Kira es una loba fuerte y decidida, el tesoro más resguardado de la manada central. Durante la noche de su vigésimo cumpleaños, frente a la gran piedra ancestral, su destino parece sellarse al estallar el lazo de pareja con Jared, el Alfa del Este. A pesar de las dudas de su padre y sus hermanos mayores, Kira marcha con él a sus tierras, pero la convivencia no es lo que esperaban: el vínculo se siente vacío, no hay pertenencia y el dolor no aparece cuando deciden rechazarse de mutuo acuerdo.
Tras regresar a su hogar sumida en la incertidumbre, su tía le propone un viaje desesperado hacia el Reino de la Noche para buscar la sabiduría del vampiro Vlad. Allí, la Bruja Madre le revelará una maldición ancestral que pesa sobre la tercera generación de su sangre, condenándola a un desfile de parejas falsas. ¿Podrá Kira romper el castigo de la deidad y reconocer el verdadero latido de su corazón cuando el enigmático Aidan se cruce en su camino? Descúbrelo en el quinto y último libro de la saga
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CAPITULO 22. EL RETORNO DE LA SANGRE
El salón circular de la casa de la manada se convirtió en un verdadero hervidero de tensiones en cuanto los líderes de las manadas unificadas tomaron asiento alrededor de la inmensa mesa de madera. La reunión de urgencia masiva había comenzado con un choque inevitable de opiniones encontradas; los Alfas debatían a voz en grito, compartiendo planes de defensa y exigiendo medidas contundentes frente a la presencia de los humanos en las fronteras secundarias. Mi padre intentaba mediar desde la cabecera, mientras mis hermanos mayores evaluaban las mallas de los informes con el semblante endurecido. El ambiente era sofocante, colmado de una crispación sorda que nos asfixiaba el espíritu a todos por igual.
En pleno auge de discusiones y estrategias cruzadas, las pesadas puertas dobles de la entrada se abrieron de par en par con un sonido seco que congeló el rumor de las voces de inmediato.
El viejo Vlad cruzó el umbral de la vivienda, desprendiendo esa imponente energía protectora que siempre infundía un remanso de paz absoluto en mitad del caos. Sin embargo, en esta mañana, el monarca del Reino de la Noche no avanzaba en solitario. A su lado caminaba un joven que me obligó a contener la respiración en un parpadeo. Era su hijo, Aidan, un imponente híbrido de lobo y vampiro que acababa de regresar del extranjero tras pasar meses cerrando tratados comerciales en las fronteras lejanas.
Aidan vestía con una elegancia moderna, y sus facciones afiladas portaban un magnetismo tan inmenso que todas las miradas del consejo se clavaron en su estampa. En el segundo exacto en que dio un paso hacia el centro de la habitación y sus pupilas oscuras se cruzaron con las mías, un hormigueo ardiente, caliente y profundamente romántico me recorrió las venas de forma instantánea. No fue un chispazo eléctrico artificial en la piel, ni la inercia de una farsa biológica forzada; fue una corriente de afecto puro, tierno y sobrecogedor que me caló hasta los huesos, obligando a mi loba, Vesta, a soltar un suspiro de auténtica felicidad en mis adentros. Sentí una complicidad natural tan real que me devolvió la cordura de golpe, recordando la profecía de la Bruja Madre: mi corazón nunca se dejará engañar cuando perciba los sentimientos tan profundos que emanarán al estar cerca de mi verdadera pareja.
Aidan me dedicó una sonrisa de lado, dulce y colmada de una sensibilidad hermosa que disipó toda mi agónica melancolía, antes de posicionarse junto a su padre frente al escritorio de piedra, manteniendo una templanza admirable que venció los celos protectores que mis hermanos mayores comenzaron a irradiar al notar nuestra conexión.
Vlad dio un paso al frente, barriendo el salón circular con sus ojos fijos, libre de preámbulos formales, modulando su respiración para silenciar por completo a los Alfas de la corona.
—Agradezco vuestra hospitalidad, Alexei —comenzó el viejo vampiro con su voz profunda, ronca y pausada, inyectando una fijeza seria en el consejo—. He viajado a máxima velocidad junto a mi hijo porque las mallas de nuestra red de información por fin han dado frutos reales. Sabemos perfectamente quién se oculta tras las sombras del bosque y quién ha contratado a esos rastreadores humanos para vigilar vuestro territorio de origen.
Mi padre se cruzó de brazos, adoptando una postura rígida, reflejando en sus facciones la inmensa gravedad de la situación.
—Habla de una vez, Vlad —le urgió mi padre con total firmeza—. Mis hijos mayores y mis sobrinos han blindado los perímetros, pero necesitamos certezas para erradicar este sabotaje de las aduanas.
—Cuando vuestras guardias unificadas terminaron de forma definitiva con el tirano Lionel en las batallas del pasado, cometimos el error de pensar que la carnicería espiritual había concluido —explicó Vlad con una seriedad que nos heló la sangre—. Pero nunca se encontró el cuerpo ni el paradero de su brazo derecho, el general Valerius. Mi hijo Aidan y yo llevábamos meses siguiendo su pista en la negrura, cruzando continentes y haciendo pactos secretos con otros clanes de vampiros para descubrir dónde se escondían los supervivientes de aquella facción radical.
Aidan dio un paso al frente, apoyando sus manos sobre la mesa de madera con una madurez admirable, continuando el desgarrador informe de su padre con un tono claro y seguro.
—Valerius ha estado construyendo un imperio de sombras en los desfiles del norte durante estos seis años de supuesta tranquilidad —reveló Aidan, clavando sus ojos fijos en mis hermanos mayores—. Actualmente, tiene una manada de lobos rebeldes y un clan de vampiros apóstatas apostados en las fronteras heladas, liderados de forma directa por su propio hijo. Están armados con tecnología humana avanzada y magia residual oscura, dispuestos a perpetrar una arremetida frontal masiva para vengar la muerte de Lionel y destruir la casa de la manada central.
Las declaraciones del híbrido desataron un desborde de murmullos y una seria preocupación en los rostros de mis primos y mis cuñadas. La incógnita del complot territorial por fin se había despejado, revelando que estábamos ante el preludio de una guerra absoluta. La farsa de mis parejas falsas se disolvía ante la realidad de una inminente tempestad que pondría a prueba la templanza de todas las coronas, pero al mirar de reojo la protección fuerte y la ternura inmensa que emanaban de los ojos de Aidan, comprendí en secreto que el mañana de nuestra estirpe encontraría en su presencia el escudo definitivo para romper el maleficio y ganar la batalla final que limpiaría nuestro porvenir para siempre.