Nunca planeé enamorarme de mi profesor.
Simplemente ocurrió.
Una clase fue suficiente para que dejara de verlo como un hombre cualquiera y empezara a convertirlo en el centro de todos mis pensamientos.
Desde entonces, cada excusa era perfecta para estar cerca de él.
Cada mirada alimentaba mi esperanza. Cada rechazo solo aumentaba mis ganas de conquistarlo.
Dicen que hay amores imposibles.
Yo no creo en lo imposible y si el destino insiste en poner reglas entre nosotros...
Me encargaré de romperlas una por una.
Porque él todavía no lo sabe... Pero algún día será solo MIO.
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Solo nosotros (parte 1)
El camino hasta la cabaña se me hizo eterno. No porque estuviera lejos, sino porque cada pocos segundos desviaba la mirada hacia el asiento del copiloto para comprobar que seguía respirando. Lo hacía casi sin darme cuenta. Primero miraba la carretera; después, a él. Volvía a la carretera y, unos segundos más tarde, otra vez a él. Su pecho seguía elevándose lentamente. La cabeza permanecía apoyada contra la ventanilla. No se movía. No hablaba. No reaccionaba. Un nudo me apretó el estómago.
—Perdóname... —susurré mientras apretaba con fuerza el volante, sintiendo cómo los dedos se me entumecían por la tensión—. Solo necesito un poco de tiempo. Después podrás irte. Podrás odiarme. Podrás denunciarme. Pero, primero... necesito que me escuches.
La carretera comenzó a estrecharse hasta convertirse en un camino de tierra rodeado de árboles. Cuando la cabaña apareció entre el bosque, sentí una mezcla extraña de alivio y miedo. Había llegado y ya no existía forma de fingir que aquello era una simple fantasía.
Apagué el motor y permanecí inmóvil durante varios segundos. Las manos seguían aferradas al volante. Respiré profundamente antes de girar la cabeza hacia él.
Seguía dormido.
El sol de la tarde iluminaba parte de su rostro y, por primera vez, pude observarlo sin prisas. Había una pequeña cicatriz junto a la mandíbula que jamás había notado en la universidad. Las pestañas eran más largas de lo que imaginaba y un mechón de cabello oscuro caía sobre su frente. Sin pensar, levanté la mano y lo aparté con cuidado. Sonreí con una ternura que me dolía más de lo que quería admitir.
—Todo va a salir bien... —murmuré, sin saber si intentaba convencerlo a él o convencerme a mí misma.
Sacarlo del coche fue mucho más difícil de lo que había imaginado. Pesaba demasiado. Tuve que rodear uno de sus brazos sobre mis hombros mientras sujetaba su cintura para impedir que cayera. Tropezamos varias veces antes de llegar al porche. La espalda comenzaba a dolerme, los brazos me temblaban por el esfuerzo, pero seguí avanzando.
—Vamos... un poco más... Ya casi llegamos.
Empujé la puerta con el pie y entramos. La casa olía a madera antigua, al mismo aroma que recordaba desde mi infancia. Por un instante todo me pareció completamente irreal.
El profesor Ferrer estaba en la cabaña de mis abuelos.
Y yo...
Yo acababa de secuestrarlo.
La palabra apareció en mi cabeza como un golpe.
Secuestrar.
Negué inmediatamente.
No.
Eso no era lo que estaba haciendo.
Yo no quería hacerle daño. No quería pedir dinero. No quería destruir su vida. Solo necesitaba que dejara de escapar. Solo quería que, por una vez, el mundo dejara de interrumpirnos.
Me repetí aquella mentira una y otra vez, hasta que dejó de sonar como una mentira.
Conseguí llevarlo hasta la habitación de invitados. Lo acosté con cuidado sobre la cama y retrocedí unos pasos mientras intentaba recuperar el aire. Él seguía inmóvil, respirando con tranquilidad.
Abrí la mochila que había dejado junto a la puerta. Saqué las cuerdas y las observé durante unos segundos. Hasta ese momento habían sido simples objetos. Ahora... eran la prueba de que había cruzado un límite del que jamás podría regresar.
Me acerqué lentamente.
—Perdóname... —volví a susurrar con la voz quebrada.
Tomé una de sus muñecas y la até al cabecero. Después la otra. Cuando terminé, observé los nudos. Parecían demasiado apretados. Los aflojé un poco. No quería lastimarlo; solo quería asegurarme de que no pudiera levantarse sobresaltado. Até también uno de sus tobillos.
Retrocedí despacio, respiré profundamente y sentí una punzada de culpa atravesarme el pecho.
—Ojalá existiera otra forma... —murmuré con los ojos llenos de lágrimas—. Te juro que la habría elegido.
El silencio fue la única respuesta.
Me senté junto a la cama. No sabía cuánto tiempo llevaba allí. Cinco minutos. Quizá más. Solo lo observaba. Durante meses imaginé cómo sería estar tan cerca de él. Pensé en conversaciones, en discusiones, en confesiones. Nunca imaginé que terminaría hablándole mientras dormía.
Solté una risa baja, cansada, rota.
—Debes pensar que estoy completamente loca... —murmuré con una sonrisa triste que desapareció casi al instante.
Guardé silencio unos segundos antes de volver a hablar.
—Intenté olvidarte. De verdad lo intenté. Intenté convencerme de que solo eras un profesor, de que todo esto estaba en mi cabeza. Pero entonces me prestabas un libro, recordabas algo que había dicho semanas atrás, me mirabas como si realmente me escucharas... y yo volvía a caer.
Las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas. Ni siquiera intenté detenerlas.
—Después apareció ella... la mujer del coche negro. No sabes cuánto la odié. No porque fuera mala; ni siquiera la conozco. La odié porque podía hacer cosas que yo nunca iba a poder hacer. Acomodarte la camisa, tomarte de la mano... besarte...
Bajé la cabeza y la habitación volvió a quedar en silencio.
Respiré hondo. Reuní el valor que nunca había tenido. Tomé lentamente su mano entre las mías. Seguía tibia. Entrelacé mis dedos con los suyos y cerré los ojos.
—Te quiero... —La confesión salió tan despacio que apenas pude escucharme a mí misma—. No sé cuándo empezó. Solo sé que un día dejé de esperar que terminaran las clases... y empecé a buscar cualquier excusa para verte.
Una lágrima cayó sobre el dorso de su mano. La limpié enseguida, como si me avergonzara dejar una marca.
Entonces me incliné muy despacio. No busqué sus labios. No fui capaz. Solo apoyé un beso muy breve sobre su frente. Un roce. Nada más.
Retrocedí inmediatamente. El corazón parecía querer escaparse de mi pecho.
—Cuando despiertes... probablemente me odies. Y lo entenderé. Pero antes de que eso ocurra... déjame regalarte un fin de semana donde nadie nos interrumpa. Solo nosotros.
Me levanté lentamente, salí de la habitación y cerré la puerta con llave. Apoyé la espalda contra la madera mientras respiraba varias veces. Necesitaba calmarme.
Bajé las escaleras hacia la cocina. Encendí la cafetera italiana y, mientras el agua comenzaba a hervir, abrí el paquete de café recién molido. El aroma llenó la casa.
Sonreí con una mezcla de nostalgia y dolor.
—Negro... sin azúcar. Como siempre.
Saqué dos tazas del armario y las coloqué sobre la mesa. Después acomodé unas galletas de mantequilla en un plato blanco. Me detuve al verlas.
Dos tazas.
Solté una pequeña risa, amarga.
—Supongo que todavía me cuesta aceptar que vas a odiarme cuando despiertes...
El café terminó de subir lentamente. Apagué el fuego y miré el reloj. Quizá todavía tardaría un poco más en despertar.
Pensé que sería buena idea subir a comprobar que seguía dormido.
Tomé aire y volví a subir las escaleras.
Cada peldaño crujía bajo mis pies.
Metí la llave en la cerradura.
La giré despacio.
Empujé la puerta.
—¿Profesor...? —murmuré con una sonrisa nerviosa, esperando verlo exactamente donde lo había dejado.
No hubo respuesta.
Abrí un poco más.
Y el mundo se detuvo.
La cama... Estaba vacía.
Sentí un frío insoportable recorrerme la espalda. Parpadeé varias veces.
No. No podía ser.
Entré rápidamente, las cuerdas seguían atadas al cabecero.
Vacías.
Una de ellas se balanceaba suavemente, como si hubiera sido soltada hacía apenas unos segundos.
—¿Profesor...? —volví a llamarlo, pero esta vez mi voz salió apenas en un susurro cargado de miedo.
Miré debajo de la cama. Nada.
Abrí el armario. Vacío.
Entré al baño. También estaba vacío.
El corazón comenzó a golpearme con tanta fuerza que apenas podía respirar.
Retrocedí lentamente hasta el centro de la habitación.
—Esto no tiene gracia... —susurré, intentando convencerme de que aquello solo era un malentendido.
El silencio fue la única respuesta.
Sentí un escalofrío recorrerme la nuca. Esa sensación insoportable de no estar sola.
Me giré de golpe.
No había nadie.
Solté el aire.
Demasiado pronto.
Porque, en el instante en que volví la vista hacia la puerta, un brazo rodeó mi cintura desde atrás.
Solté un grito ahogado.
Intenté girarme.
Una mano sujetó mi rostro con firmeza y, antes de que pudiera reaccionar, un pañuelo cubrió mi nariz y mi boca.
Un olor intenso invadió mis pulmones, me debatí desesperadamente.
Golpeé el brazo que me sujetaba.
Intenté apartarlo, pataleé.
Cada movimiento era más débil que el anterior.
La habitación comenzó a girar. Las piernas dejaron de responderme. Entonces escuché una risa baja. Tranquila, peligrosamente tranquila.
Muy cerca de mi oído.
—Shhh... No te resistas —susurró una voz serena, tan calmada que resultaba mucho más aterradora que cualquier grito.
Conseguí girar apenas la cabeza.
Lo suficiente para verlo.
Gael.
Me observaba con una serenidad imposible, no parecía enfadado, no parecía sorprendido.
Solo... Sonreía.
Levantó una mano y apartó con delicadeza un mechón de cabello de mi rostro, exactamente igual que yo había hecho con él dentro del coche. Después acarició mi mejilla con el dorso de los dedos. Sus ojos no se apartaban de los míos y, con una ternura infinitamente más aterradora que cualquier amenaza, susurró:
—Lo hiciste muy bien, mi amor...
Hizo una breve pausa.
Su sonrisa se hizo apenas un poco más amplia.
—Ahora... déjame enseñarte cómo se hace de verdad.
Lo último que vi fue su rostro.
Después... La oscuridad me envolvió por completo.