Mateo Rinaldi es el titán tecnológico: frío, metódico y controlador, con un secreto que desentona con su fachada de piedra: unos celos posesivos e invisibles que lo consumen cada vez que alguien osa mirar de más a su esposa.
Valeria Cienfuegos es la reina de la moda y los bienes raíces: brillante, desinhibida y dueña de un humor ácido capaz de dinamitar la seriedad de Mateo en segundos.
Con dos décadas de matrimonio, tres hijos caóticos y las dos empresas más poderosas del país sobre sus hombros, su vida es una guerra constante entre las altas finanzas y la convivencia indomable. Cuando las presiones del mercado amenacen con destruirlos, descubrirán que tras veinte años de rivalidad y pasión, los polos opuestos no solo se atraen: se vuelven indispensables.
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GUERRA DE TITANES Y UN MEME CORPORATIVO
A diez kilómetros de distancia, en la torre acristalada de Cienfuegos Corp, el ambiente era diametralmente opuesto al búnker tecnológico de su esposo. Mientras en Rinaldi Tech los empleados caminaban con pasos medidos y pisadas silenciosas, el piso ejecutivo de Valeria parecía el set de un programa de variedades donde, de repente, se cerraban contratos millonarios.
—Valeria, los accionistas de Osaka están en la línea tres —anunció Marcela, su asistente personal y fiel cómplice, entrando a la oficina con una tablet en la mano y una taza humeante de té verde—. Y por favor, te lo ruego, no les digas que los algoritmos de su nueva IA tienen menos alma que un refrigerador viejo.
—Ay, Marcela, hay que ponerle sabor a la vida corporativa. Los japoneses aman la sinceridad brutal si se dice con una sonrisa —respondió Valeria, acomodándose en su sillón ergonómico de diseñador y activando el altavoz con un movimiento fluido—.
Konnichiwa! Aquí la capitana del barco. ¿Listos para revolucionar el mercado latinoamericano o seguimos pensando que los números mienten?
Del otro lado de la línea, tras unos segundos de desconcierto absoluto, una carcajada gruesa y respetuosa resonó en el altavoz. El director del fondo de inversión japonés adoraba la audacia de la empresaria. Diez minutos y tres chistes sobre la puntualidad japonesa después, el contrato multimillonario estaba firmado digitalmente.
—Listo. Diez mil dólares más para la cuenta de ahorro de los niños... o para comprarle un traje nuevo a Mateo que no sea gris, azul marino o negro —bromeó Valeria colgando el teléfono.
Pero la paz duró poco. La puerta de la oficina se abrió de golpe sin previo aviso.
No hacía falta tocar cuando eras el hombre más rico del país y, técnicamente, el dueño del edificio de al lado (que compró en un arrebato de protección territorial cinco años atrás). Mateo entró a pasos firmes, con el ceño fruncido y una tablet en la mano que parecía a punto de romperse de tanta presión en los nudillos.
Marcela tosió disimuladamente, levantó los ojos al cielo y salió de la oficina cerrando la puerta con extrema sutileza, acostumbrada a las escenas de celos ejecutivos de su jefe.
—¿Se puede saber qué es esto, Valeria? —preguntó Mateo con voz grave, deteniéndose frente al escritorio y arrojando la tablet sobre la superficie de cristal.
Valeria bajó la mirada al aparato. En la pantalla, abierta en la red social corporativa LinkedIn, circulaba una publicación viral. Era una foto de ella riendo a carcajadas el día anterior, al lado de un apuesto empresario del sector hotelero, y un pie de foto redactado por un troll anónimo que decía: "Parece que la CEO de Cienfuegos Corp la pasa mejor en las reuniones que su propio marido, el tieso de Rinaldi".
Valeria soltó un bufido de risa, llevándose una mano al pecho.
—¡Ay, por Dios, Mateo! ¿Te metiste a LinkedIn a buscar chismes de la farándula empresarial? Pensé que estabas analizando el mercado de semiconductores.
—No es un chiste, Valeria —replicó él, apoyando las manos en el escritorio e inclinándose hacia ella, con la mirada oscura y destilando una posesividad que intentaba disfrazar de lógica empresarial—. Ese sujeto, el director de hoteles Grand Horizon, lleva tres semanas intentando colarse en tus cenas de caridad. Y ahora esto. Voy a comprar su cadena hotelera entera solo para convertirla en un estacionamiento público para camiones de carga.
Valeria se puso de pie, aguantando la risa ante el nivel de drama de su esposo. Dio la vuelta al escritorio y se paró frente a él, cruzándose de brazos y mirándolo hacia arriba, ya que Mateo le sacaba una cabeza de ventaja.
—¿Un estacionamiento? ¿Vas a gastar quinientos millones de dólares de tu capital privado solo porque un random en internet hizo un meme sobre mi risa? —preguntó con una ceja alzada, conteniendo la picardía en la voz.
—Puedo gastar lo que sea necesario para proteger el honor de la familia... y para recordarle a ese imbécil quién es el dueño de la plaza —murmuró Mateo, estirando la mano para tomar a Valeria de la cintura, acercándola a su cuerpo con una posesividad feroz pero innegablemente magnética—. No me gusta que te miren, Valeria. Y menos que se rían contigo como si tuvieran derecho a esa risa.
Valeria suspiró, sintiendo ese calor familiar que, tras veinte años, seguía provocándole el mismo efecto en el estómago. Apoyó las manos en el pecho de su impecable traje gris, acariciándole la solapa.
—Eres un caso perdido, Mateo Rinaldi. Un CEO multimillonario, brillante, con el coeficiente intelectual de un genio, y sigues siendo un cavernícola celoso cuando alguien me dirige la palabra.
—Soy un cavernícola con exclusividad —corrigió él con una media sonrisa perversa, inclinándose para rozar sus labios con los de ella—. Y más te vale que en la cena de esta noche con los ministros no vuelvas a decir que mi empresa parece una tumba moderna.
—No prometo nada, mi amor —susurró Valeria antes de besarlo con fuerza, sabiendo perfectamente que esa noche volvería a poner a prueba la paciencia de titanio de su esposo.
pensé que iba hacer una novela aburrida, Pero me callo la boca Escritora🫥...
Buena redacción.
Buenas ortografía.
Buen balance.
50 y 50 de cada uno.
mismo poder, mismo liderazgo y mismo Lealtismo..
10/10.
es como el vino, estre más viejo, más bueno sabe.