Un amor del pasado. Un secreto doloroso. Y una voz que necesita ser escuchada.
Para el mundo criminal, Matteo Vitale es «El Lobo de Roma»: un capo despiadado, frío y sin corazón. Pero tras las puertas de su mansión, Matteo es solo un padre desesperado por proteger a Leo, su pequeño de siete años. Marcado por una traición desgarradora y traumatizado por los maltratos de su verdadera madre, el niño ha quedado sumido en un silencio absoluto y solo confía en Matteo.
Matteo juró no volver a abrir su corazón a nadie, hasta que Chiara Romano regresa a Italia tras diez años de ausencia.
Chiara ya no es la jovencita que él recordaba; ahora es una mujer independiente, experta en armamento, segura de sus curvas y con un espíritu vibrante que no se deja intimidar por la mafia. Sin lástima ni presiones, su calidez y su risa comienzan a derribar las defensas del pequeño Leo y a desafiar la armadura de hielo de Matteo.
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Capítulo 14: Rosas blancas, risas y la rebelión de Alonzo
La sala principal de la residencia Romano se transformó por completo esa tarde. Las persianas altas dejaban entrar una luz dorada y suave que templaba el suelo de madera. Chiara se quitó las sandalias para quedar descalza sobre la alfombra, sentada con las piernas cruzadas entre un mar de pétalos, bloques de construcción y el gran ramo de rosas blancas que Leo le había regalado.
El pequeño no se separaba de ella ni un solo milímetro. Aunque al principio guardaba esa distancia prudente de un paso, con cada minuto que pasaba la calidez de Chiara parecía atraerlo como un imán.
Chiara acomodaba unas piezas de madera sin forzar el contacto. En un movimiento pausado, se inclinó hacia un lado para alcanzar un engranaje. Fue en ese segundo cuando el pequeño Leo, con la curiosidad a flor de piel, estiró el cuello. Acercó su pequeña nariz al hombro de Chiara y respiró hondo, olfateando el perfume de vainilla y jazmín que ella llevaba. Era una forma casi felina, instintiva y pura de memorizar la seguridad que ella le transmitía.
Chiara no se movió brusca para no asustarlo; simplemente ladeó la cabeza con una sonrisa dulce y acarició la mejilla del niño con el dorso de sus dedos. Leo no retrocedió. Al contrario, buscó el calor de la mano de Chiara, pegando el rostro a su palma y dejando escapar una respiración tranquila mientras una sonrisa radiante le iluminaba los labios.
—Tú sabes que eres un consentido, ¿verdad? —le dijo Chiara con voz suave y risueña, revolviéndole el cabello oscuro—. Y no creas que no me doy cuenta de que me estás usando de almohada, pequeño tramposo.
Leo soltó una risita ahogada contra su hombro, acomodándose mejor en su muslo.
—Yo cuando tenía tu edad era una auténtica pesadilla —continuó Chiara, hablando sin parar, llenando la habitación con esa voz alta, ágil y llena de vida que tanto desentonaba en la mansión Vitale, pero que aquí encajaba a la perfección—. Tu papá y Alejandro se creían los hombres más serios del mundo porque tenían unos dieciocho años y ya usaban trajes oscuros. ¿Y sabes qué hacía yo? Me escondía detrás de las columnas del patio con una pistola de agua gigante.
Leo levantó la cabeza de golpe, mirándola con los ojos muy abiertos y brillantes por la fascinación.
—Te lo juro por mi vida —se rió Chiara, haciendo gestos exagerados con las manos—. Alejandro se ponía a hablar de calibres con los capitanes y yo le llegaba por detrás... ¡Zas! Un chorro directo en la nuca. Salía corriendo a esconderme en los establos mientras tu papá gritaba mi nombre con esa cara de piedra que pone. A Matteo le sacaba el teléfono de la mesa cuando se distraía revisando mapas y me ponía a correr por todo el jardín. Me perseguía a pasos gigantes, furioso como un oso, pero yo era más rápida porque era chiquita y me metía entre los rosales.
El pequeño Leo no podía contener la risa. Se cubría la boca con sus manitas, soltando risitas limpias, sueltas y llenas de una confianza que jamás había mostrado en siete años.
En ese momento, los pasos de dos personas resonaron en el pasillo. Alejandro entró al salón acompañado por Luz, la psiquiatra infantil.
—Chiara, no vas a creer el tráfico que... —Alejandro se frenó en seco en mitad del salón, quedándose con la boca abierta.
Luz, a su lado, se congeló por completo. La doctora presenciaba por primera vez el cambio radical del que tanto le habían hablado: el hijo del Capo, la criatura traumatizada que jamás aceptaba el contacto de extraños, estaba prácticamente acostado sobre el regazo de Chiara, jugando con sus dedos y sonriéndose con absoluta soltura.
—Madre mía... —susurró Luz, mirando la escena con los ojos empañados por el asombro profesional y humano—. Alejandro, mírale la cara...
—A la mierda... —murmuró Alejandro, frotándose los ojos—. El niño sonríe. Realmente está sonriendo.
Leo, al escuchar las voces nuevas, experimentó un leve reflejo de timidez. Se pegó un poco más al costado de Chiara, pero a diferencia del pasado, no corrió a esconderse ni entró en pánico. Se quedó allí, sintiendo la mano de Chiara protegiéndole la espalda.
—No te asustes, mi amor. Son solo mi hermano tonto y Luz —le susurró Chiara al oído, dándole un beso en la sien—. Alejandro sigue siendo igual de torpe, no te va a hacer nada.
—Oye, escuché eso —protestó Alejandro, aunque una sonrisa genuina se le dibujaba en el rostro mientras caminaba despacio hacia ellos, manteniendo una distancia respetuosa para no romper el momento.
La tarde se fue volando entre relatos, dibujos en la alfombra y risas constantes. Cuando el sol comenzó a ocultarse detrás de las colinas, Alonzo se puso de pie, mirando la hora en su reloj de bolsillo.
—Bueno, muchacho, la carroza se va a convertir en calabaza si no regresamos a casa —anunció Alonzo con calidez, acercándose al pequeño.
Chiara ayudó a Leo a ponerse de pie, acomodándole la ropita con cuidado.
—Nos vemos pronto, mecánico —le dijo ella, guiñándole un ojo—. Y gracias de nuevo por mis rosas blancas. Son las más hermosas de Roma.
Alonzo tomó la mano de su nieto y miró a Chiara con una sonrisa afectuosa.
—Nos vemos el viernes en la gala comercial de armamento, Chiara. Va a ser una noche larga entre señores aburridos de traje.
En ese instante, Leo levantó la mirada de golpe. Clavó sus grandes ojos oscuros en su abuelo y, con un movimiento firme y decidido, se señaló a sí mismo con el dedito en el centro del pecho.
Alonzo se detuvo, sorprendido.
—¿Tú? —pregunto el anciano, ladeando la cabeza—. ¿Quieres ir a la gala, Leo? Pero campeón, allí va a haber mucha gente, luces, música... es un evento de grandes.
Leo negó con la cabeza enérgicamente y volvió a señalarse el pecho, para luego señalar a Chiara con la mirada fija en ella, dejando en claro su elección.
Chiara soltó una carcajada dulce, agachándose de nuevo frente al niño.
—Si este príncipe quiere ir a la gala, irás —sentenció Chiara mirándolo a los ojos con devoción—. Yo misma me encargo de cuidarte toda la noche. Si alguien te molesta, le tiro una copa de vino encima. ¿Qué dices?
Leo asintió tres veces con entusiasmo, apretándole la mano a Chiara antes de dejarse guiar por su abuelo hacia la salida.
Cuando la camioneta blindada cruzó los portones de la mansión Vitale, la noche ya había caído por completo.
En el recibidor, parado bajo la enorme araña de luces con los brazos cruzados y el rostro desencajado por una furia contenida, esperaba Matteo. Aún llevaba el traje de tres piezas del trabajo, la corbata ligeramente deshecha y los ojos grises ardiendo como dos carbones encendidos.
En cuanto la puerta de roble se abrió y Alonzo entró de la mano con Leo, la voz del Capo retumbó por todo el vestíbulo.
—¡¿Se puede saber dónde demonios estaban?! —bramó Matteo, dando dos pasos gigantescos hacia ellos—. ¡Llevo tres horas llamándote al teléfono, padre! ¡Edans no me daba una respuesta clara! ¡Sacaste a mi hijo de la propiedad sin mi autorización!
Leo dio un leve respingo ante el volumen de la voz de su padre, pegándose a la pierna de su abuelo.
Alonzo ni siquiera parpadeó ante la furia de su hijo. Se mantuvo sereno, le dio una palmadita suave a la espalda del pequeño y miró a la Sra. Stella, que salía a toda prisa desde el salón.
—Stella, por favor, lleva a Leo arriba a que se dé un buen baño tibio —dijo Alonzo en tono calmado pero firme—. Tuvo una tarde larga y llena de juegos.
—Ven, mi amor —dijo Stella de inmediato, tomando la mano de Leo y subiendo las escaleras a paso rápido para alejar al niño de la tormenta.
Matteo esperó en absoluto silencio, apretando la mandíbula con tanta fuerza que las venas de su cuello amenazaban con romperle la piel. En cuanto la figura de su hijo desapareció en la planta alta y se escuchó el cierre de una puerta, el Capo se encaró directamente con su padre.
—Exijo una explicación ahora mismo —exclamó Matteo en tono bajo y peligroso—. No vas a volver a jugar con la seguridad de mi hijo.
—¡Tú te me vas a callar la boca y vas a escucharme bien, Matteo! —interrumpió Alonzo en un bramido lleno de una autoridad tan antigua y poderosa que hizo que el propio Capo se frenara en seco.
Alonzo dio dos pasos hacia su hijo, señalándolo con un dedo firme, mirándolo a los ojos con una mezcla de orgullo, cansancio y una verdad aplastante.
—No me vengas con reclamos ni con tus caras de tirano —sentenció el anciano—. Hoy por la mañana, tu hijo... tu pequeño Leo, al que crees incapaz de tomar una decisión, tomó una libreta por primera vez en siete años. Escribió con sus propias manos que quería ir a ver a Chiara. ¿Me oíste bien? ¡Lo escribió!
Matteo parpadeó, sintiendo un impacto invisible en el pecho.
—Eso no justifica que...
—¡Cállate! —reiteró Alonzo sin dejarlo avanzar—. Si mi nieto vuelve a usar esa libreta para pedirme que lo lleve a ver a la única persona que le ha devuelto la sonrisa, lo voy a llevar. ¡Así tenga que pasar por encima de ti para hacerlo! Porque si a ti te importa más tu maldito orgullo, tu miedo al pasado o tu terquedad de mantenerte encerrado en un bloque de hielo, a mí lo único que me importa en este mundo es la felicidad de ese niño.
Matteo apretó los puños a los lados, intentando sostener la postura.
—Es mi hijo, padre. Mi responsabilidad es protegerlo.
—¡Tenerlo encerrado las veinticuatro horas del día entre muros y guardias armados no es protegerlo, Matteo! ¡Es construirle una celda igual a la que le dejó esa mujer! —le espetó Alonzo con voz quebrada por la pasión—. Entiendo tu miedo. Te juro por Dios que lo entiendo porque yo también soy padre y sé lo que se siente querer quemar el mundo entero para que a un hijo no lo vuelvan a tocar. Pero Leo no es un trofeo roto. Leo es un niño con derechos, tiene vida, tiene sentimientos y hoy eligió por quién pelear. Hoy eligió a Chiara.
El silencio volvió a caer sobre el vestíbulo, denso y sofocante. Las palabras de Alonzo retumbaron en las paredes de mármol, dejando a Matteo sin argumentos, acorralado por la verdad cruda de su propio padre.
Alonzo suspiró, ajustándose la chaqueta, y miró a su hijo con una severidad incuestionable antes de dar la vuelta.
—Ah, y te aviso de una vez para que no armes otro espectáculo absurdo el viernes —agregó el patriarca con voz serena—. Leo va a ir con nosotros a la gala comercial de armamento. Él mismo lo pidió. Y ya sé perfectamente quién lo va a cuidar durante la noche, así que ni te molestes en contratar escoltas extras para el salón. Chiara estará con él.
Matteo dio un paso al frente, con los ojos grises ardiendo de desconcierto.
—No puedes hacer eso, papá...
—Ya lo hice —sentenció Alonzo, mirándolo sobre el hombro—. Aprende a mirar a tu hijo a los ojos, Matteo, antes de que sea demasiado tarde y termines perdiéndote la única oportunidad de volver a ser una familia.
Sin decir una sola palabra más, el viejo patriarca subió las escaleras a paso firme, dejando a Matteo solo en medio de la gran entrada, enredado en un torbellino de culpa, dolor y una atracción inevitable por la mujer que le estaba cambiando el mundo sin pedirle permiso.
Edans te soltó la bomba 💣💣💣 Vanessa sin filtro ahora veremos que le dirás 🤔🤔🤔❓❓❓
Ahora sí viene la fiesta de compromiso de Chiara y Matteo por fin.
Matteo ahora después de esa confesión te liberaste porque Chiara no se asustó sino que te respaldó por lo que hiciste.