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NICOTINA Y NIEVE

NICOTINA Y NIEVE

Status: En proceso
Genre:Omegaverse / ABO / CEO
Popularitas:3.4k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Adrien Laurent, 19 años, pensó que ser Beta era una bendición.

En una familia de Alfas, ser Beta significaba ser invisible. Y ser invisible era la única forma de sobrevivir a su madrastra y a su hermanastra después de la muerte de su padre. Cansado de ser tratado como empleado en su propia casa, huye a Montreal con una maleta y renta un estudio helado.

Para pagar la universidad y el depa, toma el turno de noche en el Dépanneur Lumière, una tienda de conveniencia 24/7.

A las 23:47 siempre entra él: Julien Moreau, 42 años, Alfa entero, alto, guapo, de abrigo negro, que solo compra whisky barato y cigarros. Hasta que Adrien empieza a sentirse mal. Fiebre, dolor, un aroma dulce que no debería tener un Beta.

No es un Beta. Es un Omega de presentación tardía, y su primer celo está a punto de llegar. Y el Alfa de la tienda ya lo olió primero.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 6: 23:47

La segunda noche Ginette me dijo algo antes de irse.

Me dijo, si viene el del abrigo negro, no le hables mucho. Cobra y listo.

Le pregunté quién era. Me dijo que no sabía su nombre. Que venía hace como dos años, siempre a la misma hora. Que compraba siempre lo mismo y que nunca se quedaba a conversar. Que una vez le había dejado propina de veinte dólares por nada.

"Il est bizarre, mais il paye", me dijo. Y se fue con su gorro de lana.

Me quedé solo otra vez con el delantal azul. Eran las once. Afuera hacía menos dieciocho y nevaba de lado, como si alguien tirara la nieve con rabia.

Me sentía peor que la noche anterior. Me dolía todo el cuerpo, pero no como cuando te resfrías. Era más abajo, en la espalda baja, como un dolor sordo que me llegaba hasta las piernas. Y tenía calor y frío al mismo tiempo. Me tocaba la frente y estaba caliente, pero tenía los pies helados.

Pensé que me había resfriado por andar con las zapatillas mojadas. Me tomé dos paracetamol que encontré en el cajón de Ginette, de esos que están vencidos pero igual sirven.

Me puse a ordenar los cigarros para distraerme. Los Lucky rojos estaban casi vacíos. Solo quedaban dos cajetillas. Me acordé de que el tipo de la noche anterior había pedido esos.

A las once y cuarenta me paré cerca de la puerta sin querer. Miré el reloj de la caja. Once y cuarenta y uno. Once y cuarenta y tres. No sé por qué miraba tanto el reloj.

A las once y cuarenta y siete sonó la campanita.

Te juro que sonó a las once y cuarenta y siete exactas. Lo miré en el reloj grande que tiene Ginette en la pared.

Era él.

El mismo abrigo negro largo lleno de nieve. El pelo oscuro mojado. Barba de dos días. Entró y se sacudió en la entrada como un perro. No me miró. Fue directo a la nevera del fondo, como si ya supiera dónde estaba todo.

Yo me quedé detrás de la caja con las manos apretadas. Me había puesto un poco de perfume barato que había encontrado en el baño, no sé por qué. Me arrepentí al tiro.

Sacó la botella chica de whisky barato, la misma de ayer. La misma marca. Y vino a la caja.

Se paró frente a mí y dijo lo mismo, con la misma voz ronca.

"Lucky rouge."

Esta vez yo sabía dónde estaba la llave. La abrí rápido. Le pasé la cajetilla. Me di cuenta que mis manos temblaban un poco. No por miedo. Por la fiebre, creo.

Me pasó un billete de veinte, como ayer. Pero esta vez se quedó mirándome.

Me miró la cara. Después me miró el cuello. No sé por qué me miró el cuello. Yo tenía el polerón cerrado hasta arriba porque tenía frío.

Me dijo, t'as de la fièvre, petit.

Tienes fiebre, chico.

Le dije que no, que estaba bien. Que era el calor de la estufa.

No me creyó. Se quedó ahí parado. Olía muy fuerte a frío y a madera mojada y a cigarro, pero no a cigarro barato como los que vendemos aquí. A cigarro caro, de esos que huelen a cuero.

Me dio el vuelto y me dejó un billete de cinco en la caja como propina. No dijo nada más. Se fue. La puerta sonó y entró una ráfaga de aire helado que me hizo tiritar.

Me quedé mirando el billete de cinco. Nadie me había dejado propina nunca.

A la una de la mañana me fui al baño y me miré al espejo otra vez. Estaba más pálido que ayer. Tenía el cuello rojo. Me toqué atrás, donde me dolía, y sentí que estaba hinchado. Como si me hubiera golpeado.

Me asusté un poco. Pensé que me había dado algo por limpiar tanto rato agachado.

Volví a la caja y me senté en el suelo detrás, porque si me sentaba en la silla me dolía más. Me quedé ahí, con la espalda apoyada en la caja de papas, esperando que no entrara nadie para no tener que pararme.

A las tres no entró nadie. A las cuatro tampoco. A las cinco me quedé dormido un rato con la cabeza apoyada en la rodilla. Soñé que estaba en mi pieza chica de mi casa vieja y que mi papá me decía mi Beta tranquilo, pero con la voz de Ginette.

Me despertó la campanita a las seis. Era un señor que venía a comprar leche.

Ginette llegó a las siete con el mismo pan con queso de ayer. Me miró y me dijo que estaba blanco como leche.

Me dijo, rentre chez vous, petit, tu vas tomber malade.

Me pagó mis ochenta y cuatro dólares y me dijo que me fuera a dormir.

Me fui caminando a mi pieza con la nieve hasta los tobillos. Cada paso me dolía en la espalda baja. Era un dolor raro, no normal. Como si algo adentro se estuviera moviendo.

Llegué a mi pieza y me tiré en la colchoneta con toda la ropa. No me saqué ni las zapatillas. Me tapé con la parka.

Me quedé mirando el techo con la mancha que parece un perro y pensé en el tipo del abrigo negro. En que había llegado a las once y cuarenta y siete exactas. Ni un minuto antes ni un minuto después.

Pensé en cómo me había mirado el cuello.

Y pensé que olía rico. Muy rico. Como a bosque después de que llueve. Como a algo que no sabía qué era pero que me hacía doler menos la espalda cuando estaba cerca.

Me quedé dormido con esa idea tonta en la cabeza y con fiebre.

No sabía que no era fiebre. No sabía que era mi cuerpo que por fin, después de diecinueve años de estar apagado por el miedo y el frío y por vivir apretado, se estaba despertando.

No sabía que era Omega. Que siempre había sido Omega. Que solo había estado escondido.

Y no sabía que Julien Moreau era Alfa. Un Alfa viejo, de cuarenta y dos años, que no se había interesado por nadie en diez años, y que me había olido a pesar de que yo todavía no olía a nada.

Eso lo supe después. Mucho después, en el piso de este mismo dépanneur, a las tres de la mañana, con la nariz sangrándome y con él cargándome en brazos como si yo no pesara nada.

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