Un amor roto por mentiras renace entre el deseo y el rencor. Aura regresa con un secreto que lo cambia todo: un hijo. Mauricio nunca dejó de amarla, pero el engaño los separó. Entre pasiones, verdades ocultas y una rival obsesiva, el destino los enfrentará nuevamente.
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Capítulo 3: Lo que no se olvida
El recuerdo llegó sin aviso.
Como una herida que nunca cerró del todo… y que ahora sangraba otra vez.
Aura estaba frente a su computadora, pero no veía la pantalla. Sus ojos estaban fijos, perdidos en un punto inexistente, mientras su mente la arrastraba de regreso a ese momento… a esa oficina… a esa mirada.
A él.
A cómo todo comenzó.
—Señorita Valentín.
No reaccionó.
—Señorita Valentín —la voz se volvió más firme.
Nada.
—¡Señorita Valentín!
Aura parpadeó, regresando de golpe a la realidad.
Giró el rostro, encontrándose con la mirada severa de su jefe.
—Señorita Valentín, le estoy hablando… ¿dónde está el informe que le pedí?
Se incorporó ligeramente en su asiento, buscando con rapidez entre los documentos ordenados sobre su escritorio.
—Aquí está, señor Manrique… disculpe —respondió, extendiéndole el archivo con manos firmes… aunque por dentro no lo estaban.
El señor Manrique tomó el informe sin dejar de observarla.
Sus ojos eran analíticos.
—Estás en otro planeta hoy —comentó con tono serio—. La falta de atención en el trabajo no es propia de ti.
Aura sostuvo su mirada, obligándose a mantener la compostura.
—No volverá a pasar.
Él asintió levemente, pasando las páginas del documento.
—Espero que no. Tu desempeño ha sido impecable desde que entraste… no empieces a fallar ahora.
—No lo haré.
Un último vistazo.
Luego, Manrique cerró la carpeta.
—Bien. Continúa con el análisis del tercer trimestre. Lo necesito antes del final del día.
—Sí, señor.
Sin decir más, se dio la vuelta y se alejó.
Aura permaneció inmóvil unos segundos.
Hasta que el sonido de sus pasos desapareció por completo.
Y entonces…
El aire pareció abandonarla.
Se dejó caer ligeramente contra el respaldo de la silla, cerrando los ojos por un instante que pesó demasiado.
El dolor volvió.
Fuerte y claro.
—¿Cómo fui capaz de creerle todo…? —susurró apenas, con la voz rota.
Su pecho se apretó.
Las imágenes no se iban.
Su sonrisa.
Su voz.
—¿Cómo fue capaz de engañarme…? —murmuró, apretando los dedos contra el escritorio.
Una punzada le atravesó el corazón.
Se llevó una mano al pecho, como si pudiera calmar ese dolor físico que no tenía nada de físico.
—¿Por qué no puedo olvidarlo…?
Aura soltó una pequeña risa amarga, negando con la cabeza.
Sus ojos se desviaron instintivamente hacia la fotografía pequeña que mantenía discretamente en un rincón de su escritorio.
Christopher.
Su hijo.
El reflejo vivo de lo que una vez fue amor.
—No puedo… —susurró, su voz quebrándose apenas—. No puedo olvidarlo…
Porque cada día…
Lo veía en él.
En su mirada.
En sus gestos.
En esa forma de sonreír que a veces le robaba el aliento.
Sus labios temblaron levemente.
—Tengo a un pequeño que me recuerda a ti… todos los días.
El silencio se volvió más pesado.
Un pensamiento cruzó su mente sin permiso.
¿Habrá nacido…?
Sus ojos se tensaron.
¿El hijo de él con Silvana?
La sola idea le revolvió el estómago.
Sintió un nudo en la garganta.
Pero negó con la cabeza de inmediato, como si quisiera expulsar ese pensamiento.
—No… —murmuró, enderezándose en su asiento.
No podía permitirse esos pensamientos.
Tomó aire profundamente.
Una vez.
Dos.
Tres.
Se secó con rapidez la humedad que amenazaba con traicionarla.
Y volvió a mirar la pantalla.
Aura Valentín regresó a su lugar.
La analista de planificación estratégica.
La mujer que no fallaba.
La que no se quebraba.
Aunque por dentro…
Siguiera hecha pedazos.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
La puerta se abrió sin previo aviso.
—Cariño… —la voz de Silvana irrumpió en la oficina con una ligereza que contrastaba con el ambiente rígido del lugar— vine para que me lleves a comer.
Mauricio no levantó la mirada de los documentos que revisaba.
Ni siquiera pestañeó.
—Esta no es tu casa —respondió con frialdad—. Toca antes de entrar.
Silvana se detuvo a medio camino, pero su sonrisa no desapareció. Era perfecta. Practicada.
—Ay, Mauricio… no exageres —replicó, acercándose con pasos seguros, como si nada la afectara—. Solo quiero pasar un rato contigo.
Él firmó un documento sin prisa.
—No me llames cariño. Y si quieres comer, ve tú.
El silencio que siguió fue breve… pero denso.
Silvana apretó ligeramente los dedos contra su bolso, pero mantuvo el rostro relajado.
—Anda… vamos —insistió, inclinándose un poco sobre el escritorio, buscando su mirada—. Has estado trabajando demasiado. Te hará bien despejarte.
Mauricio alzó los ojos por fin.
Y la miró.
—Ya te dije que no.
No hubo espacio para interpretación.
No hubo suavidad.
—Tengo trabajo.
Silvana sostuvo su mirada un segundo más.
Solo uno.
Antes de sonreír de nuevo, como si nada.
Como si no le doliera.
—Está bien… —respondió con ligereza, incorporándose—. Solo pensé que—
—Espero que el diseño de la portada de la cerveza esté listo —la interrumpió él, cortando la frase sin miramientos—. Porque estás aquí perdiendo el tiempo.
Por dentro, algo en Silvana se tensó.
Se quebró un poco más.
Estaba cansada.
Cansada de sus desplantes.
De su indiferencia.
De ser invisible frente a él… cuando había hecho tanto para ocupar un lugar que no le pertenecía.
Pero no lo mostró.
Nunca lo hacía.
—Por supuesto que está listo —respondió con una sonrisa impecable—. Sabes que siempre cumplo.
Mauricio volvió la vista a los papeles.
—Entonces entrégalo a marketing.
Eso fue todo.
Silvana lo observó unos segundos más.
Esperando.
Quizá… algo.
Una mirada distinta.
Un gesto.
Cualquier señal.
Pero no hubo nada.
Solo ese hombre distante.
Inalcanzable.
El mismo que una vez creyó que podría tener.
Su sonrisa se tensó apenas.
Imperceptible.
—Nos vemos luego… —dijo finalmente, con un tono suave que ya no sentía.
Mauricio no respondió.
Ni siquiera levantó la vista.
La ignoró.
Como siempre.
Silvana giró sobre sus tacones y caminó hacia la puerta.
Pero justo antes de salir…
Su expresión cambió.
La sonrisa desapareció.
Sus ojos se endurecieron.
—No siempre vas a poder ignorarme… —susurró para sí misma, apenas audible.
Y salió.
La puerta se cerró.
Dejando atrás…
un silencio que ya no solo era frío.
Mauricio dejó el bolígrafo sobre el escritorio con un movimiento seco. Sus ojos se perdieron por un instante en la nada, antes de que, casi por impulso, abriera el cajón inferior.
Entre documentos antiguos y papeles que nunca se molestó en ordenar, sus dedos encontraron una fotografía.
La sacó.
Aura, vestida de blanco, sonriendo como si no existiera nada más. Sus ojos brillaban… llenos de vida, de amor… de algo que él había creído eterno.
Mauricio apretó la mandíbula.
Sus dedos se tensaron alrededor de la foto, como si quisiera romperla… pero no lo hizo.
No podía.
—Te odio… —murmuró, su voz baja, cargada de una emoción que no quería nombrar—. Te odio con cada fibra de mi cuerpo.
Sus ojos recorrieron el rostro de Aura en la imagen.
Deteniéndose.
Recordando.
Sintiendo… más de lo que debía.
—¿Dónde estarás…? —añadió, casi en un susurro áspero.
El pensamiento llegó solo.
Y le quemó.
Su mirada se endureció aún más.
—¿Será que ahora estás viviendo en la bigamia…?
Una risa amarga escapó de sus labios.
Cerró los ojos un segundo.
Con un movimiento brusco, devolvió la fotografía al cajón y lo cerró de golpe.
Se quedó quieto.
Respirando hondo.
Tratando de recuperar el control.
perp cuando veas la realidad haber si vas a llorar y rogar para pedir perdón hombre...
ya deja de comportarte como niño y aprende a ser hombre ..e investiga qué fue lo que paso en realidad porque esa silvana e una culebra ponsoñosa ...