Durante cinco años, Isabela soportó en silencio el desprecio, las humillaciones y la frialdad de su esposo Mateo, un poderoso magnate atrapado en la obsesión por una mujer que solo sabía traicionarlo. Isabela entregó su juventud y su corazón para cuidar de su hogar y de su pequeño hijo Mael, pero para Mateo ella nunca fue más que una intrusa.
Cansada de vivir bajo la sombra del dolor, Isabela decide tomar a su hijo, firmar el divorcio y marcharse para siempre. Sin embargo, una tragedia inesperada en la calle apaga sus vidas en un instante, dejando como último eco una dolorosa súplica: "Ojalá jamás te hubiera conocido, Mateo".
Consumido por una culpa devoradora, Mateo comprende demasiado tarde el valor de la mujer que destruyó. Desesperado por reparar sus errores, emprenderá un viaje hasta los confines del mundo, sometiéndose a un sacrificio extremo en un templo milenario para pedir un único milagro: devolver el tiempo.
AUTORA REGISTRADA DE NOVELTOON
Débora Camejo
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7. Capítulo 7
Operación Reconciliación: El Despertar del Corazón
La mansión Mercier, que por años fue un témpano de hielo, estaba empezando a descongelarse, pero no sin algunos tropiezos. Mateo, decidido a no perder ni un segundo de su segunda oportunidad, se encontraba en la cocina intentando algo que jamás había hecho en su vida anterior: cocinar una cena completa para su familia.
Llevaba un delantal puesto sobre sus pantalones de vestir, y la harina parecía haberle declarado la guerra, manchando su rostro y su cabello. En ese momento, la puerta principal se abrió con estruendo. Arturo Mercier, el patriarca de la familia, entró a la casa con la energía de un huracán y la elegancia de un viejo lobo de mar.
Papá de Mateo.
—¡Pero qué ven mis ojos! —exclamó Arturo, deteniéndose en el umbral de la cocina y estallando en una carcajada que retumbó en las paredes—. ¿Es Mateo Mercier, el tiburón de Wall Street, o es un panadero que se peleó con un saco de harina?
Mateo se giró, con una espátula en la mano y una expresión de derrota cómica.
—Papá... qué bueno que llegaste —dijo Mateo, suspirando mientras intentaba limpiarse la mejilla.
—Hijo, si así como cocinas manejas la empresa, estamos en la quiebra para el próximo lunes —bromeó Arturo, acercándose para darle una palmada en la espalda que casi lo hace caer—. Helena me contó que te habías vuelto "sensible", pero no pensé que habías abierto una pastelería.
Isabela, que bajaba las escaleras con Mael, no pudo evitar que una pequeña y fugaz sonrisa apareciera en su rostro al ver la escena. Arturo, al verla, cambió su expresión de bromista por una de profundo respeto y cariño.
—¡Mi nuerita adorada! —Arturo se acercó a Isabela y le dio un abrazo cálido—. Perdona a este muchacho, parece que el cerebro se le ablandó junto con el corazón. Pero dime, ¿te está tratando bien? Porque si no, tengo un bastón muy pesado y muchas ganas de usarlo.
—Estoy bien, don Arturo. Gracias —respondió Isabela con suavidad, aunque sus ojos aún guardaban esa distancia cautelosa.
La cena fue un evento lleno de situaciones cómicas. Arturo y Helena se habían convertido en los "cómplices" oficiales de Mateo. Cada cinco minutos, Arturo hacía algún comentario para resaltar las nuevas virtudes de su hijo, pero siempre con un chiste de por medio.
—Saben —dijo Arturo, pinchando un trozo de carne que Mateo había quemado un poco—, nunca pensé que viviría para ver a Mateo pedirle permiso a alguien para respirar. Isabela, este hombre está tan domado que ayer lo vi pidiéndole perdón al gato porque lo miró feo.
—¡Papá, ya basta! —se quejó Mateo, sintiéndose avergonzado pero feliz de ver a Mael reírse a carcajadas con los cuentos del abuelo.
—¡No me callo! —insistió Arturo guiñándole un ojo a Isabela—. Isabela, hija, si este tonto vuelve a ser un bloque de hielo, tú solo llámame. Tengo un plan para enviarlo a una isla desierta donde solo hay cocos y mosquitos.
A pesar de las risas y del ambiente familiar, Isabela permanecía alerta. Mientras observaba a Mateo servirle el vino con una delicadeza casi exagerada, una parte de ella quería creer, pero otra parte recordaba con nitidez los mil ochocientos días de indiferencia.
"Se ven tan felices, tan normales...", pensaba Isabela mientras miraba a Mael jugar con su abuelo. "Pero Mateo, ¿cuánto tiempo durará este teatro? ¿Qué pasará cuando Regina vuelva a aparecer o cuando te canses de jugar a la familia feliz?".
Mateo, notando la mirada perdida de Isabela, se acercó a ella cuando sus padres estaban distraídos con Mael.
—Sé en lo que estás pensando —susurró Mateo con sinceridad, sin rastro de burla—. Sé que parece un circo con mi padre aquí, pero él solo quiere ayudar. No pretendo que esto lo borre todo, Isabela. Solo quiero que por una noche, tú y Mael se sientan en casa de verdad.
Isabela lo miró fijamente. Por un segundo, la calidez de Mateo estuvo a punto de derretir su armadura, pero ella solo asintió y volvió a concentrarse en su plato. Mateo no se rindió; sabía que la "Operación Reconciliación" apenas estaba comenzando, y que con Arturo de su lado, el camino sería largo, pero definitivamente no sería aburrido.