Estaba desesperada. A punto de perder mi carrera por no poder pagar la matrícula, acepté ser la asistente personal del imponente Nicolas Donovan. Él es todo lo que intimida: cuarenta y tres años, poder absoluto y una mirada tan oscura que me desnuda el alma. La tensión entre nosotros es un fuego a punto de estallar cada vez que nos encerramos en su oficina. Pero el infierno se desató cuando vi ese portarretratos en su escritorio. Nicolas es el padre de Vanessa, mi peor enemiga. Entregarme a él significa arriesgarlo todo. ¿Pero... cómo me resisto al hombre que ya logró dominarme?
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CAPÍTULO 12: CONFESIÓN
Nicolas Donovan
La oficina presidencial se había convertido en una olla de presión donde el aire escaseaba. Sentir el cuerpo de Chloe Bennett temblando sobre mi regazo, percibir la humedad pecaminosa que traspasaba la tela de su falda y escuchar ese gemido roto contra mi oído casi me hace mandar al demonio veintidós años de impecable autocontrol corporativo.
Estuve a un maldito milímetro de rasgar esa blusa de seda blanca, tumbarla sobre el ébano de mi escritorio y reclamarla como mía hasta que olvidara el nombre de este edificio, de la universidad y de su propia miseria.
Pero cuando mi boca rozó el latido frenético de su cuello, la rigidez de mi propia posición me golpeó como un balde de agua helada. "Es mi empleada. Es una cría de veintiún años. Y es la víctima del acoso de mi propia hija." Si la tomaba aquí, de esta manera tan salvaje y posesiva, rompería la última barrera de respeto que me quedaba. Y yo no era un animal salvaje; era Nicolas Donovan.
Con un esfuerzo sobrehumano que me hizo crujir los dientes hasta el dolor, apoyé las manos en su cintura y la aparté sutilmente de mi cuerpo, obligándola a bajarse de mi regazo. Mi hombría, dolorosamente erecta y palpitante bajo el pantalón gris carbón, protestó violentamente ante la pérdida de su calor.
—Por hoy es todo, señorita Bennett —dije. Mi voz no era la de un CEO; era un gruñido espeso, ronco y completamente quebrado por la frustración sexual—. Recoja sus cosas y retírese a su departamento. No quiero verla en la antesala el resto del día.
Chloe me miró con los ojos verdes empañados por la lascivia, las mejillas encendidas en un rubor escarlata y los labios entreabiertos, buscando el aire que yo le había quitado. Estaba tan afectada como yo. Asintió torpemente, recogió sus papeles con manos temblorosas y salió del despacho casi huyendo, dejando tras de sí el eco de sus tacones y ese maldito aroma a lluvia fresca que se había instalado en mis pulmones.
Me dejé caer en mi sillón, totalmente abrumado. Me pasé las manos por el rostro, frustrado, despeinando mi cabellera negra con violencia. El calor en mi entrepierna no disminuía. Tenía cuarenta y tres años y una fortuna capaz de comprar imperios, pero en este instante, me sentía el hombre más desarmado del mundo. Una maldita rubia de veintiún años había puesto de rodillas mi cordura en menos de unas tres semanas, haciéndome tener pensamientos impuros y posesivos que rozaban la locura.
Necesitaba salir de aquí. Necesitaba aire, o el cemento de la Torre Donovan terminaría por sepultarme vivo.
Una hora después, la camioneta blindada me dejaba frente a las grandes rejas de hierro forjado del cementerio metropolitano. Para la tarde de hoy, la llovizna había cesado, dejando en su lugar un frío húmedo y un cielo de un gris ceniza que encajaba a la perfección con el peso que arrastraba en el pecho.
Caminé solo, ordenándole a mi chofer que se quedara en la entrada. Mis botas de cuero pesado aplastaban las hojas secas del sendero de mármol. Para este momento del día, me había cambiado el saco del traje por un abrigo largo de paño negro que se mecía con el viento, dándome el aspecto de un espectro oscuro entre las tumbas de la alta sociedad.
Me detuve frente al mausoleo de la familia Donovan. En el centro, impecable, de mármol blanco impoluto y rodeada de lirios frescos que mi personal se encargaba de cambiar cada mañana, estaba la lápida de mi difunta esposa, Helena.
«Helena Rose Donovan. Esposa y madre. Tu luz nunca se apagará».
Me quedé estático, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo, contemplando las letras grabadas en oro. Hacía quince años que el cáncer se la había llevado, dejándome solo con una niña pequeña a la que no supe criar y un imperio que usar como escudo para no volver a sentir dolor. Quince años de un luto silencioso, donde mi cama había permanecido fría y mis noches se habían resumido en balances financieros y cierres de mercado.
—Helena... —mi voz brotó como un susurro ronco, cortando el silencio sepulcral del cementerio con un dramatismo desgarrador—. Qué maldito desastre he hecho.
Me arrodillé lentamente sobre una de las cornisas de piedra, apoyando una mano pesada sobre el mármol frío de su tumba. Sentí una opresión asfixiante en el pecho, una culpa antigua que comenzaba a mezclarse con el deseo prohibido que me quemaba las entrañas.
—Desde el día en que te fuiste, me juré a mí mismo que mi corazón se quedaría enterrado aquí contigo —confesé, y mis ojos claros se empañaron con una vulnerabilidad que nadie en el mundo corporativo creería posible en mí—. Creí que estaba muerto por dentro. Creí que el sexo solo sería un trámite biológico y que ninguna mujer volvería a moverme un solo pelo. Me sentía seguro en mi maldita frialdad. Pero ahora... ahora no sé qué demonios está pasando conmigo.
La imagen de Chloe Bennett en mi baño, su mano en mi muslo, la firmeza de su mirada desafiando mi autoridad, regresó a mi mente con una fuerza brutal.
—Apenas hace unas semanas que la conozco, Helena. Es una cría. Tiene la edad de nuestra hija —gruñí, y la culpa me retorció el estómago, haciéndome apretar el puño contra el mármol—. Debería verla como una empleada, como un fantasma eficiente que maneja mis papeles en ruso y francés. Pero la deseo. La deseo tanto que me duele el maldito pecho. Cuando está cerca, solo puedo pensar en acorralarla, en meter mis manos bajo su falda y hacerla mía hasta que no pueda respirar. Son pensamientos impuros, Helena. Pensamientos oscuros que me hacen cuestionar todo lo que soy.
Me puse de pie de golpe, abrumado por el eco de mis propias palabras en el cementerio vacío. El viento frío me golpeó el rostro, despeinándome el cabello negro. Caminé de un lado a otro frente a la tumba, debatiéndome en una duda atroz que me estaba destrozando el alma.
¿Era correcto dejarse llevar? ¿Era justo para la memoria de la mujer que amé perder de esa manera los estribos por una estudiante necesitada? ¿O simplemente era el egoísmo de un hombre maduro intentando reclamar la juventud y la inocencia que ya no le pertenecían?
—Ella me mira como si fuera su salvación, y yo solo quiero ser su perdición —murmuré para la nada, clavando la vista en el horizonte gris de la ciudad—. Vanessa la odia, la humilla en el campus... y mi primer instinto no fue proteger la paz de mi hija, sino destruir a mi propia sangre con tal de vengar las lágrimas de Chloe. Me estoy volviendo loco.
Me acerqué una última vez a la lápida, tocando el nombre de Helena con la punta de los dedos. El frío de la piedra no logró apagar el fuego abrasador que Chloe había encendido en mi entrepierna y en mis pensamientos.
—Perdóname, Helena —dije, con un tono gélido, tomando una decisión que marcaría el inicio de mi propio infierno—. Pero no creo que pueda detenerme. Si esa rubia es el diablo que vino a sacarme de mi tumba, voy a dejar que me consuma por completo.
Me di la vuelta y caminé con paso firme hacia la salida del cementerio, abrochándome el abrigo de paño negro. La cumbre de Ginebra estaba a la vuelta de la esquina. Cinco días a solas con ella en un hotel de lujo en Europa. El escenario perfecto para que la tensión estallara de una buena vez. La suerte estaba echada, y yo ya no iba a luchar contra la corriente.