Tras una muerte repentina en el mundo moderno, una joven despierta en el cuerpo de la princesa Evelyn, un personaje de una novela romántica de época que leyó en su vida pasada. Sin embargo, su destino es de todo menos idílico: en la historia original, Evelyn es una princesa olvidada e ignorada, destinada a morir trágicamente a los dieciocho años a manos de su propio padre, el cruel e implacable Emperador Aurelius, tras ser falsamente incriminada por su celosa media hermana.
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Capítulo 14
Evelyn se acercó al escritorio, su pequeño cuerpo temblaba, pero su voluntad era de acero. Se detuvo a una distancia respetuosa, tal como había leído en sus libros de etiqueta.
—Princesa Evelyn —dijo el Emperador, su voz grave resonó en el estudio. No era fría esta vez, sino más bien neutral, cargada con el peso de la autoridad. —El Chambelán me ha informado de tu... interés en la geografía del Imperio.
Evelyn asintió, sus ojos azules fijos en los dorados del Emperador.
—Sí, Padre —dijo, su voz de niña sonó dulce y clara. —Me preocupa el Valle Escondido de los Ecos.
El Emperador la miró fijamente. Hubo un silencio denso. El Chambelán no se atrevió a moverse.
—El Valle Escondido de los Ecos —repitió el Emperador, su voz era un murmullo, como si estuviera probando las palabras en su lengua. —Es un lugar de leyenda, Princesa. No aparece en los mapas porque no es un lugar estratégico. No hay recursos que explotar, ni rutas comerciales que proteger.
Evelyn sintió una punzada de frustración. Él lo veía todo en términos de estrategia y utilidad. Pero ella había anticipado esto.
—Pero, Padre —dijo Evelyn, y dio un paso adelante, lo suficientemente cerca para captar su atención, pero no para ser intrusiva. —Si no está en los mapas, ¿cómo sabemos que no hay *nada* de valor? A veces, las cosas más valiosas están escondidas. Los cuentos dicen que allí residen los espíritus del bosque.
La mención de los "espíritus del bosque" era una referencia astuta, un intento de conectar con la magia ancestral del imperio, un tema que, según la novela, interesaba al Emperador.
El Emperador frunció el ceño. Esta vez, el gesto no fue de irritación, sino de una profunda concentración. Sus ojos dorados se posaron en Evelyn, y ella sintió que la estaba viendo de verdad, no solo como una interrupción.
—Espíritus del bosque, dices —murmuró. —Los cuentos, Princesa, a menudo confunden la fantasía con la realidad.
—Pero a veces, la fantasía es una forma de recordar la realidad, Padre —dijo Evelyn, su voz de niña era suave y persuasiva. —Si algo es olvidado, puede ser peligroso. Incluso un valle.
El Emperador se reclinó en su silla, su mirada aún fija en ella. Había algo en sus ojos, una chispa de interés, una señal de que sus palabras lo habían alcanzado. No era amor, ni afecto. Era la intriga de un estratega, la curiosidad de un mago.
—¿Y tú qué sugieres, Princesa? —preguntó el Emperador, su voz era un desafío velado.
Evelyn sintió un escalofrío de emoción. Lo había enganchado.
—Sugiero —dijo Evelyn, con la mayor inocencia que pudo reunir. —Que alguien debería ir a ver. O al menos, que se añada una nota en el mapa, aunque sea pequeña, para recordar que existe. Porque si no lo hacemos, ¿quién lo recordará?
El Emperador miró el mapa que tenía extendido sobre el escritorio, sus ojos dorados recorriendo la región del norte. Luego, su mirada volvió a Evelyn.
Hubo un silencio tenso en el estudio. El Chambelán estaba casi inmóvil, observando la inusual interacción entre el Emperador y la princesa olvidada.
Finalmente, el Emperador asintió lentamente.
—Chambelán —dijo el Emperador, su voz era un tono de orden, pero había un matiz de algo más, algo parecido a la ponderación. —Asegúrate de que se añada una anotación en los mapas de esa región. "Valle Escondido de los Ecos". Y encarga a un equipo de exploradores que realicen un reconocimiento discreto de la zona. Quiero un informe en un mes.
Evelyn sintió un éxtasis silencioso. ¡Lo había logrado! Había conseguido que el Emperador tomara una acción, por pequeña que fuera, basada en su sugerencia. No solo la había visto, sino que había considerado su opinión.
—Gracias, Padre —dijo Evelyn, y esta vez, su reverencia fue más profunda, más sincera. La palabra "gracias" sonó con una dulzura genuina en el estudio.
El Emperador la observó. Sus ojos dorados se posaron en ella, y Evelyn sintió que la estaba midiendo de nuevo. Pero esta vez, no era una mirada vacía de indiferencia. Era una mirada cargada de... algo. Curiosidad. Evaluación. Quizás, incluso, un atisbo de reconocimiento. Como si estuviera viendo por primera vez el potencial de una pieza en su tablero.
—Puedes retirarte, Princesa —dijo el Emperador, su voz era un poco más suave que la última vez. No había el matiz de "molestia".
Evelyn se dio la vuelta y se dirigió a la puerta, su corazón aún latiendo con fuerza. Había ganado. Había dado un paso más allá de la invisibilidad. Había sembrado una semilla.
Mientras cerraba la puerta detrás de ella, se encontró en el pasillo oscuro. La adrenalina la abandonó, dejándola con un agotamiento profundo. Pero la sensación de triunfo era embriagadora.
Volvió a su habitación, su mente en ebullición. El Emperador había reaccionado a la lógica, a la estrategia, incluso si venía de una niña de cinco años. Él valoraba el conocimiento, la previsión.
Y en ese preciso instante, Evelyn comprendió que debía iniciar un juego de supervivencia infantil. No podía ser la hija que buscaba amor. Tenía que ser la hija que ofrecía valor, la hija que el Emperador no pudiera permitirse perder. Su inocencia infantil sería su escudo, su mente adulta, su espada. Era un juego peligroso, pero era el único que tenía una oportunidad de ganar.