Mey nunca imaginó que dejar la ciudad significaría dejar también la vida que conocía. Acostumbrada al ruido de las avenidas, las luces interminables y la rutina acelerada, se vio obligada a empezar de nuevo en un pequeño pueblo rodeado de campos y silencio. Todo allí parecía ajeno… hasta que conoció a Elian.
Arrogante, orgulloso y con una actitud imposible de ignorar, Elian era el tipo de chico que siempre conseguía lo que quería. Desde el primer encuentro, las discusiones entre ambos fueron inevitables. Pero detrás de su mirada desafiante y sus palabras frías, Mey comenzó a descubrir secretos que nadie más veía.
Lo que empezó como un cambio que ella nunca deseó, terminó convirtiéndose en una historia capaz de transformar sus heridas, sus miedos y hasta su forma de amar. Porque a veces, el lugar al que menos quieres ir… termina siendo donde realmente encuentras tu destino.
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Capitulo 24
El sol de la tarde se filtraba entre las hojas de los árboles del patio del colegio, proyectando sombras danzantes sobre el suelo. Mey se encontraba sentada en una de las bancas, repasando sus apuntes de historia para el examen del día siguiente. El murmullo de los estudiantes y el canto lejano de los pájaros creaban un ambiente tranquilo, casi idílico.
Guillermo, con su habitual sonrisa y una energía contagiosa, se acercó a ella con una botella de agua en la mano.
—Hola, Mey. ¿Te molesto si me siento contigo un momento?
Mey levantó la vista y le sonrió.
—Claro, siéntate. Estoy repasando un poco, pero me vendría bien un descanso.
Guillermo se sentó a su lado, observándola con atención.
—Siempre tan dedicada. Eso es algo que admiro mucho de ti.
Mey se sonrojó ligeramente y desvió la mirada hacia sus apuntes.
—Gracias, Guillermo. Solo trato de hacer lo mejor que puedo.
Hubo un breve silencio, durante el cual Guillermo parecía debatirse internamente. Finalmente, tomó una respiración profunda y habló.
—Mey, hay algo que quiero decirte desde hace tiempo.
Ella lo miró, curiosa.
—¿Qué sucede?
—Me gustas, Mey. Me he dado cuenta de que cada vez que hablamos, cada vez que te veo sonreír, siento algo especial. Eres increíble, y me encantaría que saliéramos, que nos conociéramos más allá de la amistad.
Mey sintió un nudo en el estómago. No esperaba esa confesión, y menos de Guillermo, quien siempre había sido un buen amigo. Tomó un momento para ordenar sus pensamientos antes de responder.
—Guillermo, eres una persona maravillosa, y valoro mucho nuestra amistad. Pero... hay alguien más que ocupa mi corazón en este momento.
Guillermo asintió lentamente, tratando de ocultar su decepción.
—Entiendo. ¿Es Elian, verdad?
Mey asintió, mirando al suelo.
—Sí. No sé exactamente cómo sucedió, pero él ha llegado a significar mucho para mí.
Guillermo forzó una sonrisa.
—No puedo decir que no me duela, pero respeto tus sentimientos. Solo quiero que seas feliz.
Mey le tomó la mano con cariño.
—Gracias por entender. Nuestra amistad es importante para mí, y espero que podamos seguir siendo amigos.
Guillermo asintió, y tras un momento, se levantó.
—Claro que sí, Mey. Siempre seré tu amigo.
Mientras se alejaba, Elian, que había estado observando la escena desde la distancia, sintió una mezcla de emociones. Por un lado, los celos lo invadieron al ver a Guillermo tan cerca de Mey. Pero al escuchar su rechazo y la mención de sus sentimientos hacia él, una calidez lo envolvió.
Más tarde, cuando se encontraron en el pasillo, Elian se acercó a Mey con una sonrisa tímida.
—Hola, Mey.
Ella lo miró, sorprendida pero feliz.
—Hola, Elian.
—¿Podemos hablar un momento?
—Claro.
Se dirigieron a un rincón tranquilo del colegio, donde Elian la miró con ternura.
—Escuché lo que le dijiste a Guillermo. No estaba espiando, solo... pasaba por ahí.
Mey se sonrojó.
—Oh... lo siento si eso te incomodó.
Elian negó con la cabeza.
—Al contrario. Me hizo muy feliz saber que sientes algo por mí. Yo también siento lo mismo por ti, Mey.
Ella sonrió, y en ese momento, supieron que sus sentimientos eran correspondidos.
Guillermo caminó hacia el campo de fútbol, donde el viento le despeinaba suavemente el cabello. Aunque su sonrisa se mantenía en el rostro, sus ojos denotaban una tristeza honesta. Había sido valiente al abrir su corazón, y aunque no obtuvo el resultado esperado, al menos había liberado ese sentimiento que llevaba guardando durante meses. Se detuvo frente a la cancha vacía y pateó una piedra con fuerza, tratando de sacarse de encima la incomodidad del rechazo. No le molestaba que Mey estuviera interesada en Elian, sino que supiera que ya no había una posibilidad entre ellos. Esa puerta se había cerrado para siempre.
Mientras tanto, Mey regresaba a su salón. El aire estaba cargado de emociones que no sabía cómo gestionar del todo. Rechazar a alguien que aprecias nunca es fácil, y aunque sabía que había hecho lo correcto siendo sincera con Guillermo, una parte de ella se sentía culpable por herirlo. Sin embargo, su corazón estaba más ligero. Aceptar lo que sentía por Elian le dio claridad, y una tímida ilusión comenzó a crecer en su interior. Se preguntaba qué pensaría Elian realmente, y si ese momento de conexión bajo la estrella fugaz también había significado algo para él.
En la hora del recreo, Elian se reunió con sus amigos en la banca de siempre. No dijo mucho al principio, pero su mirada buscaba inconscientemente a Mey entre los demás estudiantes. Su mejor amigo, Andrés, que había sido testigo indirecto de la confesión de Guillermo, se le acercó y le dio un leve codazo.
—Entonces… ¿te vas a animar a dar el siguiente paso con Mey o qué?
Elian bufó suavemente, pero una sonrisa se le escapó.
—No es tan fácil como parece. No quiero hacerle daño, ni que piense que todo esto es por la apuesta que ustedes inventaron.
—¿Y no lo es?
—Ya no —respondió Elian, con una firmeza que sorprendió a Andrés—. Al principio era una tontería, pero me fui dando cuenta de que lo que siento por ella no tiene nada que ver con una apuesta. Quiero conocerla de verdad, estar con ella sin que todo esté contaminado por juegos estúpidos.
En otra parte del colegio, Mey estaba sentada con Dana y una compañera nueva en el jardín del aula de ciencias. No había mencionado la conversación con Guillermo, pero su mente seguía dándole vueltas. De pronto, Dana la observó con detenimiento.
—Estás rara hoy. ¿Qué te pasa?
Mey negó con la cabeza, pero luego suspiró.
—Solo han pasado muchas cosas en poco tiempo. A veces siento que todo está cambiando muy rápido. Guillermo me confesó que le gusto, pero lo rechacé… porque me gusta Elian.
Dana arqueó las cejas.
—¡¿Guillermo?! ¡Vaya! Eso sí no me lo esperaba. Pero hiciste bien en decirle la verdad, Mey. Y Elian… bueno, él no es muy expresivo, pero sí que te mira distinto.
—¿Tú crees?
—Lo sé —afirmó Dana con una sonrisa—. Y creo que te mereces que alguien te mire así.
Cuando las clases terminaron esa tarde, Elian se acercó a Mey en la salida del colegio. Su sombra se proyectó sobre ella mientras guardaba sus cuadernos, y ella levantó la mirada, sorprendida pero contenta.
—Hola, Mey. ¿Puedo acompañarte a tu casa?
Ella asintió sin dudarlo. Mientras caminaban por el sendero que bordeaba la cancha, sus pasos se sincronizaban de forma natural. Ninguno hablaba, pero el silencio no era incómodo; era más bien una calma compartida, una conexión silenciosa.
—Escuché lo que le dijiste a Guillermo —dijo Elian, rompiendo el silencio.
Mey bajó la vista, sintiendo que el calor subía por su cuello.
—No fue fácil. No quería herirlo.
—Fuiste honesta. Eso dice mucho de ti.
Elian se detuvo y la miró. En sus ojos había una mezcla de nerviosismo y ternura.
—Mey… no sé en qué momento empezó esto, pero me importas. Mucho. Y no por una apuesta ni por lo que los demás digan. Solo… quiero ver qué pasa entre nosotros si tú también quieres.
Ella lo miró, sorprendida por la seriedad de su voz. No respondió con palabras. En su lugar, asintió suavemente y le tomó la mano.
Fue un gesto pequeño, pero lleno de significado.