Estar en la zona de amigos es vivir en el infierno disfrazado de confianza.
Layla ama en silencio a Alexander, su mejor amigo, pero para él ella es solo una hermana: nunca la verá con otros ojos. Mientras tanto, Ryan, el chico que parecía no tener corazón ni sentimientos, se cruza en su camino y pone su mundo patas arriba.
De repente nada es sencillo. Alexander empieza a cuestionarse si en realidad ha estado mirando a la persona equivocada todo este tiempo. Y Ryan está dispuesto a todo para demostrarle que, a veces, lo que buscas no está donde crees… sino justo frente a ti.
¿Seguirá esperando a quien nunca la verá, o se atreverá a tomar el riesgo de amar a quien sí la mira como nadie más?
NovelToon tiene autorización de Autor lucia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Cap 23: Vestido rojo
...Layla Morgan...
Estaba tan concentrada en mi tarea que no escuché cuando tocaban la puerta de mi casa; solo me di cuenta cuando Madison entró a mi habitación y me reclamó por haberle hecho esperar. Ella se fijó en mis libros y lo primero que hizo fue cerrarlos y dejarlos fuera de mi alcance.
—¿Por qué sigues ahí sentada? —me señaló—. Cámbiate, que yo me encargo de tu maquillaje.
—Ay no —me quejé cuando sacó de su mochila todos sus productos de belleza, aunque estaba segura de que tenía muchos más en su casa—. No me maquillarás, yo me encargo de mi rostro.
—Soy muy buena maquillando y lo sabes —sonrió mientras dejaba sobre mi cama un vestido blanco muy corto y pegado—. Prometo no exagerar.
Terminé asintiendo.
—¿Karol y Rachel ya llegaron?
—¿No leíste el grupo? —negué con la cabeza—. Están dejando algunas cosas en casa de Jack; cuando terminen vendrán aquí.
Me acerqué a mi armario y tuve que buscar muy en el fondo para encontrar una blusa de manga larga que me pareciera bonita y unos jeans que combinaran con ella. La expresión en el rostro de Madison me hizo entender que no era una buena elección, y yo también lo creía, pero era lo mejor que había podido encontrar.
—No usarás eso, ¿cierto? —me miró con incredulidad.
—¿Qué tiene de malo?
—¡Iremos a una fiesta! —gritó—. Una fiesta organizada para ti, así que tienes que ser la que mejor luzca. No puedes ponerte esos trapos.
—Yo no quería ninguna fiesta —dejé la ropa sobre la cama y me crucé de brazos.
—Pero antes parecías muy emocionada —replicó.
—¿Yo estaba emocionada? —alcé un poco la voz—. Eran ustedes quienes no paraban de hablar de la fiesta y de todo lo que harían, ni siquiera me preguntaron si yo quería celebrar.
—Pensamos que tú… —Madison no terminó la frase—. Siempre has organizado tu fiesta, ¿por qué este año iba a ser distinto?
—Simplemente no quería —le di la espalda.
—Oh no, a mí no me vas a mentir. Te conozco demasiado bien.
Suspiré cansada, giré para mirarla y me senté en la cama mientras me quitaba los zapatos. Había olvidado cambiarme al llegar de la escuela; los ejercicios me habían hecho perder la noción del tiempo.
—Al principio no quería porque tú y yo habíamos discutido —ella se cruzó de brazos y me escuchó con atención—. Eres la persona que siempre me ayuda a organizar todo, pero después de enterarme que tenías novio me sentí muy enojada y pensé que hacer una fiesta sin tu ayuda ya no tenía sentido.
—Layla —se acercó a mí, usando mi nombre de verdad—. Creí que el asunto ya estaba resuelto.
—Y lo está. Entiendo que me lo hayas ocultado, en serio —le dije, recordando todo lo que había reflexionado en el hospital—. Yo tampoco debí reaccionar así, actué como una egoísta y no me detuve a pensar en tu felicidad.
—Entonces, ¿cuál es el problema ahora?
—El accidente es el problema —confesé—. No me siento capaz de celebrar mi cumpleaños, porque el día que en verdad lo era, les causé dolor a muchas personas, y no solo me refiero al físico.
—No fue tu culpa.
—Claro que sí: yo iba conduciendo el auto, fui quien chocó y les provocó horas de angustia y dolor a mis padres, y también a ti y a Alexander —contarle en voz alta todo lo que había guardado me hizo sentir más ligera—. No quiero que me festejen nada, porque no lo merezco.
—Claro que lo mereces, Layla —Madison comenzó a mover las manos mientras hablaba, una costumbre que tenía para expresarse mejor—. Eres la mejor chica que he conocido. Sí, te equivocaste, pero todos cometemos errores; eres humana. Además, nunca quisiste que nadie saliera lastimado: solo intentabas ayudar a tu hermano, quien te gastó una broma. ¿Acaso querías que alguien sufriera? ¿Que tus padres se angustiaran? ¿Que nosotros nos sintiéramos mal?
Negué con la cabeza repetidas veces.
—Claro que no querías nada de eso. Eres Layla Morgan, mi mejor amiga y la persona más amable que conozco —sonrió con ternura—. Siempre te ha importado el bienestar de los demás, desde que éramos pequeñas. Incluso ahora sigues cuidando de mí y preocupándote por todos.
—¿De verdad lo crees?
—Por supuesto que sí —afirmó con seguridad—. Así que no quiero volver a escuchar que no mereces esta fiesta, o te voy a pegar.
Reí junto con ella; Madison siempre lograba animarme en los peores momentos.
—Ahora quítate la ropa.
—¿Eh?
—No me mires así —señaló mi rostro—. Esta noche yo me encargo de todo tu atuendo.
Comencé a quitarme la chaqueta, dejando al descubierto mis brazos. Al mirarme en el espejo del tocador pude ver las heridas: la cicatriz en el hombro era muy notoria, o quizás era yo quien no dejaba de mirarla. La desventaja de tener la piel muy blanca es que cualquier marca o moretón se veía con mucha facilidad.
Me quité también el pantalón. Mis piernas también tenían golpes, aunque no eran tan graves como los de los brazos. Pero yo las veía igual: distinguía cada señal en mi cuerpo y deseaba que nadie más las notara. Antes me gustaba mucho usar blusas cortas y faldas, aunque de pequeña no era así; mi madre me contaba que de niña odiaba los vestidos y nunca quería ponérmelos.
—¿Sabes que sigues viéndote muy hermosa, verdad? —dijo Madison, que se había colocado a mi lado y también me observaba en el espejo.
—Entonces, ¿por qué yo no me siento así?
—Son solo cicatrices, Layla —me respondió, pasando un brazo por mis hombros desnudos—. No cambian quién eres ni te quitan la belleza. Eres preciosa, con o sin ellas, y que nadie te diga lo contrario.
—No quiero que nadie las vea.
—¿Recuerdas cuando fuimos a verte al hospital y tenías los brazos al descubierto? —preguntó—. Créeme que si me gustaran las mujeres, no dudaría en conquistarte. No dejes que estas marcas te quiten la confianza que has construido durante años.
Sonreí, sintiéndome muy afortunada de tener una amiga como ella.
—¿Ya te he dicho que eres la mejor amiga del mundo?
—Y la única —me devolvió la sonrisa y me abrazó—. Ahora buscaré algo que te quede perfecto.
Observé cómo abría mi armario y comenzaba a desordenar todo lo que yo había ordenado con cuidado. Parecía buscar algo en concreto, porque lanzaba la ropa sin mirar casi nada.
—¡La encontré! —gritó al levantar una blusa roja—. Me ofende que la hayas tenido tan escondida.
—No pienso usar eso —señalé la prenda: era la blusa que ella me había regalado para mi cumpleaños número dieciséis.
Era roja, con brillos y parte transparente. ¡Completamente transparente!
—Vamos, has usado blusas más cortas y atrevidas.
—Pero no eran así.
—¿Así cómo? Yo la veo normal y muy bonita.
—Es demasiado descubierta —repliqué.
—Te quedará muy bien, ya lo verás —me guiñó un ojo—. Ahora busquemos un buen sostén que combine.
Ni siquiera me dio tiempo de responder: ya estaba buscando entre mi ropa interior. Si no fuera mi mejor amiga, ya la habría echado de mi habitación.
—¡Ay, Dios mío! —exclamó al levantar un sostén rojo de encaje—. No se hable más: usarás esto, y no acepto un no por respuesta. ¿Sabes lo difícil que fue encontrar una blusa igual a esta en ese color?
—¿Por qué de rojo?
—Porque es tu color favorito —respondió como si fuera lo más obvio del mundo—. Siempre llevas algo rojo en tus atuendos.
Madison estaba muy entusiasmada. Si supiera que el rojo no era mi color favorito, sino que lo usaba porque a él le gustaba.
...“¿Qué tan tonta puede ser una persona para renunciar a sus propios gustos?”...
^^^Continuará…^^^