A pocos meses de haberse casado con Diego Alcázar, Valeria descubre que este, le es infiel con Camila, el supuesto amor de Diego. Ante tal descubrimiento, Valeria sale huyendo del hotel y es atropellada.
Al despertar descubre que ni su esposo, ni la familia de este, han ido a verla, y que fue un extraño quien la llevo al hospital y pago sus gastos. Tras el alta y al volver a casa descubre que su suegra ya ha sacado todas sus cosas y asegura que Camila es la mujer que si acepta para su hijo.
Es en ese momento de desesperación, le llega un mensaje y termina encontrándose con el hombre que la llevo al hospital, Santiago Alcázar, el medio hermano de Diego, quien le propone casarse con él a cambio de no cobrarle los gastos médicos que él pagó. ¿Cuáles son las intenciones de Santiago al pedirle matrimonio?
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Capítulo 24
Capítulo 024
La grieta de Lucía
Santiago tenía el rostro oscuro. No miró primero mi mejilla ni mi ropa arrugada, sino a la chica que acababa de caer al suelo.
—Nombre —dijo.
La muchacha abrió la boca, pero no salió nada. Hasta hacía un segundo gritaba como si la justicia le perteneciera. Frente a Santiago, solo pudo encogerse.
Él alzó la vista hacia el resto del grupo.
—Valeria Salcedo es mi mujer. Si alguien tiene algo que reclamar, vaya a Grupo Alcázar y dígamelo a mí.
Nadie se movió.
Santiago me tomó de la muñeca y me sacó de ahí. Caminaba tan rápido que casi tuve que correr. Cuando llegamos a su coche, abrió la puerta y me metió dentro con más fuerza que delicadeza.
Estaba enojado.
Yo también. Pero debajo del enojo había vergüenza, cansancio y una gratitud que me ardía igual que la mejilla. Me limpié la cara con un pañuelo. Lloré en silencio hasta que pude hablar sin que la voz se me rompiera.
—Gracias por venir.
Santiago no contestó. Conducía mirando al frente.
—En serio —insistí—. Carmen casi me pidió la renuncia, las fans de Camila me arrinconaron y hoy lo único bueno fue que apareciste. Si no...
—¿Por qué quieren correrte?
Le conté lo de las fotos en Sofía. Lo de Matías. Lo de Lucía recortada como si jamás hubiera estado ahí.
—¿Matías Rivas? —preguntó.
El coche frenó tan brusco que el cinturón me clavó contra el asiento.
—¡Santiago!
—¿Fuiste con él para tu divorcio?
—Es abogado. Necesito un abogado. ¿Qué parte te parece rara?
Sus ojos tenían una furia fría.
—¿Lo conoces mucho?
Ahí entendí algo. Si decía que había sido mi compañero de escuela, lo iba a empeorar. Y si mencionaba la forma en que Lucía se ponía cuando Matías respiraba, quizá sobrevivía.
—Casi nada. Fui por Lucía. Ella lleva años enamorada de él y yo pensé que podía ayudarla a acercarse. Además, hablamos los tres. No fue una cita.
Santiago soltó un sonido seco, entre burla y disgusto.
—Para no ser cita, en la foto sonreías demasiado.
Lo miré de lado. Un pensamiento peligroso me cruzó la cabeza.
—¿Estás celoso?
La pregunta salió antes de que pudiera morderla. Me tapé la boca con horror. Santiago me miró como si acabara de decir una tontería enorme.
No respondió.
—No vuelvas a buscar a Matías —dijo al fin—. El equipo legal de Grupo Alcázar tomará tu caso.
La oferta era demasiado buena para rechazarla y demasiado íntima para no hacerme ruido.
—¿Por qué me ayudas tanto?
—Porque si tienes un problema, me llamas a mí primero.
Esa frase me dejó más confundida que la foto. Quise preguntar qué derecho creía tener, pero el edificio de Lucía apareció frente a nosotros.
Ella estaba afuera, tirando basura.
El corazón se me hundió. Lucía vio el coche de Santiago, mi cara golpeada, mis ojos rojos. Su expresión cambió despacio, como si una pieza se rompiera en silencio.
Bajé antes de que Santiago pudiera decir algo.
—Lucía, las fotos son una trampa. Tú estabas ahí. Lo sabes, ¿no?
Ella me miró de arriba abajo.
—Valeria, yo he sido buena contigo, ¿verdad?
—¿Qué?
—Te abrí mi casa. Te creí. Te defendí.
—No me digas que tú también...
—Me decepcionaste —dijo, y entró al edificio.
Me quedé en la banqueta. Las lágrimas salieron sin permiso. Santiago, que no se había ido, volvió a mi lado.
—Al coche —ordenó.
—Lucía no me cree.
—Al coche, Valeria.
Lloré hasta gastar todos sus pañuelos. De tanto llorar, empecé a hipar. Santiago me miró con una mezcla de preocupación y una diversión que no alcanzó a esconder.
—No te rías.
—No me estoy riendo.
—Tus hombros dicen otra cosa.
Entonces sí se le escapó una risa. Lo odié un poco. También me sostuvo el vaso de agua hasta que pude beber.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó.
—Volver. Tengo que arreglarlo. Si me voy ahora, esa grieta se vuelve pared.
—Podrías mudarte.
—No entiendes la amistad de mujeres.
—Explícala.
—No. Estoy cansada y tú eres hombre.
Santiago aceptó el insulto con una calma irritante. Cuando me vio más tranquila, me tocó la punta de la nariz con un dedo.
—Estás hecha un desastre.
—Gracias por el apoyo emocional.
Subí al departamento decidida a recuperar a Lucía aunque tuviera que arrastrarme. Su puerta estaba cerrada. Pedí su pastel favorito por aplicación, me lavé la cara, me cambié la expresión de tragedia por una de payasa arrepentida y llamé.
—Señorita Andrade, llegó su soborno de chocolate.
La puerta se abrió. Lucía tenía los ojos rojos.
—No estoy de humor.
—Lo sé. Pero el chocolate no tiene la culpa.
Puse la caja frente a ella y la guié a la sala con cuidado. Pensé que si comíamos, si hablábamos despacio, si le explicaba que Matías había sido una consulta legal y nada más, todo volvería a su lugar.
Corté una rebanada.
—También debería disculparme con Matías. Lo metí en este escándalo sin querer. Tal vez podríamos llamarlo juntas y...
Lucía dejó el tenedor sobre la mesa.
La temperatura de la sala cayó.
—¿Otra vez Matías?
—No, no así. Solo digo que él también fue arrastrado y tú...
—¿Yo qué? —preguntó, con la voz filosa—. ¿Yo necesito que sigas abriéndome puertas? ¿Que me acerques hombres como si me estuvieras haciendo una obra de caridad?
Se me secó la boca.
—Lucía, no es eso.
—Entonces dime qué es. ¿Crees que soy tan patética? ¿Tan pobre emocionalmente? ¿Tan necesitada de tu generosidad?
El pastel, intacto, parecía de pronto una ofensa.
Quise decirle que no. Que ella era mi familia elegida. Que jamás la miré como menos.
Pero Lucía no esperaba una respuesta.
Esperaba que, por una vez, yo entendiera cuánto dolía ser ayudada cuando una ya se sentía invisible.