El imperio más codiciado de Italia que no le pertenece a nadie… excepto a él.
Ella heredó algo que no le pertenecía y él está dispuesto a quitárselo.
Entre pasiones calculadas y verdades que amenazan con destruirlos a ambos, la pregunta no es quién ganará… sino quién caerá primero en su propia trampa.
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Capítulo 10
—No —respondió Alejandro, dejando que su voz resonara en el cubículo de metal del ascensor—. Cancela el bloqueo de las cuentas fiscales.
Dominic arrugó ligeramente el entrecejo, sorprendido por el giro inesperado.
—¿Señor? Si los fiscales no intervienen este fin de semana, perderemos la ventana de presión antes de Ginebra.
—Iremos más despacio, Dominic —corrigió Alejandro con un tono seco, profesional, escondiendo cualquier rastro de la sacudida que la actitud de Fabiola le había provocado—. Forzar un embargo financiero ahora solo hará que se atrincheren con su equipo legal. Fabiola no es una heredera común; tiene una frialdad y una soberbia que no encajan con la historia que conocemos de los Galván. Necesito entender su verdadero margen de maniobra y qué la hace actuar con semejante ligereza.
Dominic lo observó fijamente durante un segundo, buscando en el rostro de su jefe alguna grieta en la disciplina implacable de los Santamaría, pero Alejandro mantuvo la vista fija en las puertas doradas, con la mandíbula rígida y una compostura de acero.
—Entendido —asintió Dominic, ajustándose el auricular encriptado—. ¿Quiere que intensifique la vigilancia sobre sus cuentas personales o sobre sus contactos privados?
—Ambas cosas —ordenó Alejandro, caminando hacia la camioneta blindada en cuanto las puertas del ascensor se abrieron en el estacionamiento subterráneo—. Y cambia la estrategia de acercamiento. No la presionaremos desde afuera. Voy a involucrarme directamente en la operativa diaria de la empresa, codo a codo con ella. Si quiero desmantelar su juego, necesito saber exactamente qué hay detrás de esa fachada de frialdad.
—Es un movimiento arriesgado, señor —advirtió Dominic, abriéndole la puerta del vehículo—. Fabiola es manipuladora y astuta.
—Es solo una ficha más en el tablero, Dominic —sentenció Alejandro con una voz fría y distante mientras subía al auto—. Y sé perfectamente cómo moverla.
La puerta del vehículo se cerró, aislándolo en la penumbra del asiento trasero. Mientras el convoy avanzaba hacia la salida, Alejandro se apoyó contra el respaldo y miró por la ventanilla polarizada hacia el último piso del edificio de Galván Motores.
Por dentro, la sangre le quemaba. Ante Dominic se había mostrado como el estratega frío de siempre, pero la realidad era que la imagen de Fabiola —con esa mirada desafiante, su desprecio absoluto por el pasado y esa belleza afilada— lo tenía completamente fascinado. Quería descubrir qué grieta escondía ese corazón de piedra, o si realmente era el monstruo hermoso y sin moral que pretendía ser.
El sol del lunes por la mañana caía sobre el circuito privado de pruebas en las afueras de Turín, haciendo brillar el asfalto. El rugido del motor del *Galván-V12* retumbaba en el aire, un sonido bronco y poderoso que erizaba la piel.
Fabiola estaba al pie de los garajes, vistiendo un mono de carreras negro ajustado, con el cabello recogido en una cola de caballo alta y un casco de protección bajo el brazo. A su lado, Giancarlo comprobaba la telemetría en las pantallas portátiles.
—La nueva aleación y el sistema de inyección responden perfecto, Fabiola —dijo Giancarlo con alivio—. El prototipo está listo para la prueba a máxima velocidad.
—Lo sé —respondió ella, con la mirada fija en la pista—. Voy a girar diez vueltas. Quiero ver cómo responde el chasis en la curva ciega del sector tres.
En ese momento, el sonido de un motor de alta gama interrumpió la conversación. Un deportivo negro entró al área de *paddock* y se detuvo a pocos metros. De él bajó Alejandro Santamaría, luciendo una chaqueta de cuero oscura y gafas de sol. Detrás de él, Dominic bajó del lado del copiloto, manteniendo su distancia habitual con actitud vigilante.
Fabiola entrecerró los ojos al ver a Alejandro avanzar hacia ella con pasos pausados.
—Llegas tarde para la reunión de ingenieros, Santamaría —dijo ella, dando un paso al frente.
Alejandro se quitó las gafas de sol, dejando al descubierto una mirada indescifrable. Ante Dominic, mantenía la postura del socio exigente, pero cada milímetro de su atención estaba concentrado en la figura desafiante de Fabiola.
—Prometí estar presente en la prueba —respondió Alejandro con una sonrisa tranquila—. Aunque no esperaba verte con el traje de piloto.
—En esta empresa no me limito a mirar desde los palcos —desafió ella, apoyando el casco en su cadera—. A diferencia de ti, me gusta tener las manos en el volante.
—Un rasgo admirable —concedió Alejandro, dando un paso más hacia ella—. Pero conducir a más de trescientos kilómetros por hora requiere saber cuándo frenar. Y me temo que tú no conoces el freno.
Fabiola esbozó una sonrisa helada.
—El freno es para los que tienen miedo. Y yo no le tengo miedo a nada, Alejandro. Ni a una pista de carreras… ni a ti.
Alejandro la contempló durante un segundo en silencio. Detrás de él, Dominic observaba la interacción con seriedad, analizando el comportamiento de la heredera. Alejandro, consciente de la presencia de su hombre de confianza, mantuvo la voz neutra y dura, aunque por dentro la fascinación por la frialdad de Fabiola no hacía más que crecer.
—Demuéstralo —dijo Alejandro, cruzándose de brazos—. Súbete al auto.
Fabiola no dudó. Se colocó el casco, ajustó la visera y subió al prototipo. El motor tronó al presionar el acelerador, enviando una ráfaga de adrenalina por sus venas. Encendió la radio, engranó la primera marcha y salió disparada hacia la pista.
Desde la barrera de seguridad, Dominic se acercó a Alejandro mientras observaban el vehículo devorar la primera recta a una velocidad vertiginosa.
—Es hábil —comentó Dominic en voz baja—. Y el auto es una obra maestra de ingeniería, señor. Si nos involucramos más en la empresa como dijo ayer, estará más difícil aplicar el embargo sin que afecte nuestros propios activos.
Alejandro observó el auto rojo cruzar la meta a más de doscientos cincuenta kilómetros por hora, tomando la curva ciega con una precisión quirúrgica e imprudente.
—Por eso mismo debemos estar adentro, Dominic —respondió Alejandro, manteniendo la voz firme y desprovista de emoción frente a su empleado—. Si entramos en la operativa diaria, sabremos qué hilos mueve para ser tan calculadora. Fabiola esconde algo detrás de esa indiferencia, y la única forma de desarmarla es estando a su lado antes de dar el golpe final.
—Entendido, señor —asintió Dominic, convencido de que su jefe solo actuaba por cálculo frío.
En la pista, Fabiola completó la última vuelta y frenó el *V12* justo frente a los garajes. Apagó el motor, se quitó el casco y bajó del vehículo, respirando con fuerza, con las mejillas encendidas y los ojos brillando de triunfo.
Caminó directamente hacia Alejandro, deteniéndose a solo unos centímetros de su pecho.
—¿Te quedó claro cómo conduzco, Santamaría? —preguntó ella con una firmeza absoluta.
Alejandro la miró desde arriba. Sostenerle la mirada a esa mujer que ignoraba el dolor del pasado y que actuaba con una frialdad tan fascinante era un desafío constante. Se inclinó levemente hacia ella, bajando la voz solo para sus oídos.
—Conduces de maravilla, Fabiola —le susurró con un tono denso—. Pero mientras más rápido vayas, más cerca estaré para ver cuándo cometas el primer error.
Fabiola sonrió con malicia, sosteniendo su mirada sin pestañear.
—Sigue esperando, Alejandro.