Para asegurar su presidencia de la prestigiosa compañía de chocolates familiar, el arrogante Gerson accedió a unir su vida legalmente a la de Hellen. Ella era una heredera millonaria a quien él y su madre despreciaban profundamente por considerarla ingenua, pero cuyo capital era indispensable para sus ambiciones. Sin embargo, el destino cambió de rumbo aquella mañana, cuando Hellen se desplomó inexplicablemente tras beber un té que su propia suegra le había preparado...
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Capítulo 7
Gerson :
Acelero el paso por el pasillo del edificio de lujo, sintiendo que el aire me quema en los pulmones. Necesito salir de mi propia cabeza. Mi primer día en la oficina con Hellen ha sido un maldito infierno de confusión. Todavía puedo escuchar su voz en la cena del sábado, todavía puedo verla bajando las escaleras de la mansión esta mañana, mirándome por encima del hombro como si yo fuera un simple peón en su tablero. *“Es una tonta”*, me repito una y otra vez mientras entro al ascensor. *“Es una niña ingenua, estúpida, que viste espantoso. Una Walton millonaria que solo sirve para firmar contratos. Yo la odio”*. Pero el autoengaño no funciona. Mi corazón late con una fuerza violenta y errática que me enfurece.
Para acallar este caos, tomo el teléfono y llamo a Viviana, mi amante. Necesito refugiarme en lo seguro, en la mujer que supuestamente amo y con la que pasé mi noche de bodas. La invito a cenar al restaurante más costoso de la ciudad, buscando desesperadamente recuperar el control de mi vida. Pero Viviana, con esa voz azucarada que siempre me ha dominado, me cambia los planes.
—No, mi amor
me susurra al oído
—No quiero restaurantes ni paparazzi esta noche. Te voy a esperar en mi departamento. Ven directo hacia acá.
Cuando abro la puerta del penthouse de Viviana, el ambiente me golpea de inmediato. Las luces están bajas, las velas aromáticas desprenden un olor dulce y empalagoso, y sobre la mesa reposa una cena gourmet impecable. En el centro de la cama, Viviana me espera luciendo un conjunto de ropa interior de encaje negro, sumamente sexy. Es una visión perfecta, el sueño de cualquier hombre.
Cualquier otro día, yo habría caído a sus pies. Habría corrido a sus brazos para olvidar el mundo. Pero esta noche, mi cuerpo avanza, pero mi mente se niega a cooperar.
Viviana se desliza hacia mí como una serpiente de seda. Envuelve sus brazos alrededor de mi cuello y busca mis labios con una urgencia que me resulta extrañamente ajena. La tomo por la cintura, la pego a mí y fuerzo mis ojos a cerrarse, buscando el fuego de siempre. Pero en el instante en que mis labios la tocan, la magia se rompe de golpe.
En lugar del perfume de Viviana, mi memoria evoca el olor a chocolate amargo y especias de la oficina. En lugar de la sumisión de la mujer que tengo entre los brazos, la imagen de Hellen se proyecta en la oscuridad de mis párpados. Recuerdo su postura imponente, la forma en que caminó hacia mi madre dejándola muda, la frialdad de sus ojos gélidos clavados en los míos.
Me siento distante, frío, flotando en un vacío insoportable. Viviana me acaricia, desabotona mi camisa con destreza, pero cada caricia me resbala por la piel como si fuera agua helada. Una rabia sorda y violenta empieza a quemarme el pecho por dentro. Me siento furioso conmigo mismo, humillado por mis propios pensamientos.
- ¿Qué demonios me pasa?
Me reclamo mentalmente de manera desesperada mientras ella me guía hacia las sábanas. Hellen es fea... es una inútil. ¿Por qué no puedo sacármela de la cabeza? ¡Yo amo a Viviana, esta es la mujer que quiero!. Pero entre más intento forzarme a disfrutar del momento, más nítido se vuelve el rostro de mi esposa. Es una maldita obsesión que no puedo controlar.
Viviana, que conoce cada milímetro de mi cuerpo, nota la rigidez de mis músculos de inmediato. Siento cómo sus movimientos se vuelven más pausados, cómo me observa con una fijeza analítica. Se da cuenta de que mis ojos oscuros miran hacia la nada, perdidos en un pensamiento lejano. Ella sabe que mi cuerpo está ahí, pero que mi mente le pertenece a otra persona. Sabe que estoy pensando en alguien, más, pero no sabe si es en ella.
Sin embargo, para mi sorpresa, Viviana no dice nada. No me reclama, no llora, no hace un escándalo. Noto en su mirada esa fría conveniencia de siempre; a ella no le importan mis sentimientos, le importa el estatus, las tarjetas de crédito y la vida de lujos que le doy gracias a la compañía de chocolates. Mientras conserve sus privilegios, puede tragarse el orgullo de tener a un hombre ausente en su cama.
La cena romántica se enfría sobre la mesa sin que ninguno de los dos la toque. El encuentro se vuelve mecánico, incómodo, una farsa pesada. En cuanto termina, me levanto de la cama con una urgencia casi desesperada. Necesito huir de este apartamento. Me visto a toda prisa, abotonando mi saco con las manos ligeramente temblorosas, sin atreverme a mirarla a la cara.
—No me voy a quedar a dormir esta noche, Viviana
Suelto con una voz cortante, fría
— Tengo demasiados problemas con la junta directiva y debo regresar a la mansión temprano para revisar unos informes.
Viviana guarda silencio. No me reprocha la huida, solo asiente con una sonrisa suave y falsamente comprensiva mientras me ve caminar hacia la salida y cerrar la puerta del departamento con un golpe seco.
En cuanto el sonido de mis pasos se desvanece en el pasillo del edificio, la máscara de dulzura de Viviana se cae por completo. Su rostro se deforma en una mueca calculadora. Toma su teléfono de la mesita de noche de inmediato y marca un número directo que se sabe de memoria.
Al otro lado de la línea, en la oscuridad de la mansión Evans, el teléfono de mi madre, Leonor, vibra. Ella responde al primer timbrazo, con la voz cargada de una ansiedad venenosa.
—¿Qué pasó, Viviana? ¿Está contigo?
Pregunta mi madre sin rodeos.
—Estuvo aquí, Leonor
Le responde Viviana, con una voz gélida y distante, desprovista de cualquier rastro de amor
—Pero se acaba de ir. No se quedó a dormir. Le preparé todo lo que le gusta, me puse la lencería nueva, pero fue inútil. Ese hombre no estaba conmigo. Su cuerpo estaba aquí, pero su mente estaba en otro lado.
Al escuchar esas palabras, mi madre siente que la sangre se le congela en las venas. La furia la domina, pero contiene el grito en medio de la penumbra de su habitación.
—Está bien. No hagas nada, quédate tranquila y mantén el perfil bajo. Yo me encargo de esto
Sentencia con una voz que destila pura muerte.
Corta la llamada de golpe. Mi madre aprieta el teléfono contra su pecho, con la respiración agitada y los ojos desorbitados por el odio y el descubrimiento en medio de la oscuridad. El panorama que tanto temía se acaba de confirmar.
—Maldito imbécil...
Susurra en la penumbra, con una sonrisa macabra y la voz temblando de rabia
—Ya sé de quién se está enamorando... Ese estúpido se está enamorando de la tonta. Lo va a echar todo a perder... va a destruir nuestro imperio por culpa de esa maldita muerta viviente. Pero no se lo voy a permitir.