Amir era el tercer hijo de Elena y Zayn, hermano de Karim, Layla y Sara. Y aunque todos lo respetaban, lo admiraban y lo querían como al hombre más noble y leal que existía, él cargaba con una soledad que nadie más podía comprender. Había nacido para proteger. Desde niño, mientras Karim aprendía a sentarse en un trono y dictar leyes, mientras Layla aprendía a blandir la espada y desafiar al mundo, Amir aprendía a vigilar, a esperar, a estar alerta. Se había convertido en el Capitán General de la Guardia Real y el Guardián de los Límites, el hombre que conocía cada sendero, cada bosque, cada escondite y cada peligro en los tres reinos de Al-Jazair, Velarion y Zoraya.
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EL DESEO QUE CRECE.
Se acercó a él\, muy despacio\, disfrutando de cada segundo\, viendo cómo los ojos de él recorrían su cuerpo con una intensidad hambrienta\, cómo sus pupilas se dilataban\, cómo sus manos temblaban por la necesidad de tocarla. Ella se detuvo a solo unos centímetros de su pech*\, tan cerca que su aliento cálido y dulce rozó la piel de su cuello. Amir bajó la mirada y pudo ver\, justo donde el escote de la túnica se abría\, la piel suave y blanca de su pech*\, el inicio de sus pech*s redondos\, y tuvo que cerrar los ojos un instante para recuperar el control\, porque la imagen de besar esa piel\, de morderla\, de lamerla hasta hacerla gemir\, se apoderó de su mente.
—Has esperado mucho tiempo, mi fuerte guerrero —susurró Nalia, alzando una mano suave, con dedos largos y finos, y la dejó flotar en el aire, rozando apenas, sin tocarlo aún, la mandíbula de él, su cuello, su pecho, a través de la armadura—. Has contenido tanto deseo... has guardado tu fuerza... ¿Sabes por qué? Porque estabas esperando a alguien que pudiera soportarte. Alguien que no se asuste de tu hambre, sino que tenga más hambre que tú. Alguien que no se rinda ante tu fuerza, sino que te la devuelva multiplicada. Y aquí estoy yo.
Amir abrió los ojos, y la miró con una mezcla de dese*, incredulidad y una necesidad que le dolía hasta los huesos.
—Si dices la verdad... —empezó a decir, con voz ronca— ...si eres para mí... entonces ven a mí. Déjame sentirte. Déjame saber si eres real.
Pero Nalia sonrió, y dio un paso atrás, alejándose de él, rompiendo el contacto que apenas había comenzado, dejándolo con las ganas a flor de piel.
—¡Oh, no, mi amor! —se rió suavemente, con picardía, caminando alrededor de él, como un depredador que juega con su presa—. ¿Crees que será tan fácil? ¿Crees que crucé siglos solo para entregarme en el primer encuentro, como una doncella asustadiza que se entrega al primer hombre que ve? No, Amir. Yo soy tu igual. Y lo que vale la pena, cuesta conseguirlo. Tú eres el Guardián, tú sabes esperar. Pues ahora aprenderás a esperar por mí. Y te aseguro que cuanto más esperes, más dulce será el momento en que por fin me tengas.
Amir la siguió con la mirada mientras ella caminaba a su alrededor, moviendo sus caderas con una lentitud provocativa, haciendo que la tela de su vestido se ajustara y se deslizara, mostrando atisbos de muslos suaves, de espalda desnuda, de curvas que lo estaban volviendo loco. Sentía cómo su dureza crecía dentro de sus pantalones, dolorosa, urgente, pidiendo salida, pidiendo entrar en esa mujer que parecía hecha para enloquecerlo.
—Me estás torturando —dijo él, apretando los dientes, luchando contra el impulso de correr hacia ella y tomarla a la fuerza, de arrancarle esa ropa y devorarla entera.
Nalia se detuvo frente a él de nuevo, y esta vez se inclinó hacia adelante, acercando sus labios a los de él, tan cerca que casi se tocaban, dejando que él sintiera su aliento dulce y caliente, que oliera su perfume embriagador, que viera el brillo húmedo de sus labios.
—Te estoy preparando —susurró contra su boca, sin besarlo, dejando que la tensión creciera hasta límites insoportables—. Te estoy llenando de mí, de mi olor, de mi sabor, de mi presencia, para que cuando por fin me toques, no puedas parar. Para que cuando por fin me tengas, me hagas tuya con toda esa fuerza que has estado guardando durante toda tu vida. ¿Crees que tus hermanos se entregan así como así? No. Karim persiguió a Amara, la deseó, la luchó, y por eso cada vez que la toma, es como si fuera la primera vez. ¿Crees que Layla se entrega a cualquiera? No. Ella es feroz, ella exige, ella quiere que la dominen y que la amen a la vez. Y yo... yo soy mucho más que ellas. Soy eterna, soy magia, soy placer puro. Y tú, Amir... tú vas a tener que ganarme.
Amir gimió bajito, incapaz de contenerse más, y alzó las manos para agarrarla por la cintura, para acercarla, para romper esa distancia que lo estaba matando. Pero Nalia fue más rápida. Se deslizó entre sus brazos con una agilidad sobrenatural, se alejó unos pasos y se quedó mirándolo, con los ojos brillantes de deseo y desafío.
—Hoy solo te doy esto —dijo ella, y alzó la mano, y una corriente de aire cálido y cargado de magia golpeó a Amir, recorriendo todo su cuerpo, desde la cabeza hasta los pies, deteniéndose en su entrepierna, haciéndolo estremecerse de placer intenso y repentino—. Hoy solo te doy el recuerdo de mi olor, de mi voz, de cómo me muevo. Hoy te dejo ardiendo, mi amor. Y mañana... y los días que vengan... te iré dando más, poquito a poco, hasta que estés tan loco de deseo por mí, que harías cualquier cosa, cualquier cosa, solo por tenerme un segundo. Y entonces... entonces, cuando ya no puedas más, cuando me pidas de rodillas... entonces te daré todo. Todo lo que soy, todo lo que tengo, todo el placer que cabe en el universo.
Amir respiraba agitadamente, con el pecho subiendo y bajando, con las manos vacías y temblando, con el cuerpo ardiendo y la mente llena solo de ella. Sabía que ella tenía razón. Sabía que esto era solo el principio, y que el juego que habían empezado sería el más largo y delicioso de su vida.
—¿Dónde te encontraré? —preguntó él, con voz ronca, sabiendo que iría a buscarla al fin del mundo si hacía falta.
Nalia sonrió, y comenzó a desvanecerse lentamente, convirtiéndose en luz y polvo brillante, dejando solo su voz resonando en el aire, grabada en su mente y en su piel:
—Donde la magia vive, donde el tiempo se detiene... donde tú me estés esperando. Nos veremos pronto, mi Guardián. Y prepárate... porque la espera será larga, pero la recompensa será eterna.
Y desapareció por completo, dejando a Amir solo en el claro, con el corazón desbocado, con el cuerpo ardiendo de deseo, con la memoria llena de su imagen, de su voz, de su promesa.
Regresó al palacio cuando ya caía la tarde, cabalgando mecánicamente, con la mente en otro lugar. Al entrar, se cruzó con Karim y Amara, que caminaban tomados de la mano por el pasillo. Al verlo, Amara se detuvo, y miró a su cuñado con esa sabiduría que la caracterizaba, viendo el cambio en él, la chispa nueva en sus ojos, el fuego que ahora lo consumía de una manera distinta.
—Te veo diferente, hermano —dijo ella con suavidad, acercándose y rozando su brazo con su mano, como si supiera todo—. Veo que has encontrado algo... o a alguien.
Karim sonrió, esa sonrisa de hombre que conoce bien el fuego del deseo.
—¿Y bien? —preguntó él con complicidad—. ¿Es hermosa? ¿Te hace arder? Porque te aseguro, Amir, que no hay nada mejor en el mundo que una mujer que te vuelva loco, que te haga esperar y que, cuando por fin es tuya, te hace sentir que eres el rey del universo.
Amir los miró, y por primera vez en mucho tiempo, sonrió con una sonrisa plena y llena de promesas.
—Es hermosa, Karim —respondió él, mirando a su hermano y luego a su cuñada, sabiendo que ellos entenderían perfectamente—. Es hermosa, es magia, es fuego... y me está haciendo esperar. Pero cuando llegue el momento... cuando por fin sea mía... voy a hacer que todo este tiempo de espera valga cada segundo. Voy a amarla, a poseerla y a devorarla con toda la fuerza que he estado guardando. Y será la historia de amor más grande que jamás hayáis visto.
Amara le sonrió con ternura y complicidad, sabiendo muy bien de lo que hablaba, sabiendo lo que significa desear y ser deseado hasta la locura.
—Entonces prepárate, Amir —le dijo ella con voz baja, llena de significado—. Porque cuando una mujer como esa decide entregarse... no solo te da su cuerpo. Te da el paraíso y el infierno a la vez. Y te aseguro que te vas a perder en ambos.
Amir asintió y siguió su camino hacia sus aposentos. Sabía que la batalla apenas comenzaba. Sabía que los días y noches que venían serían una tortura dulce, llena de deseo contenido, de sueños húmedos, de imaginar cómo sería tocarla, besarla, hundirse en ella hasta perderse. Pero también sabía que Nalia valía cada segundo de espera, cada gota de sudor, cada momento de locura.
Esa noche, mientras se desnudaba frente al espejo, viendo su cuerpo fuerte, viril, duro y ardiendo por ella, se tocó a sí mismo pensando en sus ojos verdes, en su voz, en la promesa que le había hecho. Y por primera vez, la soledad no le dolió. Porque ahora tenía un objetivo. Ahora tenía a NALIA. Y esperaría el tiempo que hiciera falta, porque cuando por fin rompieran esa distancia, cuando por fin se entregaran el uno al otro, el fuego que compartirían sería capaz de quemar los cielos y los infiernos, y de crear una leyenda que duraría por siempre.