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Harina De Otro Costal Cómo No Matarse Con Un Rodillo

Harina De Otro Costal Cómo No Matarse Con Un Rodillo

Status: Terminada
Genre:Aventura / Romance / Completas
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

Ramiro y Penélope comparten la misma calle, el mismo amor por la masa y un odio mutuo tan fermentado como el mejor pan. Él es un purista de la tradición; ella, una científica loca del azúcar. Cuando el "Gran Festival del Pastel de Oro" amenaza con arruinar a uno de los dos, se desata una guerra de espionaje industrial casero, sabotajes ridículos y encuentros a medianoche que terminarán demostrando que, en la cocina y en el amor, los opuestos no solo se atraen... se hornean juntos.

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Capítulo 4: Operación: Cliente encubierto

​Ramiro caminaba de un lado a otro del obrador, con las manos entrelazadas a la espalda y las cejas hundidas en un gesto de severa concentración. El incidente del azúcar glass y el soplador de hojas le había dejado una molesta capa de irritación mental que no conseguía sacudirse del cuerpo. La panadería, su santuario de orden y simetría, se sentía vulnerable. El bando municipal del alcalde seguía colgado con una chincheta en el tablón de anuncios, recordándole que el tiempo corría y que el enemigo de enfrente no jugaba limpio. Si Penélope estaba dispuesta a usar tácticas de distracción masiva, él necesitaba algo más que buenas recetas; necesitaba inteligencia militar. Necesitaba saber exactamente qué artimaña química estaba horneando en ese laboratorio de colores fosforitos.

​El tintineo de la puerta principal interrumpió sus pensamientos. Ramiro se asomó por la cortina de hilos del obrador y observó a su primo Charly, quien arrastraba los pies con la desidia típica de un estudiante universitario de veinte años que acaba de despertarse a las doce del mediodía. Charly vestía unos pantalones cortos deshilachados y una chaqueta de chándal tres tallas más grande. Tenía la mirada fija en la pantalla de su teléfono móvil, ajeno por completo a la tensión trágica que se respiraba en la acera.

​Ramiro dejó escapar un suspiro de resignación. Charly no era, ni de lejos, la primera opción para una misión de espionaje industrial, pero tenía dos virtudes innegables: una alarmante falta de escrúpulos cuando se trataba de conseguir dinero rápido y un coche de segunda mano que consumía más gasolina de la que su presupuesto de estudiante podía soportar.

​—Pasa al fondo, Charly. Cierra la puerta —ordenó Ramiro, con un tono de voz que pretendía ser confidencial, aunque solo logró sonar extrañamente teatral.

​Charly levantó la vista, parpadeando con lentitud mientras guardaba el teléfono en el bolsillo.

​—Hola, primo. Huele raro aquí hoy... ¿Es ajo? —preguntó, arrugando la nariz mientras cruzaba el obrador.

​Ramiro ignoró la pregunta. Se colocó detrás de la mesa de mármol y, con un movimiento ceremonioso, abrió un cajón de madera. Extrajo una gorra de béisbol negra sin ningún logotipo y unas gafas de sol oscuras de plástico rígido, de esas que venden en las gasolineras por tres euros. Las depositó sobre la superficie blanca junto a un billete de veinte euros impecable, liso y crujiente.

​Charly clavó los ojos en el billete. Sus pupilas se dilataron un milímetro y una chispa de interés genuino sustituyó la apatía de su rostro.

​—¿Qué hay que hacer? —preguntó el muchacho, estirando ya los dedos hacia el dinero.

​Ramiro golpeó suavemente el mármol con el índice, deteniendo el avance de su primo.

​—Eso es para combustible, Charly. Pero antes, vas a cruzar la calle. Vas a entrar en "LaGlase" y vas a actuar como un cliente normal. Quiero que compres su producto estrella, ese que anuncia en la pizarra como el milagro de la temporada. Pero no vas a comértelo aquí. Quiero que lo traigas intacto. Necesito analizar la densidad de la masa, el porcentaje de grasa del glaseado y buscar cualquier falla estructural que pueda explotar en el festival. Eres mi cliente encubierto. No puedes levantar sospechas. ¿Está claro?

​Charly miró las gafas de sol, luego la gorra y finalmente el billete de veinte euros. Una sonrisa simplona se dibujó en sus labios. Para él, aquello sonaba como una trama de película barata de espías, pero el depósito de su coche estaba en reserva y el dinero de Ramiro era real.

​—Pan comido, primo —dijo Charly, agarrando la gorra y encajándosela hasta las orejas—. Me pongo las gafas, compro el pastelito y vuelvo. Nadie sabrá que estuve allí.

​Ramiro le entregó el billete con cierta reticencia, observando cómo su primo se colocaba las gafas de sol oscuras a pesar de que el cielo se estaba nublando. El panadero sentía una punzada de culpa por utilizar un método tan poco ortodoxo, un recurso que su abuelo habría calificado de deshonor culinario. Sin embargo, al mirar de reojo a través de la ventana y ver el neón parpadeante de "LaGlase", la culpa se disolvió en un segundo, reemplazada por la fría necesidad de supervivencia.

​—No falles, Charly. Mi futuro depende de lo que traigas en esa caja —sentenció Ramiro, empujando suavemente a su primo hacia la salida del obrador.

​Charly cruzó la calle principal con el paso forzado de quien cree que está eludiendo satélites espías. Las gafas de sol limitaban su visión periférica, lo que le obligó a tropezar levemente con el bordillo de la acera de "LaGlase" antes de empujar la puerta acristalada. El interior de la pastelería era un mundo completamente opuesto a la sobriedad rústica de su primo. El aire estaba saturado de un olor espeso a azúcar quemado, frambuesas dulces y mantequilla pomada. El hilo musical emitía un ritmo pop alegre que hacía vibrar las vitrinas de metacrilato.

​Detrás del mostrador, Penélope estaba limpiando una bandeja con un paño de cocina. Cuando la campana de la entrada sonó, levantó la vista y sus ojos se clavaron en el extraño visitante. No tardó ni dos segundos en evaluar la situación.

​Charly caminaba con los hombros encogidos, la gorra hundida y las gafas oscuras tapándole media cara. Pero el verdadero error de cálculo no estaba en sus gestos de espía de pacotilla. El viento de la calle había abierto la cremallera de su enorme chaqueta de chándal, dejando al descubierto una camiseta de algodón gris donde se leía claramente, en letras negras de imprenta: "Propiedad de El Trigo de Oro - Panadería Tradicional". Una prenda que Ramiro le había regalado tres veranos atrás para que le ayudara a descargar sacos de harina.

​Penélope sintió una punzada de risa contenida en la garganta. La audacia de Ramiro al enviar a su primo tonto como espía era tan patética que resultaba enternecedora. En lugar de indignarse, una chispa de travesura se encendió en sus ojos. Dejó el paño sobre el mostrador, apoyó las palmas de las manos en el cristal y le dedicó a Charly su sonrisa más dulce, una expresión cargada de una simpatía tan exagerada que habría resultado sospechosa para cualquiera que no fuera Charly.

​—¡Hola! Bienvenido a LaGlase —dijo Penélope, modulando la voz con una suavidad celestial—. Qué gafas tan bonitas llevas para un día tan gris. ¿En qué puedo ayudarte?

​Charly se aclaró la garganta, intentando agravar la voz para sonar maduro y misterioso.

​—Hola. Quiero... un producto. El mejor que tengas. El que sea el más famoso de la tienda. Para llevar. En una caja cerrada. Muy cerrada.

​—Oh, entiendo. Un cliente exigente —respondió Penélope, guiñándole un ojo que Charly no pudo ver detrás de sus cristales ahumados—. Creo que sé exactamente lo que necesitas. Acabo de sacar del horno nuestra obra maestra: el Donut-Volcán con Nutella Sísmica. Es una receta exclusiva. Espera aquí, que te traigo uno especial.

​Penélope se giró hacia el obrador con un paso ligero y triunfal. Sabía perfectamente cómo funcionaba la mente de los jóvenes de la edad de Charly. Cinco minutos después, regresó sosteniendo una bandeja pequeña. Sobre ella descansaba una pieza de repostería que parecía desafiar las leyes de la moderación dietética. Era un dónut gigante, con un hojaldre cubierto por un glaseado oscuro y brillante que reflejaba las luces de la tienda. El centro del dónut estaba relleno hasta el borde con una crema de chocolate espesa que vibraba levemente. Pero el verdadero golpe de efecto eran tres pequeñas cápsulas transparentes con luces LED comestibles microencapsuladas que parpadeaban rítmicamente en tonos azul y violeta desde el interior del glaseado, iluminando las virutas de azúcar como si fueran estrellas en una galaxia de chocolate.

​Charly se quedó inmóvil. Sus manos, que buscaban el billete de veinte euros en el bolsillo, se congelaron. Se bajó las gafas de sol hasta la punta de la nariz, dejando al descubierto unos ojos abiertos de par en par, fijos en el dónut parpadeante. El olor a avellana tostada y chocolate caliente le golpeó la cara con la fuerza de un camión de mercancías.

​—Es... tiene luces —susurró Charly, perdiendo por completo el tono de voz misterioso.

​—No son solo luces, Charly —dijo Penélope, pronunciando su nombre con una delicadeza intencionada que hizo que el muchacho diera un ligero respingo—. Es el futuro de la pastelería. Pruébalo. Invita la casa. Un cliente tan especial merece una muestra gratis antes de llevarse la caja.

​—Pero mi primo dijo que... —Charly intentó recordar las instrucciones de Ramiro, pero la combinación de la palabra "gratis", el olor a Nutella y el destello azul de los LED obliteró cualquier rastro de lealtad familiar en su cerebro.

​Agarró el dónut con ambas manos, olvidándose de las pinzas y del protocolo. Abrió la boca y mordió con ganas.

​El hojaldre crujió de una forma completamente distinta al pan de su primo; era un crujido tierno, untuoso, seguido de inmediato por una explosión de crema caliente que le llenó las mejillas. Charly cerró los ojos. Una expresión de puro éxtasis místico se dibujó en su rostro. Sentía que el chocolate le corría por las comisuras de los labios, mientras las luces LED seguían parpadeando suavemente entre sus dientes. En ese preciso instante, la universidad, la gasolina, su primo Ramiro y la guerra de la calle principal dejaron de existir. Charly había encontrado su lugar en el mundo, y estaba cubierto de azúcar glass.

​Ramiro estaba pegado al cristal de su escaparate, con los dedos entrelazados con tanta fuerza que los nudillos se le habían vuelto blancos. Habían pasado veinte minutos desde que Charly había cruzado la calle, un tiempo excesivo para una simple transacción comercial. El panadero sentía una opresión creciente en el pecho. ¿Y si lo habían descubierto? ¿Y si Penélope había llamado a las autoridades por acoso comercial?

​De repente, la puerta de "LaGlase" se abrió. Charly salió a la acera. No caminaba con el paso sigiloso de un espía; caminaba dando pequeños saltos alegres, sosteniendo una caja de cartón rosa con un lazo de raso como si fuera un tesoro sagrado. Tenía la gorra ladeada y las gafas de sol colgando de una oreja.

​Ramiro respiró aliviado, abrió la puerta de su tienda y esperó a que su primo entrara. Cuando Charly cruzó el umbral, el alivio de Ramiro se evaporó para dejar paso a un horror indescriptible.

​Charly tenía toda la zona de la boca, las mejillas y parte de la nariz cubiertas por una densa capa de crema de chocolate oscura. Había virutas de colores pegadas en su barbilla y un rastro de azúcar glass decoraba el cuello de su chaqueta de chándal. Llevaba una expresión de felicidad absoluta, una mirada perdida que Ramiro solo había visto en las películas sobre sectas o hipnosis colectiva.

​—¿Qué es esto, Charly? —preguntó Ramiro, su voz descendiendo a un tono peligrosamente bajo mientras daba un paso hacia su primo.

​Charly se detuvo, abrazando la caja rosa contra su pecho con una fuerza protectora. Soltó un pequeño suspiro con olor a avellana.

​—Es el dónut, primo... El dónut del volcán. Está vivo —dijo Charly con voz soñadora, sin darse cuenta del peligro inminente.

​—Te di veinte euros para que trajeras una muestra para analizar, no para que te dieras un banquete en el territorio enemigo —dijo Ramiro, sintiendo cómo los latidos de su corazón aceleraban por la furia. Sus manos comenzaron a temblar levemente de la indignación—. ¿Dónde está el informe? ¿Dónde están las fallas estructurales?

​Charly miró a Ramiro, parpadeando como si intentara recordar un idioma antiguo. Luego, abrió la boca para hablar, y en mitad de su dentadura, una pequeña luz LED de color azul comestible pegada a su paladar soltó un destello parpadeante que iluminó el interior de su boca.

​—Lo siento, primo —dijo Charly, con la boca pastosa de chocolate—, pero ella tiene luces LED... ¡El futuro es hoy! Tu masa madre es buena para el desayuno, pero esto... esto es una experiencia sensorial interactiva. Deberías probarlo, tal vez si le pones bombillas a las baguettes...

​La palabra "bombillas" asociada a sus baguettes tradicionales tradicionales fue el detonante final. Algo se rompió dentro de la psique de Ramiro. La humillación de haber sido engañado por su propio primo, sumada a la visión de la luz azul parpadeando en la boca del traidor, transformó su rabia en una energía cinética imparable.

​Se giró hacia la cesta de mimbre de las devoluciones del día anterior. Agarró una baguette rústica de setenta centímetros que llevaba veinticuatro horas expuesta al aire seco del obrador; un trozo de pan que, por su densidad y pérdida de humedad, había adquirido las propiedades físicas y la dureza estructural de una porra de madera de encina.

​—¡Fuera de mi tienda! —rugió Ramiro, levantando la baguette con ambas manos por encima de su cabeza.

​—¡Espera, primo, la caja rosa no! —gritó Charly, saliendo de su estado de trance al ver el arma panadera en el aire.

​Ramiro descargó el primer golpe con la baguette dura, impactando de lleno en la espalda acolchada de la chaqueta de Charly con un sonido seco. ¡Plaf!

​—¡Traidor! ¡Vendido al capital del azúcar! —gritó Ramiro, persiguiendo a su primo alrededor de la mesa de mármol.

​Charly comenzó a correr en círculos, protegiendo la caja rosa con su cuerpo mientras la baguette rústica caía una y otra vez sobre sus hombros y sus brazos. El muchacho tropezó con un saco de harina floja, recuperó el equilibrio por puro instinto de supervivencia y se dirigió hacia la puerta de salida a una velocidad que ya habría querido para sus exámenes de la universidad.

​—¡No vuelvas a pedirme dinero para gasolina en tu miserable vida! —clamó Ramiro, propinándole un último y definitivo empujón con la punta de la baguette en la retaguardia de Charly justo cuando este cruzaba el umbral de la puerta.

​Charly salió despedido hacia la acera, cayendo de rodillas sobre el pavimento pero logrando mantener la caja rosa intacta en el aire. Se levantó a toda prisa, miró hacia atrás con terror y huyó corriendo calle abajo, con la boca aún manchada de chocolate y la luz LED azul parpadeando entre sus dientes como la sirena de una ambulancia en fuga.

​Ramiro se quedó de pie en la puerta de "El Trigo de Oro", jadeando por el esfuerzo, sosteniendo la baguette dura que ahora tenía una pequeña grieta en la punta debido a los impactos. Tenía el pelo revuelto y el delantal ligeramente descolocado. Al levantar la vista, vio que al otro lado de la calle, Penélope estaba apoyada contra el marco de su puerta, con los brazos cruzados y una sonrisa de absoluta victoria pintada en el rostro. Le dedicó un pequeño saludo con los dedos y volvió a entrar a su tienda, cerrando la puerta con una suavidad que dolió más que cualquier insulto.

​Ramiro miró su baguette rota, luego el suelo de la calle y dejó escapar un grito sofocado de frustración. El espionaje había sido un desastre absoluto, su primo era un traidor gastronómico y el enemigo no solo conocía sus movimientos, sino que los controlaba con luces de colores. La guerra se estaba complicando, y él se estaba quedando sin pan duro.

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Cristina Miranda
que lindo va a ser.cuando se.descubra todo!!☺️🥰🤣
Cristina Miranda
Panza llena, corazon contento👏👏🤣🥰
Cristina Miranda
Se esta poniendo bueno, va a terminar como yo dije!!☺️☺️
Cristina Miranda
muy etretenida la historia, liviana, risueña, ya adivino el final, espero que sea como pienso!!😂
Fernanda
se viene una batalla feroz 🤭espero que descubran al verdadero enemigo
Celina Espinoza
🤭duro muy poco la carma
Fernanda
buenas tardes historia ❤️☺️🙏muy divertida
Warriorgame
El olor ok. Pero un sonido tan fuerte... 🤔
Warriorgame
Luces baratas, pero eficaces.
Warriorgame
¿Por qué? Es simplemente publicidad.
Warriorgame
Aunque lo impecable del primero suele atraer, la tecnología pesa mucho actualmente.
Celina Espinoza
felicidades por tu nueva historia🙏
celimar
felicidades autora por esta nueva historia
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