En una manada donde todos nacen marcados por la Luna, Lyra es la única que jamás recibió una marca. Creció siendo ignorada, despreciada y tratada como un error incluso por quienes debían protegerla. Para la manada, alguien sin marca no tiene lugar, poder… ni valor. Pero todo cambia cuando comienza a encontrarse en secreto con Rowan, el heredero de una manada vecina que nunca la miró con rechazo. Mientras él le enseña a confiar en sí misma, Kael —el futuro alfa que siempre la despreció— empieza a verla de una forma diferente tras descubrir que Lyra oculta algo imposible. Entre antiguas profecías, secretos de las manadas y un poder que podría cambiarlo todo, Lyra tendrá que decidir quién es realmente… antes de que otros decidan por ella.
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Patética
Lyra apartó la mano del caballo lentamente.
La calma que sentía hacía apenas unos segundos desapareció por completo.
Claro.
¿Por qué pensó que Kael estaba ahí por otra razón?
Seguramente solo vigilaba que cumpliera el castigo.
O quizá esperaba verla cometer otro error para regañarla otra vez.
Nada nuevo.
Ella volvió a tomar el cepillo sin mirarlo.
—No está pasando nada conmigo.
Kael permaneció quieto.
—Lyra—
—Sigo siendo la misma patética de siempre, ¿no? —lo interrumpió con amargura—. La chica sin marca de la que todos se burlan.
El silencio llenó el establo.
Kael frunció levemente el ceño.
Porque no le gustó escucharla hablar así de sí misma.
Pero antes de que pudiera responder, Lyra soltó una pequeña risa sin humor.
—Y mira qué apropiado. Limpiando establos como castigo.
Volvió a mojar el cepillo con movimientos bruscos.
—Muy acorde a mi nivel.
El caballo negro soltó un resoplido incómodo al sentir su enojo.
Kael dio un paso hacia ella.
—No vine para burlarme de ti.
Lyra finalmente levantó la mirada.
Sus ojos todavía tenían pequeños destellos rojizos escondidos entre el enojo y el cansancio.
—¿Entonces qué haces aquí?
Kael abrió la boca apenas…
pero no respondió.
Porque no lo sabía.
No realmente.
Solo había sentido la necesidad de verla otra vez después de la luna llena.
Después de aquella aura extraña.
Después de verla desaparecer en el bosque.
Y eso no tenía sentido.
Lyra interpretó su silencio como otra forma de lástima.
Eso dolió todavía más.
—Mire, futuro alfa —dijo secamente—, no necesito que finja preocupación.
Kael tensó la mandíbula apenas al escuchar el tono.
Ella dejó el balde sobre el suelo con fuerza.
—Así que mejor váyase y déjeme terminar mi castigo en paz.
El establo quedó en silencio.
Solo se escuchaba la lluvia suave afuera.
Lyra volvió a concentrarse en limpiar al caballo intentando ignorar su presencia.
Entonces murmuró algo más bajo:
—Antes de que la manada decida culparme también por hacerle perder el tiempo al futuro alfa.
El golpe fue silencioso.
Pero fuerte.
Kael se quedó inmóvil observándola.
Empapada un poco por el agua.
Cansada.
Defendiéndose incluso cuando claramente estaba herida.
Y por primera vez…
entendió que quizá Lyra ya esperaba rechazo incluso antes de que alguien hablara.
Como si hubiera aprendido a sobrevivir preparándose para el desprecio.
El caballo negro volvió a acercarse a ella inmediatamente, rozando su hombro con el hocico.
Kael observó eso unos segundos.
Luego habló finalmente.
Más suave esta vez.
—Nunca dije que fueras patética.
Lyra soltó una risa amarga sin mirarlo.
—No hacía falta.
Y eso…
dolió más de lo que Kael esperaba.
Toda la semana pasó lentamente.
Demasiado lentamente.
Lyra intentó concentrarse en limpiar establos, evitar problemas y sobrevivir a las clases sin llamar la atención.
Pero su cabeza siempre terminaba pensando en el viernes.
En Rowan.
Y eso solo confirmaba algo que empezaba a asustarla un poco:
él se había convertido en el único momento bueno de sus días.
Cuando finalmente llegó la noche, Lyra prácticamente escapó hacia el bosque apenas pudo.
El aire estaba fresco después de la lluvia reciente y la luna iluminaba el sendero entre los árboles.
Y ahí estaba él.
Esperándola junto al arroyo como siempre.
Rowan levantó la cabeza apenas escuchó sus pasos.
Y sonrió.