Estoy comprometida con Sebastián Salvatierra. El problema es que el único hombre que todavía sabe cómo hacerme perder el control es Gael, su medio hermano… y mi exnovio.
Tres años atrás abandoné a Gael sin despedirme y desaparecí de su vida. Creí que un heredero como él no tardaría en olvidarme.
Me equivoqué.
Para pagar el tratamiento de mi abuela, acepté un compromiso por conveniencia con Sebastián Salvatierra. No había amor entre nosotros, solo un acuerdo que beneficiaba a nuestras familias. Todo debía ser sencillo.
Hasta que Gael regresó de Estados Unidos la noche de nuestra fiesta de compromiso.
Ahora estudia en mi universidad, controla cada lugar al que intento escapar y disfruta llamándome cuñadita mientras se acerca demasiado. Dice que solo quiere vengarse por haberlo abandonado, pero sus manos, sus celos y la forma en que todavía recuerda cada reacción de mi cuerpo cuentan una historia diferente.
Sé que debería mantenerme lejos.
Sé que pertenece a la misma familia del hombre con quien voy a casarme.
Pero cada vez que Gael me toca, recuerdo que antes de convertirme en la prometida de un Salvatierra, fui completamente suya.
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Capítulo 5
Capítulo 5
—¿Me parezco a él?
Los dedos de Gael se cerraron con más fuerza alrededor de mi barbilla, obligándome a mirarlo.
—Dime cuánto nos parecemos. ¿A quién amas más, a Sebastián o a mí?
La rabia oscurecía sus ojos. En su expresión se acumulaban todas las preguntas que nunca había conseguido hacerme: si nuestro noviazgo había sido verdadero, si solo busqué su protección en la preparatoria o si para mí todo aquello no fue más que un juego.
—¿Ya te acostaste con él, cuñadita? —preguntó con una calma cruel—. Cuando están juntos, ¿cierras los ojos y piensas en mi cara?
Su pulgar presionó mi labio inferior.
—¿Él sabe complacerte mejor que yo?
Gael había perdido la razón. En el fondo de su mirada había ira y una excitación inquietante. Cada palabra vulgar iba dirigida contra la mujer a la que antes había tratado como el mayor tesoro del mundo.
—Dilo tú misma —exigió—. ¿En qué es mejor que yo?
—Me lastimas…
Sentía que la mandíbula iba a quebrárseme. A través de las lágrimas que nublaban mis ojos no lograba reconocer al hombre impredecible que tenía enfrente.
Le sujeté la muñeca y apenas conseguí murmurar:
—Tú dijiste que podía utilizarte…
No sabía cómo contestar aquellas preguntas humillantes. Tampoco podía revelar los términos secretos de mi acuerdo con Sebastián.
—Es verdad. Yo lo dije.
Mi respuesta desarmó a Gael. La furia desapareció de su rostro casi de inmediato.
Había sido él quien se acercó por voluntad propia y se ofreció a convertirse en el amante secreto de su exnovia. Al comprenderlo, una sonrisa amarga curvó sus labios.
—Tu abuela recibirá el mejor tratamiento —dijo de pronto—. Pero tendrás que aceptar varias condiciones.
Asentí enseguida, aunque el miedo todavía hacía temblar mi cuerpo.
—Primera: Sebastián no puede tocarte. Ni una sola vez. Si lo hace…
No terminó la amenaza.
Una esperanza posesiva, casi enfermiza, apareció en sus ojos azul claro. Acarició mi mejilla con la punta de los dedos como si estuviera calculando cuán lujosa debía ser la jaula capaz de retener a su pequeña fugitiva.
Asentí una y otra vez para tranquilizarlo.
—Lo entiendo. Sebastián no va a tocarme.
—Segunda…
Alargó la palabra a propósito. Su pulgar comenzó a acariciar mis labios.
—Vas a salir conmigo. Tendrás citas conmigo, me besarás y también vas a…
Acostarte conmigo.
No pronunció la última exigencia, pero sus ojos descendieron por mi piel y terminaron la frase por él.
—Te permitiré conservar a tu prometido oficial —concluyó—, pero si vas a tener un amante, seré el único.
Gael Salvatierra acababa de renunciar a su orgullo, a su reputación y a cualquier sentido común.
Solo quería recuperar a su princesa.
Lo miré a través de las lágrimas, incapaz de creer lo que estaba oyendo.
¿No era el heredero arrogante e inaccesible al que nadie podía dominar?
¿Cómo había terminado ofreciéndose a ser el secreto vergonzoso de la exnovia que lo abandonó?
Después de un silencio muy largo, asentí.
—Está bien.
Después de todo, Gael y yo ya habíamos hecho aquellas cosas cuando éramos pareja.
Él arrojó la paleta al bote de basura y se inclinó sobre mí. Sus labios con sabor a fresa rozaron los míos, despacio, como el principio de un beso.
No me atreví a rechazarlo. Cerré los ojos y esperé que su boca volviera a apoderarse de la mía.
Mi cuerpo permaneció tenso durante varios segundos.
Entonces una risa grave me acarició la oreja.
Gael no tenía intención de besarme. Disfrutó un momento de mi expresión, atrapada entre la expectativa y el miedo, antes de tocarme la punta de la nariz.
—Por hoy voy a perdonarte, bebé. Ya puedes irte.
Si me quedaba más tiempo, tal vez él mismo no conseguiría detenerse.
Abrí los ojos. Algo en su tono me hizo bajar la mirada hasta sus pantalones gris oscuro.
El bulto bajo la tela volvía a ser evidente.
¿Otra vez?
¿El cuerpo de Gael no necesitaba ni un minuto para recuperarse?
Me levanté de su muslo casi de un salto. Fingí no haber visto nada y aparté un mechón de mi rostro con torpeza.
—Yo… ya me voy.
Corrí hacia la puerta.
Cuando estaba a punto de salir, recordé el regalo que llevaba en el bolsillo. Regresé, puse el chocolate en su mano y hablé sin atreverme a levantar la cabeza.
—Es para ti. Gracias por ayudarme.
Después volví a escapar.
Gael se quedó mirando la puerta cerrada.
—¿De verdad doy tanto miedo?
Hizo girar entre sus dedos aquel chocolate “carísimo” y recordó la forma en que Valeria había huido. Al final no pudo contener la risa.
Su preciosa niña buena era demasiado adorable.
Después de provocarla y recibir un regalo, el mal humor de Gael desapareció por completo. Se levantó silbando.
Otra vez había bastado un gesto de ella para contentarlo.
La noche se extendía detrás del ventanal. Gael guardó la sonrisa, sacó el teléfono y llamó a uno de sus hombres.
—Ya bajó. Asegúrate de que llegue a salvo.
***
Fui directamente al hospital para contarle a mi abuela que había encontrado mejores médicos.
Al abrir la puerta de su habitación, solo vi a varias enfermeras retirando las sábanas. La cama estaba vacía.
El pánico me subió a la garganta.
—Disculpe, ¿dónde está la paciente que ocupaba esta cama? ¿Adónde se la llevaron?
Mi abuela repetía a menudo que no quería convertirse en una carga. ¿Y si había tomado alguna decisión terrible?
—¿Eres su nieta? —preguntó una enfermera.
Me entregó un documento.
—Tu novio vino a tramitar el traslado. ¿No te avisó?
¿Mi novio?
¿Gael?
—Era un muchacho alto, de ojos claros, ¿verdad? —comentó otra enfermera—. Qué guapo, y se veía muy atento con tu abuela. Seguro también te trata muy bien.
—No solo la llevó a uno de los mejores hospitales —añadió la primera—. Contrató especialistas de México y del extranjero. Se nota que tiene mucho dinero.
Las escuché elogiar a mi supuesto novio sin saber qué pensar.
No habían pasado ni treinta minutos desde que salí de Marea. Gael no podía haber organizado todo aquello tan rápido.
Una sospecha empezó a tomar forma.
—¿A qué hora trasladaron a mi abuela?
—Esta misma tarde.
Me quedé en silencio.
Gael ya se había ocupado de todo antes de que yo fuera a pedirle ayuda.
Los especialistas habían venido por ella. Incluso las publicaciones del foro universitario probablemente se habían preparado para que yo las viera y fuera quien lo contactara primero.
¿Había construido una trampa tan elaborada solo para ofrecerse como mi amante?
Salí del hospital todavía aturdida. El aire frío del otoño me golpeó el rostro y desordenó mi cabello.
No me atrevía a medir la profundidad de sus sentimientos. Solo sabía que yo no podía cargar con algo tan inmenso.
Saqué el teléfono y le envié un mensaje.
*Gracias.*
La pantalla se iluminó casi de inmediato con su respuesta.
*Gael: Las gracias solo cuentan si me las das de boca a boca.*
No pude evitar reírme.
Aquella vez sus palabras no me parecieron frívolas. Miré el mensaje dos veces más, con las orejas cada vez más calientes, antes de guardar el teléfono.
El documento indicaba la dirección del nuevo hospital, así que fui para allá.
La habitación privada estaba en el séptimo piso. Aunque ya era casi medianoche, dos guardaespaldas enormes custodiaban la entrada.
La escena me intimidó. Mi abuela y yo éramos personas comunes, sin enemigos. No entendía de quién necesitaban protegerla.
Me acerqué con pasos torpes, apretando la falda entre los dedos. Todavía dudaba si saludarlos cuando los dos adoptaron una postura firme al mismo tiempo.
—Señorita Montes.
Me detuve y retrocedí medio paso.
—Ho… hola.
¿Hasta los guardaespaldas de los Salvatierra tenían que ser tan formales?
Ni siquiera cuando aún vivía en la casa de mi padre me habían tratado de esa manera.
Arturo Montes siempre aseguraba que los negocios iban mal y que no había dinero. Desde que cumplí diez años dejó de celebrar mis cumpleaños. Mucho después descubrí que uno solo de los vestidos que regalaba a su hija ilegítima costaba más de un millón de pesos.
A los catorce me envió a estudiar a Estados Unidos. Yo creí que lo hacía porque esperaba grandes cosas de mí. En realidad, solo quería dejar libre la casa para su amante y la hija de ambos.
Recordar aquello ya no me dolía. Solo me parecía absurdo.
Abrí la puerta y entré de puntillas.
—¿Valeria? ¿Ya llegaste? —llamó mi abuela desde la cama.
Compuse una sonrisa y corrí a abrazarla.
—¿Todavía estás despierta, abuela?
—Este lugar es nuevo. Me está costando dormir.
Me acarició el cabello mientras yo me acomodaba a su lado.
Bajo la luz cálida de la habitación, comencé a pelar una manzana. Mi abuela parecía tener más energía y aprovechó para contarme todo lo ocurrido.
—La familia Salvatierra consiguió médicos especiales para esta vieja y me trajo a este hospital tan elegante. También habrá enfermeras para cuidarme todos los días. Ya no tendrás que cansarte tanto.
Suspiró con satisfacción.
—Ese Sebastián es un buen hombre.
La tira de cáscara se rompió y cayó al bote de basura.
Después de unos segundos, continué pelando como si nada hubiera pasado.
—No fue Sebastián. Fue su hermano menor. Se llama Gael.
—Eso, eso. Ese muchacho.
Mi abuela levantó el pulgar.
—Además de guapo y alto, sabe ganarse a la gente. Me llamó “abuela” desde que entró y me dijo que no me preocupara por nada, que él se ocuparía de todo. Qué facilidad tiene para hablar bonito.
¿Gael, dulce?
Una sonrisa apareció en mis ojos. Yo sabía desde hacía mucho que podía resultar irresistible cuando quería consentir a alguien.
—Eso sí —continuó mi abuela—, no entiendo por qué se pintó el cabello de ese color. Tiene más canas que yo.
La imagen de Gael, arrogante y atractivo con su cabello plateado, apareció en mi cabeza. Me eché a reír.
—Le diré que vuelva a su color natural.
—No, no. ¿Por qué tendría que obedecerte? Se ve como uno de esos jóvenes que no aceptan consejos de nadie.
La sonrisa se me congeló.
Casi había olvidado que llevábamos cerca de tres años separados.
Antes me habría obedecido. Ahora…
Bajé la mirada hacia la manzana.
—No lo sé.
Mi abuela no notó la decepción de mi voz.
—Además, apenas lo conocemos y nos ayudó muchísimo. No podemos empezar a decirle qué debe hacer.
Corté la manzana en trozos y le entregué el plato.
—Tienes razón. No le diré nada.
Me levanté para lavar el cuchillo y recoger la basura mientras sus comentarios continuaban a mi espalda.
—Ese muchacho sí que vale la pena.
—La mujer que se case con él tendrá mucha suerte.
***
Gracias a las enfermeras contratadas por Gael, ya no necesitaba correr al hospital después de cada turno. Mi vida se volvió un poco menos agotadora.
—Vale, la siguiente clase es con la profesora Galván —dijo Camila mientras tiraba de mí por el corredor—. Mateo va a venir. Tenemos que conseguir lugar.
—Nunca has tomado esta optativa, ¿verdad? Se llena muchísimo.
Daniela asintió con entusiasmo.
—La mitad viene solo para ver a Mateo. La gente termina hasta afuera del salón.
—No se puede culpar a nadie —añadió Camila—. Ese hombre está demasiado guapo.
Mis amigas me llevaron casi corriendo. Yo escuchaba sus exclamaciones sin comprender tanto entusiasmo.
¿Mateo era tan guapo?
No estaba mal.
Pero Gael era mucho más atractivo.
Camila frenó de golpe y casi choqué contra su espalda.
—¿Qué pasó?
Levanté la vista.
La entrada del salón estaba rodeada de estudiantes. En medio de un grupo de mujeres se encontraba Gael.
Descansaba contra la pared, manteniendo a todas a una distancia prudente mientras revisaba el teléfono. El cabello plateado le cubría parte de los ojos y dejaba al descubierto la línea elegante de la mandíbula. Vestía una chamarra negra y, a pesar del ruido que lo rodeaba, su indiferencia lo aislaba del resto del mundo.
Como si hubiera sentido mi presencia, levantó la mirada.
Sus ojos azul claro atravesaron la multitud y me encontraron de inmediato.
Entrecerró los párpados. Una sonrisa apareció en sus labios y formó sin voz una palabra:
*Bebé.*
El corazón se me sobresaltó.
No podía adivinar qué pretendía. ¿Sería capaz de hacer algo vergonzoso delante de todas aquellas personas?
Para el resto del mundo, yo seguía siendo la prometida de Sebastián.
Con el miedo creciendo dentro de mí, negué con la cabeza y le supliqué con los ojos que no se acercara.
Gael arqueó una ceja. Su sonrisa se volvió más fría.
Atravesó el grupo con dos largas zancadas y se detuvo frente a mí. Se inclinó hasta que su rostro quedó a pocos centímetros del mío. El aroma tenue a menta me robó el aliento.
Tocó con un dedo mis pestañas temblorosas.
—Cuñadita, no nos vimos en todo un día. ¿Me extrañaste?
La palabra resultaba indecente en su boca.
El corredor quedó en silencio. Todas las miradas se clavaron en nosotros, intentando descubrir qué se escondía detrás de aquella intimidad prohibida.
Sentí que el rostro me ardía. Apoyé las manos contra su pecho para impedir que se acercara más.
—No… no hagas esto.
Había demasiada gente.
Mi vergüenza pareció divertirlo. Gael se inclinó hasta rozarme la oreja y confesó con una voz grave y juguetona:
—Bebé, llevo toda la noche queriendo besarte hasta sentir tu lengua.