Masha Dusnet era una joven trabajadora de una familia de gran estatus, donde siempre recibió un buen trato y respeto. Todo transcurría en calma hasta que una enfermedad grave afectó profundamente a su madre; se necesitaba una suma enorme de dinero para salvarla, pero nadie quiso ayudarla. Fue entonces cuando descubrió la verdadera cara de quienes una vez admiró y en quienes confiaba plenamente: sus propios jefes le dieron la espalda, abandonándola precisamente en el momento más difícil de su vida. Sentía que se quedaba completamente sola, sin apoyo ni consuelo, cuando más lo necesitaba. Desesperada y sin ninguna otra salida, se vio obligada a tomar una decisión arriesgada por el bien de su madre: tuvo que dejar atrás sus raíces, su hogar y todo lo que conocía, para adentrarse en un mundo hostil que la trataría como una esclava, quien quedara luchando por sobrevivir
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13 Tu no vas a desobedecerme
Inez subía las escaleras hecha una furia, reclamándole a Doris, su empleada, que no había bajado con sus maletas.
—¡Imposible! Se está burlando de mí. Yo dejé las cosas muy claras… ¡ya verá lo que soy capaz de hacer! —murmuró entre dientes.
De pronto se cruzó con Ronald. Ella, al verlo, solo sentía odio; entendía perfectamente que él la estaba echando sin compasión, sin importarle para nada los años que habían compartido juntos, y eso le dolía más que cualquier cosa.
Ella desvió la mirada cuando él pasó, bajando las escaleras en dirección contraria, y no tenía ni la más mínima intención de dirigirle la palabra.
Pero Ronald no aguantaba guardarse lo que sentía. Cuando terminó de bajar, decidió hablarle, sin callarse nada y sin dejar que ella se impusiera como quisiera. Con la voz tan fuerte que parecía que iba a romperse, le dijo:
—No, se acabó.
—Te doy una advertencia: no me desafíes. Tienes terminantemente prohibido tocar el dinero de la caja fuerte. Solo te vas a ir con tus maletas; no te voy a dejar salir de aquí llevándote mi dinero, ¡porque es mío!
En ese momento Inez lo interrumpió, furiosa y sin dejarse amedrentar, haciendo caso omiso de lo que él le decía:
—¿Se te olvidó acaso que sigo siendo tu esposa, Ronald? No me vas a negar lo que me corresponde… mientras estemos casados, lo tuyo es mío. Y si te opones, nos iremos ante un juez, que también lo declarará: tú mismo reconociste que tu esposa tiene derecho legítimo a parte de todos tus bienes y tu dinero, el día que firmaste para unirte a mí.
Dijo todo esto con dureza, segura de tener la razón, siguiendo sin ceder ni un paso, subiendo las escaleras a paso firme.
—¡Y voy a gastarlo como me dé la gana! —le gritó muy fuerte, llena de ira, sin darle importancia a lo que él pudiera decir.
Ronald la miró con frialdad, sin ni un rastro de compasión ni de entendimiento, e impuso su autoridad sin dudar, sin dejar que ella se llevara la ventaja:
—Inez, tú no vas a desobedecerme. Harás exactamente lo que yo te ordene.
—¡De ninguna manera! ¡no te vas a quedar con un solo billete de esa caja, porque lo que hay ahí es el fruto de mi esfuerzo, porque tu no aportaste un sólo centavo.
—declaró él, y se dio media vuelta con firmeza, llendose directo hacia la puerta de salida.
Desde la entrada, Boris vigilaba con atención, cuando de pronto escuchó pasos firmes y pesados acercándose. Al girarse, vio llegar a su jefe: Ronald. No traía su porte habitual, ni esa calma arrogante de siempre; caminaba con el ceño fruncido, la mandíbula tensa y los ojos llenos de una furia contenida que se notaba a kilómetros de distancia. El corazón de Boris dio un vuelco: ¿Estará molesto conmigo? ¿Me va a despedir ahora mismo?, pensó, sin atreverse ni a respirar fuerte.
Ronald se detuvo frente a él, su voz salió cortante, dura y cargada de rencor, como si cada palabra fuera un golpe dirigido, aunque se dirigía a darle órdenes:
—Boris, escucha bien y no te equivoques: registra a Inez antes de que pise la puerta. No permitas que salga ni un milímetro más allá de este lugar llevando ni un solo peso, ni en fajos, ni suelto, ni escondido en la ropa. Si se va, se irá solo con sus maletas y su ropa, nada más. ¿Me oíste claro?
Hizo una pausa, se inclinó un poco hacia él y añadió con frialdad absoluta, sin rastro de piedad ni de lo que alguna vez fue un vínculo:
—Y si no me obedeces al pie de la letra, te echo a la calle ahora mismo. Aquí el jefe soy yo, y lo que yo digo se cumple.
Dio media vuelta y se alejó con pasos pesados, dejando a Boris paralizado. El guardia no hizo ninguna pregunta —el miedo a perder su puesto se lo impedía—, pero su mente no paraba de dar vueltas: ¿Qué pasó entre ellos? ¿Cómo es posible que un esposo le hable y le exija eso a su mujer? ¿Qué habrá hecho ella para merecer este trato tan duro?.
No tenía respuestas, solo sabía que debía cumplir con su deber. Iba a retomar su puesto cuando apareció desde afuera Omar, su compañero, que traía en las manos unas facturas y dos vasos de café, caminando despreocupado y con una sonrisa.
—¡Aquí te traje algo rico! —dijo alegre, acercándosele—. Para que te quites el hambre un rato.
Pero Boris ni le miró la comida; seguía con la vista fija hacia donde había desaparecido Ronald, analizando cada detalle de lo que acababa de ocurrir.
—Vino el jefe hace un momento —comentó con voz seria—, y no se le veía nada como de costumbre… estaba furioso, de mal humor, como nunca antes lo había visto.
La sonrisa de Omar se borró al instante. Sus ojos se abrieron de par en par, y el miedo le recorrió el cuerpo de golpe.
—¿Qué? —preguntó con voz temblorosa, casi susurrando, asustado—. ¿Me regañó por no estar aquí? Dime que me defendiste, ¿verdad? Porque yo solo fui por esto, éramos amigos, pensé que no pasaría nada… ¡no me dejarías solo así! Además, tú fuiste el que me dijo que fuera, ¿recuerdas?
—Ni siquiera se fijó en si estabas o no —respondió Boris, todavía confundido y serio, sin apartar la mirada de la puerta—. Su molestia no era por nosotros, era con ella… con la señora Inez. Me dio la orden estricta de registrarla antes de que salga: que no se lleve ni un billete, ni un centavo, solo sus maletas y su ropa. No entiendo nada… ¿cómo puede tratarla así, siendo su esposa?
Omar se quedó callado un segundo, miró a los lados para asegurarse de que nadie más los escuchara, se acercó más a él y, con voz baja pero cargada de algo que parecía ser la verdad absoluta, soltó:
—Creo que ya se enteró… ya sabe de su infidelidad.
Boris se quedó helado. Se giró bruscamente hacia su compañero, con los ojos muy abiertos, impactado por aquella revelación que le dejó totalmente paralizado.
—¿Qué…? ¿Tú lo sabías? —preguntó, sin poder creer lo que oía—. ¿Sabías que ella le era infiel todo este tiempo?… Yo nunca me lo habría imaginado. Jamás pensé que la jefa pudiera hacerle algo así.
Fue entonces cuando boris se dio cuenta de que no eran la familia perfecta que aparentaban ser desde fuera.