James Fernández lo tiene todo: es un arrogante CEO tecnológico de 26 años y el playboy más cotizado de Madrid. Pero un devastador diagnóstico de cáncer destruye su mundo: tiene una semana para salvar su descendencia antes de quedar estéril para siempre. Su única opción es un vientre de alquiler exprés en Grecia.
Estela Gómez tiene 20 años y su vida es un infierno de deudas por culpa de una estafa familiar. Cuando su madre colapsa y necesita una cirugía de urgencia que no pueden pagar, Estela toma una medida desesperada: aceptar el frío contrato de James a cambio de la vida de su madre.
Lo que empieza como una transacción comercial secreta se transforma bajo el ático de la Castellana. Entre la quimioterapia de él y los latidos de un embarazo inesperado, la mentira se mezclará peligrosamente con un amor real capaz de desenterrar los secretos más oscuros del pasado.
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CAPITULO 4. EL PRIMER ENCUENTRO
James entró en el despacho principal de la firma de abogados en el Paseo de la Castellana como un torbellino. No le importó que el lugar destilara elegancia silenciosa con sus alfombras persas y cuadros de autor; él solo podía mirar el reloj de su muñeca. Cuatro días para la operación. Cuatro malditos días.
—Valeria, espero que esto no sea una pérdida de tiempo —dijo James a modo de saludo, ignorando por completo a la joven que estaba sentada de espaldas a la puerta—. He rechazado a tres candidatas de agencias privadas esta mañana. Una solo quería mi dinero para operarse la cara y las otras dos parecían sacadas de una película de terror. No tengo tiempo para juegos.
—Controla ese temperamento, James, o te pediré que salgas de mi oficina —respondió Valeria con una voz gélida que congelaría el infierno. La abogada señaló el sillón frente a él—. Siéntate. Ella es Estela. Y te aseguro que su situación es tan urgente como la tuya.
James soltó un suspiro de frustración y se dejó caer en el sillón de cuero contiguo. Fue entonces cuando se giró para mirarla.
Estela mantenía la espalda recta, rígida como una cuerda a punto de romperse. Llevaba unos vaqueros desgastados, unas zapatillas que habían visto tiempos mejores y una sudadera gris que le quedaba un poco grande. No se parecía en nada a las mujeres refinadas, enjoyadas y perfectas con las que James solía rodearse. Tenía el pelo castaño recogido en una coleta desaliñada y el rostro lavado, pero lo que realmente impactó al joven CEO fueron sus ojos. Eran grandes, de un marrón profundo, y fijos en él con una mezcla de miedo absoluto y una determinación tan feroz que lo dejó descolocado. Ella no lo miraba como al multimillonario James Fernández; lo miraba como a un hombre del que dependía la vida de su madre.
—Así que tú eres la que está dispuesta a firmar el contrato —dijo James, recuperando su tono de negociador frío y arrogante, intentando ocultar el temblor de sus propias manos—. Supongo que Valeria ya te ha explicado las condiciones. No hay espacio para arrepentimientos. Esto es un negocio. Yo pongo el capital, tú pones... el resto.
Estela sintió un pinchazo de desprecio ante la actitud de aquel hombre. Era guapo, endemoniadamente guapo, con facciones esculpidas, unos ojos claros que desprendían una inteligencia afilada y un traje a medida que costaba más que la casa de su familia. Pero su tono era insoportable. Hablaba de vidas humanas como si estuviera comprando acciones en la bolsa.
—Sé perfectamente cuáles son las condiciones, señor Fernández —respondió Estela, obligando a su voz a no temblar—. No estoy aquí por capricho ni por codicia. Estoy aquí porque mi madre se está muriendo en un hospital y necesito doce mil euros antes de que termine la tarde para que la operen. Valeria me ha dicho que usted puede hacer esa transferencia ahora mismo.
James entornó los ojos, analizando cada milímetro de su expresión. Buscaba la mentira, el truco, la manipulación a la que estaba tan acostumbrado en el mundo de los negocios. Pero solo encontró una dolorosa y cruda honestidad.
—Doce mil euros no son nada para mí —replicó James, sacando su ordenador portátil de la cartera y apoyándolo sobre las rodillas—. Puedo transferirlos al hospital en este preciso instante. Pero quiero que te quede claro una cosa: si mi dinero entra en la cuenta de ese hospital, tú pasas a ser de mi propiedad en lo que respecta a este proceso. Viajarás a Grecia cuando yo lo diga, te harás las pruebas que yo ordene y te mudarás a mi casa bajo mi estricta supervisión en cuanto regresemos. No quiero sorpresas, no quiero descuidos y no quiero que nadie se entere de esto. ¿Está claro?
Estela tragó saliva. La palabra "propiedad" le escocía en el alma, pero miró fijamente la pantalla del ordenador de James. El tiempo se agotaba para su madre.
—Está claro —dijo ella con un hilo de voz, apretando los puños bajo la mesa—. Cumpliré mi parte del trato al pie de la letra. Llevaré a su hijo, se lo entregaré al nacer y desapareceré de sus vidas. Pero transfiera el dinero ya. Por favor.
James la miró durante cinco largos segundos. Por un instante, bajo la coraza de playboy egoísta, sintió un extraño respeto por aquella chica de veinte años que estaba dispuesta a entregar su cuerpo y nueve meses de su vida por salvar a su madre. Él estaba aterrorizado por el cáncer, pero ella estaba viviendo su propio infierno.
Sin decir una palabra más, James tecleó rápidamente en su ordenador. Entró en su cuenta bancaria privada, introdujo los datos del hospital que Valeria le había anotado en un papel y pulsó la tecla de confirmación. Un pitido electrónico rompió el silencio del despacho.
—Ya está hecho —dijo James, cerrando la pantalla de golpe—. El hospital ya tiene el depósito. Tu madre entrará a quirófano.
Estela cerró los ojos y dejó escapar un sollozo ahogado que llevaba conteniendo horas. Apoyó la frente en sus manos, sintiendo cómo una parte de la gigantesca losa que le aplastaba el pecho se levantaba. Su madre iba a tener una oportunidad.
—Gracias… —susurró, con lágrimas reales resbalando por sus mejillas.
James carraspeó, sintiéndose extrañamente incómodo ante aquella muestra de emoción tan pura. Se levantó del sillón, abrochándose la chaqueta del traje.
—No me des las gracias a mí, dale las gracias al contrato —dijo con frialdad, aunque por dentro su corazón latía con fuerza—. Valeria preparará los documentos legales y el billete de avión. Salimos para Atenas mañana a primera hora de la mañana. Prepárate, Estela. Tu nueva vida empieza mañana.
Salió del despacho sin mirar atrás, dejando a Estela a solas con Valeria. La joven se secó las lágrimas y miró a la abogada, sabiendo que acababa de firmar un pacto con el diablo, pero era un diablo que acababa de salvar a la persona que más quería en el mundo.