El día de su vigésimo aniversario de bodas, Beatriz Nava descubre a su marido con una mujer mucho más joven.
“¿A tu edad, quién te va a querer?”, le dice él antes de echarla de la casa a la que entregó veinte años de su vida.
Herida, furiosa y decidida a demostrar que todavía está viva, Beatriz termina en los brazos de un joven mecánico de veintidós años. Solo pretende olvidarlo todo durante una noche. Pero a la mañana siguiente descubre que Dante Villarreal no es un desconocido: es compañero de universidad de su hijo y heredero de una de las familias más poderosas de México.
Dante no quiere ser un secreto ni una aventura pasajera. La desea en su cama, pero también a su lado, frente a su familia y ante el mundo entero.
Mientras su exmarido intenta recuperar el control, la sociedad la juzga y la familia Villarreal trata de separarlos, Beatriz tendrá que decidir si se atreve a empezar de nuevo con un hombre dieciocho años menor que ella.
Porque a los cuarenta una mujer no deja de desear. Y cuando por fin aprende a elegir su propio placer, nadie vuelve a decidir por ella.
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Capítulo 16
A la mañana siguiente, antes de que yo me bajara del coche para entrar a la universidad, Dante se inclinó y me dio un beso en la frente.
Fue suave. Apenas un roce de labios sobre la piel, tibio, que me duró en la frente mucho más de lo que duró en realidad.
—A mi edad ya no me da pena eso —dije, muy digna, mirando al frente y acomodándome la bolsa en el hombro.
—¿Ah, no? —Dante ladeó la cabeza con esa media sonrisa suya—. Entonces por qué se te pusieron rojas las orejas, profesora.
Me llevé la mano a la oreja sin pensar. Ardía. El muy sinvergüenza soltó una carcajada y yo me bajé del coche con toda la dignidad que pude reunir, que no fue mucha.
Lo que no vi —lo supe después— fue que a media cuadra, escondido detrás de un puesto de periódicos, Rodrigo nos espiaba. Traía la solicitud de divorcio arrugada en el puño, como quien estruja un billete que ya no vale. Clavó los ojos en el Maybach negro tratando de ver quién iba adentro. Pero los vidrios polarizados no le dejaron ver nada. Y esa oscuridad impenetrable, ese coche que costaba lo que él no juntaría en veinte años de investigador, le fue royendo el rencor como un ácido.
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Ese mediodía, en pleno pasillo de la facultad, me sonó el celular. Era Sebastián. Y en cuanto contesté, lo que oí no fue su voz, fue su llanto.
—Amá... —hipaba—. Amá, ya no aguanto.
Se me heló la sangre.
—¿Qué pasó, mijo? ¿Qué tienes?
Poco a poco, entre sollozos, me lo fue contando. En la Preparatoria Oficial 12, unos compañeros del salón lo traían de bajada desde hacía semanas. Le rompían los libros. Le escondían la mochila. Una noche le habían echado un balde de agua en la cama del internado para que durmiera mojado. Y lo golpeaban. Le pegaban en los brazos, en las costillas, donde no se viera.
Cada frase suya era un cuchillo. Y a cada cuchillo, una culpa. "Andaba yo tan metida en mi divorcio, en mi despecho, en mis besos en la frente, que no vi lo que le estaban haciendo a mi hijo." Se me revolvió el estómago.
—¿Y por qué no le has dicho a los maestros? —le pregunté, con el corazón en un puño.
—Porque no me creen, amá. Y si acuso, es peor. El Kevin dice que su tío es policía y que a mí nadie me va a hacer caso.
"Nadie me va a hacer caso." Que un muchacho de diecisiete años ya hubiera aprendido esa lección —que hay apellidos que valen más que la justicia— me dio una rabia que me nubló la vista.
Colgué y marqué de inmediato al tutor de grupo, el maestro Salgado. El hombre me atendió con una voz melosa y hueca que me sacó de mis casillas antes de la tercera frase.
—Ay, señora, no exagere. Son cosas de muchachos. Se agarran, se contentan, ya sabe cómo son a esa edad. Aquí no hay acoso ni nada de eso.
—Voy para allá —le dije. Y colgué antes de decir algo de lo que me arrepintiera.
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Cuando llegué a la prepa y vi a mi hijo, se me cerró la garganta.
Sebastián me esperaba en la banca del patio con la cabeza gacha. Traía los brazos llenos de moretones. Amarillos los viejos, morados los nuevos, en una hilera que subía del codo al hombro. Cardenales de dedos, de nudillos. Le levanté la manga con las manos temblando y él hizo una mueca de dolor.
Por dentro sentí una rabia tan grande que me mareé. Pero no grité. Cuando de verdad me enojo, no grito. Bajo la voz. Y esa tarde la bajé tanto que el maestro Salgado tuvo que acercarse para oírme.
—Quiero ver a la dirección —dije—. Ahora.
El maestro Salgado empezó a torcerse las manos.
—Señora, mire, yo le recomiendo que mejor lo deje así. Es que... el muchacho que dice su hijo, Kevin Zambrano, es de familia... pesada. El papá está en el consejo educativo del municipio. Y el tío es comandante de la policía. Meterse con esa familia es meterse en un lío. Por el bien de su hijo, déjelo pasar.
Lo miré fijo.
—¿Me está diciendo que mi hijo tiene que aguantar que lo golpeen porque el agresor tiene un tío policía?
—No, yo no dije...
—Traiga a Kevin Zambrano —lo corté—. Quiero verlo. Aquí, delante de mí.
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Kevin llegó masticando un chicle, con las manos en las bolsas y una sonrisa de suficiencia que me dieron ganas de borrarle. Ni siquiera se molestó en fingir.
—¿Usted es la mamá del Beltrán? —dijo, mirándome de arriba abajo—. Sí, le pegué. ¿Y qué? Le pegué porque se veía golpeable. Así de fácil.
Hubo un tiempo, no hace mucho, en que la Beatriz de antes se habría quedado callada. Habría bajado la cabeza igual que su hijo. Habría dado las gracias por que "no fuera peor" y se habría llevado al muchacho a curarlo en silencio, con la vergüenza de siempre. Pero esa Beatriz se había muerto la tarde en que Rodrigo me abofeteó, y en su lugar había quedado otra. Una que ya no se conformaba con aguantar.
"Le pegué porque se veía golpeable." La frase se me quedó dando vueltas. Tan sencilla, tan monstruosa. Un niño lastimando a otro niño por deporte, seguro de que su apellido lo protegía. Y una escuela entera dispuesta a mirar para otro lado.
Respiré hondo. Y no hice lo que me pedía el cuerpo, que era abofetear a ese muchacho hasta que le temblaran las rodillas. Porque eso era justo lo que él esperaba, lo que le habría dado la razón, lo que su tío comandante habría usado en mi contra: "la loca que golpeó a un menor". No. A la gente como Kevin no se le gana con las manos. Se le gana con papeles.
Saqué el celular. Con toda la calma del mundo, le levanté las mangas a Sebastián y empecé a tomar fotos de cada moretón, una por una, con la fecha y la hora en pantalla.
—¿Qué hace? —Kevin dejó de masticar.
—Documentar lesiones —contesté sin mirarlo—. Terminando aquí, me llevo a mi hijo a que le hagan un parte médico. ¿Sabes lo que es un parte médico, Kevin? Es un documento oficial, firmado por un médico, que dice exactamente quién le hizo qué a quién. Con eso y con estas fotos voy a presentar una denuncia formal. Por acoso escolar. Y por lesiones.
Me volteé hacia el maestro Salgado, que se había puesto pálido.
—Y usted va a levantar un acta por escrito, ahora mismo, de todo lo que aquí se dijo. Incluyendo que usted me recomendó "dejarlo pasar" porque el agresor tiene familia pesada. Eso también va en el acta.
—Señora, no es necesario llegar a...
—Sí es necesario. —Bajé todavía más la voz—. Y escúchenme bien los dos. Por muy consejero que sea el papá y por muy comandante que sea el tío, un parte médico y unas fotos con fecha no se arreglan con una llamada. La ley no le tiene miedo a los apellidos. Voy a exigir una junta con la dirección y con la familia de este muchacho, y va a quedar todo por escrito. Si a mi hijo le vuelve a pasar algo, cualquier cosa, aunque sea que se resbale en el pasillo, la responsable va a ser esta escuela. Por omisión.
Kevin ya no masticaba. La sonrisa se le había caído de la cara. Por primera vez, ese muchacho prepotente titubeó, miró al maestro buscando el respaldo de siempre, y no lo encontró.
—Mi... mi papá está en el consejo —alcanzó a decir, pero ya sin fuerza, como quien repite una contraseña que dejó de funcionar.
—Qué bueno —contesté, muy tranquila—. Así el consejo se va a enterar antes que nadie del tipo de hijo que tiene. Y de que un cargo público no sirve para tapar lesiones dolosas contra un menor.
Bajé la voz todavía un poco más, hasta que en esa oficina no se oía ni el reloj.
—Escúchame bien, Kevin. Yo soy profesora universitaria. Sé leer, sé escribir y sé exactamente a qué puertas tocar. No me voy a cansar, no me voy a asustar y no me voy a ir a mi casa a llorar. Tú escogiste a mi hijo porque lo viste solo. Te equivocaste. No está solo.
Porque el maestro Salgado, de pronto, había dejado de encubrir.
—Mire, señora, yo creo que sí, que hay que atender esto con seriedad —dijo, tragando saliva—. Ahorita mismo hablo con la directora. Vamos a citar a los papás del joven Zambrano.
—Eso espero. —Guardé el celular—. Y de paso, apunte una cosa más en su acta. El papá de mi hijo lleva años sin poner un pie en esta escuela. Ni sabe en qué salón está. Así que la que va a estar encima de este asunto, todos los días, soy yo. Y no me voy a cansar.
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Me llevé a Sebastián. Le firmé una salida por unos días, "por motivos de salud", para que se repusiera lejos de ese lugar y de esa gente.
En el camión de regreso lo abracé. Iba apoyado en mi hombro, más tranquilo, como si por fin alguien hubiera puesto el cuerpo por él.
—¿A dónde vamos, amá? —me preguntó.
—A mi casa. A la nueva. Unos días.
Y hasta que lo dije en voz alta caí en la cuenta.
Mi departamento nuevo estaba en la Narvarte. Puerta con puerta, frente a frente, con el departamento de Dante.
Iba a llevar a mi hijo directo al pasillo donde vivía el muchacho de veintidós años que me pretendía, el que me daba besos en la frente, el que había tirado una puerta abajo por mí.
"¿Y ahora cómo le explico a Sebastián quién es Dante?", pensé, mientras el camión me llevaba, sin remedio, hacia el único encuentro que llevaba semanas evitando.