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Un Amor De Dos Dioses Y Una Mortal

Un Amor De Dos Dioses Y Una Mortal

Status: En proceso
Genre:Mitos y leyendas / Romance / Fantasía LGBT
Popularitas:561
Nilai: 5
nombre de autor: Damian Benitez

una mujer llamada Sara, trabaja todos los días para que el dios Zeus no destruya la tierra, Ares y Afrodita se enamoran de ella (LGBTQI+)

NovelToon tiene autorización de Damian Benitez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20: El medallón de la discordia

La tranquilidad duró apenas dos días.

El pueblo seguía prosperando. El puente provisional había sido terminado y las familias podían volver a cruzar el río sin peligro. Los cultivos crecían con fuerza y la panadería de don Ernesto ya abría casi toda la semana.

Muchos empezaban a creer que, por fin, los tiempos difíciles habían quedado atrás.

Pero Sara no podía quitarse de encima aquella sensación de inquietud.

Cada noche soñaba con una niebla oscura cubriendo el pueblo.

Y, en cada sueño, escuchaba una risa lejana.

La risa de Eris.

En el Olimpo, solo faltaban ocho días para que terminara el castigo de Ares> y Afrodita.

Ares entrenaba con más intensidad que nunca.

Sin embargo, cada vez que detenía su lanza, miraba sin darse cuenta hacia el Espejo del Mundo.

Afrodita lo observó desde la entrada del patio.

—¿Sabes cuántas veces has mirado el espejo hoy?

Ares suspiró.

—No.

—Veintisiete.

El dios de la guerra se llevó una mano al rostro.

—¿En serio?

—Las conté.

Ares soltó una pequeña risa.

—Supongo que ya no puedo ocultarlo.

Afrodita caminó hasta colocarse a su lado.

—Yo también la extraño.

Durante unos segundos permanecieron observando el reflejo de Sara, que ayudaba a unos niños a plantar árboles.

—¿Crees que todavía quiera vernos? —preguntó Ares.

Afrodita tardó un momento en responder.

—Creo que sí.

Pero también creo que tendremos que recuperar su confianza.

Ares asintió.

—Y esta vez... sin ocultarle nada.

Mientras tanto, en el Inframundo, Hades caminaba por los Jardines del Asfódelo.

A su lado avanzaba Perséfone, quien había regresado recientemente tras pasar varios meses en la superficie.

Observó el rostro pensativo de Hades y sonrió con dulzura.

—Hace siglos que no te veía tan distraído.

Hades levantó la vista.

—¿Es tan evidente?

—Mucho.

Perséfone soltó una pequeña risa.

—Cuéntame.

Hades le habló de Sara.

Del pueblo.

De Mormo.

Y de cómo una simple mortal había logrado enfrentarse al miedo sin dejar de proteger a los demás.

Cuando terminó, Perséfone permaneció en silencio.

—Entonces no te impresionó por ser fuerte.

Hades negó.

—Me impresionó por seguir siendo amable... incluso después de descubrir que le oculté quién era.

Perséfone sonrió.

—Ahora entiendes algo que yo descubrí hace mucho tiempo.

—¿Qué cosa?

—Los humanos son frágiles.

Precisamente por eso... cada acto de bondad tiene un valor inmenso.

Hades bajó la mirada.

—Empiezo a comprenderlo.

En otro lugar, muy lejos de allí, Eris sostenía el antiguo medallón entre sus manos.

La joya despedía un brillo violáceo.

Estaba cubierta por inscripciones olvidadas incluso por los dioses más antiguos.

—Hace milenios que nadie utiliza esto...

Sus dedos recorrieron las grietas del metal.

—Despierta.

Una pequeña gota de su sangre cayó sobre el medallón.

El objeto comenzó a vibrar.

Las grietas se iluminaron lentamente.

Entonces una voz surgió desde su interior.

—¿Quién... me llama?

Eris sonrió.

—Necesito tu ayuda.

—¿Cuál es tu deseo?

—Quiero sembrar dudas en el corazón de una mortal.

La voz guardó silencio unos instantes.

—Ese poder tiene un precio.

—Lo sé.

—Si el vínculo que deseas romper es sincero...

El medallón también consumirá parte de tu propia paz.

Eris soltó una carcajada.

—Nunca he buscado la paz.

Solo el caos.

El medallón brilló con más intensidad.

—Entonces... el pacto está hecho.

Aquella misma tarde, Sara decidió caminar hasta el bosque para recoger algunas hierbas medicinales.

Daniel insistió en acompañarla.

—¡Yo también quiero aprender!

—Está bien.

Pero no te alejes.

Mientras recogían plantas, Daniel encontró algo brillante entre las raíces de un viejo roble.

—¡Hermana!

—¿Sí?

—Mira esto.

Sara se acercó.

Era un hermoso medallón plateado con una piedra violeta en el centro.

Parecía muy antiguo.

—Qué extraño...

Lo tomó entre sus manos.

Durante un instante sintió un escalofrío.

Luego la sensación desapareció.

—Quizá algún viajero lo perdió.

Daniel sonrió.

—Es bonito.

Sara observó el bosque.

—Lo llevaremos al pueblo.

Si alguien lo reclama, se lo devolveremos.

Sin saberlo...

Acababa de caer en la trampa de Eris.

En cuanto Sara guardó el medallón en su bolsillo, el objeto emitió un brillo imperceptible.

Una diminuta sombra salió de su interior y desapareció en el aire.

Muy lejos de allí, Eris sonrió.

—Ya empezó.

Esa noche, Sara tuvo un sueño.

Se encontraba nuevamente en la plaza del pueblo.

Ares y Afrodita estaban frente a ella.

Pero algo era diferente.

Ambos discutían.

—¡Ella me eligió a mí! —gritaba Ares.

—¡No puedes decidir por ella! —respondía Afrodita.

Las voces aumentaban.

Los habitantes del pueblo observaban aterrados.

Entonces Ares levantó su lanza.

Afrodita invocó una lluvia de pétalos afilados.

La plaza comenzó a destruirse.

Sara corrió hacia ellos.

—¡Deténganse!

Pero ninguno parecía escucharla.

El combate continuó.

Hasta que...

Una enorme explosión envolvió todo.

Sara despertó sobresaltada.

Respiraba con dificultad.

Tenía lágrimas en los ojos.

—Solo fue un sueño...

¿Verdad?

Miró hacia la ventana.

La luna seguía iluminando el pueblo.

Todo estaba en calma.

Sin embargo, el medallón, que había dejado sobre la mesa, emitió un tenue resplandor violeta antes de volver a apagarse.

En el Olimpo, Atenea caminaba por la biblioteca sagrada cuando sintió una energía familiar.

Se detuvo de inmediato.

—No...

Abrió un antiguo pergamino lleno de símbolos arcaicos.

Pasó varias páginas hasta encontrar un dibujo.

Un medallón de plata con una piedra violeta.

Los ojos de la diosa se abrieron con sorpresa.

—El Medallón de la Discordia...

Recordaba las antiguas historias.

Aquel artefacto no obligaba a nadie a odiar.

Era mucho más peligroso.

Tomaba los pequeños miedos y las dudas que ya existían en el corazón de una persona...

Y los convertía en enormes sospechas.

Con suficiente tiempo, incluso los amigos podían verse como enemigos.

Atenea cerró el pergamino de golpe.

—Eris...

¿Qué has hecho?

Sin perder un segundo, salió de la biblioteca en busca de Zeus.

Si sus sospechas eran ciertas...

No solo Sara corría peligro.

También Ares, Afrodita... e incluso Hades.

Porque ningún corazón, ni siquiera el de un dios, era completamente inmune a la duda.

Y el Medallón de la Discordia acababa de despertar.

Fin del Capítulo 20.

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