Traicionada por su propia hermana y sacrificada como moneda de cambio por su familia, Selena Sanches vio cómo sus sueños de amor se derrumbaban cuando Ingrid falsificó sus exámenes prenupciales.
Considerada “estéril”, Selena fue descartada por Cássio Álvarez, el hombre que juró amarla y con quien iba a casarse… pero él decidió casarse con Ingrid sin dudarlo.
Humillada y sin apoyo, Selena creyó que nada podía empeorar, hasta que su padre la ofreció como esposa al misterioso y temido Henrico Garcês, un mafioso al que nadie jamás se atrevía a mirar a los ojos. Un hombre que vive en las sombras, rodeado de rumores, poder… y peligro.
Ahora, unida a un desconocido que inspira tanto miedo como fascinación, Selena deberá descubrir si este matrimonio forzado será su ruina…
o su salvación.
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Capítulo 4
Meses habían pasado desde el matrimonio de Ingrid y Cássio.
La mansión Sanches seguía lujosa y silenciosa, pero ahora el brillo parecía opaco.
Selena casi no salía de la habitación. La antigua alegría que iluminaba sus ojos se había apagado. Pasaba los días leyendo, escribiendo en un diario que escondía en el fondo del cajón y evitando cualquier contacto con la familia.
Mientras tanto, Ingrid desfilaba como la nueva señora Vieira, ostentando joyas, invitaciones sociales y una sonrisa forzada al lado de un marido que continuaba distante.
Ahora ya dormían juntos, se relacionaban, pues los padres le cobraban por un heredero.
Y Cássio sabía que ese fue el único motivo que lo hizo separarse de Selena, pues Ingrid podría darle hijos, y Selena nunca iba a conseguir hacer eso.
Patrícia vivía en función de la hija, y Rodrigo, más ambicioso que nunca, pasaba los días en reuniones con empresarios y asociados de la mafia.
Fue en una de esas reuniones que el nombre Henrico Garcês surgió.
Nadie sabía con certeza quién era él.
Más todos sabían que el apellido Garcês era el más poderoso, ni los Vieira y Sanches juntos llegaban a los pies del apellido Garcês.
Se decía que era un hombre cruel, invisible a los ojos del público, pero omnipresente en el submundo del crimen. Un nombre que bastaba ser pronunciado para provocar silencio.
Henrico controlaba rutas, alianzas y destinos.
Se decía que quien osara desobedecerlo desaparecía sin dejar rastros.
Rodrigo oyó de uno de sus contactos que el poderoso Garcês estaba en busca de una novia.
Un matrimonio dentro de la mafia era más que tradición — era una cuestión de estatus y dominio.
Y Rodrigo vio allí una oportunidad que valía oro.
Los Vieira ya le habían dado nombre y visibilidad, pero si conseguía aliarse a los Garcês… el poder de la familia Sanches se volvería absoluto.
En la semana siguiente, Rodrigo fue invitado a una reunión sigilosa con Marcello, el asistente personal de Henrico.
El encuentro aconteció en un galpón discreto, lejos de miradas curiosas.
— Señor Sanches — dijo Marcello, con voz firme y acento pesado. — El señor tiene una hija, ¿no es así?
Rodrigo sonrió de lado.
— Tengo dos, pero una de ellas ya está casada. La otra, Selena, está… disponible.
— ¿El señor estaría dispuesto a ofrecerla?
— Depende de la oferta.
Marcello lo encaró en silencio.
— El señor sabe con quién está lidiando. No se trata de una oferta. Es un honor.
Rodrigo tragó saliva, pero mantuvo la sonrisa.
— Claro… entiendo. Diga al señor Garcês que acepto. Selena será su novia.
Horas después, el teléfono tocó en el escritorio de la mansión.
Rodrigo atendió, y una voz grave, pausada y autoritaria ecoó del otro lado de la línea.
— Rodrigo Sanches… oí decir que me ofreció a su hija.
Rodrigo reconoció inmediatamente.
— Señor Garcês… es un honor hablar con el señor.
— Acepto la propuesta — respondió Henrico, sin rodeos. — El matrimonio será realizado dentro de una semana. Mi asistente llevará el contrato. Quiero su firma y su palabra de que, en el día y hora marcados, su hija estará en el altar, vestida de novia.
Rodrigo hesitó.
— Señor Garcês, ¿el señor no quiere conocerla antes?
Del otro lado, silencio por algunos segundos.
Después, la respuesta vino fría como acero:
— No es necesario. Siendo joven, es suficiente.
La llamada terminó.
Rodrigo quedó algunos minutos inmóvil, mirando para el teléfono, antes de subir las escaleras en dirección al cuarto de Selena.
Ella estaba sentada en la cama, hojeando un libro, cuando el padre entró sin golpear.
— Necesitamos conversar — dijo, seco.
Selena alzó la mirada, desconfiada.
— ¿Sobre qué?
Rodrigo cruzó los brazos.
— Arréglate, pues no la semana que viene te vas a casar.
Selena soltó una risa amarga.
— Eso solo puede ser una broma.
— No lo es. Acabo de cerrar un acuerdo con Henrico Garcês. Él será tu marido.
Selena quedó pálida.
— Padre… ¿el señor enloqueció? ¡Yo no quiero casarme, aún más con un desconocido!
Rodrigo se aproximó, impasible.
— Selena, tú eres una mujer estéril. Ningún hombre va a querer casarse contigo. Esa es tu oportunidad de ser útil a la familia.
Ella lo encaró, los ojos humedecidos.
— ¡Por eso mismo no quiero casarme!
— Hija, ese matrimonio traerá beneficios. Cerraré un contrato millonario, tendremos protección y prestigio. Tú necesitas hacer eso.
Selena sintió el pecho apretar.
— ¿Entonces es eso? ¿Yo nunca representé nada para usted?
— Hija… — él suspiró, irritado. — Mujeres sirven para eso. Casamientos ventajosos, que traigan poder y riqueza.
Las palabras de él fueron como una bofetada.
Selena quedó en silencio, la mirada vacía.
Sabía que sería inútil discutir.
— Mañana — continuó él — vas a proveer el vestido. El matrimonio será en la próxima semana.
Rodrigo salió, golpeando la puerta.
Selena permaneció sentada, inmóvil, por largos minutos.
Después, se levantó lentamente y fue hasta el espejo.
El reflejo mostraba una mujer abatida, pero con algo nuevo en la mirada: resignación mezclada a una centella de orgullo.
Tal vez, pensó, casarse fuera su única oportunidad de salir de aquella casa.
Ir para lejos… era todo lo que quería.
En la mañana siguiente, ella fue hasta la tienda de vestidos.
La vendedora, sonriente, reconoció el apellido y la atendió con deferencia.
Selena miró los modelos por algunos minutos, y entonces algo cambió dentro de ella.
Si era obligada a casarse, que fuera en grande estilo.
Iba a gastar cada centavo del dinero del padre.
— Quiero el más bonito — dijo con firmeza. — El más lujoso que tenga.
La mujer trajo un vestido de seda italiana, con cristales delicados bordando el corpiño y una larga cola de encaje.
Cuando Selena lo vistió, por un instante, se olvidó de todo.
Se miró en el espejo y casi no se reconoció.
El vestido era deslumbrante — mucho más bello que aquel que devolviera después de la ruptura con Cássio.
Y, aunque no creyera en finales felices, prometió a sí misma que no dejaría a nadie más dictar su destino.
El matrimonio podría ser una prisión…
O el inicio de una venganza.