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En la cama del esposo de mi hermana

En la cama del esposo de mi hermana

Status: Terminada
Genre:Romance / Venganza / Dominación / Vientre de alquiler / Romance oscuro / Completas
Popularitas:24.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Angel_fr_Hell

Valentina Reyes ha pasado toda su vida a la sombra de Mariana, la media hermana que le robó su lugar, su apellido y hasta el último recuerdo de su madre.
Cuando Mariana descubre que no puede darle un heredero a su poderoso esposo, obliga a Valentina a hacerse pasar por ella y entrar en la cama de Alejandro Quirós, el magnate más frío y temido de la Ciudad de México. El trato parece sencillo: quedar embarazada, entregar al bebé y desaparecer.
Pero Valentina no piensa obedecer.
De día será Mariana, la perfecta señora Quirós. Entre los sirvientes se ocultará bajo el nombre de Lucero. Y en secreto seguirá siendo Valentina, la mujer dispuesta a recuperar todo lo que su hermana le arrebató.
Solo hay un problema: Alejandro parece conocer cada una de sus máscaras. La observa demasiado, pronuncia su verdadero nombre cuando nadie debería saberlo y la desea como jamás deseó a su esposa.
Valentina creyó que estaba seduciendo al esposo de su hermana.
Lo que todavía no sabe es que Alejandro nunca fue engañado.

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Capítulo 18

Capítulo 18

Preparación

El vuelo de regreso fue en silencio.

Valentina todavía tenía la nariz congestionada y un residuo de fiebre que le pintaba las mejillas de rosa. Alejandro trabajó en su tablet la primera hora. Ella se quedó dormida contra la ventanilla con la cobija de cachemira que él no le pidió que devolviera.

Cuando aterrizaron en la Ciudad de México, el aire húmedo del Valle le golpeó la cara como un trapo caliente. Bruno los esperaba con el auto. El camino a la residencia duró cuarenta minutos de tráfico lento por Periférico, con la lluvia golpeando el parabrisas y las luces de la ciudad difuminándose en el cristal mojado.

Alejandro no habló durante el trayecto. Valentina tampoco. Pero a la mitad del camino, él extendió la mano y le subió la cobija hasta el cuello sin mirarla, como si fuera un gesto automático, algo que su cuerpo había aprendido a hacer en las últimas cuarenta y ocho horas y que todavía no había desaprendido.

Nana Carmela los recibió en la puerta con sopa de fideos y un té de canela que le puso a Valentina en las manos antes de que se quitara los zapatos.

—La cama ya está lista, señora. Le puse dos cobijas extras y un humidificador.

—Gracias, Nana.

—¿La señora duerme en la habitación principal o en la de abajo?

La pregunta era delicada. "La de abajo" era el cuarto de servicio, donde Valentina dormía como ella misma. "La principal" era la habitación de Mariana, la de la esposa, la que compartía pared con el cuarto de Alejandro.

Valentina miró a Alejandro. Él estaba en la entrada, quitándose el saco.

—En la principal —dijo él, sin que nadie le preguntara.

Valentina subió las escaleras con la taza de té en una mano y la cobija de cachemira doblada bajo el brazo. La habitación principal olía a lavanda y a sábanas recién planchadas. Se acostó sin cambiarse y se durmió antes de las nueve.

No tocó el arpa esa noche. Fue la primera vez en cuatro semanas. A las once, su teléfono vibró con un mensaje de Alejandro: "Descansa. El arpa puede esperar." Valentina leyó el mensaje tres veces. Le parecía imposible que el hombre que dos semanas atrás le mandaba mensajes de una sola palabra —"Sube", "Toca"— le estuviera diciendo que descansara. Algo había cambiado en Monterrey. La cobija de cachemira seguía sobre la cama, y Valentina no se la devolvió.

El domingo por la mañana, Valentina ya no tenía fiebre. Se levantó temprano, se duchó, se vistió con ropa cómoda, y bajó a la cocina. Alejandro estaba sentado en la barra, tomando café y leyendo el periódico en la tablet. Llevaba jeans y una camiseta blanca que lo hacía parecer diez años más joven y diez veces más peligroso.

—¿Cómo te sientes? —preguntó, sin levantar la vista.

—Mejor. Gracias.

—Come algo antes de que hablemos.

El "antes de que hablemos" le cortó el apetito de raíz. Valentina se sirvió café con crema —recordó la crema esta vez— y se sentó frente a él. Nana le puso un plato de huevos rancheros con frijoles y tortillas. Comió despacio, masticando cada bocado hasta que cada bocado le supo a nada.

Alejandro esperó a que terminara. Cerró la tablet. La miró.

—Mi abuela quiere un bisnieto.

La frase se quedó entre los platos como un cubierto de más.

—¿Perdón?

—Doña Carmen quiere un bisnieto. Me lo dijo antes del viaje, pero quería esperar a que volviéramos para hablarlo. —Hizo una pausa—. Quiere que nos hagamos estudios y que empecemos a prepararnos.

Valentina dejó el tenedor sobre el plato. En el idioma de Mariana, "prepararse" significaba exactamente lo que sonaba: dejar los anticonceptivos, ajustar la dieta, visitar a un médico. Significaba cumplir el encargo por el que la habían metido en esa casa.

—¿Y tú qué quieres? —preguntó Valentina.

—Yo quiero que mi abuela esté tranquila.

—Eso no es lo que te pregunté.

Alejandro la miró tres segundos. Valentina le sostuvo la mirada. Los huevos rancheros se enfriaban entre los dos.

—Algún día quiero un hijo —dijo—. No uno concebido para cumplir una orden familiar.

Valentina tomó un trago de café. La crema le suavizó la garganta, pero no le suavizó nada más. Un hijo. Mariana la había mandado a esta casa para exactamente eso: concebir un heredero que Mariana no podía darle a Alejandro por su infertilidad. Ese era el plan original. Esa era la razón por la que Valentina estaba aquí, durmiendo en la cama de otra mujer, usando el nombre de otra mujer, enamorándose del marido de otra mujer.

Pero una cosa era el plan y otra era la realidad de Alejandro Quirós sentado frente a ella en jeans y camiseta blanca, negándose a convertir un hijo en una orden de su familia.

—De acuerdo —dijo Valentina—. Voy a dejar la pastilla.

—No.

La respuesta fue tan inmediata que Valentina levantó la vista.

—Sigue tomándola —dijo Alejandro—. Podemos hacernos los estudios y dejar que mi abuela crea que obedecemos su calendario, pero no voy a buscar un embarazo hasta que los dos podamos decidirlo sin presiones ni secretos. Si algún día ocurre, será porque tú también lo quieres.

Valentina había anunciado que dejaría la pastilla con la voz de "Mariana": controlada, práctica, como si estuviera aceptando una cláusula de contrato. Por dentro, Valentina Reyes contaba las implicaciones de aquella negativa con los dedos de una mano que no le alcanzaba.

Alejandro se levantó, se sirvió más café, y salió de la cocina con el periódico bajo el brazo. En la puerta, se detuvo.

—Le dije a Fabián que dejara de invitarme a beber. Mi abuela no necesita conocer todos los términos de nuestro acuerdo.

Y se fue.

Esa tarde, el teléfono de Valentina vibró con un mensaje de un número que no reconocía.

"CUÑADA. Dime que no es cierto. Dime que mi hermano no me acaba de decir que está 'en preparación'. ¡¿EN PREPARACIÓN?! ¿Para qué? ¿Para un maratón? ¿Para una competencia de natación? ¿POR QUÉ NO PUEDE SER LO QUE ESTOY PENSANDO?"

Valentina sonrió. Fabián Torres.

Escribió: "¿Cómo conseguiste mi número?"

La respuesta llegó en cuatro segundos: "Se lo pedí a Bruno. Bruno me lo dio porque me tiene miedo. PERO ESE NO ES EL PUNTO. ¿Es verdad?"

"Pregúntale a tu hermano."

"Ya le pregunté. Me dijo 'Es asunto mío, Torres.' CON APELLIDO. Cuando me dice Torres, es porque sí es verdad. ¡¿CUÑADA?!"

"Fabián, respira."

"ESTOY RESPIRANDO. Pero necesito que me confirmes. Porque si es verdad, voy a necesitar sentarme y ya estoy sentado, pero voy a necesitar sentarme MÁS."

Valentina se rio sola en el cuarto de servicio. Le contestó con un emoji de biberón y bloqueó la pantalla antes de que Fabián le mandara cuarenta mensajes más. Después dejó de reírse. Mariana esperaba que dejara los anticonceptivos y concibiera un hijo que reclamaría como suyo. Alejandro acababa de poner un límite sin saber —o eso creía Valentina— que con una sola frase había frustrado el propósito entero de la suplantación.

Se sentó en la cama y abrió la libreta. En la columna izquierda —la de los hechos para Mariana— escribió una mentira: "Alejandro quiere prepararse para un hijo. Dejé la pastilla." En la columna derecha —la suya— escribió: "¿Por qué me pidió que no la dejara?"

La pregunta se quedó ahí, sin respuesta, entre las cinco páginas de secretos que ya no cabían en un solo cuaderno.

A la medianoche, Mariana llamó.

—¿Es verdad lo del hijo?

—Sí. Él lo propuso hoy.

El silencio de Mariana duró seis segundos. Cuando habló, su voz tenía una textura que Valentina no le conocía: algo entre el alivio y la urgencia de quien ve que las piezas caen donde quería, pero más rápido de lo que esperaba.

—Perfecto. Haz lo que tengas que hacer. Y cuando quedes embarazada, me avisas de inmediato. ¿Entendiste? De inmediato.

Valentina colgó y se acostó en la oscuridad. Mariana creía que Alejandro Quirós se preparaba para tener un hijo con una mujer que no existía. En realidad, él había cerrado esa puerta hasta que pudiera abrirse sin presiones ni secretos. Valentina Reyes se puso la mano sobre el vientre plano y se quedó así, con los dedos abiertos, intentando entender por qué aquella negativa le daba alivio y miedo al mismo tiempo, hasta que se durmió.

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Elizabeth Del Valle Romero
no me gustó el final 😔
Dorkis Huerta
Buenas noches.
neumidia ruiz
te felicito escritora me encantó la narración, la trama fue distinta a tantas otras que he leído, me fascinó los personajes de los protagonistas
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