inventando. —Ximena se encogió de hombros, indiferente—. O puede que haya una dashcam por ahí, la de algún camión estacionado esa madrugada, con la hora y la fecha impresas en la esquina. Nunca se sabe qué graban esas cámaras cuando nadie las mira. —Vio cómo a Susana se le desencajaba la cara—. Duerme bien, hermana.
Don Joaquín, desde la cabecera, carraspeó y no dijo nada; prefería no oír. Doña Leticia miraba fijo su plato, con los cubiertos quietos. La única que se atrevió a moverse fue la nana Chela, que salió corriendo a guardar el molde del flan en el coche antes de que Susana cambiara de opinión.
—Claro que no estabas. —Ximena recogió su bolso de la silla—. Buenas noches, papá. La cena estuvo... reveladora.
Salió con el molde del flan bajo el brazo y con Susana a su espalda, las manos temblándole, calculando frenética cuánto sabía Ximena en realidad, y cuánto podía probar.
Esa misma noche, un grupo de viejos amigos de Fernando citó a Ximena en el club Floresta. Todos la conocían de chamaca, del barrio, de cuando defendía a Fernando de los abusones a puño limpio; todavía la llamaban "la jefa".
—¡La jefa Xime! —brindaron en cuanto la vieron entrar—. ¡La única que le partió la cara al Gonzalo aquel en la secundaria! ¡Salud!
Ella se rió, se sentó, aguantó dos rondas por los viejos tiempos, contó una anécdota, esquivó tres preguntas incómodas sobre Fernando.
Él ya estaba borracho en un rincón, con la corbata floja y los ojos vidriosos, mirándola sin parar.
Cuando Ximena se levantó para despedirse, Fernando le cerró el paso, tambaleándose, y de pronto la abrazó, hundiéndole la cara en el hombro con todo su peso.
—Te extraño, Xime. —Lloraba, la voz deshecha de alcohol—. Todo lo hice mal. Todo. Te extraño tanto que no puedo ni dormir.
Ximena se quedó tiesa, con los brazos abiertos a los lados, sin corresponder el abrazo, buscando cómo soltarse sin tirarlo.
Y en ese preciso instante, al fondo del salón, se abrieron las puertas del elevador.
Adrián salió, con Toño Escalante y tres jóvenes herederos del círculo pisándole los talones.
Sus ojos cayeron, directos como una piedra, sobre Ximena. Sobre Ximena en brazos de otro hombre.