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BAJO UN CIELO ROTO

BAJO UN CIELO ROTO

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:2.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Alexa Rodríguez Murillo

La historia sigue a Lucía, una mujer cuya vida aparentemente feliz se derrumba al descubrir los secretos, mentiras y traiciones de Mateo. Entre conspiraciones, pérdidas familiares, persecuciones y dolor, deberá enfrentar su pasado, recuperar su identidad y aprender que sobrevivir no significa olvidar, sino elegir nuevamente vivir con libertad y esperanza.

NovelToon tiene autorización de Alexa Rodríguez Murillo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 17 LA PUERTA CERRADA

A las seis y veinte de la mañana, Lucía despertó con el sonido de la cafetera.

Durante unos segundos no supo dónde estaba.

Abrió los ojos lentamente y observó el techo.

La habitación seguía siendo la misma.

La pequeña cómoda.

El espejo con la esquina rota.

La fotografía familiar.

La caja donde guardaba sus documentos.

Y, dentro del armario, el vestido de novia.

Todo seguía allí.

Pero Lucía ya no era la misma mujer que había dormido en aquella habitación semanas atrás.

Habían pasado pocos días desde la muerte de Mateo, aunque para ella parecían años.

Su cuenta bancaria continuaba bloqueada.

Su trabajo seguía suspendido.

Tenía deudas que jamás había contraído.

Había documentos falsificados con su nombre.

Su familia había recibido amenazas.

Y un hombre llamado Darío había comenzado a aparecer en distintos lugares como una sombra silenciosa.

Lucía se incorporó.

Miró el teléfono.

No había mensajes.

Eso, en lugar de tranquilizarla, la preocupó.

Había aprendido que el silencio también podía ser una amenaza.

Se levantó y abrió lentamente la puerta.

El pasillo estaba vacío.

Desde la cocina llegaban las voces de sus padres.

—No le pongas tanta azúcar —decía Teresa.

—No le estoy poniendo tanta.

—Roberto, llevas tres cucharadas.

—Necesito azúcar.

Lucía sonrió débilmente.

Por primera vez en mucho tiempo, aquella discusión cotidiana le produjo tranquilidad.

Entró a la cocina.

—Buenos días.

Teresa se giró.

—Buenos días.

Roberto levantó la taza.

—Dormiste.

—Un poco.

—Algo es algo.

Diego apareció detrás.

—¿Hay desayuno?

Teresa lo miró.

—Buenos días primero.

—Buenos días.

—Ahora sí.

Diego se sentó.

Lucía los observó.

Era una escena sencilla.

Una familia desayunando.

Pan.

Huevos.

Café.

Nada extraordinario.

Y precisamente por eso Lucía tuvo miedo.

Porque las cosas normales habían comenzado a sentirse como recuerdos anticipados.

Como si en cualquier momento alguien pudiera abrir una puerta y quitarles otra parte de aquella vida.

Roberto había colocado los documentos de la investigación sobre la mesa.

—Hoy quiero que hagamos copias de todo —dijo.

Lucía se sentó.

—Sí.

—No vamos a guardar una sola copia.

—Estoy de acuerdo.

—Una irá con el abogado.

—Otra la guardaremos nosotros.

—Y una tercera...

Roberto se quedó pensando.

Lucía levantó la mirada.

—Fuera de la casa.

Teresa dejó de comer.

—¿Crees que van a entrar?

—No lo sé.

—Pero...

—Tenemos que asumir que es posible.

Teresa respiró profundamente.

—Yo nunca imaginé vivir así.

Lucía bajó la mirada.

—Yo tampoco.

Roberto tomó uno de los documentos.

—Mira esto.

Era una autorización bancaria.

La firma falsa de Lucía aparecía abajo.

—Ya demostramos que no estuviste allí.

Lucía asintió.

—Sí.

—Entonces hay que seguir ese camino.

—¿Qué quieres decir?

—Descubrir quién presentó el documento.

Lucía tomó la hoja.

—Podemos pedir el registro de quién lo entregó.

—Eso quiero.

—Y la grabación de la oficina.

Roberto la miró.

—Exactamente.

Lucía sintió algo parecido a esperanza.

Por primera vez, la investigación parecía tomar una dirección concreta.

No tenían que enfrentarse directamente a Esteban.

No tenían que encontrar a Darío.

No tenían que seguir a nadie.

Solo tenían que demostrar que los documentos habían sido presentados por terceros.

Era un camino lento.

Pero era un camino.

A las nueve de la mañana, Lucía salió con Roberto.

Teresa decidió quedarse en casa con Diego.

—No me gusta que salgan los dos —dijo ella.

Roberto sonrió.

—Volveremos pronto.

Lucía abrazó a su madre.

—Te llamo cuando lleguemos.

—Hazlo.

—Sí.

Antes de salir, Teresa sostuvo el rostro de su hija.

—Ten cuidado.

Lucía asintió.

—Siempre.

Pero al cerrar la puerta, ambas supieron que aquella palabra ya no tenía el mismo significado.

El trayecto fue tranquilo.

Roberto conducía.

Lucía revisaba algunos documentos.

—Papá.

—¿Sí?

—¿Tú crees que realmente podemos demostrar todo?

—Sí.

—¿Aunque aparezcan más documentos?

—Sí.

—¿Y si inventan algo peor?

Roberto guardó silencio unos segundos.

—Entonces encontraremos la forma de demostrarlo.

Lucía miró por la ventana.

—Antes pensaba que decir la verdad era suficiente.

—Yo también.

—Ahora siento que no.

—No siempre.

Roberto apretó ligeramente el volante.

—Pero eso no significa que la verdad no importe.

Lucía sonrió.

—Gracias.

Llegaron a la institución financiera.

Solicitaron información sobre la operación.

El empleado que los atendió fue amable, pero reservado.

—Necesitamos una autorización formal para entregar determinados registros.

—Tenemos una solicitud de investigación —respondió Roberto.

El empleado revisó los documentos.

—Esto permite algunas cosas, no todas.

Lucía mostró la copia de la operación.

—Necesitamos saber quién presentó este documento.

El empleado revisó el expediente.

—Fue entregado físicamente.

Lucía sintió un pequeño golpe de esperanza.

—¿Hay registro?

—Sí.

—¿Nombre?

El empleado dudó.

—Un momento.

Tecleó.

Esperó.

Después apareció una información.

—Aquí está.

Lucía se acercó.

El nombre no era conocido.

Sergio Valdés.

—¿Quién es? —preguntó.

—No lo sé —respondió el empleado.

—¿Hay alguna identificación?

—Sí.

Le mostró el registro.

Lucía tomó una fotografía con su teléfono.

—¿Hay cámaras?

—Sí.

—Necesitamos una copia.

—Eso debe solicitarlo la autoridad correspondiente.

Lucía respiró.

Ya era algo.

Tenían un nombre.

Un hombre había presentado el documento.

Y no era Mateo.

Cuando salieron del edificio, Roberto sonrió ligeramente.

—Es un avance.

Lucía asintió.

—Sí.

—Tenemos que entregarlo al fiscal.

—Lo haremos.

Por primera vez en semanas, Lucía sintió que quizá podían salir de aquello sin huir.

Quizá la verdad podía aparecer.

Quizá las pruebas podían salvarla.

Quizá todavía podía recuperar su vida.

Pero entonces vio algo.

Al otro lado de la calle.

Un hombre apoyado contra un vehículo.

Traje oscuro.

Teléfono en la mano.

Lucía se quedó inmóvil.

—Papá.

Roberto siguió su mirada.

—¿Darío?

Lucía negó.

—No.

Era otro hombre.

Pero la manera en que los observaba era demasiado familiar.

El hombre levantó el teléfono.

Tomó una fotografía.

Después subió al automóvil.

Lucía sintió un escalofrío.

—Nos vio.

Roberto tomó los documentos.

—Vamos.

Entraron al automóvil.

No corrieron.

No hicieron movimientos extraños.

Pero ambos estaban tensos.

Cuando llegaron a casa, Lucía llamó inmediatamente a Teresa.

No respondió.

Lucía volvió a llamar.

Nada.

Su corazón comenzó a latir con fuerza.

—¿Qué pasa? —preguntó Roberto.

—No contesta.

—Quizá está ocupada.

Lucía llamó a Diego.

Tampoco.

—No responden.

Roberto miró el reloj.

—Vamos a entrar.

Aparcaron.

Lucía bajó.

La puerta principal estaba cerrada.

Todo parecía normal.

Ella sacó la llave.

La introdujo.

Abrió.

—¿Mamá?

Nadie respondió.

—¿Diego?

Silencio.

Entraron.

La casa estaba extrañamente ordenada.

Demasiado.

Lucía sintió que algo estaba mal.

La taza de Teresa estaba sobre la mesa.

La televisión estaba apagada.

El bolso de su madre estaba en la silla.

Pero no había nadie.

—Papá.

Roberto recorrió la sala.

—Tal vez salieron.

Lucía levantó el teléfono.

—Teresa nunca sale sin avisar.

Subió las escaleras.

—¡Mamá!

Nada.

Entró en la habitación.

La cama estaba vacía.

El armario abierto.

Lucía sintió que el corazón se le detenía.

—No.

Bajó corriendo.

—¡Papá!

Roberto la siguió.

—¿Qué pasa?

Lucía señaló la puerta trasera.

Estaba abierta.

—No.

Roberto salió.

Miró el patio.

Nada.

Solo la cuerda para tender ropa moviéndose ligeramente con el viento.

Durante los siguientes diez minutos revisaron toda la casa.

No encontraron a Teresa.

Tampoco a Diego.

Sus teléfonos estaban allí.

Eso era lo peor.

No se habían llevado los teléfonos.

Lucía sintió que comenzaba a perder el control.

—Los tienen.

Roberto negó.

—No sabemos.

—Sus teléfonos están aquí.

—Tal vez salieron sin ellos.

—Mamá jamás sale sin su teléfono.

Roberto guardó silencio.

Lucía miró alrededor.

La casa parecía exactamente igual.

Pero había algo.

Una sensación.

Un silencio diferente.

Entonces vio una taza rota en el suelo de la cocina.

—Esto no estaba así.

Roberto se acercó.

—¿Estás segura?

—Sí.

Lucía se agachó.

Había una pequeña marca en el borde de la mesa.

Como si algo hubiera golpeado allí.

—Papá.

Roberto entendió.

—No fueron voluntariamente.

Lucía comenzó a respirar más rápido.

—Tenemos que llamar a la policía.

—Sí.

Roberto sacó el teléfono.

La policía llegó veinte minutos después.

Revisaron la casa.

Tomaron fotografías.

Buscaron huellas.

Preguntaron por horarios.

Lucía respondió todo.

—¿Tenían enemigos?

—Sí.

—¿Quiénes?

Lucía mencionó los nombres que conocía.

Esteban.

Darío.

Valentina.

También mencionó la posibilidad de otras personas.

Uno de los agentes tomó nota.

—¿Recibieron amenazas recientemente?

—Sí.

—¿Qué decían?

Lucía mostró los mensajes.

El agente los observó.

—¿Y hoy?

—No.

—¿Cuándo fue la última vez que vio a su madre?

Lucía pensó.

—Esta mañana.

—¿Y a su hermano?

—También.

—¿A qué hora salieron?

—Poco después de las nueve.

—¿Cuándo regresó?

—Casi a las diez y media.

El agente la miró.

—Entonces desaparecieron durante aproximadamente una hora y media.

Lucía sintió un vacío.

—Sí.

A las cuatro de la tarde todavía no había noticias.

La policía había ampliado la búsqueda.

Pero Lucía no podía quedarse sentada.

Caminaba de un lado a otro.

Llamaba.

Esperaba.

Volvía a llamar.

Roberto permanecía sentado.

No hablaba.

Finalmente dijo:

—Esto es mi culpa.

Lucía se detuvo.

—No.

—No debí dejar que se quedaran solos.

—Papá.

—Yo debí haber entendido.

—No.

—Nos están atacando por mi culpa.

Lucía se acercó.

—No digas eso.

Roberto comenzó a llorar.

Lucía nunca lo había visto llorar de aquella manera.

—No quiero perderlos.

Ella lo abrazó.

—No los vamos a perder.

—¿Cómo lo sabes?

Lucía cerró los ojos.

No lo sabía.

Pero tenía que creerlo.

—Porque vamos a encontrarlos.

A las cinco y media, llegó un mensaje.

Número desconocido.

Lucía lo abrió.

Había una fotografía.

Su madre.

Sentada en una silla.

Los ojos vendados.

Lucía sintió que las piernas le fallaban.

Después vio otra.

Diego.

También estaba vivo.

Debajo había un mensaje:

“Ahora sabes que no estamos jugando.”

Lucía comenzó a llorar.

Roberto tomó el teléfono.

—Dios mío.

Llegó otro mensaje.

“Queremos la llave.”

Lucía sintió frío.

La llave.

La pequeña llave de Mateo.

La única cosa que todavía no había entregado.

Llegó otro mensaje:

“Y queremos la copia.”

Lucía miró a Roberto.

—No la tengo.

—¿Qué?

—La copia.

—¿La de Mateo?

—Sí.

—¿Dónde está?

Lucía guardó silencio.

No sabía.

Y entonces comprendió algo.

Tal vez ellos tampoco lo sabían.

Por eso habían tomado a su familia.

No querían matar a Teresa y Diego.

Querían obligarla a entregar lo que no tenían.

El teléfono vibró nuevamente.

“Tienes cuatro horas.”

Otro mensaje:

“Después comenzaremos con tu hermano.”

Lucía sintió que el miedo se convertía en rabia.

—No.

Roberto la miró.

—¿Qué vamos a hacer?

Lucía respiró.

—No entregaré la llave.

—¿Qué?

—No sabemos qué puede abrir.

—Pero tienen a tu madre.

—Y también saben que la necesitamos.

—Entonces...

—Quieren que yo actúe desesperadamente.

Roberto la miró.

—¿Y qué propones?

Lucía levantó la mirada.

—Pensar.

Se encerró en su habitación.

Extendió sobre la cama los documentos.

La llave.

Las fotografías.

La libreta.

No tenía cuatro horas.

Tenía menos.

Pero necesitaba recordar.

Mateo había dicho:

“Busca donde nadie lo buscaría.”

La llave había aparecido dentro de una caja de fotografías.

La caja estaba en su habitación.

Pero ¿qué abría?

No una puerta común.

No el taller.

No su casa.

Tal vez una caja.

Un casillero.

Un archivador.

Una pequeña caja de seguridad.

Lucía observó la llave.

Era demasiado pequeña para una cerradura grande.

Pensó en su pasado.

Mateo.

Los lugares que compartieron.

Su primera cita.

El primer aniversario.

El viaje.

La cafetería.

El parque.

La papelería.

El restaurante.

El pequeño apartamento que él alquilaba antes de mudarse.

Las cosas que nadie usaría.

Entonces recordó algo.

Una caja.

Una caja que Mateo le había regalado años atrás.

Era de madera.

Pequeña.

La había utilizado para guardar fotografías.

Pero había desaparecido durante una mudanza.

Lucía frunció el ceño.

¿Dónde estaba?

Pensó.

Pensó.

Y recordó.

Había llevado aquella caja a un pequeño almacén familiar.

Un depósito que pertenecía a una amiga de Teresa.

La última vez que la había visto había sido allí.

Lucía sintió una pequeña esperanza.

Quizá la llave abría algo relacionado.

Pero todavía faltaba encontrar una manera de recuperar a su familia.

El teléfono volvió a vibrar.

Esta vez solo había una frase:

“No llames a la policía.”

Lucía miró la pantalla.

Sonrió ligeramente.

No porque la situación fuera divertida.

Sino porque acababa de comprender una debilidad.

Si realmente tenían miedo de que llamara a la policía, entonces necesitaban que ella actuara sola.

Eso significaba que ellos también tenían algo que perder.

Lucía salió de la habitación.

—Papá.

Roberto levantó la mirada.

—¿Qué?

—Voy a hacer exactamente lo que quieren.

—No.

—Escúchame.

—No vas a ir sola.

—No iré.

—Entonces ¿qué?

Lucía tomó el teléfono.

—Quiero que la policía crea que voy a entregar la llave.

Roberto la miró.

—¿Para qué?

—Para ganar tiempo.

—Es peligroso.

—Más peligroso es hacer exactamente lo que ellos esperan.

Roberto guardó silencio.

—Tenemos que hacer que crean que estamos desesperados —continuó Lucía—. Pero necesitamos saber dónde están mamá y Diego.

—¿Cómo?

Lucía miró los mensajes.

—Si quieren la llave, tendrán que decirme dónde entregarla.

—Y después...

—Después los seguimos.

Roberto palideció.

—Eso puede salir mal.

—Todo puede salir mal.

Lucía apretó la llave.

—Pero quedarnos sentados también.

El plan se hizo con ayuda de la policía.

Lucía no explicó todo a quienes la perseguían.

Solo respondió al número desconocido:

“Tengo la llave.”

La respuesta llegó rápidamente.

“Sabíamos que la encontrarías.”

“Quiero a mi familia.”

“Primero la llave.”

“Quiero saber que están vivos.”

Tardaron varios minutos.

Luego enviaron una fotografía.

Teresa y Diego aparecían juntos.

Estaban vivos.

Lucía respiró aliviada.

“¿Dónde los entrego?”

La respuesta tardó.

Finalmente llegó:

“Mercado antiguo. Estacionamiento trasero. Ocho de la noche.”

Lucía miró a Roberto.

Después al agente.

El lugar sería vigilado.

Pero había un problema.

Los hombres podían detectar la presencia policial.

Entonces Lucía tuvo una idea.

—No voy a ir en automóvil.

El agente la miró.

—¿Por qué?

—Porque estarán esperando eso.

—¿Qué harás?

—Caminar.

—Es demasiado peligroso.

—Precisamente por eso.

A las siete y cincuenta, Lucía caminó por una calle lateral.

Llevaba la llave en el bolsillo.

No llevaba la carpeta.

No llevaba el cuaderno.

No llevaba nada que pudiera identificar el resto de las pruebas.

Solo la llave.

Sabía que estaba siendo observada.

No sabía desde dónde.

Pero había empezado a reconocer esa sensación.

El mercado estaba casi vacío.

Las luces eran débiles.

El estacionamiento trasero estaba oscuro.

Lucía avanzó.

—¡Lucía!

Se detuvo.

Un hombre apareció detrás de un vehículo.

No era Darío.

Era otro.

—La llave.

Lucía no se movió.

—Quiero ver a mi familia.

—Primero la llave.

—No.

El hombre levantó el teléfono.

Mostró una fotografía.

Teresa.

Diego.

—Están vivos.

Lucía respiró.

—Quiero hablar con ellos.

—No.

—Entonces no hay trato.

El hombre la miró.

—No estás en posición de exigir.

Lucía dio un paso atrás.

—Quizá.

El hombre extendió la mano.

—La llave.

Lucía la sacó.

La sostuvo entre los dedos.

—¿Qué abre?

El hombre sonrió.

—Eso no te corresponde saberlo.

Y justo en ese momento, se escuchó un automóvil acercarse.

El hombre miró hacia atrás.

Lucía comprendió que algo había cambiado.

Demasiado rápido.

El hombre corrió.

Lucía retrocedió.

Desde una calle lateral apareció otro vehículo.

Ella comenzó a correr.

No hacia la policía.

No hacia su casa.

Hacia el lugar que había recordado.

El pequeño almacén familiar.

Porque había comprendido algo.

El hombre no había querido la llave únicamente para recuperar una prueba.

La necesitaba porque ellos tampoco sabían exactamente dónde estaba la copia.

Y ahora Lucía sí tenía una pista.

Llegó al almacén casi media hora después.

Estaba cerrado.

La dueña vivía a pocos metros.

Lucía llamó.

—¿Quién es?

—Soy Lucía.

La mujer abrió.

—¿Qué pasó?

—Necesito entrar.

—Ahora no.

—Por favor.

La mujer vio el rostro de Lucía.

—Entra.

Bajaron.

El pequeño depósito estaba lleno de cajas.

Lucía comenzó a buscar.

Fotografías.

Ropa.

Libros.

Juguetes.

Recuerdos antiguos.

Y entonces vio una caja de madera.

La reconoció.

La tomó.

Era la que Mateo le había regalado.

Su corazón comenzó a latir.

La abrió.

Dentro había fotografías antiguas.

Una carta.

Y una pequeña cerradura.

Lucía sacó la llave.

Encajaba.

La giró.

La caja se abrió.

Dentro había un sobre.

Lucía lo tomó.

En la parte superior estaba escrito:

“Para Lucía.”

Su respiración se detuvo.

Abrió el sobre.

Había una memoria USB.

Y una carta.

Lucía comenzó a leer.

No llegó al final.

Porque escuchó un automóvil detenerse afuera.

La mujer que la había ayudado palideció.

—¿Quién es?

Lucía guardó rápidamente el sobre.

—No lo sé.

La mujer miró hacia la ventana.

—Hay dos hombres.

Lucía sintió miedo.

Pero esta vez no estaba completamente paralizada.

Tenía la memoria.

Tenía la prueba.

Y tenía una salida.

Recordó una puerta trasera.

—¿Hay otra salida?

La mujer asintió.

—Por el pasillo.

Lucía tomó su bolso.

—Gracias.

Corrió.

Al salir por la puerta trasera, escuchó voces.

Los hombres habían entrado al almacén.

—¡Busquen la caja!

Lucía siguió corriendo.

No sabía hacia dónde.

Solo sabía que debía alejarse.

Llegó a una calle paralela.

Sacó el teléfono.

Llamó a Roberto.

—La encontré.

—¿Qué?

—La copia.

Silencio.

—¿Dónde estás?

—No puedo decirte.

—Lucía.

—Mamá y Diego están vivos.

—¿Estás segura?

—Sí.

—¿Y la llave?

Lucía la miró.

Ya no estaba en su bolsillo.

Se había caído.

Volvió a revisar.

Nada.

Se le había perdido durante la huida.

Pero no importaba.

Porque ahora tenía algo mucho más valioso.

La memoria.

La última copia de Mateo.

—Papá.

—¿Sí?

—Creo que ya entiendo por qué están tan desesperados.

—¿Qué tiene?

Lucía miró el pequeño dispositivo en su mano.

—No lo sé todavía.

—Entonces no lo abras sola.

—No.

—Lucía.

—No lo haré.

Pero en el fondo sabía que tendría que hacerlo.

Porque aquella memoria podía contener la verdad.

Y quizá también la razón por la que Mateo había muerto.

Cuando regresó a la zona donde la policía la esperaba, ya era pasada la medianoche.

Roberto la abrazó.

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿La tienes?

Lucía asintió.

—Sí.

—¿Dónde está?

Ella levantó la mano.

La memoria estaba allí.

Pequeña.

Negra.

Casi insignificante.

Pero podía contener información suficiente para cambiarlo todo.

El agente la miró.

—Esto debe entregarse inmediatamente.

Lucía dudó.

Por primera vez comprendió que entregar la memoria significaba perder el control de lo que contenía.

Y no estaba segura de poder confiar en cualquiera.

Miró a su padre.

Después a los agentes.

Finalmente guardó el dispositivo.

—Primero quiero una copia.

El agente la observó.

—No es lo recomendable.

—Es lo que necesito.

Roberto la apoyó.

—Tiene razón.

El agente suspiró.

—Lo haremos con el procedimiento correspondiente.

Lucía asintió.

A las dos de la mañana, mientras regresaban, llegó un último mensaje.

No decía nada sobre la llave.

No hablaba de la copia.

Solo decía:

“Buen intento.”

Lucía sintió frío.

Después llegó otro:

“Ahora sabemos que tú también puedes pensar.”

Y finalmente:

“Eso te hace más peligrosa.”

Lucía apagó el teléfono.

Miró por la ventana.

La ciudad estaba casi vacía.

Por primera vez, entendió que algo había cambiado.

Hasta ese día, sus enemigos la habían visto como una mujer asustada.

La novia traicionada.

La viuda.

La mujer cuyo dinero podían bloquear.

La mujer cuya reputación podían destruir.

La hija que podía ser separada de su padre.

La mujer que corría cuando ellos amenazaban.

Pero aquella noche había hecho algo distinto.

Había pensado.

Había observado.

Había utilizado el tiempo.

Había dejado que ellos creyeran que tenían el control.

Y había conseguido algo.

No había recuperado a su familia todavía.

No había destruido a sus enemigos.

No había recuperado su dinero.

No había recuperado su trabajo.

Pero había obtenido la pieza que todos estaban buscando.

La memoria de Mateo.

Y, con ella, quizá la verdad.

Lucía llegó a casa antes del amanecer.

Entró en su habitación.

Sacó la memoria.

La dejó sobre el escritorio.

La observó durante varios minutos.

Después miró el vestido de novia.

Pensó en Mateo.

En la primera cita.

En la traición.

En el disparo.

En el ataúd.

En la carta que había encontrado.

Y en la mujer que ella había sido.

Tomó el cuaderno.

Escribió:

“Hoy perdí la última sensación de seguridad que me quedaba.”

Se detuvo.

Luego agregó:

“Pero encontré algo que puede cambiarlo todo.”

Finalmente escribió:

“Ya no puedo vivir como antes.”

Cerró la libreta.

Afuera comenzaba a amanecer.

Lucía se quedó observando la luz que entraba por la ventana.

La persecución ya no era una posibilidad.

Era su realidad.

La estaban buscando.

Su familia había sido secuestrada.

Su nombre estaba siendo utilizado.

Su dinero estaba bloqueado.

Su vida profesional estaba destruida.

Y las personas que habían asesinado a Mateo sabían ahora que ella estaba aprendiendo.

Pero también había descubierto algo sobre sí misma.

El miedo todavía estaba allí.

Mucho.

Quizá siempre estaría allí.

Pero ya no era lo único que sentía.

Debajo del miedo comenzaba a crecer una determinación silenciosa.

Todavía no era venganza.

Todavía no.

Era algo más sencillo.

Una decisión:

No volverían a decidir por ella.

Y cuando finalmente conectara aquella memoria a una computadora y descubriera lo que Mateo había escondido, comprendería que el verdadero problema no era el dinero.

Ni siquiera era la infidelidad.

Era algo mucho más grande.

Algo que podía explicar la muerte de Mateo.

Algo que podía destruir a Esteban Ferrer.

Y algo que obligaría a Lucía a tomar, por primera vez, una decisión que cambiaría el resto de su vida:

dejar de intentar recuperar su antigua vida y empezar a luchar por sobrevivir.

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