Tras la trágica muerte de sus padres, Tom llega destrozado al orfanato de Santa María. Allí encuentra una luz en la pequeña Alesandra. Unidos por la soledad, los niños se vuelven inseparables y sellan una promesa inquebrantable bajo el solsticio: un día se casarán. Sin embargo, las leyes separan sus caminos; él se marcha a los 18 años hacia la capital financiera y ella es adoptada por una familia en España.
Diez años después, Tom regresa convertido en el temido "especialista de los números" de Londres, un multimillonario implacable dispuesto a usar todo su poder para encontrarla. Cuando un peligroso sindicato criminal ataca a la familia de Alie en Madrid, los hilos del destino colisionan. En mitad de un peligro mortal y secretos de sangre, el hombre de piedra arriesgará su imperio para blindar la vida de su única constante. ¿Podrán los lienzos del pasado vencer las sombras del mañana?
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CAPITULO 24. EL DESPERTAR DE LA BRUJULA
La realidad del despacho de la Castellana pareció desvanecerse en un milisegundo. Ante la revelación implícable de aquellas metáforas de la infancia, Alie reaccionó por puro instinto emocional: dio un paso al frente, acortó la distancia que la separaba del imponente CEO y permitió que Tom la envolviera de nuevo en un abrazo protector. Esta vez, sin embargo, el contacto no fue un rescate accidental en mitad del tumulto de la pista de Barajas; fue el reencuentro consciente y desgarrador de dos almas que se habían buscado a través del océano durante siete largos años.
Alie hundió el rostro en el pecho de Tom, aspirando ese aroma a madera de cedro y cuero que ahora formaba parte de su identidad adulta. Las lágrimas, contenidas durante tantas noches de soledad periodística en Madrid, resbalaron en silencio por sus mejillas, empapando la fina tela del traje negro a medida del especialista de los números. Tom la apretó contra sí con una fuerza implacable, sepultando sus dedos firmes en la cabellera castaña de la joven, como si quisiera convencerse a sí mismo de que el algoritmo de su búsqueda no había cometido ningún error de cálculo.
—Te encontré, Alie —susurró Tom contra su oído, y su voz ronca experimentó un sutil quiebre emocional que Gustav, desde el otro extremo de la sala, registró con un asentimiento de profundo respeto—. Te prometí que construiría un lugar seguro donde esperarte, y he cumplido mi palabra. El especialista de los números nunca se olvidó de su ancla.
Alie se separó de forma pausada, levantando la vista sin romper el contacto de sus manos, que permanecían entrelazadas con una fijeza desesperada.
—Es imposible, Tom... —articuló ella, limpiándose una lágrima con el dorso de la mano—. Te busqué durante el primer año en España. Envié cartas al condado de Kent, pero la oficina postal las devolvía y las estrictas políticas de confidencialidad de la adopción me impidieron obtener un solo dato tuyo. Pensé que el tiempo te había llevado por otro camino... que me habías olvidado entre los rascacielos de Londres.
—Nunca —dictaminó Tom con una seriedad inquebrantable—. Pasé cinco años vulnerando los registros gubernamentales británicos junto a Gustav, chocando contra los búnkeres analógicos del Estado. Si he trasladado la firma financiera a Madrid, si he inyectado esos diez millones de euros en tu periódico esta mañana, ha sido con el único propósito de blindar tu entorno y tener el derecho legal de estar a tu lado. No voy a permitir que nadie vuelva a apartarte de mí, Alie.
Elisa Peña y Gustav, que habían mantenido su coqueteo técnico en un rincón para otorgarles privacidad, se acercaron de manera paulatina. Elisa observaba a su mejor amiga con los ojos abiertos de par en par, asimilando que el imponente "hombre de piedra" de la City de Londres era, en realidad, el héroe de ojos de musgo sobre el que Alie llevaba años escribiendo en sus cuadernos ocultos.
—Bueno, jefa... —intervino Elisa en un hilo de voz, visiblemente conmovida por la escena—. Parece que tus novelas románticas se quedan muy cortas en comparación con la realidad de la Castellana. El especialista en blindajes de allí resulta ser tu brújula inglesa.
Alie sonrió de medio lado, con las mejillas encendidas por la timidez, pero sin soltar la mano de Tom. Gustav se colocó al lado de su socio, adoptando una expresión seria que interrumpió la magia del reencuentro de forma abrupta. El informático rubio encendió de nuevo su terminal de datos, mostrando una serie de alertas que parpadeaban en rojo.
—Lamento romper el clímax, economista, pero mis rastreadores informáticos acaban de detectar un movimiento sospechoso en la red de la policía municipal —anunció Gustav, mirando fijamente a Tom y a Alie—. Los agentes que custodian el parking de El Eco Local acaban de detener a un individuo que intentaba colocar un artefacto incendiario en los sótanos de la rotativa. El sospechoso tiene antecedentes por vinculaciones con la mafia inmobiliaria de la costa. Alie... la editorial de portada que has publicado esta mañana ha acelerado los planes de esos delincuentes. Ya no solo quieren asustar a tu familia; quieren reducir el periódico a cenizas antes de que el cierre editorial del próximo mes salga a la luz.
Tom apretó los dedos de Alie con una fijeza protectora, y su mirada verde recuperó de inmediato esa frialdad calculadora que infundía respeto en las salas de juntas. El thriller dramático y el peligro real volvían a golpear con fuerza la estabilidad de su presente español.