Elena San Román es la esposa abnegada de Julián Ferrara, el heredero de un imperio hotelero. Ella lo dio todo: dejó su carrera como arquitecta para apoyarlo y cuidó de su madre enferma. Sin embargo, el día de su tercer aniversario, Elena descubre que Julián nunca la amó. Él solo se casó con ella para cumplir una cláusula del testamento de su abuelo y así obtener la presidencia.
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Nueva identidad
Punto de vista de Adrián Valenzuela
La lluvia golpeaba el techo de mi auto con la violencia de mil martillos de acero. El aire dentro del auto olía a cuero y a una determinación suicida. Había llegado la hora de enfrentarme a Julián Ferrara, el hombre que le había arrebatado la luz a mi familia. Ese maldito no solo había destruido a mi hermana, Virginia; la había diseccionado emocionalmente, enamorándola con promesas de seda para luego arrojarla a un pozo de locura y humillación que terminó en una soga atada a su cuello.
Conducía hacia la mansión Ferrara en medio de una noche tormentosa que parecía anunciar el final de un monstruo y, muy probablemente, el fin de mi propia libertad. Tenía una mano apoyada en el volante, mientras la otra, tensa y fría, empuñaba un arma de fuego sobre el asiento del copiloto. Mi plan era simple: entrar, mirarlo a los ojos y hacerle pagar la deuda de sangre que dejó pendiente con mi hermana.
El parabrisas se empañaba por el frío de la noche, obligándome a forzar la vista. Fue entonces cuando, a través de la cortina de agua, divisé el caos en la carretera. Dos vehículos protagonizaban una persecución mortal: un sedán pequeño trataba de huir desesperadamente, mientras una camioneta oscura lo embestía, tratando de sacarlo del asfalto. Me detuve en seco, ocultando mi auto tras unos matorrales, justo cuando vi el desenlace: el auto pequeño voló por los aires, cayendo por un barranco hacia el abismo que daba al lago.
El sujeto de la camioneta bajó. Lo vi desde la distancia, impasible, asegurándose de que el metal retorcido se hundiera en la negrura antes de volver a su vehículo y marcharse, dejando tras de sí un silencio sepulcral solo roto por el trueno.
Sin pensarlo dos veces, bajé al abismo. El descenso fue una tortura de lodo y rocas, pero cuando llegué a los restos del vehículo, mi sorpresa fue un golpe directo al estómago. No era cualquier persona. Era Elena San Román, la esposa del hombre al que yo iba a matar. En ese momento, un engranaje diferente empezó a girar en mi mente. Verla allí, agonizante por la traición del mismo hombre que mató a Virginia, cambió todo. No debía terminar con Julián esa noche; debía proteger a su mayor pecado.
La llevé a una clínica privada en las afueras, un lugar donde el dinero compraba el silencio y las preguntas eran un lujo que nadie se permitía. Al llegar, el estado de sus heridas era gigantesco; el fuego y el agua habían conspirado para borrar su identidad. Los médicos dudaban, necesitaban autorizaciones legales para cirugías que rozaban lo experimental.
—Es mi esposa —mentí, con una frialdad que heló al director médico—. Su nombre es Alix Thorne. Hagan lo que sea necesario.
Mientras los cirujanos se perdían tras las puertas dobles del quirófano, llamé a mi abogado. Necesitaba que Elena San Román dejara de existir en el registro civil antes de que Julián Ferrara reportara su muerte.
—Prepara todo —ordené cuando mi abogado contestó—. Quiero que Elena San Román desaparezca. A partir de hoy, en el sistema figurará como Alix Thorne de Valenzuela. Borra el rastro del hospital, crea una historia clínica en el extranjero y asegura la propiedad de sus bienes bajo su nuevo nombre.
Mi abogado no emitió opinión alguna. Sabía que nadie me llevaba la contraria cuando mi voz adquiría ese tono de sentencia. Pero faltaba un detalle: el consentimiento legal que hiciera el cambio inatacable.
En un momento de lucidez pasajera, durante uno de los breves despertares de Elena inducidos por la morfina, le sostuve la mano. Estaba envuelta en gasas, apenas un eco de la mujer que fue.
—Elena —susurré, acercando un papel a su cama—. Si quieres justicia, tienes que dejar de ser quien eres. Tienes que pertenecer al mundo de los vivos bajo mi nombre. Firma.
Ella apenas podía abrir los ojos, pero el odio que brilló en ellos cuando pronuncié el nombre de Julián fue suficiente. Con un esfuerzo sobrehumano y la mano temblorosa, estampó un trazo ilegible en el certificado de matrimonio que la unía a mí. No era un acto de amor; era un contrato de guerra.
Me quedé observándola a través del cristal de la unidad de cuidados intensivos. Julián Ferrara creía que se había librado de una molestia, pero lo que no sabía era que yo acababa de rescatar a su verdugo. Ella ya no era la arquitecta ingenua; ahora era Alix Thorne, mi esposa ante la ley y mi arma secreta contra los Ferrara.
La venganza, al igual que una buena estructura, necesitaba cimientos sólidos. Y esa noche, bajo la lluvia, pusimos el primer ladrillo del infierno que Julián estaba por habitar.