Lucía Atelier, ejecutiva sofisticada pero ciega de amor, se entrega en secreto a Gabriel, un rudo piloto de pruebas. Ella cree vivir un romance salvaje, pero él la usa por ambición para robar los secretos industriales de su familia y arruinarla. Cuando Marcos, hermano de Lucía, descubre la relación e investiga al mecánico, lo acorrala. Desesperado, Gabriel secuestra a Lucía en una mansión aislada para exigir un rescate millonario. Al descubrir el chantaje, ella huye, pero Gabriel la atropella en la carretera y la deja por muerta. En la noche, Dante, el gélido y magnético líder del sindicato criminal más poderoso, la rescata y la cura en secreto. Lucía despierta con amnesia y surge entre ellos un tórrido y apasionado romance. Al recuperar la memoria y recordar la traición, Dante no solo la ayuda a regresar con su influyente familia, sino que la reclama como su mujer ante los Atelier. Con su poder letal, el mafioso removerá el cielo y la tierra para cazar a Gabriel y vengar a su reina
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CAPITULO 9. LA PERSECUCION EN LA CARRETERA
El viento de la madrugada soplaba con una furia gélida, agitando las copas de los matorrales secos que bordeaban la calzada secundaria de las afueras. Lucía corría de forma desesperada, sintiendo que el asfalto agrietado bajo sus pies le devolvía un impacto helado a cada zancada. Se ajustaba el abrigo con dedos entorpecidos por el frío, manteniendo su bolso pegado al pecho. Su presencia ejecutiva, habitualmente sofisticada, segura y decidida ante los mayores retos, se había transformado en una fuerza de pura supervivencia biológica. Tenía los pulmones ardiendo y el pulso la-tiéndole con violencia en las sienes, pero la imagen de los cien millones de euros impresos en la codicia de Gabriel la empujaba a no detenerse en mitad de aquella nada.
Miraba hacia atrás a cada pocos metros, escaneando la silueta oscura del casoplón que ya quedaba a lo lejos en la colina. En su mente se repetía la escena de la cocina, cuando con una mano trémula y el corazón en la garganta aprovechó un descuido de Gabriel para verter aquellos dos somníferos suaves en su taza de té. Había actuado por puro instinto, ignorando la cantidad exacta que debía suministrarle para mantenerlo dormido, guiada únicamente por el desespero de ganar tiempo para alcanzar la libertad. Su plan había funcionado para abrir el cerrojo del porche, pero al haber sido una dosis tan baja, el mecánico logró vencer el sueño a los pocos minutos.
A casi dos kilómetros de allí, en el dormitorio principal de la vivienda aislada, la pesadez del somnífero comenzó a disolverse de forma abrupta en el cerebro de Gabriel. El traidor dio un respingo violento sobre las sábanas, abriendo los ojos inyectados en sangre con una sensación de mareo denso y pastoso que le hacía tambalear la cabeza. Se incorpó con dificultad, maldiciendo entre dientes mientras se apoyaba en la pared. Su complexión robusta y musculosa luchaba contra los efectos de la sustancia, y en cuanto enfocó la mirada hacia el pasillo vacío y notó el silencio sepulcral de la planta baja, el pánico de perder su botín millonario le despejó las entrañas de golpe.
Gabriel bajó los escalones a trompicones, ignorando el dolor de cabeza, y al llegar al salón y toparse con el ventanal del porche abierto de par en par, una furia desquiciada, salvaje y demencial le transformó las facciones de piedra en una máscara de monstruo.
—¡Maldita sea! ¡Me ha engañado! —rugió Gabriel en un murmullo ronco.
Salió al patio trasero a zancadas, subiéndose a su sedán viejo con dedos torpes que apenas lograban encajar la llave en el contacto. El motor gastado petardeó con violencia en mitad de la penumbra de la madrugada, y el piloto, forzando su destreza técnica a pesar del mareo y la vista nublada, aceleró a fondo, haciendo rechinar los neumáticos sobre la tierra agrietada. Encendió los focos de alta presión, barriendo las colinas oscuras con haces de luz amarillenta mientras se adentraba en la carretera secundaria.
Lucía, que ya llevaba veinte minutos avanzando por la calzada desierta, escuchó de golpe el rugido distante y bronco del motor que conocía tan bien. El terror absoluto, un miedo primitivo que le congeló la sangre en las venas, la hizo detenerse en mitad del asfalto. Se giró despacio y vio cómo dos luces cegadoras devoraban la oscuridad desde la curva superior, bajando a una velocidad demencial por la pendiente.
Gabriel la había alcanzado. El somnífero suave no había sido suficiente para blindar su huida.
Con el desespero atenazándole la garganta, Lucía comenzó a correr con todas sus fuerzas por el centro del asfalto agrietado, buscando una salida de escape, pero el sedán viejo se le echó encima en cuestión de segundos. Gabriel manejaba el volante con un rencor ciego, devorado por la paranoia y el mareo que aún le nublaba el juicio. Al ver que ella seguía corriendo y rehusaba detenerse, la soberbia y la rabia lo dominaron por completo. En lugar de frenar, Gabriel pisó el acelerador a fondo, pretendiendo asustarla o cortarle el paso de forma violenta, pero la velocidad descontrolada y sus reflejos alterados por el fármaco torcieron la trayectoria del coche.
El impacto fue brutal, seco y ensordecedor en mitad del silencio de la noche.
El parachoques del vehículo golpeó el cuerpo indefenso de Lucía, lanzándola con una violencia descomunal por el aire antes de que su silueta cayera pesadamente contra la grava del arcén. El golpe le fracturó las defensas y la dejó completamente inconsciente en el suelo frío, con el rostro pálido y la blusa rasgada, sumida en una oscuridad absoluta.
Gabriel frenó en seco metros más adelante, provocando una densa cortina de polvo. Bajó del sedán a trompicones, con el pulso acelerado por el pánico, y caminó hacia el arcén. Al ver el cuerpo inmóvil de la joven, al notar que no respondía a sus estímulos y creer firmemente que la había matado, la cobardía del traidor afloró en sus facciones de piedra. Preso de un miedo desquiciado a la policía judicial y a la furia de los Atelier, Gabriel dio la vuelta, se subió a su coche viejo y huyó a toda velocidad perdiéndose en la penumbra de las afueras, dejándola abandonada a su suerte bajo el frío de la madrugada.