NovelToon NovelToon
Sané a Mi Alfa, Pero Él Marcó a Otra

Sané a Mi Alfa, Pero Él Marcó a Otra

Status: En proceso
Genre:Venganza / Hombre lobo / Mujer despreciada
Popularitas:19.2k
Nilai: 5
nombre de autor: JaQelinee Valenzuela

Valentina Solano entregó tres años de su vida para salvar a Sebastián Reyes, el Alfa moribundo con quien la obligaron a enlazarse.
Cada luna llena, su loba se apagaba un poco más para mantenerlo con vida. Ella perdió fuerza, sangre y dignidad. Él recuperó su poder.
Y cuando Sebastián por fin sanó, no la eligió a ella.
Eligió a Catalina del Valle.
Le quitó los Brazaletes de la Luna y le ordenó ponérselos a la mujer que quería marcar como su verdadera Luna.
Valentina no suplicó. No lloró. Solo pidió la ruptura del enlace.
Pero la loba que todos creían rota tenía secretos: un imperio comercial escondido, aliados en las sombras y una sangre marcada por la luna.
También tenía la mirada de Damián Montero sobre ella.
El Rey Alfa. El lobo más temido de todas las manadas. El único hombre que nunca la vio como una herramienta.
Sebastián la usó para vivir.
Damián está dispuesto a destruir el mundo para hacerla reina.

NovelToon tiene autorización de JaQelinee Valenzuela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 24

# Capítulo 24: La Celda De Plata

Tres días después de la visita a Hacienda Montero, la mañana llegó a Hacienda Reyes con un cielo limpio y un frío raro.

Valentina estaba sentada junto a la ventana, revisando una copia de los registros que Lucía había logrado sacar de la tienda de telas. No eran los libros principales; esos ya estaban lejos, bajo nombres que la Manada Reyes no podía tocar sin exponerse. Pero ella seguía repasando cada cifra porque las cifras, a diferencia de las personas, no cambiaban de rostro cuando convenía.

Sofía entró con una bandeja de té.

—Mi señora, anoche volvió a dormir poco.

—Dormí lo suficiente.

—Eso no es una respuesta.

Valentina levantó la vista.

Sofía cerró la boca de inmediato, aunque sus ojos siguieron protestando.

Desde el patio llegó un sonido seco. No era el paso disperso de sirvientes, ni el golpe torpe de algún mozo llevando leña. Era metal contra piedra. Varias botas. Una formación.

Valentina dejó la pluma.

Sofía también lo oyó.

—¿Guardias?

La puerta exterior se abrió antes de que pudieran moverse.

No fue un sirviente quien anunció la visita, sino Tomás, pálido hasta los labios.

—Luna Valentina... el Tribunal de la Manada Real solicita su presencia.

Sofía palideció.

—¿Solicita?

Detrás de Tomás entraron seis ejecutores vestidos con cuero gris y placas de plata opaca sobre los hombros. El hombre al frente llevaba un tubo de documentos sellado con cera negra y el emblema del Gran Alfa.

Valentina se puso de pie.

El ejecutor inclinó la cabeza, pero no bajó los ojos.

—Valentina Solano, Luna vinculada a Manada Reyes. Por orden del Tribunal de la Manada Real y con autorización firmada por el Gran Alfa, queda detenida para responder por sospecha de transferencia ilegal de bienes compartidos de manada.

Sofía dio un paso al frente.

—¡Eso es mentira! Es su dote. Es suyo.

Dos ejecutores la bloquearon.

—Ningún Omega interviene en una orden del Tribunal.

—No soy ningún Omega para ustedes. Soy la doncella de mi señora.

—Sofía.

La voz de Valentina fue baja, pero bastó.

Sofía giró hacia ella, los ojos brillantes.

—Mi señora, no pueden...

—Sí pueden.

Valentina miró el sello. No tembló.

El ejecutor abrió el documento y leyó con voz sin emoción:

—La familia del Valle presentó denuncia formal. Se afirma que usted ocultó activos de administración común, desvió rentas pertenecientes a Manada Reyes y transfirió fondos fuera del territorio bajo nombres falsos. La acusación añade intención de fuga antes de la resolución de la Petición de ruptura del enlace.

Ah.

Del Valle.

Valentina comprendió la forma de la trampa antes de sentir el golpe.

No iban tras sus manos. Iban tras su dote. Si lograban convertir su defensa patrimonial en delito de manada, podían congelarlo todo. Si además la declaraban culpable, sus bienes pasarían a la casa que decía haber sido dañada.

La Manada Reyes.

O, en realidad, quienes controlaran a la Manada Reyes desde fuera.

Don Fernando del Valle sabía mirar una mesa y elegir siempre el plato ajeno.

—¿Quién firmó la denuncia? —preguntó Valentina.

El ejecutor la observó con una sorpresa mínima.

—Representantes legales de Manada del Valle, con testimonio de administradores asociados a Hacienda Reyes.

Administradores comprados, entonces.

Sofía intentó pasar entre los guardias.

—Déjenme ir con ella.

Uno de los ejecutores la empujó con el antebrazo. Sofía chocó contra la mesa. La taza cayó y se rompió.

Valentina dio un paso.

—No la toque otra vez.

La habitación se quedó quieta.

El ejecutor principal sostuvo su mirada. Tal vez esperaba gritos. Tal vez súplicas. Tal vez la caída de una Luna maltratada.

Recibió silencio.

—Debe entregar sus manos.

Sofía negó con la cabeza.

—No. Plata no. Por favor, no.

El ejecutor sacó los grilletes.

La plata no brillaba. Esa era la crueldad. No tenía belleza de joya, ni pureza de luna. Era gris, pesada, trabajada para herir. Cuando el primer aro tocó la muñeca de Valentina, su piel se enfrió hasta el hueso.

Su loba, que desde la noche del lago se movía a ratos bajo sus costillas, levantó la cabeza.

Después cayó.

No fue un gemido. Fue peor. Fue la ausencia de todo sonido.

El hueco en el pecho de Valentina se abrió como una habitación sin puerta.

Sofía soltó un sollozo.

Valentina no.

Miró los grilletes, luego al ejecutor.

—Vamos.

Atravesó el patio con la espalda recta.

Algunos sirvientes fingieron no mirar. Otros sí miraron, con esa hambre cobarde que tienen las casas enfermas cuando por fin ven caer a quien nunca pudieron doblar del todo.

En el corredor norte, Lucía apareció con un paquete de papeles apretado contra el pecho. Al ver los grilletes, se quedó blanca.

Valentina no pudo hablarle. Solo le sostuvo la mirada un segundo.

Lucía entendió.

No corras detrás de mí.

Corre hacia donde sirva.

La Omega bajó la cabeza apenas, giró y desapareció por un pasillo lateral.

Sofía quiso seguir el carruaje del Tribunal hasta la puerta exterior, pero el último ejecutor le cerró el paso.

—Las visitas se autorizan por escrito.

—¡Ella no hizo nada!

—Entonces el Tribunal lo decidirá.

Las puertas se cerraron entre ellas.

Por primera vez en tres años, Valentina salió de Hacienda Reyes sin pertenecer a esa casa.

Pero tampoco salió libre.

El Tribunal de la Manada Real estaba construido con piedra clara y ventanas altas en la fachada principal. Desde fuera parecía un templo de justicia. Desde dentro olía a cera apagada, tinta vieja y miedo guardado demasiado tiempo en pasillos sin sol.

A Valentina no la llevaron a una sala pública.

La bajaron por una escalera estrecha.

Cada peldaño tenía incrustaciones de plata en los bordes. Cada puerta tenía una cerradura de plata. En las paredes, los símbolos de la Diosa Luna estaban grabados con una severidad que parecía más amenaza que bendición.

La celda era pequeña.

No tenía ventana.

Tres paredes estaban revestidas con láminas de plata martillada. La cuarta era una reja de barras gruesas, también de plata. En el centro había una banca de piedra, un cuenco de agua y nada más.

El ejecutor le retiró los grilletes solo después de cerrar la puerta.

El alivio no llegó.

La plata de la celda estaba en todas partes. Entraba por la piel, por la respiración, por los espacios entre los pensamientos. Valentina apoyó una mano en el muro y la retiró de inmediato.

Frío.

Vacío.

Silencio.

Su loba no respondió.

Valentina se sentó en la banca.

Tenía el pecho hueco, pero el rostro sereno. Había aprendido eso en Hacienda Reyes: cuando el mundo te encierra, lo primero que intenta quitarte no es la libertad, sino la expresión. Quieren verte rota para confirmar que tienen poder.

Ella no les daría ese regalo.

Un juez entró a media tarde acompañado por dos escribanos. No se presentó por nombre. Tal vez pensó que una mujer arrestada debía reconocer la autoridad sin necesidad de detalles.

—Valentina Solano, ¿admite haber transferido bienes sin autorización de su esposo?

—Admito haber protegido mi dote.

El escribano levantó la pluma.

El juez frunció los labios.

—La dote de una Luna vinculada forma parte del equilibrio financiero de su manada mientras el enlace exista.

—El equilibrio no es propiedad.

—No estamos aquí para discutir filosofía.

—Entonces pregunte por números.

El juez la miró.

Valentina sostuvo la mirada.

—Pregunte qué libro contable declara esos bienes como comunes. Pregunte qué acta de Luna cedió mi dote a Hacienda Reyes. Pregunte por qué una denuncia de Manada del Valle pretende defender activos de Manada Reyes. Pregunte, señor juez, quién gana plata si yo soy declarada culpable.

Uno de los escribanos dejó de escribir durante un instante.

El juez golpeó la mesa con los dedos.

—Responda solo lo que se le pregunta.

—Entonces pregunte mejor.

La sesión terminó poco después.

No porque Valentina hubiera vencido, sino porque el Tribunal no esperaba que una mujer encerrada en plata aún pudiera ordenar una conversación.

Al anochecer, escuchó voces del otro lado del corredor.

Una de ellas era de Sebastián.

Valentina cerró los ojos.

No se acercó a la reja.

—El caso puede acelerarse —decía una voz masculina, quizá el juez—, si la parte afectada solicita revisión prioritaria.

Sebastián contestó:

—¿Y si se confirma la culpa?

Hubo un roce de papeles.

—Los bienes transferidos se congelan. La dote entera se reintegra a la administración de la Manada Reyes como compensación por daño patrimonial. La resolución también debilita cualquier Petición de ruptura del enlace presentada por ella.

Silencio.

Valentina sintió algo extraño.

No dolor. Ya no.

Cansancio.

El cansancio de escuchar a la misma persona fallar en distintas habitaciones.

Sebastián habló más bajo:

—La denuncia viene de del Valle.

—Con apoyo de administradores de su casa.

—Mi casa no autorizó...

Se detuvo.

Valentina abrió los ojos.

La frase quedó colgando, incompleta, como todas las veces en que Sebastián había encontrado el borde de la verdad y había elegido no cruzarlo.

El juez esperó.

Sebastián no terminó.

—Si el proceso se acelera —dijo al fin—, ¿cuánto tarda?

La pluma del escribano raspó el papel.

Valentina miró la pared de plata.

Por un segundo, recordó a Sebastián en el lago, mirando desde lejos el abrigo negro sobre sus hombros. Recordó la incomodidad en su rostro cuando Catalina fue degradada. Recordó algo que tal vez, en otra vida, podría haber sido conciencia.

Pero una conciencia que callaba para conservar ventaja era solo otra forma de cobardía.

Pasos se acercaron.

Sebastián apareció frente a la celda.

No venía vestido como esposo preocupado. Venía como Alfa que no sabía si una pérdida podía convertirse todavía en beneficio.

Valentina no se levantó.

—¿Estás satisfecha? —preguntó él.

Casi sonrió.

—¿Yo?

Sebastián apretó la mandíbula.

—Si no hubieras movido esos bienes, del Valle no tendría manera de acusarte.

—Si no hubieras permitido que extraños hablaran en nombre de tu casa, tampoco.

—No sabes todo lo que está en juego.

—Lo sé mejor que tú.

Él se acercó a la reja, pero la plata lo hizo detenerse a distancia.

—Todavía puedo pedir que te permitan volver a Hacienda Reyes mientras se investiga.

Valentina alzó la vista.

—¿A cambio de qué?

Sebastián no respondió de inmediato.

Ahí estaba.

El precio.

Siempre había un precio.

—Retira la Petición de ruptura del enlace —dijo él—. Declara que actuaste bajo malos consejos. Yo puedo...

—No.

La palabra fue tranquila.

Demasiado tranquila.

Sebastián la miró como si ella hubiera levantado un arma.

—Valentina, piensa bien.

—Eso hago.

—La plata te está afectando. Puedo olerlo.

—Qué talento tan tardío el tuyo.

El rostro de Sebastián se tensó.

Por primera vez, no parecía ofendido por el insulto. Parecía herido por haber reconocido algo verdadero en él.

Pero la herida no lo volvió mejor.

—No podré ayudarte si sigues así.

Valentina apoyó las manos sobre su falda arrugada.

—Nunca me ayudaste cuando era fácil hacerlo. No uses ahora la palabra como si pesara.

Sebastián se quedó quieto.

Después dio media vuelta.

No pidió nada al juez.

No defendió la dote.

No corrigió la denuncia.

Solo se fue.

La noche bajó sin luna dentro de la celda.

Valentina perdió la noción del tiempo. La plata no dolía como una herida abierta; dolía como una negación. Cada respiración recordaba al cuerpo que su loba no podía alcanzarla. Cada latido parecía venir desde lejos.

Se acostó de lado en la banca de piedra.

No lloró.

El llanto necesitaba un lugar seguro para caer.

Muy tarde, cuando los pasos del Tribunal ya se habían reducido a rondas espaciadas, el corredor cambió de sonido.

No fue más ruido.

Fue más orden.

Botas medidas. Metal militar. Una presencia que obligaba al aire a enderezarse.

Los guardias se pusieron firmes.

—Rey Alfa Montero.

Valentina abrió los ojos.

Damián apareció al otro lado de la reja.

Llevaba uniforme negro, sin capa, sin adorno innecesario. La luz de las antorchas tocaba el borde de su rostro y dejaba el resto en sombra. Emilio estaba dos pasos detrás, inmóvil.

—Despejen el corredor —ordenó Damián.

El juez de guardia intentó hablar.

—Su Alteza, por protocolo...

Damián no levantó la voz.

—Despejen el corredor.

El protocolo recordó de pronto que también tenía instinto de supervivencia.

Los guardias se retiraron. Emilio hizo una señal mínima y se quedó al final del pasillo, lo bastante lejos para no oír, lo bastante cerca para matar a quien hiciera falta.

Damián se acercó a la reja.

La plata separaba su olor.

Aun así, Valentina creyó percibir una sombra de pino bajo el metal frío.

No se incorporó de inmediato.

Estaba demasiado cansada para fingir que la visita no le importaba. Demasiado orgullosa para mostrar cuánto.

Al final se sentó.

—Rey Alfa Montero.

—Luna Valentina.

Él miró la celda una sola vez.

La mirada bastó para cambiarle el rostro sin mover ningún músculo.

—Cásate conmigo.

Valentina parpadeó.

El silencio que siguió fue tan brusco que hasta la plata pareció detenerse.

—¿Perdón?

—Cásate conmigo —repitió Damián.

No hubo temblor. No hubo dulzura ensayada. No hubo palabra de deseo, ni promesa con flores, ni disculpa por llegar con una frase imposible en una celda sin luna.

Era una orden presentada como solución.

O quizá no.

Valentina lo estudió.

No había Voz Alfa en la frase. Ninguna presión en el aire. Ningún intento de empujar su voluntad.

Solo urgencia comprimida hasta volverse piedra.

Damián continuó:

—Mientras la ruptura del enlace no sea formal, Reyes puede reclamar administración compartida. Del Valle usa esa grieta. Si haces un nuevo enlace antes de que el viejo sea confirmado por el Consejo, el enlace anterior queda jurídicamente anulado por incompatibilidad de vínculo. El nuevo cónyuge puede asumir la disputa patrimonial.

—Usted.

—Sí.

—¿Y mi dote?

—Pasaría a protección de territorio Montero mientras se resuelve el caso. La transferencia dejaría de ser fuga de activos Reyes y se convertiría en traslado legítimo de bienes personales hacia el territorio del nuevo esposo.

Valentina lo miró a través de las barras.

La plata lo volvía irreal. Rey Alfa, estratega, tormenta contenida. Había cruzado de noche el Tribunal para poner una salida frente a ella.

Una salida con forma de puerta.

También con forma de jaula.

—Lo ha pensado todo.

—No todo.

—¿Qué falta?

Por primera vez, Damián tardó en responder.

—Tu respuesta.

Valentina bajó la vista a sus muñecas. Aunque los grilletes ya no estaban, la marca fría seguía ahí.

Tres años atrás también hubo una solución.

Un matrimonio para salvar a Sebastián.

Un enlace para sostener una alianza.

Una hija entregada por un padre que habló de honor mientras contaba beneficios.

Después vinieron el cuarto lateral, los Brazaletes de la Luna arrancados de su dignidad, la sopa que no podía comer, las medicinas negadas, Catalina entrando como dueña donde ella apenas respiraba como invitada.

Luego la carta urgente a Don Ernesto.

La esperanza absurda de que un padre recordara que una hija también podía ser persona.

Y ahora otra solución.

Otro hombre poderoso diciendo que casarse resolvería el tablero.

Valentina se puso de pie.

La plata de la pared le mordió la espalda cuando se enderezó demasiado cerca. No retrocedió.

Caminó hasta la reja.

Damián no se movió.

Entre ellos había barras suficientes para contener lobos, pero no para suavizar una verdad.

—No.

La palabra no sonó fuerte.

No necesitaba.

Los ojos de Damián se oscurecieron apenas.

Emilio, al fondo, bajó la mirada.

Valentina siguió:

—Rey Alfa Montero, hace tres años fui una pieza entregada a Hacienda Reyes. Durante tres años fui herramienta de curación para mi esposo, inversión política para mi padre y estorbo para la familia del Valle. Cada persona que quiso usarme encontró una palabra honorable para cubrirlo.

Damián permaneció inmóvil.

—Ahora usted me ofrece una salida. Lo sé. También sé que, comparado con ellos, usted no viene a humillarme. No viene a tocarme sin permiso. No viene a exigirme gratitud.

El pulgar de Damián se cerró contra el costado de su mano.

—Pero aun así —dijo ella—, la salida que me ofrece vuelve a poner mi vida bajo el apellido de otro hombre.

Él no la corrigió.

Esa fue la primera grieta.

Otro Alfa habría discutido. Habría hablado de protección, de honor, de destino, de conveniencia. Habría explicado por qué su jaula era más amplia, más limpia, más alta.

Damián escuchó.

Valentina sintió que algo en su pecho, aunque la loba dormía, se mantenía de pie por ella.

—No quiero ser una pieza en ningún tablero. Ni del marido al que curé, ni del padre que negocia, ni de del Valle, ni siquiera de usted.

La última frase cayó entre ambos con el peso de una espada.

—Prefiero quedarme en esta jaula de plata —dijo Valentina— antes que escapar de una jaula saltando a otra.

El silencio duró tanto que una antorcha crujió.

Damián la miró.

Valentina sostuvo su mirada esperando, quizá, el golpe de poder que siempre venía después de negar a un Alfa.

No llegó.

Damián inclinó la cabeza.

Muy poco.

Pero fue una aceptación.

—Tienes razón.

Valentina no pudo ocultar del todo la sorpresa.

Él lo vio.

Algo parecido al dolor le cruzó los ojos, tan breve que pudo haber sido sombra.

—No debí presentar una vida como si fuera un movimiento militar.

No era una disculpa elegante.

Era mejor.

Era exacta.

Valentina apoyó los dedos en una barra, sin tocar del todo.

—Entonces entiende mi respuesta.

—La entiendo.

—¿Y se irá?

—Sí.

No dijo que no dolía.

No dijo que ella se equivocaba.

No dijo que cambiaría de opinión.

Damián dio un paso atrás. Después otro.

Al tercero se detuvo.

No giró.

—Pero no te quedarás aquí.

Valentina contuvo la respiración.

—Aceptes o no aceptes, no voy a permitir que permanezcas en esta celda.

La frase no sonó como posesión.

Sonó como promesa.

Damián se fue con la misma disciplina con que había llegado.

Emilio lo siguió, pero antes de doblar el corredor miró un instante hacia la celda. En su rostro, siempre entrenado para no decir nada, apareció algo que se parecía al respeto.

Valentina volvió a sentarse.

El Tribunal seguía siendo de plata.

Su loba seguía dormida.

Pero por primera vez desde la mañana, el vacío en su pecho no parecía infinito.

En Hacienda Montero, la luz del despacho ardió hasta después de medianoche.

Emilio dejó sobre la mesa tres carpetas.

—Los administradores que apoyaron la denuncia tienen deudas con acreedores asociados a del Valle. Dos recibieron pagos hace seis días. Uno viajó al territorio del Valle antes de declarar.

Damián leía sin sentarse.

—Nombres.

Emilio los recitó.

Damián escribió.

La pluma se movía rápida. Cada línea era una orden: congelar testigos, asegurar libros contables, revisar sellos, identificar al escribano que alteró la fecha de transferencia, abrir ruta directa hacia el Gran Alfa.

—El juez auxiliar que la interrogó —continuó Emilio— tiene un sobrino aceptado como aprendiz en una administración del Valle. No es prueba suficiente, pero sí presión.

—Consigue prueba suficiente.

—Sí, Mi Rey Alfa.

Damián escribió otra línea.

Se detuvo.

La ventana del despacho daba al patio interior. La luna estaba alta, blanca sobre las piedras. En el jarrón junto al escritorio, las Flores de Luna Plateada tenían los pétalos cerrados a medias por la noche.

Emilio vio la pausa.

Primera.

Damián volvió a escribir.

—Prepara una petición directa al Gran Alfa. Quiero revisión de legalidad de la orden de arresto antes del amanecer.

—El Tribunal protestará.

—Que proteste con las manos limpias, si puede.

Emilio tomó nota.

Damián siguió escribiendo.

Otra pausa.

Miró hacia la luna.

Segunda.

Emilio fingió revisar una carpeta.

—También localizamos a Sofía. Intentó entrar al Tribunal por la puerta de servicio dos veces. La segunda casi muerde a un guardia.

La pluma de Damián se detuvo.

—¿Casi?

—Recordó que era mala estrategia.

—Bien.

—Lucía está moviendo copias contables hacia un archivo seguro. No pidió ayuda, pero nuestros hombres cubrieron las calles.

—Que no los vea.

—Sí, Mi Rey Alfa.

Damián firmó la primera petición.

Se detuvo de nuevo.

Tercera.

La luz de la luna le tocó los nudillos. Emilio notó marcas rojas en la palma, donde se había clavado las uñas mientras escuchaba a Valentina rechazarlo.

No comentó.

Había cosas que un Beta inteligente enterraba para seguir vivo.

Damián tomó otro papel.

—Añade una instrucción.

—¿Cuál?

—Nadie volverá a ponerle grilletes de plata sin mi autorización directa.

Emilio levantó la vista.

—El Tribunal dirá que usted no tiene competencia sobre una detenida bajo orden del Gran Alfa.

Damián lo miró.

—Entonces escribirán eso. Con firma.

Emilio bajó la cabeza.

—Entendido.

En la celda, Valentina despertó por un roce en la pared.

Al principio pensó que era la plata trabajando otra vez contra su piel. Luego oyó un susurro.

—Mi señora.

Valentina se incorporó.

—¿Sofía?

—Bajito. Hay una grieta junto al canal de ventilación. Lucía distrajo al guardia con una bolsa de cuentas falsas.

Valentina cerró los ojos un instante.

—Están locas.

—Sí, mi señora. Pero de forma útil.

Una risa casi nació en la garganta de Valentina. No llegó a salir.

—¿Estás bien?

—Yo sí. Usted no. No me mienta.

Valentina miró la pared de plata.

—Sigo aquí.

—Eso no es lo mismo.

No.

No lo era.

Pero por ahora bastaba.

Sofía respiró al otro lado del muro.

—Llegó carta de Don Ernesto.

El cuerpo de Valentina se quedó inmóvil.

La celda pareció hacerse más pequeña.

—¿Mi padre respondió?

—Sí. Dice que llegará en tres días.

Tres días.

Valentina apoyó la mano en la banca.

La carta urgente había tardado en regresar con forma de persona.

—¿Viene a apoyar la ruptura?

El silencio de Sofía fue la respuesta antes de la voz.

—Mi señora...

Valentina sintió que el frío de la plata subía desde el suelo.

—Dilo.

—La carta dice otra cosa.

Sofía tragó saliva.

—Don Ernesto escribió que ya habló con Don Fernando del Valle. Que si el enlace con Sebastián se rompe, usted no puede quedar sin protección masculina. Dice que... que negoció condiciones.

Valentina no se movió.

—¿Qué condiciones?

La voz de Sofía tembló.

—Planea casarla con otro hijo de la familia del Valle.

Durante un segundo, Valentina no oyó la plata, ni el Tribunal, ni su propia respiración.

Solo vio un tablero.

Sebastián en un lado.

Don Fernando del Valle en otro.

Don Ernesto Solano moviendo una pieza con rostro de hija.

Y ella, en medio, dentro de una celda construida por todos.

Valentina abrió los ojos.

No lloró.

La hija que esperaba a su padre murió en silencio.

La mujer que quedaba apoyó la espalda contra la pared de plata, sintió el frío morderle la piel y sonrió apenas.

—Entonces —murmuró— tendremos que romper más de un enlace.

1
Nana Pelaez
24 capítulos y ella feliz sufriendo 😭😭😭
Marleys Sofia Cervantes
uffffffffffffffffffff
Marleys Sofia Cervantes
👏👏👏👏👏👏👏
Carla Carvajal
autora quise leer algunas de tus obras, ninguna de las que escogí está terminada, espero puedas terminar esta y sigas con las otras
Natt_Lpz
ne encanta.. pero creo q sabemos q Valentina es fuerte feroz pero xq sufrir tanto? me parte el alma 💔
gabriel rios
es el final o va a seguir
Carla Carvajal
ojalá está novela no sea tan larga, las novelas cuando comienzan a ser rebuscadas suelen aburrir al lector, solo es mi opinión, aburre leer muchos capítulos
Marleys Sofia Cervantes
Alguien sensato
Marleys Sofia Cervantes
Valentina es
Lola calamidades
Sofia Carruso
👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏
muy bien Damián
Marleys Sofia Cervantes
Hay va arder troya
Marleys Sofia Cervantes
Valentina si lleva porrazos
porrazos viene
porrazos van
Marleys Sofia Cervantes
le están buscando 5 patas al gato
Zaida Sanchez
toda esa gente no vale la
Zaida Sanchez: no valen la pena de sus esfuerzos 😡
total 2 replies
Marleys Sofia Cervantes
pisando en terreno mojado
Marleys Sofia Cervantes
Esa Catalina es un grano en la nalga
Marleys Sofia Cervantes
👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏
valentina
Marleys Sofia Cervantes
Doña aurora tiene más pelota que un poco jajajajaja y está vieja me imagino en sus años mosos
Marleys Sofia Cervantes
1 más 1 2
y estos ufff no se que esperan
Lilian Benitez
🤔no está completa
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play