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Cien millones por un heredero

Cien millones por un heredero

Status: En proceso
Genre:CEO / Doctor / Embarazo no planeado / Amante arrepentido
Popularitas:246
Nilai: 5
nombre de autor: Ruby_Blair

Elena Salazar aceptó someterse a una fecundación in vitro cuando su prometido quedó al borde de la muerte. Pero un error de la clínica la dejó embarazada de otro hombre: Alejandro Montenegro, el magnate más poderoso de Atelán.
Su oferta fue directa:
—Da a luz a mi hijo y los cien millones de dólares serán tuyos.
Elena se negó. Su amor no tenía precio… hasta que encontró a su prometido, recién salido de cuidados intensivos, besando a su hermanastra.
Entonces firmó el contrato y se casó con Alejandro.
Quienes la humillaban se rieron de su elección: un simple guardaespaldas, guapo y sin dinero. Creían que había cambiado un buen matrimonio por una vida miserable.
No sabían quién era su marido. Y tampoco sabían de lo que ella era capaz.
Cuando sus investigaciones revolucionen la medicina y la verdadera identidad de Alejandro salga a la luz, su ex ya no podrá burlarse de ella.
Estará de rodillas, suplicándole una oportunidad de hacer negocios.

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Capítulo 5

Capítulo 5. Vengo por mi esposa: Elena Salazar

Héctor hizo una seña. Dos de sus hombres agarraron a Valeria con brusquedad, uno de cada lado.

—¿Qué hacen? —Forcejeó y miró a Beatriz, presa del pánico—. ¡Mamá! ¡Ayúdame!

Beatriz iba a acercarse, pero Ricardo se adelantó con una orden seca:

—¡Marta, sujeta a mi mujer!

Mientras la empleada retenía a Beatriz, Ricardo se plantó frente a Valeria.

Le apretó la mandíbula y la obligó a tragarse el frasco entero de afrodisíaco.

—Papá... ¿Qué me diste?

Ricardo la soltó y le acarició la cara, blanca como el papel. Su voz, sin embargo, fue helada.

—Pórtate bien. Te vas con el señor Ferrer tres días. Después iré a buscarte.

Se volvió hacia Héctor con una expresión casi rastrera.

—Señor Ferrer, le pido que cumpla lo prometido.

—Tranquilo. Héctor Ferrer siempre cumple su palabra.

Apoyado en su bastón, salió cojeando.

Sus hombres lo siguieron arrastrando a Valeria, que no dejaba de llorar, gritar y resistirse.

—¡Mamá, ayúdame! ¡Papá! ¡No puedes hacerme esto!

Sus gritos se fueron alejando.

Beatriz se zafó de Marta y corrió hacia Ricardo. Le cruzó la cara de una bofetada.

—¡Ricardo Salazar! ¿Qué clase de monstruo eres? ¡Es tu propia hija!

Él respondió a gritos, con los ojos inyectados en sangre:

—¿Crees que yo quería hacerlo? ¡No tenía otra opción!

—¡Eso no te da derecho a obligarla a beber esa porquería!

—¿Crees que Héctor la iba a tratar mejor si no se la daba? ¡Lo hice para que sufriera menos!

Beatriz se desplomó en el suelo y rompió a llorar a gritos.

Desde el cuarto de trastos, Elena había oído cada insulto y cada sollozo.

Se aferró a la tela fina de su ropa. Casi se clavó las uñas en las palmas.

Se habían llevado a Valeria. Su propio padre la había entregado con sus manos a aquel demonio.

Pero Elena no sintió alivio por haberse salvado ella. Solo un odio helado.

Si no hubieran insistido en venderla a Héctor, ¿habrían terminado así?

Hasta las fieras protegían a sus crías. Ellos eran peores que los animales.

Durante tres días seguidos, nadie entró en aquel cuarto.

Elena permaneció encogida en un rincón. El hambre y la deshidratación le iban nublando la conciencia.

—...Alejandro... Hoy tenía que venir, ¿verdad...?

Lo murmuró con los labios agrietados. La voz le salía tan ronca que apenas parecía suya.

Entonces abrieron la puerta de una patada.

La empleada apareció en el umbral con el desprecio escrito en la cara.

—La señorita quiere verte. Sube de una vez.

Elena se apoyó en la pared e intentó ponerse de pie. La vista se le oscureció.

—¡Deja de hacerme perder el tiempo!

Marta la agarró del pelo y tiró de ella sin paciencia ni cuidado.

La arrastró a trompicones hasta la sala y la arrojó contra el suelo.

Elena levantó la cabeza. Valeria estaba sentada en el centro del sofá.

Sus ojos le recorrieron la cara como cuchillos envenenados.

—Elena —dijo en voz baja, con un tono que helaba la sangre—, ¿sabes lo que me hicieron estos tres días?

Elena bajó las pestañas para ocultar lo que sentía.

—Yo... estuve encerrada. No sé nada.

—¿No sabes nada?

Valeria soltó una risa fría y la agarró del pelo.

—Pues te lo cuento. Estos tres días deseé estar muerta.

—¡Y todo fue por tu culpa!

Antes de acabar la frase, le descargó una bofetada brutal.

La mejilla de Elena se hinchó y se enrojeció rápidamente. Los oídos le zumbaron y un sabor metálico le llenó la boca.

Cuanto más lo pensaba, más odio sentía Valeria. Levantó el pie.

¡Le hundió el tacón fino en el dorso de la mano y lo retorció con fuerza!

—¡Ah!

Elena no pudo contener el grito. Un dolor penetrante le atravesó la mano y le contrajo los dedos en un espasmo.

Valeria siguió insultándola y pateándola con los tacones.

Elena solo pudo hacerse un ovillo y cubrirse la cabeza y el rostro con los brazos, soportando aquella lluvia de golpes.

—Valeria, ¿qué estás...?

La voz de Ricardo llegó desde la entrada.

Valeria se volvió hacia sus padres, agraviada.

—¡Papá, mamá, todo fue por ella! ¡Si no hubiera sido por su culpa, yo no habría...!

Beatriz miró a su hija menor y después a Elena. La rabia la encendió.

Se acercó en dos pasos y le soltó otra bofetada.

—¡Perra! ¡Mira lo que hiciste! ¡Tu familia tuvo que pagar diez millones por tu culpa! ¿Con qué nos vas a devolver ese dinero?

A Elena le ardía la mejilla. La sangre le inundaba la boca, pero su mirada no cedió.

—No les debo nada. Ustedes se lo buscaron.

—¿Todavía te atreves a contestar?

Ricardo tomó un pesado cenicero de vidrio. Las venas le sobresalieron en la frente.

—¡No sabes con quién te metes, desgraciada! ¡Hoy vas a aprender!

¡Levantó el cenicero para estrellárselo encima!

Elena consiguió sujetarlo. Una luz feroz le prendió en los ojos.

—Atrévete a tocarme. Mi marido no te lo va a perdonar.

—¡Muy bien! ¡Que venga!

Ricardo le arrancó el cenicero y volvió a alzarlo.

Elena se hizo a un lado, tomó una taza de la mesa de centro y se la lanzó con toda su fuerza.

—¡Maldita insolente!

Beatriz y Valeria se abalanzaron sobre ella al mismo tiempo.

Elena retrocedió unos pasos y agarró todo lo que tuvo al alcance: fruta, un cenicero, adornos...

¡Se los arrojó desesperadamente!

Pero estaba demasiado débil. Valeria no tardó en agarrarla del pelo.

Sonrió con una mueca cruel. Quería descargar de una vez todo el rencor acumulado en aquellos tres días.

Levantó la pierna y lanzó una patada feroz hacia el vientre embarazado de Elena...

¡Bam!

Un estruendo ensordecedor sacudió la sala.

¡Alguien había derribado la puerta principal de una patada!

Una figura alta y erguida apareció en la entrada.

La luz del sol iluminaba sus facciones perfectas. Parecía una divinidad descendida del cielo.

La sala quedó en silencio de golpe.

La mirada de Alejandro recorrió el desastre y se detuvo en las mejillas hinchadas de Elena y en la sangre de la comisura de sus labios.

Una frialdad terrible le llenó los ojos.

—Sujétenlos a todos.

Los guardaespaldas entraron como una avalancha, con movimientos precisos.

En un instante, Valeria y sus padres quedaron inmovilizados contra el suelo entre gritos.

—¿Quiénes son ustedes? ¡¿Qué quieren?! —chilló Valeria.

Alejandro ni siquiera la miró. Fue directamente hacia Elena.

Se quitó el saco, que aún conservaba el calor de su cuerpo y aquel fresco olor a cedro, y envolvió con él su cuerpo tembloroso.

Solo entonces giró lentamente la cabeza.

Clavó su mirada de hielo en el rostro descompuesto de Valeria.

—Alejandro Montenegro.

Pronunció cada palabra con absoluta claridad:

—Vengo por mi esposa, Elena Salazar.

Valeria perdió la voz. Las pupilas se le contrajeron mientras miraba aquel rostro casi perfecto.

—¿Tú... tú eres ese tipo con el que se casó? No puede ser... ¡Tenía que ser un inútil, viejo y feo!

Antes de que terminara, la voz del noticiero sonó con nitidez desde el televisor de la sala:

«Alejandro Montenegro, director general del Grupo Zeus, llegó hoy al país para asistir a la Cumbre Mundial de Tecnología...».

Valeria miró la pantalla, incrédula, y volvió a mirarlo a él.

Abrió la boca. De su garganta salió una voz horrorizada:

—Tú... ¿Eres Alejandro Montenegro... del Grupo Zeus?

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