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Me condenaste por amarte

Me condenaste por amarte

Status: En proceso
Genre:Maltrato Emocional / Embarazada fugitiva / Triángulo amoroso / Amante arrepentido
Popularitas:109
Nilai: 5
nombre de autor: Fabiana Luna

Lucía Suárez amó a Adrián Beltrán durante doce años. Él le respondió con humillaciones, una condena injusta y la pérdida de su bebé.
Para Adrián, su esposa era una mentirosa, una mujer sucia capaz de cualquier cosa. La inocente siempre era otra: Valeria, la amante a la que protegía mientras Lucía lo perdía todo.
Ahora Lucía ha salido de prisión. Ya no quiere suplicarle amor. Quiere recuperar su vida y hacerles pagar cada mentira, cada golpe y todo lo que le arrebataron.
Pero Adrián no está dispuesto a dejarla ir.
Cuando la verdad lo obliga a arrodillarse y pedir otra oportunidad, ella solo tiene una respuesta:
—¿Quieres que te perdone? Entonces muérete.

NovelToon tiene autorización de Fabiana Luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23

Capítulo 23. Un cambio radical

Cada palabra fue sal sobre las heridas abiertas de Lucía. El dolor le llegó hasta los huesos y la dejó casi entumecida.

Soltó una risa triste, desolada.

Era tan cruel que hasta negaba que aquella criatura hubiera existido.

Por una mujer tan retorcida y venenosa, ¡había sido capaz de reducir a su propia hija a cenizas y esparcirlas!

Lucía creía que su corazón llevaba mucho tiempo muerto. Que ya no podía dolerle.

Pero, al encontrarse con él, todas las heridas volvieron a arder hasta lo más hondo.

—Apenas salió de prisión y ya vino a buscarme problemas. Tengo miedo, Adrián. Miedo de que vuelva a lastimar a nuestro bebé. Ya nos mató a uno. No quiero que pase otra vez.

Valeria se apoyó contra él, delicada, con los ojos llenos de lágrimas.

Sus palabras parecían inocentes. Estaba encendiendo su furia a propósito.

Adrián frunció el ceño de inmediato. Su mirada oscura y aterradora se cerró sobre Lucía.

—¿Tres años te parecieron pocos? Si quieres volver, dímelo. ¡No vuelvas a molestar a Valeria!

La apartó de un empujón y la amenazó con una voz helada. Defendía a Valeria y le permitía todavía más cosas que antes.

Lucía perdió el equilibrio y cayó. El dolor de todo el cuerpo le provocó un temblor.

Pensó en las palizas y el tormento de más de mil noches. El corazón empezó a latirle con miedo.

No quería volver a aquel lugar donde nunca entraba la luz.

Apretó los dientes y los puños. En sus ojos, el amor que había llevado grabado tan hondo cambió por completo.

¡Odio!

Odiaba las atrocidades de Valeria. Odiaba la crueldad de Adrián. Y, sobre todo, odiaba que él le permitiera hacer tanto daño una y otra vez, actuando por ella o dejándola actuar.

¿Por qué tenía que pagar su pequeña por una mujer tan ruin y venenosa?

¡La que debía estar muerta era Valeria!

—Vámonos, Adrián. Nuestro niño cumple dos años hoy. No hagamos esperar a mis padres.

Valeria lo dijo con voz melosa, lo tomó del brazo y se volvió.

A Lucía le dieron otra cuchillada en el corazón.

Qué ironía.

Su hija, a la que habían matado, también cumplía años ese día.

Si estuviera viva, también tendría dos.

Los vio alejarse juntos. Le ardieron los ojos como si le clavaran agujas.

¿A qué clase de hombre se había empeñado en amar durante tantos años?

Las promesas hermosas de la infancia se habían convertido en un sueño vacío. Por fin había llegado la hora de despertar.

…

Le dio a su pequeña una tumba junto a la de su abuelo.

Cuando Natalia supo lo ocurrido, perdió los estribos. Agarró un cuchillo de cocina y quiso ir a exigirles cuentas a Adrián y a Valeria. Lucía la detuvo.

Con el poder y la familia que tenía Adrián, nadie en Puerto Real se atrevía a meterse con él.

Ahora Valeria también pertenecía a una de las cuatro grandes familias. Enfrentarse a ella podía dejar a cualquiera sin lugar en la ciudad.

No quería que Natalia se metiera en problemas por su culpa.

Después de enfrentar aquel dolor, Lucía decidió empezar de nuevo.

Tenía que levantarse entre todas aquellas espinas. Solo así podría vengarse por ella y por la hija que había perdido.

Dos días después empezó a trabajar en la nueva empresa.

Todavía tenía heridas en el rostro. Las ocultó con corrector.

Apenas llegó, antes de poder acomodarse, la llamó su superior, Irene Vega.

Irene parecía una ejecutiva decidida. Era bonita, vestía a la moda y siempre llevaba el rostro serio. A Lucía le dio algo de miedo. Temía hacer algo mal y no superar el periodo de prueba.

Pero Irene le habló con cortesía. Le dijo que fuera poco a poco y que no se pusiera nerviosa.

Lucía creyó que era una mujer reservada, de aspecto frío pero buen corazón. A la hora de comer la vio sentada con varias compañeras en el comedor. Tenía una sonrisa llena de desprecio.

—Esa Lucía es una inútil. No hace nada bien. Si la dirección no hubiera exigido contratarla, ni me habría molestado en mirarla.

El corazón se le aceleró.

¿Quién había dado la orden de contratarla? Recordó haber visto a Valeria frente al edificio. ¿La empresa pertenecía a los Montes?

—¡Una mujer que estuvo presa, se prostituyó y tiene antecedentes de plagio en nuestro departamento! ¡Me da asco! ¿Todavía quiere participar en nuestros diseños temáticos? Va a ensuciarlo todo.

La burla era abierta. No se parecía en nada al trato cortés de antes.

Aquellas palabras terminaron de convencer a Lucía de que Valeria tenía algo que ver con la empresa.

Solo ella se encargaba de difundir mentiras sobre su pasado por todas partes.

Adrián era cruel, pero no perdería el tiempo en algo así.

Había soportado un dolor que le atravesaba el corazón. Ahora podía escuchar aquellas calumnias con calma.

Se acercó. Las dos mujeres que comían con Irene la vieron y se quedaron calladas, incómodas. Le hicieron señas con los ojos.

Pero Irene siguió insultándola. —También me dijeron que drogó al señor Beltrán para meterse en su cama. ¡Qué rastrera! Yo jamás podría hacer algo así. ¡Solo una puta como ella puede tener tan poca vergüenza!

Continuó hasta notar las caras extrañas de sus compañeras. Se volvió, confundida. Lucía estaba justo detrás.

Irene se quedó quieta un instante. Después frunció el ceño. —¿Ya terminaste lo que te encargué? ¿Qué haces detrás de mí, parada como una muerta?

Lucía sonrió con calma. —Nada. Solo quería ver cómo una mujer tan decente como usted dice una cosa de frente y otra a espaldas de la gente. Seguro que tampoco habla mal de estas dos compañeras cuando ellas no están, ¿verdad?

Las dos mujeres pusieron mala cara. A Irene se le descompuso el rostro.

Se levantó de golpe, furiosa. —¡¿Qué estás insinuando?! ¡¿Quieres seguir trabajando aquí o no?!

El comedor estaba lleno a esa hora. Todos se volvieron a mirar.

Sin perder la calma, Lucía se quitó la credencial del pecho y se la arrojó a la cara. —¡Pues resulta que no!

—¡Tú…! —Irene se puso lívida. La señaló sin poder seguir hablando.

Lucía se volvió con decisión. En la entrada del comedor había dos personas: Valeria e Inés.

Por Valeria solo sentía odio. Inés, en cambio, seguía despertándole una cercanía inexplicable, a pesar de cómo la juzgaba. Pero la mirada que recibió de ella estaba llena de desprecio.

El corazón se le hundió sin saber por qué. Para evitar más problemas, fue hacia la salida. Valeria la agarró al llegar.

—No te pongas así, Lucía. Sé que necesitas trabajo. Me costó mucho convencer a mamá de guardarte este puesto. No hagas berrinches. ¡Trabaja como es debido!

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