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El Placer Del Tirano

El Placer Del Tirano

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Romance / Posesivo
Popularitas:3.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Gianna Viteri (gilover28)

«Tocar al emperador significa la muerte. Negarse a su placer... significa arder.» Regla I: Nunca sostengas la mirada del soberano. Regla II: Nunca toques su piel, a menos que él te lo ordene. Regla III: Oculta tus visiones; si él descubre lo que ves, jamás te dejará escapar. Lian creció jurando que jamás se arrodillaría ante Li Yan, el recién coronado soberano conocido como el «Tirano de Sangre». Su madre le advirtió que un gobernante oscuro estaba atado a su alma y que su destino era salvarlo, pero Lian solo sentía desprecio por el hombre que ahogaba la corte en ejecuciones. Hasta que es capturada y obligada a arrodillarse ante su trono. Frente a la espada desenvainada de Li Yan, Lian no suplica clemencia: le clava la mirada con furia pura. En ese instante, los ojos despiadados del emperador se quiebran por primera vez en su vida. Fascinado por la insolencia de una simple artesana, Li Yan decide perdonarle la vida y confinarla a sus aposentos privados. Encerrada en la jaula de oro del palacio, el secreto se desata: Lian ve el futuro a través de sueños premonitorios y del contacto piel con piel. Y su tacto es la única droga capaz de calmar el insomnio y la locura de sangre que consumen a Li Yan por las noches. Cuando una afrenta rebelde colma la paciencia del monarca, el castigo nocturno rompe toda distancia. Entre sábanas de seda imperial, el odio mutuo se convierte en un fuego devorador donde cada caricia desata visiones letales de conspiración, traición y sangre. Ella juró no doblegarse. Él juró no tener piedad. Pero en las sombras de la recámara imperial, el placer del tirano se convertirá en la perdición de ambos.

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Capítulo 15

Las puertas de madera maciza se cerraron a nuestras espaldas con un golpe seco.

Apenas el cerrojo de bronce cayó en su sitio, Li Yan soltó la espada. El acero ensangrentado repiqueteó contra el suelo de ébano con un estruendo metálico. El emperador se tambaleó hacia adelante, apoyando una mano contra el marco de la pared; la respiración le salía en silbidos rotos y ásperos, y sus sienes palpitaban con tanta violencia que las venas se le marcaban oscuras bajo la piel blanca de la frente.

El dolor había vuelto. La rabia de la matanza en el Salón del Trono le estaba cobrando la factura al cuerpo.

—Cierra las cortinas... —ordenó entre dientes, con la mandíbula tan apretada que las palabras apenas se le entendían—. La luz... apaga esa maldita luz.

No me moví hacia las cortinas.

En lugar de eso, di tres pasos rápidos hacia él. No lo pensé, no calculé si era seguro o si la bestia me arrancaría el brazo de un golpe; actué por puro instinto, harta de ver a ese monstruo debatirse entre la sangre y la demencia. Estiré las dos manos y le sostuve el rostro con firmeza, plantándole las palmas frías directo sobre las mejillas calientes y sudorosas.

El choque fue una sacudida que nos estremeció a los dos.

Li Yan soltó un quejido gutural, hondo y ronco, como el estertor de un animal que por fin deja de sangrar. Sus hombros cayeron de golpe; el temblor que le sacudía los brazos cesó en el acto. Abrió los ojos despacio, mirándome a través de mechones negros desordenados, y en el fondo de sus pupilas ya no quedaba rastro del verdugo que acababa de cortar el brazo de un anciano en pedazos. Solo había un hambre brutal, espesa, alimentada por el alivio instantáneo que mi piel le entregaba.

—¿Por qué haces esto? —susurró él, con los labios rozándome la palma de la mano derecha—. Deberías dejar que me reviente la cabeza. Sería tu boleto de salida.

—Porque si te mueres ahora, los demás ministros quemarán el palacio y a mi madre con él —le escupí con la voz entrecortada, aunque la mentira me quemó la garganta—. Te necesito vivo hasta que esté a salvo. Nada más.

Li Yan soltó una risa seca, sin una pizca de gracia, pero sus ojos brillaron con esa posesividad letal que me revolvía el estómago.

—Sigues mintiéndote, Lian —dijo con voz cavernosa.

Antes de que pudiera apartar las manos, sus brazos se cerraron alrededor de mi cintura como dos barras de hierro forjado. Me levantó del suelo sin esfuerzo, empujándome de espaldas contra la pared de madera lacada. El impacto me arrancó un jadeo, pero el dolor no llegó a formarse: su boca cayó sobre la mía con una urgencia que no tuvo nada que ver con los castigos anteriores.

Fue un beso hambriento, desesperado, cargado de una devoción salvaje que me cortó el aliento. No buscaba someterme; buscaba devorarme, fusionar su aliento con el mío para no volver a sentir el vacío de la locura. Sus labios sabían a metal y a vino amargo, pero el calor que desprendía era un incendio que se me coló por la boca hasta encenderme las entrañas.

Intenté resistirme, empujándole el pecho con las manos, pero mis dedos resbalaron sobre la seda negra empapada de sudor y se clavaron en sus hombros anchos por pura inercia. Un gemido quebrado se me escapó de la garganta cuando su lengua se deslizó dentro, reclamando cada rincón con una ferocidad que me hizo perder el equilibrio entre sus brazos.

—Lian... —gruñó él contra mi boca, bajando las manos hasta la curva de mis muslos para mantenerme alzada contra la pared—. Tienes veneno en los ojos y fuego en las manos. Eres mi puta perdición.

—Tú me arrastraste a esto... —jadeé contra su cuello, sintiendo el latido desbocado de su pulso bajo mis labios mientras mis piernas se enredaban en sus caderas por instinto—. Tú me convertiste en tu cómplice.

—Entonces arde conmigo —sentenció.

De un solo tirón seco, Li Yan rasgó el lazo de mi túnica verde jade, haciendo que la tela fina resbalara por mis hombros hasta quedar atrapada entre nuestros cuerpos. Sus manos ásperas, callosas de empuñar la espada, se deslizaron directamente sobre mi piel desnuda, apretándome la cintura y subiendo por mis costillas con una posesividad que me hizo arquear la espalda con un grito sofocado.

No hubo lecho imperial ni sábanas de seda roja esta vez.

Allí mismo, sostenida contra la madera oscura del pabellón, Li Yan apartó los pliegues de sus ropas y se empujó dentro de mí con una embestida lenta, firme y profunda que me llenó por completo de un solo golpe.

El aire se me escapó de los pulmones en un sollozo agudo. Apoyé la frente en su hombro, mordiéndole la carne dura para no gritar mientras el placer líquido me inundaba el bajo vientre con una fuerza devastadora.

Li Yan se quedó inmóvil un segundo, enterrado hasta el fondo, con los músculos de la espalda tensos como el acero y respirando entrecortado contra mi oído.

—Mírame —me ordenó con un hilo de voz ronco, temblando por el esfuerzo de contenerse—. No cierres los ojos, Lian. Quiero que veas a quién le perteneces.

Abrí los ojos con dificultad, mareada por la sobrecarga de sensaciones. A escasos centímetros de mi rostro, el emperador me miraba con una intensidad desquiciada, despojada de todo título, de toda corona. Solo era un hombre desnudo ante su propia necesidad, atado a mí de una forma que ni mil ejércitos podrían romper.

Y entonces, empezó a moverse.

Cada estocada contra la pared era pesada, implacable, marcando un ritmo urgente que hacía crujir los paneles de madera a mi espalda. Mis dedos se enterraron en su cabello largo y desordenado mientras los gemidos se me escapaban sin control, chocando contra el compás salvaje de su respiración. La fricción ardiente de nuestros cuerpos desató una marea que me arrastró más allá del orgullo, más allá del odio y de las profecías de mi madre. Solo existía el peso de Li Yan devorándome y la certeza aterradora de que mi propio cuerpo pedía más de su fuego.

—Lian... maldita sea, Lian... —rugió él, acelerando el paso, hundiéndose más profundo a cada golpe hasta que las estrellas blancas me nublaron la vista.

Un espasmo violento me recorrió de pies a cabeza, apretándome a su alrededor en una sacudida que me dejó sin voz. Al sentir mi entrega absoluta, Li Yan perdió lo último que le quedaba de compostura; soltó un rugido sordo contra mi cuello, hundiéndose una última vez con una fuerza demoledora mientras se derramaba por completo dentro de mí.

Nos quedamos suspendidos contra el muro durante largos minutos, temblando, empapados en sudor y con las respiraciones mezclándose en la penumbra fresca de la habitación.

Li Yan me bajó despacio hasta que mis pies tocaron el mármol, pero no me soltó. Me rodeó con sus brazos anchos, pegando mi espalda contra su pecho mientras recuperaba el aliento, pasando su barbilla por mi coronilla en un gesto silencioso y protector.

Fue en ese instante de calma cuando el viento sopló a través de la ventana enrejada, trayendo consigo el eco de cascos de caballos galopando a toda prisa por el patio exterior.

Un soldado golpeó la puerta con desesperación desde afuera:

—¡Majestad Imperial! ¡Un mensajero de la frontera norte acaba de cruzar las puertas! ¡El ejército de los bárbaros del Río Negro rompió las defensas... y los generales rebeldes del sur han marchado para unirse a ellos!

Li Yan no se movió de inmediato. Sentí cómo su pecho se inflaba lentamente y cómo sus dedos se cerraban con más fuerza sobre mi cintura.

La guerra que había visto en mis sueños acababa de llegar a las puertas del imperio.

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Martha Divas Delgado
k bueno k le quite lo pdj al funcionario y lo degollen
Martha Divas Delgado
excelente inicio me gusta ☺️
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