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¡No Soy Pobre, Cariño!

¡No Soy Pobre, Cariño!

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Juego de roles / Amante arrepentido / Venganza de la Esposa / Completas
Popularitas:27
Nilai: 5
nombre de autor: Leni Anita

Marcia Montero lo tiene todo: belleza, inteligencia, una pastelería próspera y una familia adinerada que la adora. Lo único que no tiene es el respeto de su marido.

Rodrigo Mendoza nunca supo con quién se casó. Para él, Marcia no es más que una empleada de pastelería, una esposa sumisa a la que puede ignorar, humillar y relegar al papel de sirvienta gratis en la casa de sus padres. Su madre, doña Carmen, la desprecia por "pobre". Su hermana Isabella la insulta sin pudor. Solo don Alfonso, su suegro, la trata con dignidad.

Cuando Marcia descubre que Rodrigo la engaña con Pamela —una compañera de trabajo que miente sobre su origen tanto como él miente sobre su estado civil—, decide que ya es hora de dejar de fingir. Pero no actuará por impulso. Reunirá pruebas, trazará un plan y esperará el momento perfecto para quitarse la máscara.

Lo que Rodrigo y su familia no saben es que la mujer a la que tratan como basura es heredera de un imperio empresarial. Que la pastelería donde "trabaja" le pertenece. Que su hermano Gabriel es novio de Valentina Reyes, la mismísima dueña de la empresa donde Rodrigo presume de gerente. Que cada ascenso, cada privilegio que Rodrigo disfruta, se lo debe a ella.

Y cuando la verdad salga a la luz —en el peor momento posible para Rodrigo—, no habrá vuelta atrás.

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06

Igual que la noche anterior, esa mañana Marcia preparó el desayuno con lo poco que quedaba. Hizo un arroz frito blanco, sin el huevo ni las tiras de pollo que solía agregarle.

Después de servir la comida en la mesa, se apresuró a arreglarse para ir a trabajar. Estaba acomodándose el pañuelo cuando escuchó los gritos de su suegra desde la cocina.

—¡Marcia! ¡Ven acá ahora mismo! —vociferó doña Carmen tan fuerte que los vecinos debieron haberla oído.

Marcia fue a toda prisa al comedor, donde su suegra ya estaba sentada a la mesa. Rodrigo también se encontraba ahí, con la cara roja de la ira. Parecía furioso con ella, aunque a Marcia le daba igual.

—Nuera inútil, lo hiciste a propósito. ¿Esto es todo lo que preparaste para el desayuno? —bramó doña Carmen señalando el arroz frito.

—Disculpe, señora, cociné con lo que había. Desde anoche les dije que se habían acabado todos los ingredientes —le recordó Marcia.

—Mínimo podrías servir de algo como esposa. Antes nunca nos faltaba comida en esta casa —la increpó Rodrigo con brusquedad.

Claro que nunca faltó, porque yo ponía de mi bolsillo para cubrirlo todo. Pero a partir de ahora no voy a gastar ni un centavo más en llenarles el estómago, se dijo Marcia para sus adentros.

—¿Esto es el desayuno? Qué asco —Isabella, que acababa de salir de su cuarto, se unió al desprecio.

—Yo desayuno en la calle. Pidan algo ustedes —Rodrigo se levantó de la mesa y se fue sin más.

Los tres abandonaron el comedor sin probar un solo bocado. Marcia cubrió la comida con una tapa. Ella tampoco tenía ganas de desayunar en esa casa; comería algo en la pastelería. Seguramente don Alfonso sería el único que aprovecharía lo que ella había cocinado: ese hombre nunca le hacía el feo a ningún plato.

Rodrigo salió de la casa en su auto —que todavía estaba pagando a crédito— y antes de arrancar llamó a Pamela para invitarla a desayunar juntos.

Frente a la puerta de su departamento alquilado, Pamela recibió a Rodrigo con una sonrisa radiante.

—¿Qué te pasa, amor? Traes una cara espantosa —preguntó Pamela extrañada; no era común ver a Rodrigo llegar así de malhumorado.

—Marcia es insoportable. No preparó nada de desayuno hoy —Rodrigo despotricó contra su esposa delante de Pamela.

—¿Y por qué no la divorcias de una vez? Ya me tienes a mí —propuso Pamela.

—Por ahora no se puede. Mi mamá todavía necesita que haga el quehacer de la casa. Sería un desperdicio pagar una empleada doméstica —explicó Rodrigo.

—¿Y hasta cuándo vas a seguir aguantando a esa muerta de hambre? —insistió Pamela con un tono ácido.

—Ya, Pamela, me da náuseas hablar de esa mujer. Vamos a buscar dónde desayunar, me muero de hambre —Rodrigo tomó a Pamela de la mano con toda naturalidad.

La pareja terminó desayunando juntos antes de ir a la oficina. A Rodrigo le importaba un comino lo que su esposa pudiera sentir.

Mientras tanto en la casa, doña Carmen se dirigió a la tienda de verduras que quedaba cerca. Quería comprar provisiones para llenar el refrigerador. Era la primera vez que volvía a hacer el mandado desde que Rodrigo y Marcia se casaron.

—Vaya, qué milagro verla por aquí, doña Carmen. Siempre viene Marcia a comprar —la saludó doña Elena, la dueña de la tienda.

—Esa nuera miserable es una sinvergüenza. Cada vez que hacía el mandado se embolsaba el cambio y se lo gastaba en ella misma —doña Carmen difamó a Marcia frente a todas las clientas.

Justo en ese momento había varias señoras comprando. Doña Carmen vio la oportunidad perfecta para hablar pestes de su nuera.

—Pero es normal, doña Carmen. Marcia es la esposa de Rodrigo, seguro administra bien el dinero del mandado —comentó doña Alicia mientras escogía unas papas.

—Es que como es una muerta de hambre, cualquier peso que le den lo desaparece. Hasta el dinero del mandado se lo roba —insistió doña Carmen en difamar a Marcia.

Las señoras que estaban comprando negaron con la cabeza al ver el teatro de doña Carmen. Todas habían visto con sus propios ojos cómo Marcia siempre compraba provisiones en abundancia.

Doña Carmen agarró dos pollos enteros, pescado, carne, huevos, camarones y toda clase de productos. No quería tener que volver a la tienda cada rato, así que compró para una semana entera.

—Ya, doña Elena, ¿cuánto es todo esto? —señaló la pila de artículos que había escogido.

—Espérese, déjeme sacar la cuenta —doña Elena tomó la calculadora y sumó el total.

Doña Carmen solo había comprado carnes y proteínas; verduras nunca llevaba, porque con lo que don Alfonso cosechaba en su huerto alcanzaba de sobra para el día a día.

—Son ciento cincuenta dólares, doña Carmen —anunció doña Elena.

—¿Qué? ¿Me quiere estafar o qué? ¡No puede costar tanto! —doña Carmen no daba crédito.

—Señora, los precios son esos. Solo en pollo lleva dos enteros de tres kilos cada uno, son seis kilos a precio de mercado. Multiplique usted. Y eso sin contar la carne, los camarones, los mariscos, los huevos y todo lo demás. ¿O usted piensa que la carne cuesta lo mismo que las verduras? —le espetó doña Elena, molesta.

Doña Carmen se quedó helada. El total de sus compras superaba lo que le daban a Marcia en un mes entero.

—Doña Elena, le pago esto por ahora. Lo que falte se lo cobra a Marcia —doña Carmen puso treinta dólares sobre el mostrador.

—Pero ¿cómo? Usted fue la que compró, no Marcia —protestó doña Elena.

—Da lo mismo, ella viene a comprar aquí todos los días. Cuando aparezca, cóbreselo —soltó doña Carmen mientras se alejaba cargando todas las bolsas.

—¡Voy a quebrar si me salen clientas así! —refunfuñó doña Elena, indignada.

Como las bolsas pesaban demasiado, doña Carmen tuvo que tomar un mototaxi de regreso a la casa. Y eso que la tienda quedaba a pocas cuadras.

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