Katerina lo tenía todo: una mente matemática brillante, el imperio de superdeportivos Vanguard Atelier y un prometido ideal. Pero el día de su coronación como CEO, su mundo se derrumba. Traicionada por su novio y una enemiga oculta, es narcotizada y expuesta en un falso montaje de infidelidad. Humillada públicamente y al borde del colapso, la obligan a firmar la renuncia que le arrebata el negocio familiar.
En la ruina absoluta, Katerina encuentra un aliado inesperado: Luke, el implacable y magnético CEO de la firma legal más poderosa del país. Conocido como el "tiburón de los negocios", Luke no cree en la compasión, pero la brillantez y dignidad de Katerina despiertan en él una obsesión incontrolable.
Entre noches de pasión salvaje y una complicidad peligrosa, ambos diseñan un algoritmo de venganza implacable. Sin embargo, una red de secuestros, atentados armados y secretos oscuros amenazará con destruirlos antes del juicio final. ¿Podrán recuperar el imperio automotriz, o las cicatrices del pasado los consumirán a ambos? Una historia adictiva de traición, mafia corporativa y un amor indomable.
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CAPITULO 12. DESALOJO Y CHISPAS
Leo sentía que las paredes de la sala de juntas se le caían encima. Miró a los directores comerciales buscando un aliado, una voz de apoyo, pero solo encontró rostros rígidos y miradas bajas. Nadie iba a arriesgar su carrera por un hombre cuyas acciones acababan de ser congeladas por un tribunal de comercio.
—Esto no se va a quedar así, Katerina —siseó Leo, con la mandíbula temblando de rabia mientras se ponía en pie de mala gana—. Ese papel es provisional. Mis abogados van a apelar esta misma tarde. Volveré a este despacho antes de que termine la semana.
—Tus abogados tendrán demasiado trabajo intentando evitar que vayas a prisión por narcotización y fraude corporativo como para redactar una apelación, Leo —intervino Luke, dando un paso al frente. Su imponente presencia física bloqueó por completo la línea de visión entre Leo y Katerina—. Seguridad, escolten a los señores fuera de las instalaciones de inmediato. No tienen permitido retirar ningún objeto, ordenador o documento. Todo lo que está en este edificio es ahora propiedad bajo custodia judicial.
Dos guardias de seguridad de la empresa, hombres corpulentos que conocían y respetaban a Katerina desde hacía años, entraron a la sala de juntas. No dudaron un segundo. Se colocaron a los lados de Leo y Laya, invitándolos a caminar con un gesto firme que no aceptaba réplicas.
Laya, con los ojos inyectados en pánico y odio, miró a Katerina antes de ser arrastrada hacia la salida.
—¡Te crees muy lista, maldita matemática! —chilló Laya, perdiendo toda la compostura refinada que había intentado fingir—. ¡Esto no ha terminado! ¡Te voy a arrastrar al fango de donde saliste!
Katerina ni siquiera pestañeó. Permaneció inmóvil, con los brazos cruzados y la barbilla en alto, observando en absoluto silencio cómo los dos traidores eran escoltados por el pasillo central de la planta ejecutiva. A lo largo del pasillo, los secretarios, analistas y diseñadores de Vanguard Atelier se habían asomado de sus oficinas. Un murmullo de satisfacción y algunos aplausos tímidos comenzaron a extenderse por el piso al ver el regreso de la legítima CEO y la expulsión de los estafadores.
Cuando las puertas del ascensor se cerraron con Leo y Laya dentro, Katerina soltó un largo suspiro. Sintiéndose repentinamente exhausta por la descarga de adrenalina, caminó hacia el despacho principal y se adentró en él.
Luke la siguió en silencio, cerrando la pesada puerta de madera noble detrás de sí para dejarlos a solas.
El despacho seguía teniendo el aroma al perfume barato de Laya, pero Katerina caminó directo hacia el gran ventanal, apoyando las manos en el cristal para contemplar la planta de producción.
—Lo hiciste, Katerina —dijo Luke con suavidad. Su tono de voz había perdido la dureza profesional de la sala de juntas; ahora sonaba cálido, casi íntimo. Caminó hacia ella y se detuvo a su lado, respetando una distancia prudencial pero lo suficientemente cerca como para que ella pudiera percibir el aroma de su colonia amaderada.
—No, Luke. Lo hicimos —corrigió Katerina, girándose para mirarlo a los ojos. Sus ojos esmeralda brillaban con una mezcla de gratitud y una intensa emoción que no pudo camuflar—. Si no hubieras presentado esa medida cautelar con tanta rapidez, Leo habría vaciado las patentes esta misma mañana. Gracias.
Luke la observó fijamente. Bajo la luz dorada que entraba por el ventanal, Katerina lucía imponente, pero él también pudo notar la vulnerabilidad que intentaba esconder tras su coraza de frialdad matemática. Sintió un impulso irrefrenable de acortar la distancia entre ambos, de protegerla de todo el daño que le habían causado.
—Solo hago mi trabajo, Katerina —respondió Luke, con su magnética voz bajando un octavo de tono. Dio un paso hacia ella, fijando sus ojos oscuros en los labios de la CEO—. Aunque debo admitir... que nunca había tenido una clienta con una mente tan brillante. Ver cómo desglosabas esos balances en mi despacho el otro día... fue fascinante. Me costó concentrarme en la estrategia legal.
Un sutil rubor apareció en las mejillas de Katerina. El magnetismo de Luke era arrollador, una fuerza de la naturaleza que la desarmaba por completo, algo que jamás había experimentado en sus diez años junto a Leo. Con Leo todo había sido lógico y predecible; con Luke, sentía una electricidad salvaje que ponía a prueba todo su autocontrol.
—¿El gran Luke, el tiburón de los tribunales, perdiendo la concentración por unos números? No te creo —bromeó Katerina con una sonrisa tímida, sosteniéndole la mirada.
—Créetelo —susurró Luke, inclinándose ligeramente hacia ella. La tensión romántica en el despacho se volvió tan densa que el aire parecía vibrar—. No suelo mezclar los negocios con los asuntos personales, Katerina. Pero contigo... tengo la sospecha de que voy a romper todas mis reglas.
Antes de que la distancia entre sus labios se rompiera, el teléfono móvil de Luke comenzó a vibrar con insistencia en el interior de su chaqueta. El momento se congeló. Luke soltó una maldición entre dientes y sacó el dispositivo, viendo el nombre de Raúl en la pantalla.
—Debo responder, es Raúl desde el juzgado de familia —dijo Luke, recuperando la compostura con una sonrisa de disculpa de medio lado que dejó a Katerina con el corazón acelerado—. Quédate aquí, revisa que no hayan borrado nada de los servidores principales. El contraataque legal no ha hecho más que empezar.
Katerina asintió, tratando de normalizar su respiración mientras Luke salía del despacho para atender la llamada.
Mientras tanto, en un apartamento a las afueras de la ciudad, Laya arrojó su bolso de marca contra la pared, rompiendo un jarrón de cristal en el proceso. Estaba fuera de sí, con el cabello desordenado y la respiración entrecortada por la histeria. Leo caminaba de un lado a otro de la sala, mordiéndose las uñas de los pulgares hasta hacerse sangre.
—¡Nos han destruido, Laya! ¡Ese maldito abogado de Luke nos ha congelado todo! —gritó Leo, aterrorizado—. Si Raúl Méndez demuestra en el juicio penal que te pagué desde la cuenta espejo y que la drogamos... ¡vamos a terminar en una celda de aislamiento!
Laya se giró hacia él, con una mirada desorbitada, fría y psicópata que hizo que el propio Leo diera un paso atrás por el miedo.
—Cállate, Leo. Deja de llorar como un cobarde —siseó Laya, sacando su teléfono móvil personal de su bolsillo—. Katerina cree que la ley la va a proteger. Cree que porque recuperó sus oficinas ya ha ganado. No sabe con quién se está metiendo.
Laya marcó un número oculto. Tardaron varios segundos en responder al otro lado de la línea. Cuando lo hicieron, una voz áspera y de pocas palabras saludó.
—¿Hola? ¿Gómez? Sí, soy Laya —dijo la mujer, con una sonrisa retorcida apareciendo en sus labios—. El plan legal de Leo falló. Vamos a pasar a la fase de contingencia. Quiero que uses las copias originales de los vídeos del hotel, esos donde no se ve la cara pixelada del actor. Y quiero que busques algo más permanente para Katerina. Un "accidente" de coche en la autopista con uno de sus preciosos superdeportivos de Vanguard Atelier sería perfecto. Hazlo esta misma semana. Te pagaré el doble.
Laya colgó el teléfono y miró a Leo en la penumbra del apartamento. El peligro real para Katerina ya no estaba en los tribunales; la obsesión de Laya se había transformado en algo mortal.